Howard Hughes multimillonario en Managua

Perfil - 27.02.2005
Howard Hughes

Tan promiscuo era que una actriz llegó a afirmar: "Howard Hughes se acostaría hasta con un árbol".
Por esas casualidades de la vida, el personaje recaló un día en la Managua pre terremoto y de esta forma Nicaragua entró en su historia

Juan Ruiz Sierra

Cuando Howard Hughes entró por la puerta principal del Hotel Intercontinental Managua (hoy Crowne Plaza), tuvo que enfrentarse a algo que trataba de evitar a cualquier precio. Era el 16 de febrero de 1972 y Hughes, después de bajar de su avión particular, se había sentado en un vehículo blindado marca Mercedes Benz, propiedad de Anastasio Somoza Debayle, y, escoltado por un séquito de la Guardia Nacional, llegaba a la que sería su residencia durante dos estancias distintas en ese año.

Cincuenta personas entraron como una sola en el lobby del hotel. Iban a ocupar para ellos solos las plantas sexta, séptima y octava, las más altas del edificio. En el centro del grupo iba un carrito parecido a los que utilizan los servicios de lavandería. Subido en él estaba un hombre de unos 70 años de edad. Era Hughes, el multimillonario más excéntrico del mundo, el as de la aviación, el legendario productor y director de películas, el playboy por el que habían suspirado las más hermosas actrices hollywoodienses, el conspirador político involucrado en el escándalo Watergate, el lunático que sólo comía bistec con guisantes y no se dejaba tocar ni fotografiar por nadie.

¡Clic! Sonó el obturador de una cámara y los ayudantes de Hughes se pusieron en alerta. Uno de ellos localizó al autor de la fotografía, le quitó con violencia la cámara, la abrió, extrajo el carrete y lo rompió pisándolo contra el suelo del lobby del hotel. Dos guardias nacionales agarraron al fotógrafo. Se trataba de un turista que, ante la llegada de uno de los hombres más conocidos y huidizos del mundo, no quería desperdiciar la oportunidad de captar la imagen.

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Probablemente esa foto destruida fue la única que se tomó a Hughes en los cerca de seis meses que estuvo en sus dos estancias en Managua. Más tarde, cuando se conoció que el multimillonario residía en esta ciudad, los periodistas norteamericanos llegaron en bandadas. Colocaron cámaras frente a las ventanas de su suite, con la esperanza de que en algún momento asomara la cabeza. Hasta un equipo de la CBS instaló sus cámaras de televisión las 24 horas del día. Todo fue en vano. Nadie pudo tomar una sola imagen. "Ningún nicaragüense vio a Howard Hughes. Ninguno. Sólo Somoza", dice 32 años después Frank Kelly, por entonces secretario personal del dictador y encargado de tratar con el equipo del multimillonario.

Algunos biógrafos afirman que la noche del terremoto estaba disfrutando de Goldfinger, una de las películas del agente secreto James Bond. El aún no lo sabía, era su despedida de este país

Hoy quedan dos personas del antiguo Intercontinental que continúan trabajando en el actual Crowne Plaza, Francisco Ramírez Rojas y María Elena Montenegro. Ninguno de los dos tiene mucho que decir sobre Hughes. Jamás lo vieron. Se limitaban a llevar a sus ayudantes lo que éste o algún otro miembro del séquito pedía. Los alimentos, básicamente bistec y guisantes, los llevaban crudos, para que el cocinero personal de Hughes los guisara. Las raras veces en que éste salía, lo hacía por la puerta de servicio, subido en su carrito y cubierto por una sábana blanca.

Ava Gadner y Katherine Herpburn
Ava Gadner y Katherine Herpburn, dos de las famosas amantes que lucío el promiscuo Hughes cuando era un playboy.

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En la vida de Hughes, sobre la que ahora se exhibe en todo el mundo una película dirigida por Martín Scorsese, se juntan leyenda y realidad. Hasta la fecha de nacimiento resulta una incógnita. Para algunos biógrafos, nació en Houston (Tejas) el día de Noche-buena de 1905. Para otros, el 24 de septiembre del mismo año. Su infancia se encuentra rodeada de mentiras, casi todas contradictorias entre sí. Se dice, por ejemplo, que era un trillizo, pero también que era hijo ilegítimo de la hermana de su madre. Al propio Hughes le encantaban todos estos cuentos.

Hijo de un aventurero acaudalado, Howard Robard Hughes, y de una rica heredera neurótica, Allene Gano, el multimillonario era mitad neurótico, mitad aventurero. Tras una vida disipada, su padre se hizo millonario inventando una perforadora que, al ser la única capaz de penetrar la roca maciza, revolucionó la extracción de petróleo. Hughes, hijo, fue tan rico como pésimo estudiante. Su paso por los mejores institutos norteamericanos sólo le sirvió para perfeccionar su drive en el golf, deporte del que era fanático y que apareció en una de sus célebres frases, pronunciada cuando apenas tenía 20 años: "Quiero convertirme en el mejor golfista del mundo, el mejor productor de Hollywood, el mejor aviador del mundo y en el hombre más rico del mundo". Fue una de las tantas citas rotundas de Hughes, de las que quizá la más significativa, por la prepotencia y fe ciega en el dinero que implica, sea ésta: "Puedo comprar a cualquier hombre".

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Pronto se quedó huérfano. Perdió a su madre en 1922 y a su padre en 1924. Tuvo que tomar el control de su vida, lo que, en su caso, significó meterse de cabeza en el negocio del cine. Hell's Angels, una epopeya sobre los pilotos norteamericanos durante la I Guerra Mundial, fue su estreno como director y su primera aventura. Su ambición no conocía límites: hizo traer de Europa medio centenar de aviones auténticos utilizados en la contienda, estuvo a punto de matarse mientras demostraba a los aviadores cómo debían maniobrar en una escena, y, cuando estaba a punto de terminar de editar el largometraje, murió el cine mudo, lo que le obligó a sonorizar la película. Los costes de Hell's Angels superaron los tres millones y medio de dólares, la suma más alta gastada hasta entonces en una película.

Su pasión por el cine le acompañó hasta el final de su vida. Durante su estancia en Managua se hacía traer de Estados Unidos cientos de filmes, muchos de ellos dirigidos o producidos por él mismo. Los veía sin pausa en su suite del Hotel Intercontinental, una habitación no excesivamente lujosa para los estándares de Hughes. Algunos biógrafos afirman que, la noche del 23 de diciembre de 1972 que dejó postrada a Managua, estaba disfrutando de goldfinger, una se las películas del agente secreto James Bond. Él aún no lo sabía, pero el terremoto iba a significar su despedida de este país.

El Hotel Crowne Plaza
El Hotel Crowne Plaza ha recreada la habitación que usó Howard Hughes durante su estancia en ese hotel, tal como ellos se la imaginaban del personal nicaragüense entró a la suite del millonario excéntrico.

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Al pisar Managua, Howard Hughes era sólo una sombra del personaje que él había moldeado sobre sí mismo. Lejos quedaba ya el empresario cinematográfico, poderoso dueño de la productora RKO, en la que se hicieron películas como The Front Page o Scarface. Lejos quedaba el aviador que en 1935 había batido el récord mundial de velocidades, pilotando a 325 millas por hora un avión que él mismo diseño y construyó para la ocasión, inaugurando así la fábrica aeronáutica Hughes Aircraft Company, una de las más importantes de ese tiempo. Y, sobre todo, lejos quedaba su desaforada pasión por las mujeres. O, mejor dicho, por las actrices.

“Howard Hughes se acostaría hasta con un árbol”, llegó a afirmar Joan Crawford. Bajo las sábanas de su cama cayeron, entre muchas otras, Lana Turner, Katherine Hepburn, Rita Hayworth, Liz.

Taylor o Ava Gadner, con la que tuvo un romance violento e intermitente durante 22 años. Una vez cuando el multimillonario se enteró que la actriz había estado bailando toda la noche con un torero mexicano, Hughes le dislocó la mandíbula de un manotazo. Gadner respondió lanzándole una estatuilla de bronce a la cabeza.

Descontento con la lentitud y poca fiabilidad del sistema telefónico nicaragüense, hizo que instalaran en el Intercontinental una línea que le comunicara directamente con sus oficinas en Estados Unidos. Pagaba por ella 12 mil dólares al mes

No era, pues, el casanova del pitalismo de épocas anteriores. Había sufrido tres gravísimos accidentes de avión —uno de ellos lo dejo con el 75% de su cuero quemado, un pulmón perforado y varios huesos rotos—, los inspectores de impuestos norteamericanos lo tenían en la mira y vigilaban todos sus movimientos, el caso Watergate había estallado y sus efectos le salpicaban por mantener oscuras relaciones con el entonces presidente Richard Nonio, y, por si fuera poco, había contraído sífilis nerviosa, lo que agudizó aún más sus manías.

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¿Qué llevó a Howard Hughes a instalarse en Managua? En 1972, Nicaragua —es decir, Somoza— le ofrecía la posibilidad de refugiarse de los inspectores de impuestos estadounidenses que lo seguían a todas partes, de no pagar ningún tributo por su gigantesco patrimonio y de hacer tratos colosales con el dictador.

Los negocios consistían básicamente en construir un canal interoceánico que hiciera competencia al de Panamá y un oleoducto que comunicara el Atlántico con el pacífico. Pero también había espacio para empresas algo más modestas: Hughes quería comprar Corn Island y hacer de las islas un territorio libre lleno de hoteles y casinos, así como participar en la línea aérea de Somoza, llamada Lanica. Este fue el único proyecto que fructificó. Hughes acabó adquiriendo el 30% de las acciones de la compañía.

Pero todos estos tratos se hacían por medio de los hombres de confianza de ambas partes y de mucho teléfono. Dado que el multimillonario vivía en una casi absoluta reclusión, el teléfono era para él una arma básica. Descontento con la lentitud y poca fiabilidad del sistema telefónico nicaragüense, hizo que instalaran en el Intercontinental una línea que le comunicara directamente con sus oficinas en Estados Unidos. Pagaba por ella 12 mil dólares al mes.

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Frank Kelly, el secretario personal de Somoza y quien le ayudaba a manejar sus empresas, recuerda que en una ocasión, estando reunido en el hotel con Jack Real, la mano derecha de Hughes en aquel entonces, le dijo a éste:

—Jack, quiero conocer a don Howard Hughes. Llevame a conocerlo.

—¡Pero si yo casi ni lo veo! –le contestó Real.

Sólo un minúsculo grupo de sus ayudantes personales más cercanos veía al multimillonario y todos, por otra rara manía de Hughes, profesaban la religión mormona. El propio Somoza sólo alcanzó a estar con él una vez. Fue en el avión de Hughes, cuando éste, después de sus 25 días en Managua, partió hacia Canadá. Según el biógrafo Charles Higham, que entrevistó para su libro Howard Hughes, The Secret Life a decenas de sus ayudantes, el norteamericano se mostró "sonriente, no mostró ningún miedo de contagio de enfermedades e incluso estrechó manos". Después, Somoza diría que Hughes le había expresado su arrepentimiento por haberse convertido en un recluso, “porque en 23 años no he conocido a nadie de mi círculo cercano”.

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Howard Hughes
Howard Hughes gustaba ser piloto de prueba de los mismos aviones que él diseñaba, a veces con resultados catastróficos como el del accidente que muestra esta fotografía.

Hughes volvió a Nicaragua en agosto de 1972 y, de no haber sido por el terremoto de Managua, es probable que hubiera permanecido en el país durante años, deslizándose hacia la muerte y haciendo tratos con el dictador. “Si el terremoto no hubiera ocurrido, él habría hecho grandes inversiones en Nicaragua” afirma Frank Kelly. “La noche después del terremoto estuve en una reunión en la que participaron Somoza y los ministros. Había una sensación como de: Qué lástima. Se perdió una gran oportunidad para Nicaragua”.

El 6 de abril de 1976, Howard Hughes murió a bordo de un avión que lo llevaba de la ciudad mexicana de Acapulco a Houston, su ciudad natal. Dos días antes había quedado inconsciente y sus colaboradores decidieron llamar a un médico. El doctor Montemayor declaró que se encontró con un hombre con costras de mugre en la piel, desnutrido y lleno de llagas. El parte médico decía que Hughes murió de una insuficiencia renal, pero quienes hicieron la autopsia coincidieron en que aquel hombre le habían dejado morir a base de consentir sus excentricidades. Sus hijos conocidos, no dejo testamento. Tras un largo proceso ante los tribunales, 22 parientes se partieron una fortuna de más de 1,000 millones de dólares.

Howard Hughes
Howard Hughes se define en el Congreso de Estados Unidos de las acusaciones de corrupción que pesan sobre él- Este episodio fue recreado con amplitud en la película El Aviador que se exhibe actualmente en las salas de cine.

Aviones y medicina

El retrato popular dice que Howard Hughes era un multimillonario diletante, impulsivo, egocéntrico y maniático hasta el extremo. Un playboy con dos obsesiones: las mujeres y el dinero a toneladas. Sin obviar su vertiente más farandulera, el empresario dejó también importantes contribuciones al mundo de la aviación y la medicina.
Considerado el más elegante de todos los aviones, el Lockheed Constellation fue concebido por Hughes a finales de la década de los treinta. Representó la muestra definitiva del lujo aéreo hasta los sesenta, cuando fue desplazado por los incipientes jets. Hoy todavía quedan 55 naves de este modelo y cuatro de ellas continúan volando. Quizá el mayor ejemplo de las enormes ambiciones de Hughes en el campo de la aviación fue la nave conocida como Hércules, también diseñada bajo su dirección. Con sus 180 toneladas de peso, es el hidroavión más grande jamás construido. Su objetivo era transportar tropas durante la II Guerra Mundial, pero terminó de construirse demasiado tarde. Fue en 1946 y la contienda ya había terminado. El Hércules sólo llegó a realizar un vuelo. Lo pilotaba el propio Hughes. Estos dos aviones fueron producto del empeño del multimillonario. Su obra más importante y perdurable, por el contrario, la hizo sin apenas pretenderlo. Durante los años cuarenta y cincuenta, la Hughes Aircraft Company era una de las principales vendedoras de maquinaria aérea a las fuerzas armadas norteamericanas. Desde el Pentágono, sin embargo, se veía a Hughes con un enorme recelo. Su gusto por el exhibicionismo y las rubias explosivas no calzaba bien con el perfil bajo del que hacían gala los militares. El ultimátum llegó en 1953, por medio de un parte proveniente del secretario de la Fuerza Aérea: "® ponen esta compañía bajo el mando de alguien de nuestra confianza o cancelamos todos nuestros contratos.Tienen 90 días".
Así nació el Howard Hughes Medical Institute (HHMI). En esos 90 días de plazo militar, Hughes creó el organismo y lo hizo dueño del 100% de las acciones de su fábrica de aviones. Mató dos pájaros de un tiro con esta jugada: burló las presiones castrenses y accedió a un trato fiscal mucho más favorable, reservado para las fundaciones sin fines de lucro.
Pero tuvo que morirse el multimillonario para que el HHMI se convirtiera en lo que es hoy: la segunda organización benéfica de los Estados Unidos —sólo superada por la Fundación Bill Gates— y la mayor organización privada del mundo dedicada a las investigaciones médicas.Tras el deceso de Hughes, los nuevos directores del instituto vendieron la fábrica de aviones a la General Motors en 5 mil millones de dólares, suma que actualmente llega hasta casi los 13 mil millones. Desde su cuartel general en Maryland, en las afueras de Washington, el HHMI financia a 301 investigadores del país, entre los que se hallan diez premios Nobel. Cada uno de estos biólogos, médicos, químicos y físicos recibe cerca de un millón de dólares anuales para sus proyectos. Hughes, el playboy neurótico y aventurero, jamás se lo hubiera imaginado.
"Ningún nicaragüense vio a Howard Hughes. Ninguno. Sólo Somoza", dice 32 años después Frank Kelly, por entonces secretario personal del dictador y encargado de tratar con el equipo del multimillonario.

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