El Taekwondo en Nicaragua

Perfil - 21.09.2007
Ricardo Hoozky

Hace 35 años, un costarricense enamorado de Nicaragua trajo el Taekwondo. Eran días agitados y no supo entonces que sus alumnos estaban organizando una revolución que botaría a Anastasio Somoza pocos años después

Octavio Enríquez

La historia del Taekwondo en Nicaragua tiene nombre y apellido: Ricardo Hoozky y se pasea por la vida a sus 59 años con un hablar pausado como de sacerdote, camisa a rayas, pasado un poco de libras porque cada vez que viene al país —lo enfatiza— come mucha comida nicaragüense.

Ha vuelto a Nicaragua, un país al que regresa continuamente desde 1992, luego de ocho años de haber salido a un viaje por Nueva York, donde actualmente reside y trabaja en una comisión de energía nuclear.

Se levanta rápidamente de una silla en un hotel de la capital. Deja el periódico que leía minutos antes. Acaba de regresar de Carazo, donde hizo regalos a unos amigos. Antiguos alumnos llegan a buscarlo. El celular no para de repicar. Invitaciones a cenas y juergas. Sus anfitriones son los mismos que forjaron el primer semillero de Taekwondo, cuando Hoozky lo trajo al país en 1972 siguiendo a una dama nicaragüense de la que se enamoró.

Por las manos de Hoozky, a lo largo de 12 años, pasaron más de 4 mil alumnos. Y no son alumnos cualquiera. Muchos de ellos llegaron a convertirse o ya lo eran, en la plana mayor de los conspiradores contra Somoza que en ese tiempo se movía en las universidades.

Antes de ser generales y militares destacados, Javier Carrión, Oswaldo Lacayo, Hugo Torres y Javier Pichardo se dieron de golpes en las clases de Hoozky. A Pichardo le decían “Patada de Mula”, por lo fuerte que pegaba.

Fernando Martínez, Ministro actual de Transporte, aprendió a golpear primero antes de hacer diseños y Mónica Baltodano formó parte de estos jóvenes que se convirtieron en personajes del primer gobierno sandinista.

(Foto/ Apuntes para la historia del Tae Kwon Do(1972-1982)
Un grupo de familiares y alumnos junto a Ricardo Hoozky, a la derecha. Entre sus más destacados estudiantes estuvo Javier Pichardo (el último a la derecha), a quien le decían “Patada de Mula”. Los entrenamientos eran fuertes, algunos hasta vomitaban, como los de abajo realizados en la UNAN-Managua. (Foto/ Apuntes para la historia del Tae Kwon Do(1972-1982)

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Entre las muchas fotos de aquellos años, está la de un muchacho con un corte de pelo a lo “Rey León”, muy parecido a José Luis Rodríguez “El Puma”. No tenía pelos en la lengua y Hoozky hace una seña con sus manos, ahora que está montado en sus recuerdos, para indicar que era “lenguaraz”. El joven de la foto tiene una sonrisa escondida, a lo Mona Lisa, pero tras esa mirada de fiereza asoma una sonrisa burlona.

“¡Ese machillo qué va! ¡Eso no sirve para nada, a mí no me queda!”, retaba una y otra vez, según el recuerdo del maestro.

Ricardo Hoozky no lo aguantó más y aceptó el reto. Le dio una paliza, a quien con el tiempo se convertiría en diputado y dirigente sandinista: Gustavo Porras.

Según Hoozky, que ríe con medida, su alumno no volvió a faltarle al respeto y tampoco volvió a ser impuntual con la hora de entrada.

En esos años, el Taekwondo era una práctica desconocida en Nicaragua, por lo que la llegada de Hoozky fue una especie de “hágase el Taekwondo y el Taekwondo se hizo”.

Los más jóvenes asociaban el deporte a volar, lanzando patadas a velocidades inverosímiles como en las incipientes películas chinas que tenían en esos años a un chino llamado Wang Yu, como director y principal protagonista.

“Yo les dije que no tenía licencia para volar (…) El Taekwondo era un estilo nuevo. En Nicaragua conocían el estilo japonés, o Karate Do. Había una escuela por el Campo Marte. El dueño era Rubén Darío Basualdo, nieto del gran poeta”, dice Hoozky quien enfatiza el nombre y no desaprovecha la oportunidad para decir que ese señor fue nieto de lo más grande “que ha tenido esta tierra”.

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Cuando niño era de esos muchachos que le pegaban a cada momento al extremo que sus padres terminaban de rematarlo con regaños para enseñarle que debía defenderse.

Sí le gustaba el deporte. Hoozky, nacido en diciembre de 1948, vivía a tres cuadras del Gimnasio Nacional en San José.

En Costa Rica no se sabía nada de la disciplina del Taekwondo, todavía en esos años no había despuntado Bruce Lee y su fantástico y trepidante ritmo de peleas, pero el niño Hoozky miró algo que le gustaba en la práctica que un francés hacía en su casa, pegándole a un saco con sus manos y pies.

Se hicieron amigos. Aquel le regaló un uniforme al regreso de unas vacaciones de Navidad a su país, y desde entonces el destino del niño quedó sellado.

De ser el niño apaleado se fue al otro extremo. Rompía costillas y brazos a sus rivales amorosos cuando tenía 20 años y su padre, Pedro Hoozky, que antes lo regañaba para que se defendiera ahora le decía que mejor no buscara problemas con los otros.

Pedro Hoozky era originario de Alemania y había formado su hogar con Sara Virginia Lizano, y allí en ese sitio había crecido este niño que empezaba a ser temido en el barrio y que con el tiempo un ex guardia nacional bautizó como “abanico de tirar golpes” después de verlo hacer una demostración en Costa Rica.

A los 12 años viajó con sus padres a Nueva York, donde ellos residían y empezó a practicar ya con seriedad el deporte.

Tuvo maestros extraordinarios al punto que cuando llega a Nicaragua en 1972 ya tenía un segundo dan, cinta negra.

Entre sus maestros estuvo Sunishi Kobayachi, cinta negra, quinto dan, y luego tuvo a Dan Wong Kun Yang, a quien llamaban Aquiles por la dificultad que tenían los alumnos para pronunciar su nombre.

Un día “Aquiles” vino a Nicaragua y fue tan bien recibido que la Guardia Nacional lo quiso contratar para que entrenara a sus miembros, pero nunca quiso. “Ya tienen en Nicaragua a Ricardo (Hoozky)”, respondió. La próxima tarea entonces era convertir a este joven en parte de su equipo. Lo que no sabían era que detrás del “no” que les daba cada vez que le hacían la propuesta, estaba un hombre que ya empezaba a rimar con el sandinismo.

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“Hoozky era un tipo simpático, un tanto hablantín. A algunos le podía parecer farsante, pero ya una vez que lo conocías te dabas cuenta que era una forma natural de ser. Era jodedor, tenía sentido del humor”, recuerda el general retirado Hugo Torres, uno de sus alumnos en León.

Hubo ocasiones en que esas bromas hicieron que Torres botara la gorra. Bromeaba al punto que el general retirado lo recuerda como uno de esos chavalos necios que no paran de molestar. Alguna vez en el Cine Teresita, viendo una película de la monumental Isabel Sarli, Torres escapó de un golpe cuando su maestro sólo vio la sombra en la oscuridad y por un acto reflejo levantó la mano.
“Tenía reflejos felinos”, asegura Torres.

Marcos Méndez dice que las ocurrencias de su maestro eran tales que una vez le pegó un fuerte golpe en un brazo después de llamarlo, “sólo porque quería probar un ungüento que le habían regalado contra las inflamaciones”.

A pesar de estos deslices, sus alumnos lo recuerdan como buena persona en los tiempos en que ayudó al sandinismo con sus entrenamientos.

“Sin saber colaboré con el sandinismo. Al sandinismo me gustó tomarlo en un inicio como nacionalismo. Las ideas de Sandino son ideas que van más allá de las fronteras nicaragüenses, el nacionalismo que todos queremos”, predica Hoozky.

Creyendo en Sandino y en el Taekwondo formó varios grupos: tres en Managua, incluyendo uno en Bolonia, otro en León y también viajaba continuamente a los departamentos a enseñarle a jóvenes conspiradores o que simplemente querían aprender el arte coreano.

“Nunca cobró un centavo”, sostienen Hugo Torres y Carlos Cuadra Clachar, otro de sus discípulos destacados.

Javier Pichardo lo recuerda como alguien ejemplar, humilde y con grandes cualidades profesionales. “No lo había reflexionado, pero todos los estudiantes de Hoozky eran del Frente (Sandinista). En esa época todos estudiábamos en la universidad”.

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El 21 de agosto de 1978 hubo violencia en el Polideportivo. Hoozky estuvo allí. Un año antes se había formado un grupo de entrenamiento en la UNAN-Managua y sus rivales eran los cadetes de la Academia Militar.

La Guardia de Somoza logró contratar en esos años a Han Jung Lee, cinta negra, quinto dan en Tae Kwon Do y cinta negra 4to dan en Judo, un hombre respetable que con el tiempo se convirtió en padrino de uno de los hijos de Hoozky.

Ambos organizaron el primer torneo entre la Academia Militar y la Escuela de Hoozky.

Esa primera competencia de 1977 estuvo reñida y al final se impuso la GN ganando dos medallas de oro, dos de plata y dos de bronce. De paso se pactó un segundo encuentro que terminó realizándose el 20 de agosto de 1978.

Un día después La Prensa publicó la noticia. La rivalidad se había tornado aún mayor en el contexto político contra la dictadura. Esta vez también el encuentro se celebró en un sitio lejos de la Academia Militar y la población podía asistir al evento.

La Prensa reportó: “Peligrosa situación por no saber perder. De no ser por la rápida intervención del vicerrector de la Universidad Nacional Autónoma de Managua, Julián Corrales, así como del administrador de la misma, Arnulfo Oviedo, hubiera sido una de San Quintín la eliminatoria nacional de Karate Koreano entre los equipos de la UNAN y la Academia Militar, realizada el sábado en el polideportivo España”.

En ese tiempo, según Hoozky, ganarle a la Guardia era ganarle a Somoza. Pero la tenían difícil. Los militares habían sido bien entrenados y comían bien, a diferencia de los chavalos de la universidad que usualmente se “iban a calentar (fumar marihuana) debajo de unos palitos y eran trasnochadores”.

Cuando llegaron al Polideportivo, el lugar escogido, la UNAN llevaba como su mejor carta a Carlos Cuadra Clachar, un chele invicto en todos sus combates en la categoría abierta que equivalía a más de 154 libras.

Los guardias llevaban a un gallo tapado. A un asesino, según las distintas versiones de los estudiantes que resultó ser Michael D. Echanis, un famoso mercenario estadounidense que se había hecho un nombre asesinando comunistas y publicando libros de artes marciales, de las que era experto.

“Yo no lo conocía y nunca supe que era él, no sé cómo hubiera reaccionado de haberlo sabido, tal vez me hubiera acalambrado. Lo que recuerdo es que el nivel de todos los competidores era muy bueno”, recuerda Carlos Cuadra Clachar en un libro reciente que rememora la historia del Tae Kwon Do en Nicaragua.

Hoozky dice que Cuadra era temido dentro de los cadetes porque una patada suya significaba de inmediato costillas rotas.

El ambiente estaba caldeado. A un lado estaban algunos miembros de la jefatura de la Guardia Nacional, que llegaban a ver a sus pupilos. Del otro lado estaba el pueblo que gritaba consignas como aquellas que advertían que enterrarían el corazón del enemigo en la montaña.

Pero la pelea, por muy emocionados que estaban todos, terminó rápido. Echanis entró a la arena y Cuadra rápidamente le pegó una patada. El mercenario salió volando y cayó detrás de una baranda derrotado. La Guardia inmediatamente salió de las instalaciones y un teniente amenazó a Hoozky advirtiéndole que lo conocían bien y que se iría de Nicaragua en un ataúd.

A partir de ese acontecimiento, todos esperaban que se desatara una persecución, pero en esta Nicaragua violenta y revoltosa ocurriría algo más relevante. El 22 de agosto de 1978, Edén Pastora entró al Palacio Nacional, al mando de un comando sandinista, y el esfuerzo de las fuerzas armadas de la dictadura se ciñó sobre ese revés político.

Un mes después, Echanis pilotaba un avión del general Iván Alegrett, cuando el aparato cayó misteriosamente. Ambos murieron, como también lo hicieron muchos de los alumnos de Hoozky en la lucha contra Somoza que acabaría el 19 de julio de 1979.

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Treinta y cinco años después de la primera escuela de Taekwondo en Nicaragua, el maestro que la fundó dice que “falta una cabeza que los dirija”.

Alejado del país, tiene ahora un séptimo dan cinta negra y es miembro de la AAU (Unión de Atletas Amateur de los Estados Unidos), donde es instructor.

Para Frank Silva Duarte, presidente de la Federación de Taekwondo reconocida por el Comité Olímpico Internacional, se trata de una percepción que Hoozky ha alimentado por su lejanía del país.

“Ahorita el Taekwondo tiene una cabeza, un directorio que ha desarrollado el deporte. Todos los miembros del directorio son presidentes de asociaciones departamentales y han desarrollado dos, tres o cuatro escuelas en los lugares de donde son originarios”, explica Silva.

Según este funcionario, sólo en Managua hay diez escuelas aceptadas por la Federación que representa. Hay tres más en Matagalpa, una en Estelí, dos en Chontales, tres en Carazo, dos en León y una en Rivas. De forma organizada, mil personas aprenden este deporte en el país, incluyendo a niños.

Silva reconoce que “hay cierta gente que quiere ser dirigente, pero no tienen la capacidad”. En Nicaragua hay dos vertientes del Tae Kwon Do: la de Corea del Norte y la del Sur, y de fondo una historia que nació con este costarricense que terminó lanzando patadas y quebrando tablones de madera con la cabeza en una de sus presentaciones en esta Nicaragua, en la que dice: “Quiero que me entierren cuando muera”.

Junto a su familia en una reciente visita a Managua. “Mis hijos me salieron chiquitos”, dice riéndose este costarricense, a quien sus amigos recuerdan como bromista.

Mística

Marco Méndez, uno de los antiguos alumnos de Ricardo Hoozky, relata que lo importante en el entrenamiento de su generación era la seguridad de cada persona y el respeto a los demás.

“Eso nos daba fuerza tanto física como mental. Algunos compañeros no tenían las posibilidades de hacer sus tres tiempos de comida y se hacía lo que se podía para ayudarnos a superar esa limitante”, cuenta Méndez.

A pesar de esas limitaciones existía una profunda mística. Los alumnos de Hoozky corrían por su cuenta cada uno diez kilómetros diarios en las madrugadas para mantener una buena condición física.

“No lo hacíamos por obligación. Estábamos enamorados del Taekwondo y todavía lo estamos”.

Su salida en los 80

Que haya sido maestro de la mayoría de la guerrilla sandinista sólo podía significar que, cayendo Somoza, la suerte le sonriera. Pero no fue exactamente así.

Fue probador de carros de los miembros de la primera junta que dirigió el país, y jefe de transporte de esa dirección colegiada. Viajaba frecuentemente a Costa Rica, donde compraba repuestos para sortear, en parte, el bloqueo que les imponían.

Y hubo una vez en que lo acusaron de un faltante de combustible, que lo investigaron y que lo aislaron hasta que uno de sus ex alumnos, Emilio Baltodano Cantarero, lo mandó a llamar para pedirle disculpas según él por “el error cometido”.

“Todo esto (lo del faltante de combustible) sucedió muy rápido y me causó un dolor terrible pues jamás pensé en la vida que se llegara a dudar de mí. Ocurrió en 1981. Yo había sacrificado fortuna, buenas ofertas del extranjero para entregarme a una causa justa y noble”.

Y después le ofrecieron otro puesto en el organismo del Instituto de Reforma Agraria que manejaba los megaproyectos del gobierno sandinista, pero en Taekwondo no lo tomaron en cuenta. Yasí, en 1984, decidió irse después de analizar su situación y motivado también porque su mamá estaba enferma en Nueva York. “No me gustaba el rumbo que la revolución tomaba”.

“Además llegué a comprender —dice más adelante en un correo electrónico donde explica esta situación— el verdadero significado del refrán: mal le paga el diablo a quien bien le sirve”.

Alumno especial

Uno de los alumnos que más recuerda Hoozky es Octavio Cajina alias “Cara de Malo”, quien trabaja en escuelas públicas de Estados Unidos y reta a maestros de artes marciales que trabajan en ellas.

Cuando gana parece que cumple el mismo guión: les dice a los muchachos que en su país un señor de apellido Hoozky le enseñó artes marciales, en la época de la guerrilla, cuando el costarricense al que llamaban “el Wang Yu tico nica” se volvió el profesor de los conspiradores, mezclándolo con su arte milenario.

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