La aventura de Tardencilla

Perfil - 28.01.2007
Orlando Tardencilla

Un día el mejor estudiante de Nicaragua se fue a la guerra. Participó en la conflagración fratricida y cuando ésta terminó, se fue a matar enemigos a El Salvador “porque su conciencia se lo indicaba”.
Allá lo capturaron, le metieron acero en las carnes y tragó su propia sangre; después lo trasladaron a Estados Unidos, donde le ofrecieron dos opciones: hablar o morir.
Habló y 25 años después cuenta su historia

José Adán Silva

No me considero héroe. Quiero dejar claro eso porque ahora escucho gente del pasado, que les gusta sentirse héroes, hacerse héroes y decirse héroes a sí mismos, y en honor a la verdad, los verdaderos héroes están en el más total y absoluto anonimato, olvidados en alguna tumba por ahí.

Digo esto porque una vez me quisieron hacer héroe, y no lo era. Nací el 15 de diciembre de 1963 en el seno de una familia pobre y viví en Managua hasta 1972, cuando el terremoto de diciembre botó la ciudad.

Me incorporé a la lucha guerrillera a los 15 años en Masaya, a donde llegué tras el terremoto.

Eran tiempos duros. Mi mamá, Juana Espinoza Escalante, vendía veladoras, canelas y especias en el mercado de Masaya para mantenernos en la escuela a mí y a mis tres hermanas, mientras mi padre Orlando Tardencilla Oporta trabajaba en una finca.

Estando en sexto grado, en 1977, gané como mejor alumno de Masaya y participé en la escogencia del mejor alumno de Nicaragua. Gané.

Anastasio Somoza Debayle en persona, y sus funcionarios, me dieron un diploma y se tomaron fotos conmigo. Un año después nadie se acordaba de mí y mi mamá seguía en el mercado.

Después el país se enfocó en la guerra y me metí en las rebeliones del 78, hasta la insurrección final en Masaya el 19 de julio de 1979. Ese año y a inicios de 1980, se recrudecía la represión en El Salvador.

No me fui a la Cruzada Nacional de Alfabetización porque pensaba que mi misión no era esa, yo estaba con las ganas de irme a pelear allá, pero cuando matan a monseñor Oscar Arnulfo Romero, el 24 de marzo de 1980, mi decisión se convirtió en un hecho y me fui a El Salvador por veredas.

Orlando Tardencilla, cuando tenía 19 años y era guerrillero en El Salvador. A la derecha ya como diputado en el 2016.

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Aldo Díaz Lacayo era el embajador de Nicaragua en México para el verano de 1982, y recuerda que para entonces el gobierno sandinista temía una intervención militar de Estados Unidos.

Barricada, el periódico oficial del FSLN, tituló a ocho columnas en los primeros días de marzo.. “Yanquis desesperados por intervenir”. Eran tiempos de guerra y William Casey y Alexander Haig, Director de la CIA y Secretario de Estado norteamericano respectivamente, propugnaban por el uso de fuerzas militares estadounidenses en Centroamérica para detener a las guerrillas salvadoreñas y derrocar al gobierno sandinista. “Estados Unidos debe estar preparado para usar sus tropas porque Centroamérica está en guerra, y las guerrillas están ganando la batalla psicológica”, dijo el director de la CIA en 1982, según se desprende de cables internacionales publicados en los periódicos locales.

Díaz Lacayo recuerda que el Secretario de Estado, Alexander Haig, sólo necesitaba una prueba que determinara la participación de Cuba y Nicaragua en la guerra civil salvadoreña, y no cesaba en ese empeño aunque las cosas le salieran mal, a como en dos ocasiones anteriores.

Primero Haig aseguró que en Nicaragua se había cometido un genocidio contra los indígenas misquitos de las riberas del río Coco. Presentó imágenes fotográficas que resultaron ser un fotomontaje de la CIA y no tuvo más remedio que pedir disculpas.

A los pocos días anunció que “un militar nicaragüense” había sido capturado en El Salvador, pero resultó que se trataba de un estudiante nicaragüense, Ligdamis Amaxis Gutiérrez, quien se dirigía a México a continuar sus estudios.

En esos esfuerzos estaba cuando el 12 de marzo apareció un cable de AP que decía: “El Departamento de Estado de los Estados Unidos presentó ante la prensa a un guerrillero nicaragüense para que confirmara sus denuncias de que Nicaragua y Cuba intervienen en El Salvador, pero el hombre dijo justamente lo contrario, y afirmó que su acción podría costarle la vida”.

La noticia dio la vuelta al mundo. Haig había fallado por tercera vez y los intentos de intervención militar empezaban a esfumarse.

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Llegué a la Universidad Nacional de San Salvador, y me integré a la lucha allá con nicaragüenses, mexicanos, ticos, panameños, cubanos y algunos españoles que participamos de manera voluntaria.

En los albores del triunfo en Nicaragua, entre junio y julio de 1979, algunos salvadoreños se integraron a las filas de las guerrillas. Eran jóvenes inmigrantes que estaban aquí combatiendo a Somoza y reclutando a soldados internacionalistas que, según sus cálculos, podían apoyarles en El Salvador. Yo y otros quedamos en el compromiso que una vez que se venciera en Nicaragua, íbamos a continuar la lucha en El Salvador.

Yo llegué a San Salvador en abril de 1980. Estuve participando en emboscadas y combates en distintos lugares de El Salvador.

En ese tiempo no estaba conformado lo que es ahora el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) y había cinco tendencias guerrilleras.

Cuando yo llegué las organizaciones guerrilleras se peleaban entre sí; yo me integré a las Fuerzas Armadas de la Resistencia Nacional (FARN) y desde ahí se buscaba la unidad con las otras fuerzas rebeldes para enfrentar al ejército que todas las noches realizaba masacres a la población civil de todo el país.

Quiero recordar que en enero de 1981, el pueblo, eufórico por las emboscadas que le hacíamos a la guardia, se lanzó a las calles en los barrios y comarcas con una consigna que nació allá: “Si Nicaragua venció, El Salvador vencerá”.

La Guardia se acuarteló con miedo y la gente se quitó las pañoletas celebrando la inminente victoria, pero pasaron seis días, el Ejército se percató que no había algo coordinado, que no había una dirigencia y comenzó una ofensiva terrible donde mataron a miles de civiles.

La cantidad de helicópteros y tanques era impresionante: yo por lo menos miré en el cielo 15 helicópteros martillando a todo mundo y por supuesto, a nuestros campamentos.

Nuestra gente, unos 800 compañeros, atacó y se armó un combate como de una semana. Yo estaba en San Salvador, escuché por el scanner los mensajes de la guardia pidiendo refuerzos y pedí permiso al Estado Mayor para combatir.

Me fui en bus y me bajé en Zaragoza, cerca del lugar, esquivando los retenes de la guardia, pero ellos estaban en todos lados y exhibían a los muertos y fusilaban a los capturados y sospechosos. Sobre todo bajaban a los jóvenes de los buses y carros, los arrodillaban y les pegaban un tiro en la nuca.

No sé cómo, se armó una confusión con un chavalo detenido que al mirarme dijo que yo era nicaragüense y pertenecía a la guerrilla; habíamos gente armada ahí en el retén que no íbamos a dejarnos atrapar y comenzamos a volar bala.

En la confusión yo me meto a unos montes y me siguieron, me dispararon y me dieron. Una bala dio contra un poste, lo cruzó y me fracturó el cráneo.

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Cuando me desperté iba amarrado, en un piso metálico caliente, que era de un tanque, con la bota de un guardia en la cara. Me sentí el sabor a sangre y ya no dejaría de probarlo en los próximos 18 meses. Ni cerca estaba de conocer en ese entonces el verdadero dolor.

Más de un año y medio después, ya conocía el dolor en sus expresiones más crudas. Desde arrancarme las uñas varias veces, meterme agujas bajo las uñas, cruzarme el pene con alambres y después pasarme electricidad en los testículos, en el pene, patadas, golpes, quemadas, me asfixiaban, me ponían una capucha plástica con talco y me la ataban al cuello.

Me acostaban en el piso con los brazos y piernas abiertas, me amarraban de las extremidades y me subían por medio de poleas. Yo quedaba como que iba volando, y a cierta altura, alguien se te sienta en la espalda y empieza a cabalgar y me soltaban a agarrar aire hasta cuando ya no podía moverme.

Me ponían música todo el tiempo, a todo volumen con un estribillo: “no seas el último muerto de una guerra que ya se perdió”; yo lloraba. En algunas ocasiones llevaron a presos políticos para torturarlos a mi lado y después los mataban. Los que oí a mi lado, guerrilleros salvadoreños, los mataron entre interrogatorios y torturas; yo escuchaba que les preguntaban, los golpeaban y ellos se quejaban entre gritos que ya no, que dirían la verdad.

Luego les disparaban. En una ocasión a uno que lo estaban torturando y prometió hablar, empezó a cantar la internacional socialista y lo callaron de un balazo. Oí muchísimas veces a las mujeres que las llevaban para violarlas; escuché los últimos suspiros de muchos presos.

A una chica la violaron de manera escandalosa, pasaron horas y horas que entraba uno, después otro, después otro, hasta que salió uno gritando entre grandes risotadas: “Me cogí a la muerta”.

A veces me drogaban y me dejaban sin comer; me encaramaron varias veces en helicópteros y me colgaban como que iban a tirarme, me ataron de los pies y me dejaron con la cabeza colgada y en ocasiones escapé de morir por los vómitos.

Fue terrible la absoluta soledad de varios meses en un hoyo inmun-do en el piso de quién sabe qué cuartel. Pasé meses con las manos atadas hacia atrás, con los ojos vendados y en un pequeño lugar donde no podía pararme; la comida me la tiraban y tenía que echarme para comerla del piso.

El agua me le echaban encima: si lograba abrir a tiempo la boca, bebía, si no esperaba al día siguiente.

Por cada golpe me preguntaban quién era mi jefe, mis subordinados, los campamentos, las rutas del traslado del armamento de Nicaragua a El Salvador.

Yo sabía algo de eso, quizás las rutas donde nos entregaran las armas, era muy poco lo que sabía, así que no tenía nada que decir y por eso siempre evité decir alguna locura. Yo sabía que si hablaba, lo que fuera, me iban a matar de todos modos, pero eran tantas las torturas que no podía ni hablar, no tenía fuerzas para pensar y sólo quería que me mataran, pero ni eso podía pedir, que me dieran el tiro de gracia.

A finales de febrero o inicios de marzo de 1982 me dieron la apaleada del siglo. Me extrañó que sólo me dieran golpes sin preguntar, me machucaron los dedos con las botas hasta reventarme las manos, me colgaron piedras de los testículos, disparaban a orillas de mis oídos, en fin, sólo esperé que en la noche me montaran en el helicóptero.

Al día siguiente, después de la vergueada, por primera vez me quitaron la venda y alguien me habló y trató bien: estaba en la Policía de Hacienda y me llevaron a una oficina donde alguien que se identificó como ciudadano americano me dijo que tenía dos opciones claras: “vivir o morir”.

Le pregunté: ¿qué tengo que hacer para vivir?

—Necesitamos que aceptés que sos nicaragüense.

—Yo nunca he negado mi nacionalidad —les dije.

—Necesitamos que aceptés que estabas en la guerrilla.

—Pues si me agarraron en combate, y no niego que peleaba aquí en la guerrilla.

—Necesitamos que digás que el Frente Sandinista te mandó, y necesitamos que nos digás por dónde entraste, con quiénes entraste, qué armamentos traías y quién te mandó. Sos el único nicaragüense que tenemos para demostrar que los sandinistas están exportando la guerra en Centroamérica y por eso no te han matado. A cambio te daremos asilo en Estados Unidos, pero necesito que se los digás a los periodistas del mundo.

—Bueno —dije yo— déjeme pensarla.

—0k. Regreso mañana, pero sabés que puede ser tu último día ¿verdad?

Ya no me regresaron al cubículo, sino a una celda iluminada, una cama con ropa limpia, mucha comida, agua, todo decente.

El hombre regresó ese mismo día en la tarde.

—Washington quiere una respuesta hoy mismo, así que decidite ya, o mañana no amanecés vivo Como si un rayo atravesara mi mente, pensé en la venganza: me han estado torturando, me van a usar, y luego me van a matar. Si me dan la oportunidad, los voy a joder y que me maten de una sola vez.

1977 LA PRENSA publicó donde destaca como mejor estudiante de Nicaragua a Tardencilla.

***

Llegué a Washington y allá estuve una semana recibiendo entrenamiento para el discurso en que denunciaría la intervención de Nicaragua en la guerra de El Salvador, la presencia de militares rusos y cubanos en Centroamérica y las matanzas de inocentes indígenas en la Costa Atlántica.

Me dieron guiones, me pusieron filminas, me vistieron, me alimentaron, me daban bromas, estaban felices porque me vieron decidido a vender al FSLN y cada cierto tiempo me ponían el detector de mentiras y me preguntaban cosas que podían preguntar los periodistas.

Me preguntaban si iba a decir la verdad, y yo les decía que sí y las agujas no me delataban y ellos salían felices y celebraban como quien decía: “ya tenemos la excusa para invadir Nicaragua”.

Yo sólo me concentraba y me decía para mis adentros: “sí, voy a decir la verdad, pero mi verdad, hijos de putas”.

Luego de muchos días de entrenamiento, me llevaron a una oficina donde me maquillaron y me enfrentaron a los periodistas. Yo inicié con la primera parte del discurso que ellos me habían enseñado: señores, yo vengo a testimoniar de la intervención en los asuntos internos de un país en la soberanía de otros pueblos hermanos…

Eso lo dije para que los periodistas enfocaran sus cámaras: “Yo soy testigo de esa intervención”, dije a continuación.

Luego por unos minutos más, no sé cuánto tiempo, no oía mi voz y me parecía que no estaba hablando sino sólo pensando lo que debía decir, pero yo ya denunciaba que era víctima de tortura, que fui amenazado de muerte, luego denuncié más y más cosas hasta que escuché un grito en inglés y sentí un empujón y un golpe.

Me sacaron del escenario y me llevaron a un cuarto donde me pegaron una reventada hasta la madrugada. Después me regresaron al Departamento de Estado, y todo mundo quería saber dónde estaba yo; los organismos de Derechos Humanos exigían respeto a mi vida, las cadenas mundiales pedían que me mostraran, Nicaragua presionó por medio de organismos internacionales que me regresaran.

De repente alguien abrió mi celda y oí voces en inglés: bueno dije, aquí viene mi muerte. Pero no, alguien se me presentó en español y me dijo que era el Embajador de Nicaragua.

Me trasladaron en un carro rodeado de patrullas policiales, hasta que me llevaron a una casa que, después lo supe, era la oficina del embajador Francisco Fiallos. Había una bandera rojinegra, fusiles sobre los escritorios y yo estaba sin esposas y con gente que no conocía: yo no confiaba en nadie, pero eso llamaron a Nicaragua y me pasaron a Daniel Ortega para saludarlo.

No sabía quién era. Me pasaron a Tomás Borge, y sí lo había escuchado, pero más bien me recordó los discursos que me daban cuando estaban torturándome y no le creía y entonces dije algo: “pásenme a mi mamá que a ella sí le conozco la voz”. Y ahí estaba ella y me sentí vivo de nuevo.

***

El vocero del Departamento de Estado, Dean Fischer, convocó a cadenas de televisión de Washington y periódicos locales a su oficina para darles una primicia explosiva: al fin la administración del presidente Ronald Reagan había encontrado pruebas de la intervención de Nicaragua en El Salvador.

El guerrillero nicaragüense Orlando José Tardencilla Espinoza, capturado en San Salvador, denunciaría a su gobierno y revelaría su entrenamiento en Cuba y Etiopía para atacar a objetivos civiles y militares en El Salvador.

Apenas iniciada la conferencia, traducida por un miembro del Departamento de Estado a los periodistas norteamericanos, Tardencilla dijo todo lo contrario de lo que esperaban sus anfitriones.

“En Nicaragua nadie sabía de la existencia de Tardencilla, hasta que Estados Unidos metió la pata”, recuerda el ex vicecanciller sandi-nista Víctor Hugo Tinoco.

Luego que la noticia recorriera el mundo, Nicaragua pidió ante los medios internacionales la repatriación del guerrillero, ante la amenaza de Fischer de enviarlo de regreso a San Salvador donde le requería la justicia militar.

“Nicaragua estaba en guerra contra Estados Unidos y ese hecho se sentía como una victoria, se disfrutaba como una metida de pata más de Reagan”, recuerda Tinoco.

Tardencilla fue trasladado a México desde Estados Unidos y de ahí regresó al país el 16 de marzo de 1982.

En el aeropuerto fue recibido como héroe por varios comandantes de la revolución y a los dos días se le celebró una fiesta pública en la Plaza de la Revolución, donde el comandante Tomás Borge lo bautizó como “heredero del valor de Sandino” y le colgó una medalla.

***

Usted me pregunta qué andaba haciendo yo por allá. Yo le respondí que sentía una obligación de liberar a El Salvador del sistema que masacraba a sus ciudadanos. ¿Qué tenía yo para ayudar a las guerrillas salvadoreñas? Mucha experiencia.

Yo entrenaba artillería básica, lanzacohetes RPG2, ametralladoras, uso de explosivos para botar puentes, volar torres.

¿Que si luego hubo flujo de armamento de Nicaragua a El Salvador? Sí hubo, efectivamente miré cómo llegaba allá el armamento de aquí, pero no era yo el contacto, yo sólo era un colaborador con experiencia.

¿Cuántos de los que se fueron conmigo regresaron? Ninguno. Conocí 40 ó 50 nicaragüenses allá, incluyendo muchachas jóvenes y no regresaron. ¿Mi familia? No sabía que estaba allá. No les dije nada, porque no quería pensar que iba a morir.

Me dicen que mi pobre vieja me buscaba entre los muertos y casi se volvió loca. Ella se dio cuenta que yo estaba vivo hasta que la llamaron de la Cancillería para decirle que me había cagado en la política exterior de Reagan.

¿Qué si tengo visa estadounidense? Sí y he viajado a ese país varias veces. Quizás no lo sabés, pero en los tiempos de esa guerra participé en algunos de los ataques a la Embajada norteamericana, combatí contra ellos y en algunos casos, quedaron muertos y heridos.

A El Salvador también he regresado. Fui en 1994 por primera vez desde que salí de allá: llevaba tres manzanas de Adán en el cuello, la natural y dos más que habían subido.

¿Secuelas por las torturas? No señor. No las hubo, no las hay. El dolor se olvida.

Diputado Tardencilla

Orlando Tardencilla fue electo diputado del FSLN en 1996. Posteriormente abandonó ese partido y se alió con Camino Cristiano Nicaragüense (CCN), un aliado del ex presidente Amoldo Alemán.

Tardencilla fue expulsado de CCN el año 2002 y pasó a formar parte de la Bancada Azul y Blanco, conformada con disidentes liberales que se alinearon al lado del presidente Enrique Bolaños.

Posteriormente Tardencilla votó junto con el FSLN para desaforar al ex presidente Alemán y mandarlo a juicio y a prisión por delitos de corrupción. Luego impulsó iniciativas para desaforar a Bolaños y someterlo a la justicia por delitos electorales, razón por la cual tanto diputados liberales como azul y blanco lo calificaron como “traidor” e infiltrado del FSLN.

En el 2006 hizo alianza con el ex alcalde y disidente sandinista Herty Lewites, pero rompieron relaciones y Tardencilla hizo su propio partido, Alternativa por el Cambio, que llevó al ex guerrillero sandinista Edén Pastora como candidato a presidente y a Tardencilla como candidato a primer diputado.

El partido no alcanzó el uno por ciento de votos y Tardencilla quedó fuera de la Asamblea Nacional.

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