Hernaldo Zuñiga

Perfil - 30.11.2008
Hernaldo Zuñiga

Magazine ha buscado las raíces nicaragüenses de Hernaldo Zúñiga, trovador errante y tal vez el cantautor popular más internacional que ha tenido el país. Ya no es el mismo muchacho de antes.
Tiene 52 años, pero conserva sus raíces y amor por el terruño donde asegura haber tenido una infancia feliz

Luis E. Duarte
Fotos de Cortesía

En febrero de 1974 un muchacho delgado y pelo largo había llegado a Viña del Mar, Chile, desde Santiago con un “mánager” adolescente para participar en el XV Festival de Viña del Mar, el evento musical más importante de la época. Eran Hernaldo Zúñiga y Noel Vidaurre, dos nicaragüenses que estudiaban Derecho en la Universidad de Chile, en Santiago.

Los acompañaba un guitarrista chileno llamado Mike, y Hernaldo llevaba una canción bajo el brazo que había sido inspirada por el poema Un detalle, de Alfonso Cortés. En esa noche cálida de febrero en el anfiteatro de la finca Vergara, una multitud atenta escuchó su timbre repitiendo un texto inusual en esa época: “Tengo miedo de existir, el mañana se avecina disfrazado de sonrisas, con llanto y soledad”. Eran los deseos de un Hernaldo que no había llegado a la madurez. Tenía 17 años.

¿Nicaragua? ¿Ventanillas? Chile transmitía en vivo el festival donde participaban Camilo Sesto, Lucho Gatica y el entonces poco conocido José Luis Rodríguez, “El Puma”. Frente a miles, Hernaldo representaba a un país exótico para el sur del continente, cuya única referencia era aquel poeta que había pasado ahí siete décadas antes.

Éste fue el inicio que marcó su carrera artística, pero se resistió al éxito internacional hasta que partió hacia España en 1978 para grabar clásicos como Procuro olvidarte, En el mismo tren, Mentira y Siempre.

En Viña del Mar estuvo frente a un público que apenas lo conocía por un par de entrevistas en revistas y espectáculos en centros nocturnos. Hernaldo conservaba su melena lisa, llevaba pantalón campana, camisas holgadas artesanales, brazaletes y collares, pero a pesar del atuendo irreverente, tenía rostro de liebre inofensiva.

Su voz de león afirmaba en cambio: “Quedan caminos que recorrer, nuevas alboradas mis ojos llenarán, llenarán. Dejaría mi paso huellas que en senderos en días futuros otros andarán”.

La Junta Militar en el Chile post golpe había sentado su huella en el festival y prohibió la música folclórica, generalmente de tendencia izquierdista, el país convulsionado por su futuro, la polarización y bajo Augusto Pinochet, escuchó en silencio aquellas frases que lograron calar en el ambiente nacional. Al día siguiente cuando entró entre los finalistas, lo aclamarían como símbolo de sus angustias juveniles. El muchacho de Masaya que había llegado a estudiar a Chile, tuvo que ser custodiado para poder salir de regreso a Santiago ante la multitud de fanáticos que lo asediaron.

Ventanillas se convirtió en esos años inciertos en un himno. Desde entonces, con más de seis millones de discos vendidos, sin contar las composiciones a Pandora, Mijares, Ángela Carrasco, Sergio&Estíbaliz, Emmanuel o Yuri, Hernaldo Zúñiga se ha quedado en Chile, España y México.

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En la finca de los Zúñiga, allá por el lado de Tisma, Hernaldo jineteaba a pelo un potro llamado Arlequín y montaba los terneros hasta que caía en el rodeo improvisado.

Era uno entre la marimba de chavalos que correteaban por Masaya en una época de inocencia, donde la expresión “pandilla” tenía otro significado. Entonces la ciudad estaba rodeada de bosques tupidos, algodonales y lagunas limpias, espacios de aventura inocente, de viajes a El Coyotepe después de las matinés dominicales, excursiones a las fincas de sus abuelos y juegos con decenas de amigos que con sus gritos apagaban el relincho de los caballos en las calles.

Pero siempre fue un soñador. “Cuando llovía se quedaba abstraído, escuchaba rico el aguacero golpeando el zinc, yo miraba que lo envolvía algo”, dice su hermano Armando Zúñiga, dos años y medio menor que Hernaldo, pero compañero de travesuras.

Antes de romper con el paisaje y llegar a la fama, los conciertos y el éxito internacional que todos conocen, el Hernaldo Zúñiga acelerado, pero a veces distraído, nicaragüense y masaya, vivió sus años de escuela a orillas del lago de Granada, donde recuerda al padre Astorqui, un biólogo y arqueólogo que cuidaba los ídolos precolombinos tanto como al acuario con tiburones, la granja apícola y la porcina.

“Era un sitio mágico con una reverberación histórica que hasta un niño podía sentir e interiorizar”, recuerda el cantautor. Así era el Colegio Centro América de la colonial Granada, a orillas del lago, el liceo de la clase alta donde llegaban estudiantes de todo el istmo.

Noel Vidaurre, compañero de esos años, recuerda que se sentaba con Hernaldo en la parte de atrás del aula porque los curas los ubicaban en orden alfabético. Una vez alguien le puso un chinche en el pantalón y Hernaldo pegó un grito que asustó a todo el mundo. Lo expulsaron de la clase.

Masaya entretanto le regaló su “universo riquísimo de expresiones culturales, había mucho personaje colorido y excéntrico, poetas, escritores y músicos, además estaban las fiestas y celebraciones populares de enorme imantación y tradición, la Semana Santa y fiestas patronales en particular”, revela a maga ine el cantautor.

Vidaurre recuerda que Hernaldo era inquieto, agitado, llevaba el pelo largo, ropa de moda, camisas embombadas, pantalones campana, usaba brazaletes de cuero y tocaba la guitarra muy bien. En Chile mantuvo ese estilo y ahora sigue vistiendo moderno. “No es un hombre que sale de saco y corbata, generalmente va deportivo e informal a sus eventos y su vida normal”.

Cuando terminó la escuela, Hernaldo fue primero a Estados Unidos a aprender inglés y se reencontró en Chile con Vidaurre un año después, tenían la misión de regresar con un título en Derecho. Sin embargo, después de Viña del Mar fue a Acapulco al tercer concurso de la Organización de Televisión Iberoamericana (OTI), siendo la primera representación de Nicaragua en este evento.

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El padre de Hernaldo —dirigente político, magistrado y diputado conservador— tenía una guitarra en casa y cantaba canciones de Armando Manzanero y sembraría en el hijo la música, la cual usaría primero como arma letal en cuestiones del corazón.

Su primera novia la tuvo a los diez años, dice su hermano menor, pero la primera musa vino después, es decir, la Primera Mujer a quien compuso: “Recuerdo mi espera impaciente en días de ferias y domingos en la matinal de un cine local construimos un templo de encuentro al amor, canción me provocas tristeza”.

“Yo fui serenatero y tocaba un poco la guitarra, todavía la tengo y Hernaldo la cogía desde muy pequeño y ahí comenzó a cantar”, dice el padre. El hijo confirma que su primer instrumento fue “una guitarra que mis padres le compraron a Betty Edwards, una gringuita que vino a casa de visita. En esos años escuchaba mucho a Cat Stevens (mi ídolo de entonces), Yes, Led Zeppelin, la última fase de Los Beatles (a partir del Sgto. Pepper) y las baladas de la radio, Tiritando, Ciudad solitaria, en fin, el microcosmos musical de ese tiempo que era escaso y duraban meses sonando”.

“Éramos vagos. Mi papá no nos inculcó conceptos clasistas, jugábamos con el vende periódicos, el lustrador y el hijo del dueño de Tip Top, en la calle éramos como 50 chavalos”, revela Armando. Por eso, Zúñiga Montenegro no se sorprende que un indigente toque a la puerta de su casa y pregunte por su famoso amigo.

También miraron la historia llegar a su casa en el barrio San Jerónimo o la de su abuelo a la vuelta de la esquina. Emiliano Chamorro era habitual visitante de Hernaldo Zúñiga Padilla, mientras Fernando Agüero y Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, de su padre Hernaldo Zúñiga Montenegro. Al director mártir de La Prensa, el cantautor le compuso una canción después de su asesinato en enero de 1978.

Sin embargo, el mundo de ensueño también tuvo sus momentos difíciles. El Colegio Centro América se trasladó a Managua a un terreno sin la magia de Granada y ahí expulsaron a Hernaldo cuatro meses antes de terminar el bachillerato. Se escapó del internado porque tenía una cita en las fiestas patronales con su “primera mujer”.

Se trasladó al Colegio Salesiano de Masaya donde realizó su primera presentación pública en un festival escolar, pero su debut profesional sería en una discoteca “muy fresa” de Santiago. En ese corto período estuvo además en la organización de la primera huelga estudiantil, la toma de su escuela y una exposición de pintura que organizó con su compañero de clases, el poeta Julio Valle Castillo.

Para los exámenes finales, los curas tuvieron su revancha y lo enviaron a cortarse el pelo de inmediato junto al grupo de melenudos de ese año. Para no perder las pruebas esperando que terminara el barbero, se cortaron ellos mismos y terminaron como dicen aquí “chomporocos”.

De la estadía en la cárcel de Masaya, Armando Zúñiga explica que en esa ocasión no estaba en la serenata cuando fueron detenidos por la Guardia Nacional a medianoche, sólo sabe que su padre fue a sacar a Hernaldo y cuando salió con sus compañeros, los presos comunes comenzaron a vitorearlos y decir “se van Los Beatles”.

El terremoto de Managua en 1972 “fue un parteaguas personal que puso un punto de inflexión en mi biografía. Aprendí además, a relativizar todo desde entonces”, expresa Hernaldo.

El padre de Hernaldo recuerda que en esa Navidad trágica, los hijos desaparecieron con su jeep y regresaron al día siguiente. Habían estado ayudando a los damnificados de los escombros.

Las víctimas fueron atendidas en el parque San Sebastián, pero ellos llevaron a tres familias a una de las casas desocupadas de los Zúñiga, donde vivieron algunos años hasta que devolvieron las llaves y pintaron la casa en señal de gratitud.

Los jóvenes del Salesiano ayudaron también a contener a los internos del Hospital Psiquiátrico que habían sido reubicados en Masaya y doña Alma Gutiérrez recuerda a sus hijos robándose una docena de gallinas y la mitad de la despensa de la casa para hacer con los vecinos la cena navideña de los damnificados.

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Yo llegué con la administración del presidente Salvador Allende, en plena campaña de las que fueron las últimas elecciones municipales de ese período democrático chileno. Viví el golpe de Estado de los militares y el gobierno dictatorial que surgió de ese levantamiento. Tenía entonces 17 años y pronto empezó lo que es hoy mi carrera musical. Fue una gran lección, perfectamente aprendida y ya en mi ADN. La intolerancia, el sectarismo, la descalificación del otro diferente, el dogmatismo, la siembra del odio, todo ello creí que con la experiencia chilena había quedado enterrado para siempre en nuestra región, como la poliomielitis, y veo con tristeza que no es así”, revela Hernaldo.

“Tuve la fortuna de ver y oír a Víctor Jara en un concierto con dos de los hijos de Violeta Parra. Era en un cine de Santiago, el Grand Palace creo se llamaba o llama. Cuando le escuché cantar Te recuerdo Amanda viví un movimiento telúrico interno, pocas semanas después compuse Ventanillas, mi manera de percibir la música cambió para siempre en aquella noche santiaguina en medio de marchas y un mundo agitadísimo”, agrega el compositor de Como te va mi amor.

Noel Vidaurre recuerda que a pesar de todo llevaron una vida alegre, de bailes y fiestas con amigos. Hernaldo siempre tocaba la guitarra y cantaba, incluso en inglés. Durante un asado olvidó la letra y comenzó a inventar el resto de una canción de moda y como muchos no entendían, pasó inadvertido. “Uno tiene que hacer lo que puede”, se disculpó en secreto.

“Yo le mandaba su mensualidad, sabía que estaba cantando por las fotos, publicidad y noticias en los periódicos. Me dijo que lo suyo se lo mandara a Armando (que había llegado después a Chile) porque no necesitaba más”, dice su padre.

En 1977 volvió a participar en Viña del Mar con Cancionero y recibió una oferta para grabar en España después de ganar el segundo lugar, en esa ocasión habían sido invitados Julio Iglesias, Camilo Sesto y Palito Ortega, los ídolos del momento.

“Estaba apesarado porque dejaba Chile, donde le había ido muy bien en clases y en el canto, pero dijo que tenía más futuro con la música en España (…). Fue triste porque éramos los únicos nicaragüenses. Muchas veces nos vemos en México y en Nicaragua, nos acordamos del colegio y la universidad en Chile, hablamos de la familia, su familia es muy encantadora, hablamos del futuro de nuestro país, quiere mucho y piensa mucho en Nicaragua. Es un hombre con muchas inquietudes sobre su país a pesar que no vive aquí”, agrega Vidaurre.

“Yo nunca lo presioné, Hernaldo se dedicó a eso y yo encantado, él era feliz. Siguió estudiando, se graduó en España, pero a medida que fue grabando los discos y salía en las noticias, me agradó. A mí me gusta la guitarra y el canto, Almita igual. Mi abuelo Marcelo Zúñiga Gutiérrez formaba parte de una orquesta que rivalizó con la Vega Matus, parte de una opereta está incluida en el baile de Los Diablitos”, dice Zúñiga Montenegro.

Los Zúñiga Gutiérrez en los quinceaños de una nieta. Al centro sus padres Hernaldo Zúñiga Montenegro y Alma Gutiérrez, los tres hermanos Aníbal, Armando y Hernaldo, las hermanas Marcela, Martha y Paola.

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En Madrid tuvo una vida bohemia. Entre cultura, arte y música, no tenía tiempo para casarse y más bien disfrutaba de la compañía de sus amigos y amigas, hasta que conoce a su actual esposa en Pamplona durante las corridas de San Fermín.

Te llevaré es una canción que compone a Lorenza Azcárraga, la misma del clan de comunicación mexicano al que pertenecen el grupo Televisa y una cadena de radioemisoras.

Sin embargo, Armando expresa que su hermano ha evitado involucrar la carrera con las posibilidades de su matrimonio. Aunque pudiera aparecer seguido en la pantalla mexicana, no lo hace y por eso se ha dado el respeto de los mexicanos.

La fama fue traumática al inicio, responde el compositor, aunque “después uno va acostumbrándose incluso a disfrutar de las consecuencias”. Sus antojos especiales son “el cultivo de la amistad y la gastronomía. Me apasiona la buena mesa”, afirma.

Así se ha rodeado de figuras literarias como Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes, pero en cada visita a Nicaragua, nunca dejará de ir a Granada para comerse un vigorón en el parque con su respectivo cacao.

Su padre dice que no le conoce vicios, quizá porque amigos de su adolescencia se perdieron en el LSD, la droga de moda en su época de estudiante. Su madre explica que dos ex compañeros murieron y otro de sus amigos del Centro América estuvo en un centro de rehabilitación, el mismo Hernaldo le ayudó a recuperarse.

También tuvo fama de mujeriego. Zúñiga Montenegro diría “que tuvo mucha suerte con las damas, ahora cuando se juntan los hermanos y primos, comienzan a salir cosas que ignorábamos. Tuvo muchas novias muy lindas”.

Vidaurre lo conoce como una persona culta y de buenas relaciones. “Me ha invitado a comer con grandes escritores mexicanos”. Sus padres lo perciben como una persona sensible que de pequeño se envolvió en el mundo de la espiritualidad a través de Hermann Hesse.

Le dicen “Tato” porque era el apodo del padre, es el segundo de seis hermanos, tres varones y tres mujeres, le gusta estar en familia y viajar a la playa, visita mucho el interior de México y Europa, habla cuatro idiomas. Se casó en 1988 en una fiesta de tres días, con palenque, mil invitados y en un rancho donde se hospedó el invasor Maximiliano I, es también padre de tres hijos.

En sus más de 30 años de carrera artística había estado en Nicaragua más que todo en el Teatro Nacional Rubén Darío, pero en el 2005 lo invitaron a cantar para la inauguración de la Concha Acústica, era la primera vez que tenía en su propio país un público masivo y lo sorprendió el evento, tuvo una alegría inmensa que no olvida. Hernaldo es profeta en su tierra.

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