Graham Greene

Perfil - 12.04.2019
Graham Greene

El ron y las revoluciones exóticas trajeron varias veces a tierras nicaragüenses a uno de los mayores narradores ingleses del siglo XX. Graham Greene: escritor, periodista, amante furtivo, católico convertido y espía del MI-6 británico

Luis E. Duarte
Fotos Cortesía del IHNCA

Al día siguiente partimos temprano, a las siete menos cuarto de la mañana, a visitar otra zona bélica en la frontera norte con Honduras. Éramos seis: Chuchú y yo, un médico gordo y barbudo, un periodista cubano, una fotógrafa y nuestro guía, un capitán del Ejército”, apunta ya senil el escritor inglés, probablemente desde su habitación en Antibes Viejo, en la Costa Azul francesa.

Graham Greene era un observador probado en escenarios tan lejanos y exóticos para la literatura y prensa europea: Sierra Leona, Liberia, Vietnam, Cuba, Panamá, entre muchos otros. Nicaragua era un destino que no podía eludir en esa época, su primera visita fue en 1980.

Nadie lo vio tomar notas, pero sus datos y sobre todo, su descripción de las personas, es muy fiel a la realidad, asegura el “capitán del Ejército” Roberto Sánchez, ahora en una oficina en la Alcaldía de Managua.

Su primer viaje está narrado en el libro Descubriendo al General donde describe su relación con Omar Torrijos que inició cuando fue invitado a la firma de los Acuerdos del Canal en 1977 y que publica tras su muerte en un accidente aéreo del que culpó a la CIA.

En esa época simpatizó con los sandinistas y la guerrilla salvadoreña, que eran una especie de moda entre los intelectuales europeos, incluso aquellos del oeste con pretensiones anticomunistas, pero también antiestadounidenses.

Greene vivía en Antibes desde 1966, a donde se había mudado para estar cerca de su amante Yvonne Cloetta, pero desde que conoció a Torrijos viajaba cada año a Panamá y empezó a relacionarse con los conflictos centroamericanos, inclusive el movimiento sandinista contra la dictadura.

El médico gordo y barbudo es un narrador muy conocido. Fernando Silva rememora ese viaje a “Ocotal” —en realidad fue a Somotillo— con uno de los más grandes autores del siglo pasado.

Torrijos quería presentarles a los dirigentes de la revolución sandinista al famoso escritor y pidió a su asesor personal José de Jesús “Chuchú” Martínez que le sirviera de guía.

Chuchú fue un nicaragüense que desde niño vivió en Panamá, era graduado de Filosofía en La Sorbona, además de políglota, matemático, escritor y piloto, era un tipo que la mayoría recuerda por su buen humor.

Este guía se convirtió no sólo en personaje con vida propia en las memorias de Greene, también lo fue para el folclor nacional a través de Carlos Mejía Godoy, quien le compuso una canción.

Chuchú Martínez fue un intelectual que se volvió militar para apoyar a Torrijos, quien al retornar al poder lo quiso ascender a coronel, pero él prefirió quedarse como sargento; también le ofrecieron como cheque en blanco un trabajo en el Gobierno, supuestamente como ministro, pero decidió ser escolta personal del general, relata Sánchez.

Según el escritor y ex Vicepresidente de la República, Sergio Ramírez, a pesar de la muerte de Torrijos en 1981, Greene siguió viniendo a Nicaragua. Era un tipo de “alma inocente”, describe el nicaragüense en su libro Adiós Muchachos, “continuó volviendo a Panamá cada año desde su retiro en Antibes, como si nada hubiera cambiado. Solía entonces venir también a Nicaragua acompañado de Chuchú, en misiones con trazas conspirativas, porque suponía traernos mensajes secretos de Manuel Antonio Noriega, el sucesor de Torrijos que era apenas una caricatura suya”.

—¿Ustedes sabían que Greene trabajaba para el Servicio de Inteligencia británico?

—Sí, a nosotros nos vino toda la información de Panamá y nos recomendaron cómo tratarlo —revela Roberto Sánchez, acompañante del escritor en el viaje que hizo a la frontera norte.

Greene había sido reclutado como espía del MI-6, la Agencia de Inteligencia militar británica, durante la Segunda Guerra Mundial, donde escribía reportajes periodísticos en Sierra Leona.

El estigma del agente encubierto le gustaba porque le daba un aire de misterio a su personalidad discreta y caballerosa. Igual se supone que este ambiente le servía como material literario, sobre todo cuando uno descubre los temas de espionaje en novelas clásicas como El factor humano, Nuestro hombre en La Habana y Un americano impasible, tramas tan complejas como humanas que fueron llevadas al cine como casi todos sus libros.

Silva dice que su comportamiento personal, político y social nunca produjo sospecha, aunque hubo conversaciones muy serias sobre ciertas apreciaciones políticas.

Tenía “una curiosidad esencial” por saber qué pensaba la gente sencilla de la propuesta revolucionaria. Actuaba natural, pero “se notaba su educación superior” y conversaba mucho. “No sentí que me interrogaba”, sostiene Silva.

El poeta no imaginaba la relación de Greene con los servicios de Inteligencia británicos, pero puede decir que su visita fue todo un acontecimiento en la época.

Los líderes sandinistas miraban el apoyo público del afamado escritor en su dimensión mediática y propagandística. Se trataba del apoyo de un intelectual muy reconocido en todo el mundo, desde que en 1932 publicó El tren a Estambul que dos años después se tituló en el cine El expreso de oriente.

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Sergio Ramírez escribe en sus memorias de la revolución que el coronel Roberto Díaz, jefe de las fuerzas armadas panameñas, le aclaró en 1988 que “los viajes de Graham Greene a Nicaragua eran una forma de entretenerlo y entretener a Chuchú Martínez, que al morir Torrijos se había quedado sin oficio”.

Sin embargo, Greene había publicado en 1984 su libro Descubriendo al General, donde revela una conversación con el Ministro del Interior, Tomás Borge, quien criticó fuertemente a los coroneles Díaz y Noriega.

Borge dice que tiene muy mala memoria, no recuerda los detalles de esa conversación, ni de sus críticas a los coroneles panameños. Pero Greene describe su malestar contra los dos coroneles que habían abandonado el espíritu nacionalista de Torrijos como una entendible impaciencia que suscitaba su paciencia, tratándose de una persona que había atravesado circunstancias muy dramáticas en la insurrección y en esos momentos en la revolución.

Un par de años después de la publicación en inglés, el entonces Ministro del Interior, sacó un libro de testimonios que tituló La paciente impaciencia.

Borge se sorprende al escuchar que Greene pudo ser un espía, supuestamente nunca escuchó rumores, aunque Greene en vida al menos admitió su labor en Sierra Leona.

Borge recuerda más cuando fueron juntos a León a celebrar La Gritería en la noche del 7 de diciembre durante una de sus visi-tas en los años ochenta.

Llama la atención su visita al jefe de la Seguridad del Estado nicaragüense, Lenín Cerna. Borge tampoco evoca sospecha alguna. “No vino a espiarnos, vino por sus marcadas simpatías políticas”.

—¿Usted le presentó a Cerna?

—Porque Lenín era mi amigo, si hubiera sido hoy, aunque no hubiera sido el jefe de Inteligencia se lo hubiera presentado, igual se lo presenté a Julio Cortázar.

Cerna le mostró al escritor “su pequeño museo dedicado a reunir pruebas de la intervención norte-americana: ropa militar con nombre y dirección de fabricantes de Estados Unidos, y algunos explosivos muy desagradables disfrazados de linternas Eveready o de valijitas metálicas para la merienda de la Walt Disney Productions, provistas de un imán que permitía adherirlas al costado de un automóvil”.

Sin embargo, siempre fue un enigma descubrir si Greene llevaba una vida doble actuando como amigo de líderes comunistas de todo el mundo como Fidel Castro y Ho Chi Minh, mientras le brindaba información al Gobierno de la isla anglosajona.

Tal vez era un agente doble como su amigo y reclutador Kim Philby, famoso director del MI-6, descubierto en 1962 facilitando información a los soviéticos. El biógrafo oficial Norman Sherry no da lugar a dudas, asegura que Greene siguió enviando informes al Servicio de Inteligencia hasta el final de sus días.

En la colección de notas y manuscritos de Greene en la biblioteca de la Universidad de Georgetown no escribe por supuesto de estas cosas, pero en el 2002 el FBI desclasificó sus informes donde admitieron que lo estuvieron vigilando durante cuarenta años. Hasta su muerte.

Al centro la foto oficial publicada durante la ceremonia de entrega de la Orden de Independencia Cultural Rubén Darío, en 1980, mostró sólo a Greene y Ortega, al centro un traductor. De izquierda a derecha estuvieron Fernando Cardenal, Rosario Murillo, Tomás Borge, Sergio Ramírez y Henry Ruiz.

Pero todo el poder en Nicaragua estuvo alrededor del mítico autor: Daniel Ortega, Sergio Ramírez, Tomás Borge, Humberto Ortega, Miguel D’Escoto y Lenín Cerna, fueron sus principales anfitriones.

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El gobierno sandinista envió un avión a Panamá con Mario Castillo, asistente personal y financiero del comandante Humberto Ortega, para trasladar a Greene y Chuchú a Managua, pero Torrijos prefirió mandarlos en una aeronave panameña por lo que el piloto nicaragüense regresó solo,
escoltando a los camaradas.

Durante el vuelo los tragos de vodka calmaron los ánimos, describe Greene el find del “desagradable incidente” en su libro. El anciano escritor de más de 70 años, alto, rubio y ojos azules “era perro al guaro”, señala Roberto Sánchez.

Pocos días después Fernando Silva, Sánchez, Chuchú Martínez y Greene fueron juntos a la frontera norte, pero tuvieron que comunicarse en francés porque era el único idioma común para tener una conversación más o menos fluida, el español que hablaba el autor era de por sí muy malo y en las conversaciones con sus otros anfitriones necesitaban muchas veces de un traductor.

La fotógrafa oficial era Claudia Gordillo, aunque se menciona también a un cubano del que pocos se acuerdan, pero podría ser un reportero del diario Barricada.

Silva afirma que en 1959, siendo estudiante en París encontró al embajador designado Salomón de la Selva y le dijo que Greene quería verlos. Sin embargo, en esa ocasión el inglés no acudió a la cita y nunca se supo por qué. Ese mismo año murió el poeta diplomático en aquella ciudad. Silva entretanto, tuvo que esperar 23 años para el encuentro con el escritor.

—¿Qué recuerda de Greene?

—Le preocupaba ver niños con armas. Yo le dije que nadie se las había dado y traté de explicarle (…).

Sánchez también recuerda esa discusión. A Greene le llamó la atención ver niños con fusiles de guerra, “pero también ancianos de hasta ochenta años”, agrega. Greene describió que “habían muchos niños de corta edad acompañando a sus madres, y tuve una sensación aprensiva al ver a uno de ellos, un niño de ocho años, posando para la fotógrafa con un rifle en las manos. Fue un sentimiento irracional de mi parte, ya que para un niño no hay diferencia entre un rifle de verdad y uno de juguete”.

—¿No era muy peligroso llevar a un escritor tan famoso a la zona de guerra?

—Sí, pero así éramos nosotros. Irresponsables —dice Silva.

Le habían explicado a Greene que podía ser peligroso, sostiene Sánchez, pero tampoco lo iban a mandar a morir. El escritor que nació el 2 de octubre de 1904 en Berkhamsted, ciudad al sur de Inglaterra, llevaba en todo caso una vida de novela.

Antes de los 17 años tuvo varios intentos de suicidio y gracias a una psicoterapia pudo volver a la escuela. En 1926 se bautizó católico porque necesitaba una religión para “poder medirse contra el demonio”, escribió alguna vez. Otros dicen que era por su compromiso con una recién convertida, otros agregan que fue la gran influencia que tuvieron en aquella época los estudios sobre John Henry Newman, anglicano del siglo XIX convertido al catolicismo y posteriormente nombrado cardenal.

El escritor Manuel Vicent, en el diario español El País, relata que el catolicismo que buscaba Greene lo descubrió probablemente sólo en su viaje a México en los años treinta, durante la persecución anticlerical.

Allá conoció a un cura alcohólico que retornó al país de donde había huido para dar un sacramento, con la mala suerte de ser capturado y posteriormente fusilado. La amistad con este personaje y la moral tan contradictoria de la historia inspiraron su más famosa novela: El poder y la gloria.

Su primero y único matrimonio duró once años y se fue tras una de sus amantes más conocidas, Catherine Walston. Su biógrafo Norman Sherry reveló que de esos años Greene conservaba una lista con sus 47 prostitutas favoritas.

Tomás Borge asegura que Greene le pidió alguna vez un regalo para una amante casada. El obsequio fue un collar del Caribe hecho con corales negros y oro. Años después en otro de sus viajes el autor le confesó que el marido se dio cuenta del romance ilícito cuando encontró la prenda obsequiada.

Como buen católico, Greene nunca se divorció de su primera esposa, con quien dejó de convivir a finales de los años treinta, pero era amante del alcohol y en Nicaragua disfrutó del ron Flor de Caña, cuentan sus acompañantes 25 años después.

En su residencia en la Costa Azul asistía los domingos a misa acompañado de su amante, donde comulgaba y algunos biógrafos incluso afirman que en sus últimos años de vida volvió a confesarse regularmente.

La muerte de Chuchú Martínez en enero de 1991 fue un presagio para despedir a este amigo de las aventuras históricas en países pobres, tres meses después Greene lo siguió al más allá, cuando apenas tenía un año de estar viviendo en Vevey, Suiza.

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Tomás Borge recuerda que Greene después de una celebración del 19 de julio, a pesar de las simpatías con los sandinistas publicó en un diario inglés un artículo crítico sobre los discursos de los comandantes, excepto el suyo que elogió por su manera de conmover a la población.

Sergio Ramírez de “forma malvada” quería publicarlo en el país y le pidió autorización, asegura Borge y como era de esperar el entonces ministro lo censuró.

El escritor, que inició su carrera como periodista en Nottingham y luego en los diarios londinenses Time y Spectator, continuó por mucho tiempo escribiendo como colaborador libre.

Entre sus manuscritos y bosquejos sobre Nicaragua en los ochenta, que son parte de una colección en la Biblioteca de la Universidad de Georgetown, Greene describe particularmente la visita del Papa Juan Pablo II en 1983 y critica una homilía posterior sobre “la persecución en Nicaragua”, siete páginas en total le dedica a este tema.

También se menciona una conversación privada con Tomás Borge donde intercambian opiniones sobre la dificil situación de Nicaragua, mientras en otros apuntes opina sobre el papel de la jerarquía católica y la teología de la liberación, así como la situación de los miskitos, esto último como respuesta a denuncias de Jeane Kirkpatrick, Embajadora de Estados Unidos en la Organización de Naciones Unidas en 1983, entre otros escritos periodísticos, cartas y anotaciones de la colección de manuscritos.

Esta cantidad de información parece exagerada tomando en cuenta que en un bosquejo donde habla de su cita con Noriega en Panamá, el autor sólo se dedica a describir lo mala comida del restaurante, revela la página electrónica de la Biblioteca Británica, que resguarda otra colección de sus diarios escritos en los últimos cinco años de vida y en los que Greene habla sobre todo de sus viajes a Panamá, Nicaragua, Rusia y España.

Su relación con Daniel Ortega fue amistosa, pero a pesar de sus “abrazos de oso” para apoyarlo ante la opinión pública de la isla, la entonces primera ministra británica Margaret Thatcher, lo recibió fríamente en Londres para evitar diferencias con su gran aliado Ronald Reagan.

Posteriormente Greene se refirió a la actitud de la dama de hierro como “ignorancia completa de las condiciones en Nicaragua y América Latina”, revela el diario The Guardian.

En Descubriendo al General, Greene describe a Rosario Murillo como “la bella mujer de Daniel Ortega” que había conocido antes del fin de la dictadura somocista tomando tragos en San José, Costa Rica, mientras Chuchú Martínez tenía una reunión privada con el guerrillero.

—¿Por qué no encuentro ningún libro de Graham Greene en las librerías?

—Salomón de la Selva decía que en Nicaragua las cosas suceden de diferentes maneras que en otros países. Aquí las cosas pasan sin que la gente se dé cuenta. Ni yo mismo me salvo —responde el poeta Fernando Silva.

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