Gustavo Porras

Perfil - 13.12.2009
Gustavo Porras

Sindicalista, agitador médico, diputado, empresario… el doctor Gustavo Porras tiene varios sombreros y varios salarios. Poco queda de aquel joven apático a la política, de peinado al estilo “Puma” que vio el triunfo de la revolución desde un Volkswagen rojo en el que llegó a curiosear a la plaza recién liberada

Amalia Morales

La mañana del viernes 20 de noviembre, el doctor Gustavo Porras sale a calmar los nervios del país y a dejar claro por segunda vez que no hablará de su vida con La Prensa.

“Noooo. No voy a dejar que me acompañés, para que después salga en grandes titulares ‘en las entrañas del monstruo’, por Amalia Chamorro”, dice y gesticula con las manos en alto como si fuera a colgar ropa en un tendedero imaginario.

—Mi apellido es Morales –le aclaro, sentada a su lado en la mesa donde acaba de ofrecer una rueda de prensa.

—Es que aquí había una Amalia Chamorro, verdad Tania –rectifica con sarcasmo.

—Yo sé que quien decide las cosas allí no sos vos, es Chabelo –dijo refiriéndose al jefe de Redacción del Diario, Eduardo Enríquez.

En el primer encuentro con Porras no hubo mucho avance.

Ocurrió a fines de octubre, en el mismo lugar: la casa del FNT (Frente Nacional de los Trabajadores) en Bolonia, organización sindical de la que Porras ha sido secretario general en los últimos cinco períodos.

—Uuuuuuuy para La Prensa hasta que me da escalofríos –dijo Porras encogido de hombros y manos, y sacudiéndose como si le acabaran de echar un balde de agua fría encima, después que le contesté para qué medio de comunicación trabajo.

—Doctor, necesito que me dé una entrevista –le digo en el pasillo.

—No, después van a decir que soy amigo de los Chamorro –contesta riéndose y enseguida se escabulló en la sala de conferencias del FNT.

A Porras se le ve siempre muy cercano a la pareja presidencial.

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Porras es médico de profesión, con especialidad en Medicina Interna, pero también es sindicalista de oficio y diputado nacional por segunda vez. El “doctor Porras”, como le dicen quienes lo respetan, o “Porrón”, como lo nombran sus desafectos, se ha convertido a lo largo de este año en el hombre que administra el músculo de las protestas callejeras favorables al Gobierno. Es el hombre que con sus palabras dispara en segundos la temperatura en las calles, como esos movimientos bruscos que registra la bolsa de valores que en una misma tarde sube y baja el valor de las acciones poniendo al mundo contento o de cabezas, así, Porras, es capaz de subir o bajar la adrenalina de la opinión y de la plaza pública según el tono de sus palabras.

Este año ha tenido varios momentos célebres.

“El día que le dejemos las calles a la derecha, ese día tenemos que recordar a Salvador Allende, lo que le pasó durante dos días a Hugo Chávez (en Venezuela), la masacre de Pando en Bolivia, porque si la derecha se toma las calles, la derecha es asesina por naturaleza”, gritó Porras el 9 de enero de este año cuando llamó a los trabajadores afiliados al FNT (Frente Nacional de los Trabajadores), la central que lídera, a marchar para presionar a sus colegas diputados a que abran el parlamento y sesionen.

Esa vez, los congresistas estaban renuentes a volver por el fraude que hubo en las elecciones municipales del 2008. Porras —que cuando quiere habla con la misma vehemencia de un pastor evangélico—, dijo algo que las bases sandinistas han procurado cumplir: “Las calles son nuestra forma natural de lucha, con estas luchas es que hemos podido llegar hasta donde estamos, hay que continuar adelante”.

Y la ofensiva de tomar las calles, propuesta primero por el mandatario Daniel Ortega, y secundada
luego por este médico sindicalista, ha incluido desde rezadores mal pagados en las rotondas de
Managua, caravanas de vehículos estatales recorriendo las principales ciudades del país con banderas
rojinegras, hasta turbas rellenas de pandilleros que, enfundados en pasamontañas y armados con piedras y morteros, han dejado una estela de civiles heridos y golpeados a lo largo del año.

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Pero esa mañana de noviembre previo al día de marchas, Porras viene en otro son. Su voz es clara. Todavía carraspea un poco, como artificio o como prueba de que realmente ha estado mal de la garganta en las últimas horas. La rueda de prensa se celebra en una de las habitaciones del FNT. Allí gasta parte de su rutina diaria.

Cuando entra a la pequeña sala, saluda en tono bromista y de camaradería a varios de los periodistas que van a la conferencia. A muchos de ellos los conoce desde hace años, llevan tiempo cubriéndolo. Al menos la mitad, trabaja para medios de comunicación afines al Gobierno.

El diputado va vestido con una camiseta amarilla que tiene un bolsillo al lado izquierdo donde carga un lapicero de cacha plateada.

El diputado va vestido con una camiseta amarilla que tiene un bolsillo al lado izquierdo donde carga
un lapicero de cacha plateada. El pantalón es color hueso. No hay armonía en los colores de su ropa.

Este detalle puede hacer que parezca un mal hijo del signo libra, por romper el equilibrio hasta en detalles mínimos. De igual manera se viste cuando va al Congreso, donde a veces amortigua el frío del aire acondicionado con una chaqueta color beige.

De Gustavo Porras se dicen muchas cosas. Que es infame, tapu-do, manipulador, arrastrado, cínico, descarado, buena persona, médico brillante, odioso, payaso, que tiene complejo de moneda y quiere caerle bien a todo mundo, que es odioso, ególatra…

A sus 55 años, Porras es un hombre gordo, de pelo canoso, con una entrada profunda pero disimulada por unos mechones largos, sin forma, que también le tapan el cogote. De los mofletes de su cara robusta se aprovechan los caricaturistas para dibujarlo unas veces como un Bulldog y otras como un cerdo, según la actitud política que quieran reflejar.

El reportero del Canal 12, Arturo Mcfields, quien llega atrasado a la rueda de prensa, le comenta que esta semana ha sido protagonista de las caricaturas de La Prensa por cuatro días consecutivos.

Por extraño que parezca, el comentario resulta un elogio para su ego. Porras estalla en carcajadas.

Aunque el humor de los dibujos es ácido y se publica en los diarios de oposición, donde casi siempre lo critican o ridiculizan por ser un miembro del anillo de poder de la pareja presidencial (Daniel Ortega y Rosario Murillo), al médico parece fascinarle. Tania Quezada, su vocera en el FNT desde hace 10 años, dice que “el doctor” suele enmarcar esas caricaturas que publican los diarios. Muchas están colgadas en su despacho. Sólo en la oficina de la vocera hay por lo menos dos de estos cuadros con esos trazos que lo parodian.

—Queremos garantizar que no va a haber confrontación –dice serio Porras. En los 20 minutos que dura
la conferencia repetirá esta frase de la “no confrontación” varias veces.

En la mesa, alrededor de Porras están varios jóvenes sandinistas que van a denunciar la agresión de las
“turbas de la derecha”. Pero casi ningún medio, excepto los oficialistas, interroga a los muchachos
después de que habla Porras.

El médico está acostumbrado a las cámaras. Mira los lentes con naturalidad, como si se dirigiera a
la mirada atenta de alguien. Habla con la facilidad de un presentador de Talk Show. Porras repite
varias veces que no habrá vehículos del Estado en la “marcha de las victorias”. Y consciente de
que para su partido, lo de mañana es una medición de fuerzas con la derecha, dice que a la concentración del pueblo llegarán más de 150,000 personas.

Con ingenuidad, una periodista de otra televisora pregunta que si la marcha será pacífica por qué
no se prohíbe entonces el uso de morteros.

“El mortero es una expresión popular que no se puede prohibir…sobre todo en la fiesta popular que habrá mañana”, responde con un gesto de ironía el sindicalista al que nunca nadie vio con un lanzamorteros en sus años mozos.

Como líder del FNT y FETSALUD, encabezando protestas en la calle.

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“Mientras estuvo en la universidad nunca lo vi en ninguna marcha”, recuerda la comandante Dora María Téllez, quien pasó por las aulas de Medicina de León en la época en que Gustavo Eduardo Porras Cortés también fue a la universidad. La versión de Téllez, quien conoció de cerca al doctor en los años 80, cuando despertó en él ese instinto sindicalista, coincide con la de varios médicos a los que Magazine consultó para efectos de este perfil, pero que prefirieron el anonimato por temor a represalias del “doctor Porras”, quien es para ellos el que “realmente manda, el que quita y pone funcionarios en el
Ministerio de Salud (Minsa)”.

Sus colegas dicen que el hijo de Gustavo Porras y Guillermina Cortés fue un alumno brillante, talentoso y dedicado a la carrera de Medicina. Mientras muchos iban a las marchas en las que acababan siendo reprimidos y perseguidos por la Guardia Nacional, el hijo del abogado del Banco Central y de la modista de alta costura que atendía a su clientela en el barrio Buenos Aires, en el sector donde ahora queda el colegio Bautista, estaba en lo suyo: descifrando las fragilidades del cuerpo humano. Quién sabe, a lo mejor su entrega a la Medicina sirvió de inspiración a su menor, Guillermo Porras, quien también se hizo médico y se convirtió en una de las figuras más prominentes del país en el área de Infectología. Ahora, el hermano menor no quiere hablar de su hermano diputado. Están distanciados. No se hablan. “Es un asunto personal”, dice con amabilidad el infectólogo antes de colgar el teléfono. También responde con brevedad, por el teléfono, su ex esposa, la doctora Ester Pérez Ode, con quien Gustavo Porras no tuvo hijos. “Es una excelente persona”, dice ella, a secas.

Pero tan ajeno fue a la política y a las revueltas, que el 19 de julio de 1979, la fecha en que todo el país se volcó a las calles para celebrar el triunfo de la revolución, el joven médico Porras estaba de guardia en el Hospital Manolo Morales. Por la radio escuchó la algarabía que había en la plaza, donde los guerrilleros eran vitoreados como héroes. Porras quiso ir a asomarse, convidó a dos colegas que estaban en su turno y se fueron los tres en el Volkswagen rojo que tenía en aquel entonces.

“Gustavito fue un muchacho muy estudioso”, dice María Luisa Hernández, hija de Rosa, la mujer que durante años planchó y lavó la ropa de la familia Porras Cortés. El papá era de Jinotega y ella de Managua.

María Luisa, quien es contemporánea con el diputado y que llegó muchas veces al “chalet” donde vivían los Porras Cortés, antes del terremoto de 1972, dice que en esa casa nunca se oyeron gritos ni malas palabras, y que los hijos de doña Guillermina eran muy dedicados a sus clases.

Gustavo Eduardo estudió primaria y secundaria en el Instituto Pedagógico por donde también pasaron otras personalidades como el gobernante Daniel Ortega, y el ex mandatario Arnoldo Alemán.

A doña Guillermina la recuerda como una señora “elegantísima” y “buenísima”, discreta, que confeccionaba vestidos en su taller a señoras de la alta sociedad capitalina pre terremoto.

Y al abogado Porras lo recuerda como un señor muy educado, “gordito”, moreno, con un semblante parecido al hijo que años después se convirtió en un sindicalista. “Gustavo era más hablantín, se parecía al papá y Guillermo era más apartado, callado, se parecía más a la mamá”.

Los caminos de María Luisa, que no comulga con el sandinismo, y Gustavo Porras, volvieron a cruzarse años después en el Hospital Manolo Morales. Ella como funcionaria del área de Recursos Humanos, él como médico internista y subdirector docente del hospital en la década de los 80. Para entonces, Porras ya habría dejado atrás su paso por el Tae Kwon Do, disciplina que alguna vez practicó y de la que quizás se desanimó, después que lo venciera el maestro Ricardo Hoozky, quien no aguantó la lengua desparpajada y los desafíos constante de ese alumno que se peinaba como “El Puma”, según refirió el propio Hoozky a Magazine en octubre del 2007.

En el Porras actual no quedan rastros de su paso por el Tae Kwon Do. Cercanos suyos dicen que el único deporte que practica es la pesca. Que tiene una propiedad cerca de Pochomil, en un sector conocido como San Diego, donde se larga a pescar cada vez que está muy estresado.

A Porras se le ve siempre muy cercano a la pareja presidencial.

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El Hospital Manolo Morales, que ahora se llama Roberto Calderón Gutiérrez, está situado en el mismo lugar de hace 30 años: frente a la entrada principal del Reparto Schick. Allí ingresan por emergencia más de 100 personas al día, se practica una cirugía cada seis horas, y se recetan medicamentos que los familiares de los enfermos tienen que ir a comprar a otra parte, porque en el centro asistencial sim-plemente no hay, según confía un médico, quien asegura que ésa es parte de la demagogia del Gobierno actual y del “doctor Porras”.

Fue en ese hospital donde Porras conoció a su esposa actual, la enfermera Sonia Green, pariente del beisbolero David Green, y madre de sus dos hijos. Fue allí donde se ganó la fama de “humanista”, al que no le interesaba llenarse los bolsillos con la consulta privada.

Allí también encontró a uno de sus fieles colaboradores, José Humberto Murillo, director de Recursos Humanos del Minsa, quien entró en la posición de fiscal al hospital.

“Es Porras quien lo puso en el Minsa”, dice un médico que lo conoce desde sus tiempos de Fetsalud, y quien asegura que Porras premia y cultiva la fidelidad y la lealtad.

Oficialmente, en el recinto que ahora es Roberto Calderón, sigue trabajando el doctor Porras. Se supone que es médico permanente y, además, docente de ese hospital-escuela.

“Viene todos los días”, dice el médico Ariel Herrera, director del Roberto Calderón. En el último mes Magazine estuvo en el hospital por lo menos ocho veces, y tanto vigilantes como personal médico dieron versiones distintas a las del director: “Hace rato no viene”, “hoy no ha venido”, “está de vacaciones”, “tengo entendido que está apermisado”. Al final, es más fácil hallarlo en la casa del FNT, encerrado en alguna reunión, o en el edificio de la Asamblea Nacional, donde preside y es miembro de varias comisiones.

En una tarde de finales de noviembre, el campus de la UNAN-Managua luce bastante muerto. Los pasillos de pisos y paredes blancos permanecen silenciosos y limpios. El edificio de dos plantas de la Facultad de Medicina no se salva de esa soledad. Uno que otro estudiante se abandona en algún rincón, con la vista embutida en libros y cuadernos. Dicen que es tiempo de exámenes.

La escueta hoja de vida de Porras, que está en la página web de la Asamblea Nacional, dice que es jefe de Medicina Interna del departamento de la Facultad de Medicina de la UNAN-Managua, miembro de la Asociación de Médicos Internistas de la República de Cuba. Pero en la Facultad, algunos no saben mucho de sus pasos.

—Uuuuuuh, ése es de los fantasmas de aquí. Como ahora depositan en los bancos, directamente se paga allá, aquí no se deja ver –comenta una funcionaria de la Secretaría Académica, oficina situada en el segundo piso de la Facultad de Medicina. —No sé quién es –dice una estudiante de primer año.

—A mí nunca me ha dado clases. En el rotatorio que tuve en el hospital nunca lo vi –contesta otra estudiante de cuarto año, quien recibe la materia de Medicina Interna, la especialidad de Porras.

En teoría, cada instancia (facultad, hospital) representa un salario para el dirigente del FNT, que ya devenga un sueldo mensual como diputado y otro como miembro del Conpes.

Además de cobrar varios sueldos, Gustavo Porras ha sido señalado de ser hacendado (compró una finca en Muy Muy, en el corazón lechero del país), estratega y beneficiario de compras millonarias de medicinas y laboratorios. También se dice que su nombre está detrás de una red de farmacias privadas y de Albamed, la empresa médica que hace parte del conglomerado Albanisa que controla el círculo del Gobierno.

Infame, manipulador, cínico, buen médico, buena gente, son algunos de los calificativos endilgados al doctor Porras.

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El jueves 2 de diciembre, Porras enfrenta una nueva contradicción en su personalidad de sindicalista. Está vestido con la misma combinación: amarillo-hueso. Está sentado en su butaca en el Congreso. Sube la mirada de vez en cuando, por encima del marco de sus lentes. Se levanta. El médico que, muchos aseguran hizo una alianza con la Primera Dama antes de las elecciones del 2006 para tener poder en el INSS, Mifamilia y Minsa, va actuar más como un militante disciplinado del FSLN que como un sindicalista que representa a dos gremios enormes del sector público.

Un colega de bancada dice que Porras quiere hablar, pero no lo dejan. Ese mismo colega lo ha definido dos segundos antes como alguien “odioso, muy odioso”.

La palabra está en manos de varios diputados liberales, que despotrican contra la Ley de Equidad Fiscal, propuesta por el Gobierno, pero contra la que no votan muchos de ellos.

La Ley que representa un golpe demoledor para la clase media y baja del país, es aprobada con 47 votos, por mayoría simple. Porras quien ha anunciado marchas el año que viene votó a favor de la Ley. Esa misma tarde, otros sindicalistas lo colgarán ante la opinión pública. Lo acusarán de no ser un representante legítimo de los trabajadores.

“Porras simplemente representa a un sector de los trabajadores”, afirma Roberto González, de la Central Sandinista de Trabajadores (CST). El diputado Francisco Aguirre Sacasa lo bautiza como la “reencarnación del neoliberalismo” y como el “alumno” más brillante del Fondo Monetario Internacional.

Porras se sorprende con las palabras de Aguirre Sacasa, pero cuando termina de hablar suelta una risotada.
El diputado liberal se contagia de la risa y a mitad de pasillo, en pleno pasillo, los rivales políticos se abrazan y se ríen.

“Es una persona que maneja un discurso muy populista, muy lleno de retórica sandinista, pero actúa de una manera muy diferente… pareciera que hay dos Gustavo Porras, el que vemos con los morteros y después el que sigue la línea conservadora en temas económicos”, dice horas después Aguirre Sacasa.

Después de Aguirre, las críticas le llueven, Porras se enfurece. Su cara robusta se colorea como una manzana gala de ésas que venden en cualquier canasto navideño. El diputado truena contra sus opositores. Si estuviera en un ring, un réferi quizás lo vería perder.

En la Asamblea Nacional, es uno de los defensores más recalcitrantes de las políticas del Gobierno.

***

E1 último intento por hablar con el doctor Porras para este perfil ocurre un día antes en el mismo edificio de la Asamblea Nacional. Después de una encerrona con diputados de su bancada y el Ministro de Hacienda en la que se terminó de afinar los artículos de la Ley Fiscal.

Previendo interrogantes incómodas, el primero en hablar con los medios es Porras. Sus palabras son breves.

Esa mañana va vestido con guayabera verde, pantalón claro y carga un bolso negro rectangular. Una vez que se zafa de las cámaras, emprende su retirada por las gradas.

Aprovecho para seguirlo e interrogarlo.

—Doctor Porras tengo varias preguntas que hacerle.

—Mmmm –responde prensando los labios. Mira al piso sin detenerse y avanza a pasos rápidos.

—¿Por qué se hizo médico?

—Mmm…

—¿Por qué dejó el karate?

—Mmmmm…

—¿Hace cuánto no va a la UNAN?

—Mmm

—¿Cuántos salarios tiene?

—Mmmm –contesta por quinta vez y hace un gesto de quien no puede hablar y está mal de la garganta.

“No podés ser sindicalista y empresario, por ejemplo; no podés ser sindicalista y no levantar las banderas específicamente laborales de la gente, si vas a optar por la función del sindicalismo tenés que optar por ella”.

Así hablaba en el año 2000, el doctor Gustavo Porras en la entrevista que concedió al periodista Roberto Pérez y que publicó el extinto Semanario.

—¿Por su mente no pasa dejar el sindicalismo y convertirse en un empresario? –preguntó Pérez, quien actualmente cubre temas de Salud en La Prensa.

—Igual, a como no pasa por mi mente dejar de ser médico y transformarme en un empresario, creo que la posición de ser médico, de ser trabajador de la Salud, reafirma mi posición en el sindicalismo –dijo Porras, agregando que– yo creo que cada quien tiene derecho a escoger su destino, su camino. Creo que cuando un sindicalista opta por no continuar en el sindicalismo y decide tomar otra opción tiene su derecho; lo único que hay que estar claro es que no puede hacer las dos cosas”.

En una década más, qué irá a decir el doctor Porras. Ojalá para entonces la garganta no le carraspee.

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