Francisco Coronado, el famoso “Toro”

Perfil - 02.11.2008
Francisco "El Toro" Coronado

Francisco “El Toro” Coronado es una de las figuras más trágicas del boxeo nacional. Famoso por sus parrandas y su pegada, fue un campeón sin corona. Le robaron una pelea de título mundial y otra la perdió cuando le machetearon los brazos en un pleito de cantina

Luis E. Duarte
Fotos de Germán Miranda

Panamá. 15 de enero de 1977. En una esquina, de pantaloncillo oscuro se presentaba ante su público el Campeón Peso Pluma de la Asociación Mundial de Boxeo, Rafael “Bruja” Ortega, un moreno de afro que había ganado el título un año antes y tenía desde entonces una defensa victoriosa.

En la otra esquina, Francisco “El Toro” Coronado, un muchacho que se había escapado de casa al terminar la primaria para trabajar en las fábricas o vendiendo donas y pan para mantener sus peleas callejeras y sus primeras peleas amateurs. Ahora era el favorito.

Había entrenado seriamente para esa gran oportunidad, como pocas veces en los últimos años. Eso incluía, posiblemente lo más difícil para él, mantenerse sobrio para estar en buena forma física.

—¿No temés perder? –le preguntó un Edgard Tijerino, 31 años más joven y con pelo.

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—No. Estoy seguro de vencer. Esta vez subiré al ring con la misión de salir definitivamente de la pobreza y para ello tengo que destruir a Ortega. Quiero mejorar mi nivel de vida y ayudar a mi familia, quiero la tranquilidad económica que brinda un campeonato del mundo. No puedo fallar.

Desde los periódicos saludaban al posible campeón mundial: “Querer es poder. Francisco Coronado, el famoso ‘Toro’, llega a la culminación de los ideales de cualquier deportista al disputar el título mundial de su categoría. Nosotros somos testigos de su esfuerzo, valor y entrega. Brindemos nuestro apoyo moral al hombre que ha sabido superarse. Elca: Calidad que se ve y que se oye”.

Lo acompañaba su padre, como siempre, el maquinista de trenes, el mismo que le pegaba y le ganó todas las peleas en casa, porque el hijo descarriado odiaba la escuela y gustaba armar broncas.

Su madre, en cambio, no podía soportar el sadismo del boxeo. Doña Minerva Arrieta en su casa de la colonia Morazán le dijo a La Prensa que veía a su hijo encaminado a ser “campeón del guaro”, mientras una de sus cuatro hermanas expresaba que “en realidad todos creíamos que Francisco se moriría borracho y aunque deseamos de todo corazón que gane, lo importante es que deje para siempre la bebida”.

Esa noche, el “Curro” Dossman, entrenador del muchacho, escuchó el resultado sin poder cambiar la historia. Edgard Tijerino estaba reporteando y fue testigo. Vicente “Yambito” Blanco también estaba peleando ese día y lo constata. Ortega huyó, bailó y usó trucos sucios, hasta un lapicero le encontraron en el pelo, sin exageración, pero la decisión fue unánime. Los jueces querían ir al bar y bailar con las muchachas.

La Prensa, 16 de enero de 1977. A ocho columnas el título en la primera página: “Robo descarado. Lástima Toro”.

***

Ahí está sentado, revisando unos papeles con nombres y datos. En medio del barullo del Mercado Oriental, en el centro de un laberinto urbano. Francisco Salinas Arrieta cumplió el 10 de octubre 61 años y entrena en el gimnasio que ha puesto la Alcaldía de Managua en el centro de ventas más grande de Centroamérica.

Luce formal, con un pantalón de vestir y una camiseta estilo polo. Cuando habla hace recordar las películas de Rocky con su deje pausado, casi cansado y de tono grave y ronco.

El nombre “Coronado” viene de un abuelo, porque una tía cuando lo vio recién nacido, dijo que era igualito a él. Así lo bautizó su madre, doña Minerva, quien vive en Estados Unidos con una de sus hijas. Es el único varón de cinco hermanos. Manuel Salinas, el maquinista del ferrocarril, murió hace doce años.

—¿Cómo fue la pelea en Panamá por el campeonato?

—Esa pelea estaba amarrada. (El Brujo) llegó con palillos en el pelo y hielo en los testículos para no cansarse. Yo siempre lo busqué, pero se corría. Cuando estábamos cerca se colgaba hasta de mis pies. Quería mantenerse los 15 rounds porque sabía que así iba a ganar.

—¿Le frustra no haber sido campeón del mundo?

—Claro, me siento avergonzado conmigo mismo, culpable. En primer lugar por la indisciplina, aunque para la pelea me cuidé, en segundo lugar, lo más preciado era la patria, la bandera, darle un triunfo para toda la vida.

En el gimnasio, sus pupilos lo llaman “Toro” a secas, con una confianza brusca para alguien que no es el abuelito consentidor, sino, un tipo rudo que no permite siquiera que tomen los guantes si no llevan vendaje.

Cuando “El Toro” habla del futuro de estos niños, el viejo campeón se pone a soñar con ellos y dice que cuando encuentre algún buen prospecto saldrá la primera medalla olímpica de Nicaragua. El próximo campeón del mundo será del Mercado Oriental.

Una pandilla de chavalos, casi setenta, bravos como fue él a esa edad, llegan de los tramos del mercado y los barrios aledaños para entrenar aquí donde fue la Azucarera, al lado de una biblioteca donde niños aplicados estudian y hacen sus tareas. Están juntos, divididos por dos galeras, como si fueran el bien y el mal uno al lado del otro.

—Hice como cincuenta y pico de peleas profesionales –recuerda Coronado.

—¿Pero por qué perdiste tantas si llegaste a nato?

—No, es que las peleas que yo perdí eran porque era un tipo muy indisciplinado. Lo reconozco ahora. Yo era un tipo que le tocaba pelear en quince días y tomaba, pero aún así peleaba. Al mismo tiempo, tam-bién ganaba bastante, gané más que perdí, pero también me robaron en Colombia y en Costa Rica, también contra “El Brujo”.

Vicente “Yambito” Blanco, su gran rival de todos los tiempos, confirma que se trataba de un gran boxeador maltratado por sí mismo. “Yo creía que era un campeón mundial en potencia (…). Si no fue campeón del mundo fue por su disposición a no cuidarse”, sostiene.

Según Blanco, “El Toro” tenía opciones para llegar a la cima, aguantaba y pegaba fuerte. Era un boxeador rudo que no se escondía, siempre iba hacia adelante tratando de embestir con odio.

Estaba en Panamá peleando en la misma cartelera cuando fue sorprendido por la estafa contra “El Brujo” Ortega, pero no era el fin del mundo. Pudo haber peleado con grandes posibilidades contra el “Coloradito” López, campeón del Consejo Mundial de Boxeo, pero se esfumó todo después del accidente, es decir, tras el pleito callejero de agosto del 77. “Sentí que se perdió un campeón del mundo”, manifiesta Blanco.

Ocho años antes de aquel fatal año, exactamente el 22 de diciembre de 1969, “El Toro” y el “Yambito” se enfrentaron por primera vez en un Estadio Cranshaw abarrotado.

“El Toro” retuvo el título nacional por decisión, pero “Yambito” quedó “envenenado” y pidió disputar una revancha por el honor, como era en aquellos tiempos donde los boxeadores no eran deportistas de portadas de revistas, sino, auténticos gladiadores que nacían en la pobreza pero sostenían un código de caballeros, tanto que la siguiente pelea fue un encuentro sin más en juego que demostrar quién era el mejor.

El “Yambito” aceptó la pelea aunque no estuviera en juego el título nacional y “El Toro” se dispuso a viajar al terreno enemigo, León.

Blanco ganó, pero el púgil que tiene ahora un programa de boxeo en Radio Corporación, recuerda lo que sufrió por retar al “Toro”: “Frente a ese muchacho no podías quedarte parado, si no estabas muerto, si gané fue porque aguanté golpes como nadie más, nunca me habían dado tan duro”.

Coronado en cambio, dijo que le habían robado y esperó el tercer encuentro donde puso finalmente en juego el título pluma nacional para definir finalmente quién era el verdadero campeón.

Evelio Areas tenía planeada una contienda por la corona mundial de Rubén Olivares que pensaba darle al “Toro”, sin embargo, dejó que peleara.

El 12 de septiembre de 1970 en un verdadero combate de titanes, el “Yambito” le arrebató el título por lo que Areas puso al nuevo monarca nacional de los peso pluma como rival de Olivares, aunque meses después el nicaragüense terminaría en la lona, sin pasar más allá del quinto asalto.

Fotos de Germán Miranda
En el Mercado Oriental asiste a 70 niños y adolescentes que sueñan con ganar dinero a punta de golpes. Aquí con un grupo de ellos.

***

Siempre que podía acompañaba a su padre en los viajes que hacía a Corinto en tren. En el puerto había rivales buenos para practicar sus berrinches. “Desde pequeño me gustaban los clavos serios, así de pelea en pelea con los nudillos descarnados me fui curtiendo a golpes”, dijo “El Toro” antes de la pelea con Ortega en Panamá.

Fue expulsado por uno y otro motivo de los colegios José Martí, República de Ecuador y después del Centro Simón Bolívar. Era el protector de los estudiantes más pequeños quienes lo llamaban para darle palizas a los más grandes que acosaban en los recreos y después de los bochinches salía a comer enchiladas con sus protegidos.

Cuando reprobó el sexto grado, Coronado decidió salir de la casa y empezar a trabajar, consiguió algo en la textilera El Porvenir, pero siempre boxeaba, a su manera. También vendió pan y donas en las calles.

“No me gustaba la escuela ni nada que tuviera que ver con la disciplina, era un aventurero, un vago, un buscapleitos. Soñaba con ver algún día mi nombre en letreros luminosos y en los encabezados de periódicos como El Ratón o El Toluco, era más fácil darse puñetazos con el rival que fajarse con los libros. ¡Puf. Eso sí que era un lío”, le dijo a Edgard Tijerino en enero de 1977.

En un gimnasio que quedaba cerca del cine Salazar conoció al dominicano Black Bill, masajista del Bóer y ex boxeador. Francisco Coronado llegó una tarde de abril de 1965 donde el entrenador, como deben llegar ahora a buscarlo a él en el Mercado Oriental:

—¿Es dificil ser boxeador? –le preguntó.

—No, es fácil. Si tienes suerte y pasta. Se trata simplemente de pegar al adversario y evitar que te peguen. Si no, es mejor que te olvides de esto.

Pero en los pleitos de callejón valía todo y en el cuadrilátero había que someterse a ciertas reglas, reconoció Coronado. En su primer pelea aficionada contra el zurdo Ray Mendoza las cosas fueron mal, era un rival con experiencia y recursos.

En el tercer asalto estaba agotado y el árbitro Nayo García se acercó al adolescente.

—Mire pendejito, si quiere ser boxeador tiene que amarrarse los pantalones, porque esto es para hombres.

—Qué le pasa a este viejo –pensó Coronado, pero se quedó con las palabras en la boca.

Fue vencido por nocaut técnico y en su segunda pelea como aficionado, la revancha contra Mendoza, llegó a mantenerse en pie y dar mejor pelea, pero volvió a perder. Después siguieron sólo victorias, hasta que saltó al boxeo profesional, por la ayuda de Evelio Areas, quien organizaba veladas.

En septiembre de 1966 su primer rival profesional fue el costarricense “Piel Roja” Chavarría y ganó una bolsa de 180 córdobas. Le siguieron triunfos en agosto y septiembre de 1967 contra Luis Molina y Víctor Rodríguez. Entonces se estrenó en el alcohol.

“Recuerdo que me desperté a la orilla de la playa como a las nueve de la noche y cuando regresé a casa mi papá se encandiló y prometí no beber más, pero qué va, quedé tocado y comencé a deambular de cantina en cantina”, describió el púgil a Tijerino.

Así se hizo cliente habitual de Luz y Sombra, Ondas Sonoras y lugares de mala muerte como La Chú y Caballo Maneado. También comenzaron los pleitos callejeros. “Si bueno y sano quería pelear con todo el mundo, con mis tragos hasta con mi sombra”.

El locutor cubano Rafael “El Dinámico” Rubí le puso su apodo por el carácter agresivo dentro y fuera del ring, aunque Coronado cuenta ahora que fue una locutora japonesa que al ver sus embestidas frente a un rival le comentó a un narrador que parecía un toro.

“Una vez no sé por qué ni en qué lugar, ni cuándo, le abollé la cara a un fulano, llegó la guardia y me sometió a fuerza de culata. Yo les gritaba que dejaran los garrotes y se fajaran, pero no me entendieron y me llevaron, tenía amarrada una pelea con el ‘Chamaco’ Casanova y necesitaba salir, después de varias gestiones recuperé la libertad bajo custodia con la condición de regresar para pagar con el dinero de mi bolsa la curación del golpeado, de no haber sido por los guardias que me custodiaban hubiera gastado el dinero bebiendo, pero me condujeron derechito a pagar la deuda”, dice en su entrevista.

Otra vez fue de mañana a la casa de Evelio Areas y le pidió 100 pesos a punta de portazos, asustado el promotor de boxeo le dio el dinero para que lo dejara tranquilo.

***

Los años pesan sobre “El Toro”, las sombras de gladiador están resecas en la piel y se reflejan también en su nariz doblada, en la ceja izquierda hundida y la cicatriz en la derecha. Y esto siendo un boxeador difícil de cortar y moretear.

Sus brazos conservan las marcas de la tragedia, el corte de carne de los machetazos que recibió borracho posterior a las fiestas de Santo Domingo, aquel fatal 11 de agosto de 1977 cuando volvió a los Alcohólicos Anónimos de Monseñor Lezcano por una vieja disputa.

Era el año de la derrota contra “El Brujo” Ortega en Panamá y la victoria en junio que lo redimió para pelear nuevamente por el título contra el piel roja sioux Danny “Coloradito” López.

Estuvo un año hospitalizado después de los cortes en ambos brazos y aunque pudo recuperar la movilidad de sus manos y entrenar, su carrera había llegado al final a los treinta años.

En los ochenta entrenó a tropas del Ejército Popular Sandinista, hasta que quedó desempleado con el cambio de 1990. Salió de la armada para vender discos, casetes y chucherías.

Hace pocos años, Alexis Argüello le ofreció un puesto en el gimnasio del Mercado Oriental y fue operado de dos hernias en la columna hace cinco meses. A finales de octubre se reintegró a pesar de no estar totalmente curado.

“El boxeo lo llevás en la sangre, es como una adicción, estás pensando en eso”, asegura.

Tres de sus cinco hijos viven en Estados Unidos y le ayudan con el cuidado de la casa en el Reparto Miraflores, una vivienda muy sencilla, pero cómoda en un barrio de clase media. La camioneta en el porche es de una de sus hijas.

Aún vive con su esposa y dos de sus hijos solteros. Desde hace dos años visita la iglesia Asambleas de Dios, porque sólo por fe ha logrado mantenerse sobrio después de muchos intentos.

La sala está repleta de fotos de sus cinco hijos y ocho nietos, la mayoría de su prole es profesional aunque dice que uno le salió “chueco”. Las fotos de su época de boxeo están en su cuarto.

En estos días su esposa, Yolanda Portobanco, la mujer con la cual ha compartido 40 años, está internada en el hospital y está muy tenso, aunque no se trata de una situación grave.

—¿Cómo tomás haber peleado en grandes escenarios y estar ahora en el centro del Mercado Oriental?

—Yo nací pobre, me hubiera gustado llegar a tener. Me siento como de cabanga, pude tener algo que no tuve, pude llegar a ser campeón del mundo y no lo fui.

—¿Y seguís siendo fiestero?

—No, fui bullanguero, fui piruca, pero ahora ya no.

—¿Cómo hizo para dejar el licor?

—Hice varios intentos. Iba donde los brujos, los otros y los otros, hasta que me invitaron a ir a la Iglesia, acepté a Cristo y ahí me quedé. Por fe.

—Su familia debe estar contenta.

Fotos de Germán Miranda
Francisco “El Toro” Coronado.

—Sobre todo mi madre que está muy anciana y mi mujer. Estamos en paz y eso es lo más importante.

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