Historia de un secuestrador

Perfil - 07.10.2007
Donald Mendoza

Donald Mendoza entró a la historia entre asaltos a bancos, asesinatos y secuestros. Le apodaron “Cara de Piña” y según una de sus víctimas era un “ser despreciable”. Ahora sólo quiere que no lo recuerden como mala persona

Octavio Enríquez
Fotos de Orlando Valenzuela

Cuando Donald Mendoza entró rápido y furioso a la historia, cuando su cara llena de barros se publicó en los diarios y su apodo “Cara de Piña” se hizo más conocido que su nombre, Nicaragua
era un hervidero con crímenes políticos, rearmados y un sabor a guerra que aún quedaba en el paladar.

Una gran parte de los 22 mil 413 desmovilizados de la Resistencia y de los 71 mil del Ejército Popular Sandinista pedía que les cumplieran las promesas gubernamentales.

El sector privado pujaba porque el Gobierno sacara a Humberto Ortega de las filas del Ejército, se mencionaba una posible amnistía a favor de Víctor Manuel Gallegos, alias “Pedrito El Hondureño”, y otra a favor de Frank Ibarra.

Ellos eran los villanos. El primero se había tomado Estelí, robado bancos en una acción militar que costó la vida de 49 ex soldados sandinistas y al otro lo acusaban de asesinar al ex presidente de los confiscados, Arges Sequeira. Nadie se imaginaba entonces que faltaran dos hombres que entrarían en el paquete de perdonados. Pero así era.

El vaso empezó a llenarse y José Ángel Talavera, un contra desconocido al que apodaban “El Chacal”, secuestró en agosto de 1993 a 40 hombres, entre ellos funcionarios y diputados sandinistas.

El suceso ocurrió en el lejano sitio de Caulatú, a tres kilómetros de Quilalí, al norte del país. Demandaba mejores condiciones para el antiguo ejército financiado por Estados Unidos y actualmente desmovilizado.

Horas después del secuestro, Mendoza hizo lo suyo. Se fue a Radio Corporación y advirtió al mediodía, con esa voz cadenciosa que se le oye ahora 14 años después, que se podía dar “una escalada, el sandinismo no se va a quedar así”. Y actuó con precisión de reloj suizo seis horas después del anuncio radial, dos horas después de reunirse a solas con Daniel Ortega que, según él, nunca supo nada.

14 años después regresando al lugar del secuestro

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Lo que más llama la atención en su casa es un libro sobre los amores de Napoleón. Y lo que se ve detrás de él, no son retratos familiares, sino una mano haciendo la guatusa tallada en madera y una máscara oscura sobre un promontorio de papeles.

Donald Mendoza, de 52 años, se arrellana en un sillón. Ya para entonces ha llevado a cabo su rutina que incluye salir a trotar con su perro, saludar a su familia, llamar a sus hijos… cuatro en total, tres en el extranjero.

En la entrevista dice ser muchas cosas, pero sobre todo abogado, antiguo miembro de una asociación de ex militares y un hombre de izquierda no radical.

Habla con especial cariño de Daniel Ortega, a quien describe como un hombre humilde; de Alejandro Magno, Ulises, pero el personaje a quien en verdad le gustaría parecerse es otro; salido más bien de una película reciente de Mel Gibson o de un libro milenario si se quiere ver desde mucho antes. ¡Muuuucho antes!

“¡Cristo! ¡A El sí me quisiera parecer!”, dice convencido. Un aire mesiánico se esparce en la sala y otro de desconfianza. Hay en este espacio de mediano tamaño —mesa y muebles, estantes con expedientes judiciales (en uno se lee Tola, dice que no trabaja para Lenin Cerna)— un sentimiento de persona acorralada, de gato que se defiende boca arriba.

“No hablo más que con periodistas amigos”, confiesa en su casa rosada en Managua, cerca del Paseo Tiscapa, y examina todo tras sus lentes de abogado como si analizara un cliente; camisa a cuadros celeste, pantalón azul, y las botas vaqueras bien lustradas.

Desde hace 14 años no ha hablado públicamente del tema y se hace acompañar de un amigo ex militar (el capitán retirado Carlos Lara) que atiende la entrevista como si fuese la última que cedió en vida John Lennon.

“Ya no soy aquel chavalito. Si estuviéramos en la misma coyuntura trataría de evitarlo por lo que viví. Pero si no se puede ni modo. No hay guerra fría. Daniel Ortega gobierna solo. Yo tengo un estigma y voy a cargar con eso”, se lamenta.

Un estigma que una vez provocó que un tipo loco pasara frente a su casa disparando, gritándole lo peor que le han dicho en su vida: ¡Cara de piñaaaaaaaaaa! al compás de una balada de balazos que por fortuna no lastimó a nadie.

Foto/Archivo/LA PRENSA/Magazine
En su momento cumbre con Daniel Ortega, “su negociador oficial”.

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La fama le llegó porque dirigió un contragolpe militar al secuestro de “El Chacal”. A las seis de la tarde del 21 de agosto de 1993 entró armado al mando de siete hombres que se tomaron la casa de la Unión Nacional Opositora y secuestró a toda la directiva del partido gobernante, diputados y miembros del Gabinete.

“Me pareció el colmo del extremismo. En menos de 24 horas los radicales de cada lado habían puesto al Gobierno en medio de dos secuestros, donde los principales secuestrados eran diputados de la izquierda y la derecha. Parecía que se habían hecho realidad las advertencias que en muchas ocasiones habíamos hecho públicas condenando el alentar posiciones al margen de la ley, algo que el doctor (Virgilio) Godoy (Vicepresidente) y muchos de la UNO hacían con los recontras, y Daniel con los recompas”, dijo en sus memorias el secretario de la Presidencia de entonces, Antonio Lacayo.

Sesionaba precisamente en la casa de la UNO todo el directorio político, entre ellos el mismo Godoy. El secuestro fue calificado, según La Prensa, como uno de los más prominentes ocurridos hasta entonces en América Latina y Mendoza, un muchacho que creció en el barrio Riguero, que durante la guerra hizo trabajo de inteligencia y no figuró en nada, saltó a la portada de los diarios.

En La Prensa se leyó aquella mañana una descripción: “El `Comandante 31′ se cubría la cara con un pañuelo blanco. Su cara daba la apariencia de haber padecido en su juventud un fuerte ataque de acné, que le daban una apariencia de mayor ferocidad. Versiones que circulan (identifican) al jefe del mencionado comando como un mayor del EPS retirado y al que apodan `Cara de Piña’. Lo identifican como Donald Mendoza… 36 años, pelo chirizo, 1 metro 70 de estatura”.

A su hermana Sandra Mendoza le bastó unos minutos viendo la televisión para reconocerlo. El teléfono empezó a repicar.

—¿Ya viste Sandra? ¡Tu hermano está en la televisión! —le dijeron. Eran vecinos del barrio, testigos de su infancia.

Con su hermana Sandra en el barrio que lo vio crecer: el Riguero

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Los niños que jugaban con él le decían “limonada” por su carácter. Pero según su hermana mayor era un tipo calmado, que se juntaba con unos cuantos amigos para jugar hand ball.

Lo crió su mamá María García, quien se separó de José Mendoza después de procrear cuatro hijos. Luego tendría cuatro más en un segundo matrimonio, pero antes de eso nació este hombre, un 31 de julio a las 12:30 minutos de la tarde en 1955.

Su familia era pobre (se compró unos zapatos en calzados Adoc hasta los nueve años, vendía periódicos, carne asada) y, aunque parezca una soma del destino, era pariente del general Anastasio Somoza García por el lado de los García.

En la casa de San Marcos, de donde era originario el tirano, la abuela de Mendoza tenía en
la pared de la sala la imagen de Somoza cabalgando en un caballo que le había regalado supuestamente el general Perón, de Argentina.

En Managua, donde vivía Mendoza, estudió en el colegio Don Bosco donde un sacerdote lo empezó a concienciar. Leía también las noticias de los desaparecidos en los diarios y las represalias que tomaban contra los estudiantes.

Finalmente despertó de un puñetazo en la cara que le dio un coronel de la Guardia Nacional. Eso ocurrió en 1972 cuando lo detuvieron en la huelga de la gasolina y la leche (la gente reclamaba por el alza en ambos productos) y desde entonces se metió a botar a los Somoza.

Se hizo guerrillero urbano (su seudónimo era Ulises), reclutador, trabajó después en la dirección de Inteligencia del Ejército y como agregado militar en Washington. Se retiró en 1992 con el rango de mayor y, cuando sobrevino la paz, dice que le dolió que hubiese injusticias con los militares retirados. Entonces creía firmemente que la Contra había salido mejor parada en las negociaciones con el Gobierno, pero de pronto un comando de la Contra reclamaba exactamente lo contrario. “El Chacal” acababa de secuestrar a 40 personas en Quilalí. Era agosto de 1993.

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Humberto Castilla no aguantó las ganas de orinar y se regresó al edificio con frontal griego, de cuatro columnas, 11 cuartos, paredes blanco hueso, ubicado en Bolonia, Managua, que era propiedad de un coronel somocista.

En esa casa, donde se hallaba la oficina de la UNO, nadie escuchaba la radio. Ningún periódico de la época cita que alguien haya escuchado la amenaza de Mendoza.

A puerta cerrada se discutían los cambios constitucionales que necesitaba el país, según el ex diputado Luis Sánchez Sancho. Entre ellos estaban la destitución del general Ortega y la del secretario de la Presidencia, Antonio Lacayo.

Castilla entró rápidamente al baño y es casi seguro que escuchó los gritos, las balas en el techo, y a los siete hombres que invadieron la casa de la que hoy sólo quedan los huesos. El Comando Soberanía y Dignidad irrumpió en plena reunión.

—Hasta aquí llegamos, ¡se acabó esta mierda! —ordenó Mendoza, jefe de la operación, un total desconocido como el resto de militares entre quienes sobresalía William Hurtado, el mismo que años más tarde, en 2004, asesinó al periodista Carlos Guadamuz.

Lograron pillar a Castilla intentando esconderse en el baño y lo agruparon junto a César, Godoy y Sánchez Sancho, según el último.

Sánchez Sancho recuerda esos días que duró el secuestro como momentos de mucha tensión. Róger Mendieta Alfaro, uno de los secuestrados, contó en el periódico que algunos personajes trataban de rebajar ese ambiente contando chistes como Wilfredo Navarro que, en un descuido, logró escabullirse de un guardia y pasarse a otro cuarto.

“Me vine aquí —dijo según Mendieta— porque allá van a comenzar a matar primero”.

Una batería de periodistas nacionales estaba pendiente minuto a minuto de lo que pasaba allí adentro, en los diarios las fotos decían todo: mientras José Ángel Talavera era mostrado en una fotografía viendo cómo le medían la presión a la diputada sandinista Doris Tijerino, secuestrada en Caulatú, en Bolonia, la imagen que a la gente le quedó grabada era la de Mendoza encapuchado como bandolero.

Todos los alrededores de Bolonia estaban militarizados y se hablaba de la presencia de francotiradores a la caza de los secuestradores. Los personajes retenidos comían gracias a los organismos de derechos huma-nos que les llevaban alimentación.

Las comunicaciones telefónicas, llamando a la Presidencia y a sectores afines del sandinismo, eran bastante frecuentes.

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Tenía 14 años de no regresar aquí”, dice Mendoza con paso apurado ante la puerta del edificio hecho ruinas, siempre con sus botas vaqueras, con su hablar todo medido.

La antigua sala de reuniones es hoy un cuarto con ventanales forrados con tablas de madera donde cuida un vigilante. Toallas colgadas de un mecate, un mosquitero blanco sobre un catre, el piso curtido y afuera Mendoza recorriendo los cuartos vacíos, con aires de desolación.

Allá se ven las ventanas donde exhibió casi desnudos a tres personajes a los que ocupó como escudos humanos cuando la Policía hizo un cambio de guardia que él valoró como un posible ataque.

“Para qué querés que me haga detrás de esa ventana (ríe). Vas a decir que yo debería estar preso”, musita Mendoza y se ubica.

Si hay algo que se ve que le incomoda es que lo sigan recordando como un villano y se defiende atacando a Luis Sánchez. “No me quita el sueño lo que hice. Posiblemente a veces uno es más mordaz con la pluma que con un fusil”, dice y niega que sea igual a “Pedrito El Hondureño” o a Tirso Moreno como una vez se leyó en una editorial de La Prensa.

Quiere tomar distancia, pero Luis Sánchez regresa la pelota calificándolo de “despreciable”, porque el terrorismo para él es un acto “condenable, cobarde”.

Para el capitán retirado Carlos Lara, amigo de Mendoza, él estuvo obligado a hacer cosas por la situación de ese momento. “Los gobiernos de turno no administran con justicia nuestra casa, nuestro país”, dice refiriéndose a las reivindicaciones que nunca llegaron a los desmovilizados.

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“La primera vez que lo vi era un hombre fuera de control. Yo pensé que estaba drogado o su temperamento era el de un energúmeno. No lo conocía. Hasta después supe que había sido del Ejército y que incluso estuvo de diplomático. Es un hombre brutal, el típico guardia militar abusivo, con su sentido de superioridad sobre los demás”, dice Luis Sánchez Sancho.

A Virgilio Godoy le pareció en cambio nervioso, inseguro, una pieza más del show al que estaban siendo sometidos. Según él, Mendoza quería impresionar para mantenerlos bajo control. Las crónicas periodísticas dicen que Godoy respondió con un desafío: “Máteme, yo he vivido lo suficiente”.

Los secuestradores habían regado por toda la casa tacos de TNT para hacerla volar en caso extremo, cuando consideraran que todo era insalvable.

Mendoza ordenó que se desvistieran Humberto Castilla, Alfredo César y Luis Sánchez, quienes salieron públicamente humillados en los medios de comunicación.

No fue una experiencia desconocida para Sánchez, porque también fue desnudado cuando estuvo preso en las celdas de La Aviación, en época de Somoza.

El entonces capitán Alesio Gutiérrez, jefe de la prisión, ordenó que se desnudara completamente, igual que a otros reos, después que un día apareció apuñalado un preso por razones desconocidas.

Gutiérrez pasó viendo uno a uno a los desnudos. Sánchez estaba cabizbajo, apenado. El carcelero lo golpeó.

“Míreme de frente”, le conminó en aquellos años de encierro somocista, cuando estaban en las manos de la Oficina de Seguridad Nacional.

“En varias ocasiones me desaparecieron durante un tiempo, me tenían en unas mazmorras, encadenado en el sótano. Yo sentía (con el caso de Mendoza) que estábamos en una situación diferente. Temía que nos iban a matar a algunos de nosotros. Una cosa es estar preso bajo una autoridad establecida, aunque sea una dictadura y otra cosa es estar en posición de fuerza de secuestradores y terroristas”, dice Sánchez.

El secuestro se resolvió cinco días después cuando, tanto en Quilalí como en Managua, fueron soltando uno a uno a los secuestrados hasta que en La Prensa se leyó un título enorme que gritaba: “Fin a la pesadilla”.

Mendoza anunció que se marchaba a las montañas a acompañar a “Pedrito El Hondureño” en sus peticiones de mejores condiciones a los ex militares sandinistas. Y quedó libre luego de un fugaz encarcelamiento, tras una negociación realizada por Daniel Ortega, a quien nombró su negociador desde el inicio del secuestro. Su vida pública después podría resumirse así: se le perdió al mundo y todo el mundo lo perdió de vista.

Hombre de negocios

Al igual que “Pedrito El Hondureño”, Donald Mendoza se convirtió en un hombre de negocios. Pero antes, en un tiempo y por separado, fue católico y evangélico cuando conquistó primero a una católica y luego a una evangélica. “Yo iba todos los domingos a la Iglesia, si te gusta la muchacha vos vas”, confiesa.

Desde el otro lado

Según José Ángel Talavera, alias “El Chacal”, con ellos no pasó lo mismo que con la gente de Mendoza. “A nosotros no nos odian, nosotros no tratamos mal a la gente, me he encontrado con algunos de los diputados y tenemos buenas relaciones”, asegura por teléfono. Talavera explica que en esos años sobraba la desconfianza, las cicatrices estaban abiertas. El secuestro de la UNO obedeció, según este contra, a una orden de los mandos del sector sur del FSLN.

Dina Andino, la víctima indirecta

Cuando ocurrió el secuestro en la sede de la Unión Nacional Opositora, Dino Andino llegó como un periodista más de la televisora estatal de Canal 6 y lo que ocurrió en esos días marcó su incipiente carrera en el periodismo, porque fue despedido abruptamente sin que nadie le informara las causas.

Pero de fondo, según supo después, estaba su antiguo parentesco con el jefe que dirigió esta operación militar, Donald Mendoza, su ex cuñado, y el hecho que Andino fuese el único periodista de televisión que logró ingresar al edificio y hacer imágenes en exclusiva del secuestro.

“Yo fui una víctima indirecta del secuestro”, asegura y dice que nunca supo nada.

En esos años, tenía una mala relación con Mendoza. Andino lo recuerda entonces como jovial, tranquilo, bastante inteligente, pero de carácter variable.

“La experiencia que vivió mi hermana al lado de él fue violenta, esa fue la razón de que se separaron. Pero hoy se conoce que es una persona pacífica, alejada de aspectos militares, incluso hoy mantiene una amistad, digo yo, con mi hermana bastante buena por la razón que procrearon una hija. Donald Mendoza es un hombre más responsable ahora y ha demostrado que ama mucho a su hija”.

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