Frank Zapata: de contra a patrullero en Estados Unidos

Perfil - 09.08.2021
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Desde joven creyó que el Frente Sandinista no le traería nada bueno al país y por eso lo combatió. No es antisandinista. Es anticomunista, dice. Esta es la historia de un guardia somocista, que fue contrarrevolucionario y ahora es ayudante de sheriff en Estados Unidos.

Por Hans Lawrence Ramírez

“Se le trata con firmeza, pero con respeto a diferencia de la actual policía sandinista”, explica Frank Zapata mientras le pone las esposas a un joven afroamericano en una calle de Baton Rouge, ciudad de Luisiana, Estados Unidos.

--¿Por qué golpeaste a tu esposa? –pregunta en inglés. El joven lo niega

Zapata le indica que tiene derecho a guardar silencio y que todo lo que diga puede ser usado en su contra. Un diálogo como el de las películas.

El hombre de 61 años patrulla las calles de Baton Rouge desde hace 10 años, tal y como lo hacía con la Brigada Especial Anti Terrorismo (BECAT) de la Guardia Nacional en los barrios orientales de Managua, hasta el día en que cayó la dinastía somocista en 1979.

Este nicaragüense combatió al Frente Sandinista cuando era una guerrilla, y después cuando estaban en el poder en los 80s. No se considera antisandinista, pero sí anticomunista. Por las cuestiones de la vida hoy es deputy sheriff en Estados Unidos y la última vez que estuvo en Nicaragua fue a mediados de los 80s durante las incursiones armadas de la contrarrevolución.

En el centro, Frank Zapata de 19 años en una patrulla de la BECAT. CORTESÍA

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Francisco Omar Zapata Mercado prefiere que le llamen “Frank”. Nació en Managua el 14 de octubre de 1959. Su padre, Omar Zapata, fue guardia y su madre Gladys Mercado es originaria de los pueblos blancos. Según Frank, su madre es prima en segundo grado del escritor y exvicepresidente Sergio Ramírez Mercado, aunque no fueron muy cercanos.

Tiene un hermano menor llamado Óscar, y su madre tuvo una niña que falleció al nacer. Su nombre era Xiomara.

Creció en la colonia Nicarao. Aún recuerda sus días en bicicleta, o jugando béisbol con los muchachos de la zona. Estudió su primaria en el Colegio Centroamericano, que se ubicaba en la colonia 14 de septiembre, y su secundaria en el colegio Primero de Febrero.

Llegó a la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN Managua) en 1976 para estudiar Ingeniería Civil. Su número de carné era el 763815. Uno de sus maestros de Física Dinámica y Estática, fue Moisés Hassan.

“Nos ponía en el pizarrón: “Aquí estamos nosotros y si disparamos la trayectoria de un misil. Aquí está el Frente Sandinista y aquí la guardia”, y así nos daba ejemplos”, cuenta. También recibió clases de Sociología del fallecido exvicepresidente Virgilio Godoy.

Para aquellos años, el Frente Sandinista reclutaba jóvenes de las universidades para que se unieran a la guerrilla. El encargado de esa tarea en la UNAN, era un tipo al que le llamaban “El Capi”, y muchos años más tarde se convertiría en presidente del Banco Central. Su nombre es Antenor Rosales, de quien Frank recuerda que “no estudiaba absolutamente nada”.

A Frank también quisieron reclutarlo, pero rechazó porque desde joven le parecía que el Frente Sandinista “era una guerrilla al estilo de Cuba. Comunista”. Cuando se daban cuenta que él era hijo de un guardia le decían “sapo”.

En 1978, cuando el Frente Sandinista se percibía más fuerte contra el somocismo, Frank decidió enrolarse como soldado a la Guardia Nacional para defender lo que para él era lo correcto. Tenía 19 años y su número en la Guardia era el 25744.

“Yo tenía que poner mi grano de arena para que mi pueblo, mi tierra, mi país, mi familia no cayera en una dictadura comunista”, dice. Entró a la Escuela de Entrenamiento Básico de Infantería (EBBI), y a los tres meses ya salía a patrullar con la Brigadas Especial Contra Atentados Terroristas (BECAT).

Le tocaba patrullar los barrios orientales de Managua. Víctor Salazar era uno de los mejores amigos de Frank, y el enfrentamiento en que murió por un balazo al corazón en La Salvadorita fue de los más difíciles para él.

Frank vería caer en combate a otros amigos cercanos y conocidos en su etapa con la contrarrevolución, pero antes de eso, cuando triunfó la Revolución Sandinista, le tocó estar preso tres años en “La Modelo”. Ahí también, dice, vio a muchos ser asesinados.

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Hasta una calurosa y pequeña celda de la galería cuatro de “La Modelo” se escucharon las ráfagas. Después un solo golpe, duro y seco contra el piso. Era el cuerpo de Javier Granera.

Era un joven “que perdió la mente”, y desde días atrás notaban que estaba loco. Nadie supo cómo se salió de su celda y cuando los guardias sandinistas del Sistema Penitenciario lo vieron en el salón principal, lo acribillaron.

Así lo recuerda Frank Zapata. Fueron tres años los que estuvo ahí recibiendo tortura, en su caso fue psicológica, dice. El jefe de la prisión, Raúl Venerio, a cada rato pasaba por las celdas de los exguardias detenidos.

--Ustedes llegaban a las casas y se cogían a las mujeres. Ahora nosotros nos estamos cogiendo a sus madres, sus hermanas y sus novias —les gritaba.

Para Frank era terrible recordar a su madre y a su novia de esa manera.

De vez en cuando llegaba Edén Pastora y les daba discursos llamándoles “gusanos”, “derrotados” y haciéndoles creer que jamás iban a salir de la cárcel. “Y lo creí en un momento. Pensé que jamás iba a ver la libertad otra vez”, recuerda Frank.

Cada día de hambre y sed, como la vez que se encontró tirada en el suelo una cáscara de banano terrosa y se la comió, Frank maldecía a la Cruz Roja.

“La Cruz Roja entregó al Ejército Sandinista a todos los refugiados que estábamos en la Zona Franca y nos llevaron a la cárcel Modelo de Tipitapa”, cuenta.

Lista de detenidos en o la cárcel Modelo de Tipitapa. Frank Zapata en el centro. CORTESÍA

Después de haber vivido en la colonia Nicarao por casi veinte años, la familia de Frank se mudó a una colonia militar que quedaba por la UNAN, y días antes del triunfo sandinista, los guardias que vivían ahí se dispusieron a defender su colonia.

Frank dice que ni siquiera se daban cuenta que Anastasio Somoza Debayle se había rendido el 17 de julio, y fue hasta el 19 por la mañana que escucharon en la radio que el general había huido y el Frente Sandinista les pedía a los guardias que se rindieran, así que abandonó la colonia y junto a su madre y su hermano menor fueron al aeropuerto para salir del país, pero ya no había aviones.

Lo que sí había era una mesa donde estaban representantes de la Cruz Roja levantando lista de todos los que querían salir del país y solicitar refugio. Había cientos de guardias con sus familias. Ahí se encontró a su padre, quien era comandante en San Juan del Sur.

Su padre estaba conteniendo a los guerrilleros en El Ostional, pero cuando su comando fue acorralado, no les quedó más remedio que tomar una lancha y huir hacia El Salvador, pero se quedaron sin combustible y tuvieron que volver a tierra en Casares.

Mientras caminaban hacia Diriamba, el padre de Frank y los guardias que iban con él fueron detenidos por una patrulla sandinista que los llevó hacia la Zona Franca.

Frank cuenta que la Cruz Roja les había dicho que esperaran ahí por los aviones que gestionarían para sacar a los solicitantes de refugio, pero días después fueron “entregados” a los sandinistas para llevarlos a “La Modelo”.

Ahí pasó Frank tres años. En una celda pensando en su novia de Monseñor Lezcano, en su madre que estuvo un año detenida en el viejo Chipote por supuestamente ser conspiradora, en su hermano de 14 años que se salvó por no haber sido guardia, y en su padre que estaba en otra celda en la galería dos.

También se acordaba de sus clases de Física con su profesor Moisés Hassan, el mismo que integraba la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional, y también de Sergio Ramírez Mercado, el primo en segundo grado de su madre “que ni por eso hizo nada para sacarme a mí o a mi padre”, reclama.

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Una amnistía en 1982 fue lo que le permitió a Frank salir de la cárcel. Solo salieron cadetes y soldados de rango bajo como él en aquella ocasión. Su padre siguió en prisión hasta 1987.

Cuando salió de la cárcel se puso a buscar empleo y consiguió trabajo como topógrafo en el Instituto Geográfico Nacional. Su trabajo era elaborar mapas topográficos de todo el país. Un día se encontró con un amigo llamado Paris Porras quien lo contactó con alguien de la Fuerza Democrática Nicaragüense (FDN) con el objetivo de unirse a la contrarrevolución.

Días después se encontró nuevamente con el hombre y le dijeron que lo necesitaban en el Instituto para que les pase todos los mapas que pueda, principalmente de la zona norte y el Atlántico.

Estuvo pasando mapas durante un año, hasta que finalmente lo llamaron para que fuera a la base de la contra en Danlí, Honduras. Todos los mapas que él había elaborado estaban ahí y eran utilizados para planear incursiones y debilitar al ejército sandinista.

Su seudónimo en la Contra fue “La Sombra” y tuvo a su cargo una escuadra de 13 personas. Hizo incursiones a Somoto y participó en la Operación Olivero en 1987, el ataque más grande que hicieron los contrarrevolucionarios durante la guerra civil de los 80s.

Frank Zapata enmontañado con la Contrarrevolución. CORTESÍA

Pero la crudeza de la guerra y su desilusión con la Contra lo llevaron a pedir asilo en Estados Unidos. Frank asegura haber visto a personas enriquecerse o hacer negocios “con el dolor y el sufrimiento de los que dieron sus vidas”.

Además, sintió que estaban siendo utilizados como peones en una guerra geopolítica y dice que las decisiones no las tomaban los comandantes contras, si no que seguían órdenes de la Agencia Central de Inteligencia (CIA). Eso lo llevó a desertar.

En una ocasión, cuando llevaba a heridos de urgencia por avión hacia Miami, decidió no volver y pedir el asilo político en Estados Unidos. Tiempo después, su padre fue liberado y a finales de 1988, su familia completa se reunió en suelo norteamericano. Todos solicitaron asilo.

También la novia que había dejado en Monseñor Lezcano se fue a Estados Unidos y se casó con él. Actualmente tienen tres hijos y dos nietos.

Desde que se enmontañó con la contrarrevolución en 1983, Frank no regresó a Managua, y desde que se fue a Miami en 1988, no volvió a Nicaragua. Tuvo la intención de regresar para cuando Violeta Barrios de Chamorro derrotó a Daniel Ortega en las elecciones de 1990, pero la necesidad de trabajar diariamente terminó ocupando sus ansias.

Sus primeros años en Estados Unidos los trabajó como celador y después en construcción. Cuenta que ayudó a instalar el metro en Miami. Luego del huracán Katrina en 2005, uno de los más devastadores en la historia de Estados Unidos, muchos latinos al igual que él y su familia se fueron a vivir a Baton Rouge.

Años más tarde, un hombre al que le estaba haciendo unas reparaciones en su casa le comentó que en el departamento de Policía estaban buscando a personas que hablaran español y que tuvieran experiencia militar, ya que la comunidad de hispanohablantes había crecido en la zona.

Frank explica que en los Estados Unidos no hay límite de edad para ser policía, así que después de pasar un curso básico de seis meses, lo contrataron como patrullero. También estuvo con técnica canina, pero no le gustó, hasta que lo nombraron ayudante del alguacil de la ciudad.

A sus 61 años de edad dice que no le gusta el trabajo de oficina. Mientras hablaba con Magazine, tuvo que interrumpir la entrevista para atender el llamado de un crimen que le reportaron por radio.

Aunque su vida está en Estados Unidos, aún siente ganas de regresar a Nicaragua y volverla a conocer, porque el recuerdo que tiene de ella está casi en blanco y negro. “Pero quiero verla libre, verla sin un yugo, como se merece nuestro pueblo”.

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