Ernesto Cardenal, el poeta cósmico

Perfil, Reportaje - 15.07.2019
Poeta Ernesto Cardenal

Ernesto Cardenal es uno de los poetas vivos más importante de Hispanoamérica. Candidato al Nobel de Literatura en varias ocasiones, también es sacerdote, fue monje y revolucionario. Este es un acercamiento al escritor de 94 años de edad

Por Julián Navarrete

De las sombras sale aun el más tenue rayo de luz. Apenas baña su cara fija sobre un libro abierto. En un sillón café de colchón grueso está sentado Ernesto Cardenal. Reclinado sobre el espaldar, las manos a los costados, hace una pausa en su lectura y guarda el lapicero de apuntes.

—Buenos días —dice, cuando entramos a su estudio. Parece que hoy el poeta de 94 años de edad se encuentra de buen humor. Lleva una cotona blanca y un silbato colgando de su cuello para llamar a la sirvienta, Anita, que trabaja desde hace varias décadas con él, y a un enfermero que lo asiste desde hace meses, cuando estuvo hospitalizado por una infección renal.

Cardenal tiene el estilo de siempre: boina negra estilo Che Guevara, sandalias con unos calcetines ralos y un pantalón corto a la altura de las rodillas. Se le ve delgado pero no enfermo. El cabello blanco se escapa por los costados de su cabeza y unos cuantos vellos también blancos cubren su barbilla; otros menos su boca.

—¡Hablame duro que estoy sordo! —dice, y aclara que solo contestará las preguntas que previamente le envié y que él reflexionó para darme las respuestas. No es algo nuevo. Entre los periodistas y poetas que lo buscan, Cardenal se ha ganado la fama de ser “huraño” y poco paciente durante las entrevistas. Esta mañana, sin embargo, responderá algunas preguntas fuera del cuestionario e incluso sonreirá para la cámara fotográfica.

Será una mañana frente a frente a Cardenal. Pero como él mismo sabe, el tiempo no es como el tic-tac del reloj que ahora en la pared señala las 11:15 de la mañana, sino que es el espacio donde han transcurrido sus acciones: las tardes de niño en las calles de Granada en brazos de Dominga, su niñera; las tertulias de su tía Trinidad en León, los poemas de Rubén Darío que lo inspiraron; los recuerdos del poeta Alfonso Cortés atado a una viga del techo de su casa, las locuras de su tío Felipe Arellano, los viajes a Poneloya, la playa donde conoció a su primer amor, Mireya, cuando tenía nueve años y ella uno menos; la agonía de su hermano Popo, el internado en Granada, las aventuras de muchachas con Carlos Martínez Rivas, el gran talento poético después de Rubén Darío según el propio Cardenal; Carmen su gran amor, el descubrimiento de Dios, las noches en Solentiname, hasta llegar a finales de junio de 2019, donde ahí sentado el poeta evoca tantos recuerdos con cada pregunta o con una sola sin que el minutero del reloj siga su curso natural.

El anciano cubierto bajo esa tenue luz amarilla ha sido nominado al menos en tres ocasiones al Premio Nobel de Literatura, 2005, 2007 y 2010, y ha sido ganador del Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, entre otros oropeles. Su obra, que inicia como ahora con unos breves apuntes en una libreta o en hojas sueltas, ha transitado el amor, la cultura popular, la política, lo divino, hasta llegar al cosmos y el universo. Para sus amigos, Cardenal “ha trascendido de este planeta y ahora escribe desde afuera de la Tierra”, pero él simplemente aclara que le gusta escribir “sobre la vida y la realidad, y ambas cambian con los años, así como la poesía”.

El poeta Cardenal en su estudio en Managua. Foto: Óscar Navarrete

***

En un principio, antes que el poeta escribiera y mucho antes de que formara una comunidad contemplativa en el archipiélago de Solentiname, Ernesto Cardenal era un niño como cualquier otro de la burguesía de Granada. Vivía en la Casa de los Leones, un edificio con el único portal de piedras que había en Nicaragua con dos leones labrados a cada lado de donde obtenía su nombre.

La casa de Granada, sin embargo, era mucho más antigua. Pertenecía a la familia de su abuelo, Salvador Cardenal, un comerciante rico que tenía tiendas en Granada, León y Managua. Su familia desciende de su tatarabuelo, Lorenzo Cardenal, que era originario de Tolosa, en el País Vasco. Lorenzo era piloto de altamar y llegó a Nicaragua en un barco de vela, pasando por el estrecho de Magallanes y naufragando en León.

Después de varias guerras entre Granada y León, las ciudades más importantes de entonces en Nicaragua, donde la familia Cardenal fue saqueada, solo algunas mujeres se quedaron a vivir en León y el resto de familiares se trasladaron a Granada. En este lugar es el primer recuerdo de Ernesto, justo en la calle Atravesada, calle de comercio, donde iba en brazos de Dominga, su niñera. Aquel día una mujer se le acercó a ella y le preguntó si era niño o niña. El poeta debía tener unos tres años de edad y andaría vestido con una batita, de modo que no podía identificarse si era varón o mujer.

Hay una foto en la que aparece con su hermano Popo, un año mayor que él, ambos con una especie de vestido negro con unos corpiños en el cuello y en las mangas. Los dos llevan zapatos y calcetines blancos hasta el empeine. Ernesto está sentado con las manos juntas, mientras que su hermano le echaba una mano al hombro. No menciono la foto porque de inmediato habla sobre que unos tres años después, a los seis años de edad, empezaría a escribir.

Ernesto Cardenal (sentado) con su hermano Popo. Foto: Archivo fotográfico de Ernesto Cardenal en el libro Vida Perdida.

Por una orden de su abuelo, Salvador, la familia de Ernesto se trasladó a administrar la tienda en la calurosa ciudad de León. Ahí pasaría siete años de su vida, hasta que cumplió 12 años de edad. Lo más importante, no obstante, sería su acercamiento a la poesía de Rubén Darío y vivir su primer enamoramiento.

—Mi padre, Rodolfo, se ponía a leer en voz alta los poemas de Rubén Darío —dice Ernesto, y por esa razón es que su primer poema está inspirado en la tumba de Darío.

Ernesto escuchaba embelesado a su papá que declamaba una retahíla de palabras musicales que no entendía. A los seis años de edad era casi imposible que pudiera entender, por ejemplo, esta línea de Darío en el Responso a Verlaine: “Que púberes canéforas te ofrenden el acanto”, de la cual el propio Federico García Lorca dijo que solo entendió la palabra “que” cuando lo leyó por primera vez.

El pequeño Ernesto creía que se producía belleza juntando las palabras que terminaban con el mismo sonido. La riqueza de las rimas. Y esto era lo que hacía debajo de un árbol de laurel, donde escribía una poesía “pura, sin ideas, únicamente de rimas”.

Muchos años después descubrió que tuvo muchas semejanzas con Darío. Para empezar su tía Trinidad, hermana de su abuela, era parecida a Mamá Bernarda, abuela de Rubén. Ambos vivieron casi a la misma edad en León en casas coloniales muy parecidas que estaban cerca de la iglesia San Francisco, donde ambos, en distintos tiempos, llegaban a confesarse y comulgar. A los dos les contaban los mismos cuentos de fantasmas que los espantaban y que Rubén dijo “me contaban cuentos de ánimas en pena y aparecidos”. Uno como el otro vacacionaban con sus familias en Poneloya, una playa de León, y en las noches se apartaban para ver las estrellas.

Fue por esos días que conoció a Mireya, una niña de siete años de edad, un año menor que él, de la cual recuerda tenía “ojos y pelo dorado”. Nunca le declaró su amor porque “pensaba que era una cosa que no se decía”, o porque nunca pensó que lo que sentía se llamaba amor. Simplemente se le regresan imágenes de ambos jugando naipes y bañándose en el mar. Para que esto no fuera borrado por el mar del olvido, Ernesto lo escribió en una comparación que hizo de este enamoramiento con el paraíso en el poema Cántico Cósmico:

Mireya mi amor de infancia en las playas de Poneloya.
Fue mi Beatriz. De ojos dantescos
que no sólo es lo dantesco un bombardeo, un terremoto.
Dantesco es también el Paraíso.
Y mi Mireya, dantesca.

La casa de los Leones de Granada donde Cardenal vivió su infancia. Foto: Archivo fotográfico de Ernesto Cardenal en el libro Vida Perdida.

***

La casa de Cardenal está ubicada en los Robles, un residencial de clase media de Managua. Se trata de una construcción esquinera en la que ya han pasado sus mejores bríos. Dentro resaltan unos cuadros pintados por nativos de Solentiname, el archipiélago en el lago Cocibolca, y algunos retratos de guerrilleros mártires de ese mismo lugar.

Es una casona amplia y chata, como las que se acostumbran a construir en este país por el temor a los terremotos. La cocina a un costado de la sala, donde ya empieza a hervir un pescado que almorzará Ernesto; un patio contiguo del que se levantan árboles y plantas, por donde unos patos van graznando y unos chichiltotes ya revientan.

Las bujías están apagadas y todo se ilumina con la luz natural de mediodía. Hay muchos cuartos en esta casa y ningún televisor o equipo de sonido en la sala, tampoco en las habitaciones que logro entrar. “A Ernesto no le gusta mirar películas y es sordo para la música”, dice Luz Marina Acosta, una poeta y pintora que ha sido su asistente durante 40 años.

Es curioso que no escuche música, no le guste el cine y el teatro, aunque sí lee este tipo de obras por escrito. El resto de la casa está llena de libros, en los pasillos o corredores, en el estudio de Cardenal, y en algunos cuartos solitarios. Más extraño todavía es que casi todas las publicaciones que consulta, con alguna excepción, son en inglés. Luz Marina Acosta, una señora esbelta y enérgica, le entrega las últimas ediciones de las revistas The New Yorker y The New York Review Of Book que le llegan periódicamente junto a otras revistas científicas.

Hoy Cardenal le anotó en un papel a Luz Marina dos libros que necesita leer porque en ellos “encontraré el final perfecto de mi poema”. Ella me muestra algunos borradores que Ernesto le entrega casi todas las tardes para que ella los transcriba en un documento digital. Siempre es su primera lectora, y cada vez le resulta más difícil hacerle una crítica sobre sus poemas. “A mí todos sus poemas me encantan”, dice Acosta.

Cardenal, sin embargo, vuelve a ellos siempre. Los pule con meticulosidad hasta que quedan “publicables”. Este proceso, desde hace unos años, lo ha registrado Acosta, quien ahora tiene anotado la transformación de cómo inician y finalizan sus últimos poemas.

—¿Sobre qué está escribiendo ahora? —le pregunto a Cardenal en su cuarto.

—Sobre lo mismo que en los últimos años he estado haciendo: el cosmos, la muerte, la resurrección. El universo en el que estamos.

—¿Qué hay después de la muerte?

—Creo en la resurrección. Es mi tema principal. La muerte es otra etapa de la vida y para resucitar hay que morir.

—¿Entonces hay algo más después de esta vida?

—Esto no iba a ser entrevista… Yo iba a responder unas preguntas que tengo aquí, que son más fáciles de responder, no cosas que no he preparado —responde molesto, y entonces empieza a contestar las demás preguntas.

Luz Marina Acosta luego me explica que Cardenal tiene la debilidad de pensar rápido una respuesta. Más bien es reflexivo con las preguntas, dice. Además de no ser locuaz, es callado, y su conexión es del pensamiento a la escritura y no hacia la oralidad.

“Muchos periodistas vienen a la casa sin avisar y se meten al cuarto a saludarlo. Le empiezan a hacer preguntas para una entrevista y es por eso que Ernesto se molesta”, dice Acosta.

Todas las mañanas escribe poemas. Está trabajando en el libro Resurrección. Foto: Óscar Navarrete

El poeta nicaragüense Julio Valle Castillo le puso el nombre de Ernesto a su primer hijo por la admiración que le tiene a Cardenal. Él dice que otra cualidad del poeta es la sinceridad al momento de hacer críticas. “Muchos escritores y poetas llegan con sus escritos y Ernesto les dice “que no sirven”. Las personas se resienten y por eso dicen que es malcriado o huraño”, dice Valle Castillo. De ahí que en muy pocas entrevistas de Cardenal uno encuentre respuestas profundas. No obstante, su sinceridad les ha dado buenos titulares a los periódicos.

—¿Cuál es el mejor libro que ha escrito? —le sigo preguntando a Cardenal.

—Sin duda es Cántico Cósmico, un poema de 500 páginas que se me llevó como unos 30 años hacerlo. Desde bastante joven empecé a reunir muchos datos científicos que servían para hacer un poema científico. Cuando llevaba 90 páginas supe que sería más grande y que podría ser muy aburrido si solamente se hablaba de la armonía del universo, el amor y del mundo, sino que también debía poner cosas reales de mi vida, de la economía, chistes, anécdotas…

Cántico Cósmico, según Cardenal, es una inspiración de Ezra Pound, del cual aprendió que la poesía debía tratar sobre cualquier tema, al igual que la prosa, y no solamente de aspectos estrictamente poéticos, sino más bien cotidianos. Y yo recuerdo aquella frase que le atribuyen a Ernest Hemingway en la que asegura que ningún tema es horrible si la historia es veraz, la prosa es limpia y honesta, y si demuestra valor y elegancia bajo presión. Pero este libro de Cardenal escrito en verso libre es una especie de crónica del principio del universo en el que se combinan los datos científicos, el misticismo y anécdotas. “Lo tuve que publicar sin haberlo terminado”, dice Cardenal.

La obra se publicó en 1993 y Cardenal dice que todos los libros que ha publicado desde entonces son una continuación de este. Antes de imprimirlo pidió que una universidad científica de Alemania verificara que no hubiera ninguna errata en los datos. “Y no encontraron ningún error”, dice Acosta. Yo abro el libro de 581 páginas y leo: “De las sombras sale aun el más tenue rayo de luz”, y creo que podría servir para comenzar.

***

La máquina de escribir de Cardenal. Foto: Óscar Navarrete

Son las doce del mediodía y el almuerzo ya está por servirse. Ernesto Cardenal aparece en el ámbito de la sala caminando con un andarivel. Atrás va un enfermero custodiándolo. Ambos se sientan alrededor de la mesa. Pide la vinagreta que luego le echa a la ensalada acompañada con un filete de pescado.

Uno de los grandes placeres de Cardenal ha sido comer. “Cardenal es comelón”, dice la poetisa y escritora Gioconda Belli, que se encuentra con él frecuentemente en recitales y festivales en Alemania. “Le encantan las salchichas. Le gusta la buena comida y comer a la hora que toca. No le gusta aguantar hambre”, agrega Belli.

Luis Rocha, otro amigo poeta de Cardenal, cuenta que durante la última vez que estuvo enfermo había perdido por primera vez el apetito. “Aunque podía comer, le preocupaba que no le daba hambre y me pidió que hablara con su doctor para que lo dejara comer iguana con pinol”, dice Rocha, riéndose.

En los últimos años ha estado hospitalizado unas tres veces. En la última ocasión, a inicios de 2019, se tenía todo preparado para su funeral. El Vaticano le levantó el castigo que desde 1983 le impedía administrar los sacramentos. Él y otros tres sacerdotes, incluyendo a su hermano Fernando, fueron suspendidos por el papa Juan Pablo II por apoyar a la Revolución popular sandinista, de corte comunista. Es famosa una fotografía del máximo líder de la iglesia Católica regañando a Cardenal en su primera visita en Nicaragua.

Ernesto Cardenal formó una comunidad contemplativa en Solentiname, de la cual salieron muchos cuadros guerrilleros y el famoso ataque al cuartel San Carlos en 1977, que tuvo más pena que gloria pero que sirvió para avivar la llama de insurrección del Frente Sandinista que derrocó dos años después a Anastasio Somoza Debayle.

Una vez triunfó la revolución, Ernesto Cardenal pasó a ser ministro de Cultura. Ahí se encontró con Luz Marina Acosta, que antes estaba exiliada por ser militante del Frente Sandinista, y más tarde con Gioconda Belli y Luis Rocha, ambos poetas como parte del mismo movimiento.

—Nosotros no queremos hablar con usted, porque usted es el marido de ella —recuerda Gioconda Belli que le dijo Ernesto al actual presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, en los años ochenta, cuando quiso intervenir durante una reunión de militantes del Frente Sandinista que pedían la expulsión de su esposa Rosario Murillo, actual vicepresidenta, por intrigar contra Cardenal.

La pugna con Rosario Murillo le socavó poderes a Ernesto Cardenal, hasta que renunció al Ministerio. Sin embargo, más de 30 años después la persecución contra el poeta se reavivó con una resolución en el que el Estado de Nicaragua le impuso una multa de 800 mil dólares y le congeló sus cuentas, por lo que Ernesto ha denunciado que “existe una persecución de parte de la pareja presidencial” contra él.

Una de las condiciones para esta entrevista fue que no le preguntara sobre este tema, pues según él le podría traer represalias. Le insistí en sus poemas nuevos, que según sus amigos hablan sobre la actual crisis política de Nicaragua, pero Cardenal solamente dijo que trataban sobre la “resurrección”.

Con Rosario Murillo en la redacción de LAPRENSA. Foto: ArchivoLaPrensa

***

Hubo un dilema que persiguió a Ernesto Cardenal durante sus primeros 31 años de vida, exactamente hasta el 2 de junio de 1956. Y era que se debatía entre entregarse al amor terrenal de una mujer con quien casarse o entregarse completamente a Dios. No se puede decir que hizo poco por conquistar a las muchachas más bellas de su época, pero ese fracaso perpetuo estuvo determinado para que pudiera encontrar “el amor verdadero”.

Su primer enamoramiento ocurrió cuando tenía nueve años de edad, con Mireya, allá en las playas de Poneloya. Sin embargo, desde los 18 años, cuando empezó aquella obsesión por casarse, desfilaron por su vida una serie de muchachas que pudieron haberle dado un giro radical a su destino.

La que ocupa el mejor lugar en sus recuerdos es Carmen Chamorro Benard, conocida como Nena en Granada, donde Ernesto la conoció. Él ya se había bachillerado y ella era una estudiante de 14 años de edad del Colegio Francés. Hay que decir, en sus libros de memorias está escrito, que tendría esta predilección por las niñas de esta edad incluso hasta los 31 años.

“Yo argumentaba en mi defensa que según se dice Julieta de Romeo tenía catorce años, y Helena de Grecia también tenía catorce años cuando la raptó Menelao. Ciertamente yo había tenido siempre predilección por las muchachas muy jóvenes”, cuenta en su libro autobiográfico Vida Perdida.

En estas páginas nombra unas 14 muchachas o niñas de las cuales Ernesto estuvo en algún momento prendado. Con mayor o menor intensidad, como es natural, pero con quienes consideró siempre la opción del matrimonio. Algunas le correspondieron y la mayoría no lo hizo. Sin embargo, estas últimas fueron quienes inspiraron sus poemas, porque como él mismo dice: “es mundialmente conocido que inspira más el amor desdichado que el amor feliz”.

Cardenal a los 30 años de edad después de regresar a Nicaragua tras su viaje a Europa. Foto: Archivo fotográfico de Ernesto Cardenal en el libro Vida Perdida.

En esta parte de su vida Ernesto considera que ya estaba labrado su destino. “Siempre aparecía un amor correspondido o uno que yo tal vez equivocadamente me imaginaba que lo sería, y me veía cerca del matrimonio, sentía una zozobra, yo diría más bien pánico: el hecho de que si me casaba se cancelaba para siempre la posibilidad de una entrega a Dios”.

Fue muy enamoradizo y según él mismo exigente con la belleza femenina, a pesar de que reconocía no ser agraciado y para muestra cita su apodo de “Pizote”, por su larga nariz que resaltaba desde la secundaria. Lo que más horror le daba era que su futura esposa engordara y se convirtiera en una “vieja fea”. “En algunos casos me produjo una profunda preocupación el ver a la posible suegra que era gorda y por añadidura muy parecida a la hija, como un retrato de lo que terminaría siendo la futura esposa”.

Carmen, la muchacha de piel sonrosada y ojos dorados, nunca fue más que su amiga. Ernesto aún después de que se marchó a estudiar Literatura en México le escribió poemas y cartas; y al año de haberse ido regresó a Granada para tratar de conquistarla. Había algo curioso en Carmen y era que él la encontraba muy parecida a su madre, Esmeralda Martínez. Ambas tenían una cabellera espesa en esa época y “un peinado vagamente parecido y unos ojos dorados y pestañas que se desnudan con una penetrante luz”.

El amor de Carmen, según Ernesto, era el de los grandes enamorados de la historia. Que cuando ocurre, “la atención queda detenida y fija en una sola persona u objeto”, cuando lo normal es que uno tiene la mente puesta en distintas cosas. “El resto del universo queda oscurecido y uno está pensando en una sola cosa y se dice que es un maniático, porque el enamorado es eso precisamente, un loco”.

En el libro revela que perdió su virginidad a los 21 años de edad, pero no da mayores detalles a pesar de que cuenta aventuras en burdeles y con prostitutas. Lo que sí asegura es que el enamoramiento es una especie de encantamiento. Que por eso los primeros versos de la humanidad tenían que ver con el misticismo y la magia, ya que aunque no son iguales tiene la misma raíz: usan el mismo lenguaje. “El amor era una manía divina y todo enamorado ve divina a su amada, se siente con ella como en el cielo”, dijo Platón.

El poeta lo experimentaría el 2 de junio de 1956, mientras desfilaba la caravana de Anastasio Somoza enfrente de su librería en Managua. Resulta que el primero de la dinastía somocista, meses antes de ser asesinado, sirvió como padrino de bodas de la última novia de Ernesto. En aquel momento se sintió “abatido hasta el fondo del abatimiento”, pero inesperadamente se produjo “una paz muy sabrosa, un deleite muy grande, un placer inmenso” que no tiene otra palabra más que definir sino “cósmico”.

Así Ernesto describe su “encuentro con Dios” y desde ese día se entregó completamente. Es por esa razón que decidió irse al monasterio de la orden trapense.

Ernesto Cardenal a los 33 años de edad en el monasterio de Cuernavaca. Foto: Archivo fotográfico de Ernesto Cardenal en el libro Vida Perdida.

***

—¿Por qué le gusta estar solo?

—No sé, es parte de mi carácter la soledad, y por eso tuve la vocación para moje trapense. Que es una orden donde no se habla nunca, yo era feliz no hablando, más que por señas nos comunicábamos.

En la orden trapense de Kentucky, Estados Unidos, Cardenal estuvo dos años y tres meses casi totalmente aislado del mundo y enfocado en la meditación con Dios. Renunció a escribir y hacer esculturas para entregarse completamente a la divinidad. También hubo un desapego total de las comodidades: dormía sin calefacción, en un cuarto pequeño, con una cama de cemento y aquejado de gastritis.

—¿Se sentía libre?

Yo escogí eso, era libre para escogerlo.

Después de salir de la Trapa en Estados Unidos, Ernesto se fue a otro monasterio en México y un seminario en Colombia, para después fundar la comunidad contemplativa en Solentiname, una isla sin luz eléctrica ni agua potable. Tal vez ese aislamiento voluntario determinó su carácter reacio hacia la danza, la música, el cine y el teatro.

Esta mañana Ernesto también ha recibido la visita de Bosco Centeno y Esperanza Guevara, un matrimonio de Solentiname del cual ha sido una especie de padre. Esta pareja era parte del grupo que formó en la teología de la liberación, de la cual es uno de sus máximos exponentes.

Esperanza Guevara, de 63 años, una morena de rasgos indígenas, tenía nueve años cuando Ernesto Cardenal llegó a Solentiname. En ese tiempo era una isla campesina muy pobre y desconocida, de manera que había un concurso en la radio más popular del país para la persona que adivinara cuál era su ubicación. “Las misas se hacían como una tertulia en la que se leía el evangelio y se interpretaba”, dice Guevara.

Esas interpretaciones de los campesinos de Solentiname fueron plasmadas en el libro “El evangelio de Solentiname”, que le fue sugerido a Ernesto por el escritor argentino Julio Cortázar. “Las discusiones eran llevar el evangelio a la realidad de Nicaragua. Por ejemplo, para nosotros el Imperio eran los gringos y caifás era Somoza”, dice el exguerrillero y retirado del Ejército, Bosco Centeno.  “Ese convencimiento nos llevó a tomar las armas para combatir la dictadura somocista y luego defender la revolución”, agrega.

Cincuenta años después de la llegada de Cardenal, Solentiname pasó a tener nueve escuelas de primaria y secundaria, un centro de salud, médicos, enfermeras. “El gobierno ahora se ha encargado de algunas cosas, pero eso lo empezó Ernesto solo con el apoyo de nosotros”, dice Centeno.

Para los nativos de Solentiname, Ernesto es “un santo de carne y hueso que le gusta comer, leer, reír, tomarse unos tragos de ron, pero que también se equivoca o parece que se equivoca”.

Bosco Centeno y Esperanza Guevara, el matrimonio de Solentiname. Foto: Óscar Navarrete

***

La última vez que lo miro, Cardenal está frente a su máquina de escribir, con el sol bañando su perfil y sus ojos clavados en la ventana. En el mismo cuarto hay una mesa amplia donde toma apuntes, un librero pequeño sobre el que están algunos medicamentos para nebulizarlo. Al fondo una camilla de hospital y encima de ella dos libros, de los 10 que ahora está leyendo de forma simultánea.

Luz Marina Acosta dice que a diferencia de grandes poetas nicaragüenses, como Rubén Darío o Carlos Martínez Rivas, en los que la poesía estaba casi intrínseca, Ernesto se ha labrado su camino porque cada poema le cuesta. “Por eso todavía lee y todavía escribe”, dice Acosta.

—Dicen que la ciencia aleja al hombre de Dios. ¿No le sucede? —pregunto a Cardenal.

—A mí me acerca. La ciencia es un camino más directo a Dios, más que la religión. La religión divide a los hombres muchas veces y la ciencia no.

Para su amigo Luis Rocha, Ernesto pasó de buscar la verdad en la tierra para irse al universo y tratar de encontrar “el sentido a nuestras vidas”. De esta manera, por ejemplo, puede responder el misterio del tiempo y de cómo el reloj en la pared sigue señalando las 11:15 de la mañana y con ello demostrar que no hay nada sumergido en el mar del olvido.

Cardenal actualmente está leyendo más de 10 libros de manera simultanea. Foto: Óscar Navarrete

11 datos sobre el “pueta”

Entre los cientos de poemas que tiene el padre Cardenal, solo ha escrito un cuento, “El Sueco”, se titula.
Desde muy joven se inició como escultor. El tema principal de sus piezas es la flora y la fauna de la isla de Solentiname y se han vendido tanto en Nicaragua como en el exterior.

La silueta de Sandino en metal, ubicada en la cúspide de la Loma de Tiscapa, Managua, fue diseñada por el padre Cardenal.

A pesar de contar con tantos libros, premios y reconocimientos, “Epigramas” es de los más famosos y compartido en las redes sociales. Este es un fragmento: “Al perderte yo a ti, tú y yo hemos perdido: yo, porque tú eras lo que yo más amaba/ y tú, porque yo era el que te amaba más”.

Fue amigo personal del poeta Carlos Martínez Rivas, José Coronel Urtecho y Pablo Antonio Cuadra.

Era primo de Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, el periodista asesinado por la dictadura somocista.

Estudió Filosofía y Letras en México y sacó un máster en Nueva York, adonde también asistía el poeta norteamericano Allen Ginsberg.

Octavio Paz lo conoció en México y le dijo que le gustaban sus poemas. En Nicaragua fue visitado por otros escritores, como Julio Cortázar, quien le sugirió hacer el libro “Evangelio de Solentiname”.

Escribió sobre temas de la cultura popular, como “Oración por Marilyn Monroe”.

Fue inspirado por Thomas Merton para entrar en la orden trapense de Gethsemani en Kentucky, Estados Unidos. Merton fue quien lo indujo a la teología de la liberación, de la cual ambos son referentes.

Es descendiente de un filibustero al que el general Tomás Martínez iba a fusilar. Resulta que antes que le dispararan pidió ser bautizado y que el padrino fuera el general Martínez. A este la cayó en gracia la estratagema dilatoria del extranjero que no hablaba español, y le perdonó la vida. Y en su nuevo nombre cristiano de bautizado incorporó el apellido Martínez, por su padrino.


Familiar de Somoza

Ernesto Cardenal fue sobrino tataranieto de Bernabé Somoza, quien era tío abuelo de Anastasio Somoza García, el primero de la dinastía. Este último no reconoció que era su tío porque Bernabé, a quien llamaba erróneamente Sietepañuelos, era conocido por ser un bandolero.

Resulta que el bisabuelo materno de Ernesto, don Juan Jacobo Martínez, se casó con Esmeralda Moya Somoza, cuya madre era hermana de Bernabé Somoza y de un Anastasio Somoza que fue abuelo del dictador. Doña Esmeralda Somoza de Moya también fue abuela de José María Moncada, y es por eso que es tío de Somoza García.

Sección
Perfil, Reportaje