La historia de amor de Enrique Bolaños y Lila T.

Perfil - 13.01.2020
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La historia de Enrique Bolaños y Lila T. es una batalla entre el ir y venir. Es una historia de amor y poder, de migración y guerras, de negocios, muerte y sacrificios. Es una historia de novela

Por Abixael Mogollón G.

En la memoria de Enrique Bolaños Geyer ha quedado grabada la escena de una niña vestida de blanco, fajita negra, calcetines blancos de algodón y zapatitos negros. Angelical. Camina rumbo a una procesión de Semana Santa mientras maldice a los cuatro vientos por la muerte de un familiar.

La pequeña Lila Teresita del Niño Jesús Abaunza no le recrimina a Dios por la muerte de su tío Benjamín Abaunza, sino más bien a su propio tío, que se le ocurrió morirse la madrugada del 6 de abril de 1941, amanecer Domingo de Ramos.

“Este viejo que se tuvo que morir cuando comienza Semana Santa. Los estrenos de ropa, los vestidos, los paseos, las procesiones”, rezongaba la pequeña que acababa de cumplir los 12 años y que sabía que tras la muerte del tío Benjamín se venían varias semanas de riguroso luto.

Desde el atrio de la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción en Masaya, Enrique, quien estaba a un mes de cumplir los 13, observaba a Lila que se miraba “preciosamente trompudita” y caminaba a esperar la Procesión de la Burrita. Ahí comenzó la historia de Enrique Bolaños y Lila T.

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Los Bolaños Geyer tienen origen en un ingeniero alemán, que vino a Nicaragua a sacar oro y se quedó para hacer familia.

A mediados de la década de 1860 en Nicaragua se vivió el inicio de una auténtica fiebre del oro. Basta decir que para 1871 ya estaban registradas más de 300 minas solo en Juigalpa y La Libertad, en el departamento de Chontales. En esos años una de las minas más grandes era El Jabalí, ubicada a unos tres kilómetros y medio del municipio de La Libertad. La creciente fortuna de la familia Pellas está ligada íntimamente a esta mina.

Hasta 1866 El Jabalí perteneció al granadino Luca Quiroz, quien ese mismo año vendió la propiedad al investigador Dr. Berthold Seeman por la suma de 150 mil dólares. Desde 1864 la mayor parte de las minas de Nicaragua estaba en manos de extranjeros y para 1880 la mina El Jabalí ya era propiedad de los Pellas, una familia de origen italiano.

Un día los Pellas decidieron aumentar la explotación de estas tierras al máximo y con ese propósito contrataron a un grupo de ingenieros de la Academia de Minas de la ciudad alemana de Goslar.

Lila T., en un retrato en 1946. Fue a estudiar toda la secundaría a Estados Unidos, donde perfeccionó el dominio del inglés. MAGAZINE / REPRODUCCIÓN ÓSCAR NAVARRETE, ARCHIVO ENRIQUE BOLAÑOS

El escritor alemán Göetz Von Houwald narró sobre la llegada de estos ingenieros en minas: “En realidad parece que vinieron en aquel tiempo 40 o 50 ingenieros alemanes a Chontales, de los cuales algunos parecen haberse quedado”. Entre los que se quedaron estaba Heinrich Geyer, abuelo materno de Enrique Bolaños.

Heinrich, que en español significa Enrique, nació en 1854. Trabajaba en Goslar, una ciudad que pertenece al estado federado de Baja Sajonia y se encuentra en el corazón del país germano. Esta ciudad es famosa por las minas de Rammelsberg, consideradas uno de los mayores depósitos mineros del mundo. Estuvieron activas durante por lo menos mil años, fueron cerradas en 1988 y hoy son patrimonio de la humanidad. De ahí salió Geyer cerca del año 1880 rumbo a la mina El Jabalí.

El alemán se asentó en Masaya, donde conoció a Josefa Abaunza, parienta lejana de doña Lila T. Estando ahí lo contrataron para que instalara el primer sistema de bombeo de agua desde la laguna hasta la ciudad. Enrique Bolaños recuerda parte de esta historia, ya que alcanzó a ver los últimos vestigios de ese antiguo sistema de acarreo de agua.

“Logré ver el lugar al que le llamaban El Bajadero. Había más de 100 gradas que bajaban hasta el agua cristalina de la laguna. Cientos de caballos y mulas bajaban con dos cántaros y luego llegaban a una gran pila que estaba frente al parque central”, rememora.

Cuando aquel alemán llegó con un motorcito y unos tubos, algunos masayas se burlaron inocentemente. “Ese chunchito así chiquito va a sustituir a cientos de caballos”, dijeron incrédulos, mientras otros hacían apuestas de si subiría el agua o todo sería un fracaso. El resultado fue que los caballos de acarreo de agua desaparecieron de Masaya.

Heinrich Geyer y Josefa Abaunza se casaron y tuvieron seis hijas y dos hijos. La penúltima en nacer fue Amanda del Rosario Geyer Abaunza, madre de Enrique Bolaños. Muchos años más tarde este, al igual que su padre, se casaría con una Abaunza. Doña Lila T.

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Enrique Bolaños Geyer, que en cuatro meses cumplirá 92 años, nos recibe en su casa en Carretera a Masaya. El famoso Raizón. Han venido desde Estados Unidos varios familiares para pasar con él esta Navidad.

“Son 13 nietos y 13 bisnietos los que tengo”, nos dice orgulloso, haciendo énfasis en el número 13, con el que tiene una relación especial. Nació un día 13, tenía 13 años cuando comenzó su noviazgo con doña Lila y ahora tiene 13 nietos y 13 bisnietos.

Varios niños corretean por la casa. Los adultos hablan más en inglés que en español. La mayor parte de su familia vive fuera de Nicaragua, desde un profesor de música que da clases en Estados Unidos, hasta una nieta que trabaja en Tesla Motors.

Parte de la familia de Enrique Bolaños en diciembre de 2018. "Son 13 nietos y 13 bisnietos los que tengo", dice orgulloso Bolaños. MAGAZINE/ÓSCAR NAVARRETE

“En Nicaragua ahorita no hay oportunidades”, explica Bolaños, presidente del país de 2002 a 2007, mientras espera a que una de sus nietas deje las clases de violín que está tomando en un corredor, para que todos posen junto al abuelo en una foto familiar.

Esta afición por estudiar música viene de cuando el bisabuelo alemán les inculcó a sus hijos el amor por el arte musical.

La propia madre de Bolaños era una virtuosa del piano. Amanda del Rosario Geyer Abaunza fue criada bajo la disciplina estricta alemana. Un día a la semana todas las hermanas hacían una tarea distinta en la casa. Una cocinaba, otra lavaba, otra limpiaba la casa, otra remendaba la ropa, una pasaba todo el día ensayando partituras en el piano y una descansaba.

Ya casada, todos los días a las cinco de la tarde, luego de las tareas del hogar, se vestía elegantemente y tocaba el piano para su esposo, sus hijos y, sobre todo, para ella misma.

Los varones, en cambio, fueron enviados a estudiar fuera de Nicaragua. A uno lo agarró la Primera Guerra Mundial en el bando alemán y otro se fue a Nueva York y luego a Sudamérica, de donde volvió con problemas mentales.

Las hermanas Geyer Abaunza ya andaban por la adolescencia cuando irrumpió en sus vidas un joven llamado Nicolás Bolaños Cortés, futuro padre de Enrique, quien se enamoró perdidamente de la penúltima de las muchachas.
Bolaños Cortés era el menor de los cuatro hijos de Alejandro Bolaños Cuadra, médico graduado en Guatemala, y Cándida Cortés.

En aquellos años sin carros ni tráfico ni prisa, el doctor Bolaños Cuadra visitaba a sus enfermos a caballo. Estableció una de las primeras boticas de Masaya, donde preparaba los brebajes y ofrecía otros productos. Era común escucharlo decirle a sus pacientes: “Traeme una botella lavada para que te llevés el medicamento. Te tomás dos cucharadas en la mañana y una en la noche”.

Hay una anécdota que Nicolás Bolaños Cortés contaba a sus hijos y que impresionó a Enrique, porque reflejaba el esfuerzo de su abuelo y también lo difícil que era movilizarse en esa época.

“Mi abuelo matriculó a mi papá en el colegio San Ramón de León”, empieza a contar.

En aquel tiempo no existía el tramo de ferrocarril que más tarde unió a Managua con León, por lo que el trayecto para llegar hasta la Ciudad Universitaria desde Masaya era una auténtica odisea que podía durar varios días.

“El abuelo salió un lunes a dejarlo al colegio de León. Era el mejor estudiante de su clase, era brillante”, prosigue.
Llegaban a Managua la noche del lunes para dormir en la capital. El martes temprano tomaban un vapor en el lago Xolotlán que los dejaba cerca de La Paz Centro, donde bajaban a almorzar para luego tomar el tren en una pequeña estación rumbo a León. Llegaban casi a las cinco de la tarde del martes a la ciudad colonial.

“Ahí mi abuelo buscaba un hotelito cerca para dormir y al día siguiente matricularlo, comprarle los libros, hablar con el director y estar con mi papá un rato. En la tarde tocaba tomar el tren para volver a La Paz Centro”, relata el expresidente.

Finalmente, el doctor Bolaños llegaba a Managua, pasaba esa noche de miércoles en la capital y llegaba a Masaya hasta el jueves.

“Madre viaje para estar mediodía”, finaliza sonriente Enrique Bolaños. Muchos años después a él le tocaría emprender travesías similares y, como su abuelo, también lo haría por un hijo, pero los de él serían viajes tristes.

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“¿Te acordás Lila T de aquel Domingo de Ramos cuando comenzamos nuestra jalencia de chavalos? Ese día comenzó todo lo que llegaríamos a ser (…) Me imagino que éramos apenas igual a todos los chavalos de todas las épocas. Vos y yo siempre hemos guardado este momento muy cerca en nuestros corazones”.

A doce años de su muerte, Lila T continúa reinando en los recuerdos de Enrique Bolaños. Sus fotos están por toda la casa y el expresidente todavía habla de ella como un hombre enamorado. La anécdota de cómo se conocieron se encuentra en las memorias que actualmente escribe, porque en su afán por documentarlo todo, no podía pasar por alto su propia vida.

Lila T., y Enrique Bolaños se casaron endiciembre de 1949 en casa de la familia Abaunza. MAGAZINE / REPRODUCCIÓN ÓSCAR NAVARRETE, ARCHIVO ENRIQUE BOLAÑOS.

Tomada de la mano de una sirvienta, la niña caminaba muy enojada cuando el adolescente, bajito y flaco, se le acercó para caminar con ella gran parte de la procesión de Domingo de Ramos. Era 1941. Ambos tenían 12 años de edad, pero Enrique estaba próximo a cumplir 13.

En los siguientes años, ya casados, Enrique se la pasó haciendo bromas sobre los nueve meses de diferencia que le llevaba a doña Lila. “Cuando yo estaba naciendo a vos te estaban haciendo”, le decía a su esposa.

Lila era hija de Alejandro Abaunza Espinoza, quien llegó a ser presidente del Congreso Nacional, ministro de Fomento y Obras Públicas y de Agricultura y Ganadería durante los gobiernos liberales. Estaba casado con Esmeralda Abaunza Solórzano. No es casualidad que tuvieran el mismo apellido, ambos estaban emparentados.

La “jalencia” empezó fácilmente, tras ese encuentro fortuito en una procesión religiosa; pero no fue sencillo seguirse viendo, ya que mientras Bolaños estudiaba su secundaria en el internado de los jesuitas en Granada, Lila estaba en el internado La Asunción de Managua.

Para entonces la botica de los Bolaños en Masaya ya era un gran almacén en el que se vendía de todo, desde medicamentos, alambre de púas, grapas y gasolina hasta hilos y botones. El negocio avanzaba viento en popa, manejado por Nicolás Bolaños Cortés y su hermano mayor, luego de la muerte del doctor Alejandro.

“Recuerdo que vendía bicarbonato e incluso láminas de zinc. Venía gente de Chontales que cruzaban en vapor a Granada y compraban donde nosotros”, cuenta don Enrique, algo nostálgico por aquellos años de su infancia.
“Te voy a contar algo que siempre me dio risa —dice de pronto—. Es de cómo le decían al carro de mi papá en Masaya”.

Para 1941 eran pocos los automóviles en Nicaragua. En Masaya, como en el resto de ciudades que tenían vehículos, había un herrero que se encargaba de hacer las placas de los carros. Por entonces había tres tipos de placas: las de los carros particulares que llevaban la inicial P, las placas de los vehículos oficiales que llevan la letra O, y finalmente los taxis que llevaban la letra T.

En Masaya quizás había unos diez vehículos, por lo que el herrero los enumeraba fácilmente.

“A nosotros siempre nos daban el número dos. Éramos el P2”, recuerda, mientras suelta otra sonora carcajada. “Las chavalas que sabían que yo ya medio manejaba me decían, Enrique andá traé el Pedos para que nos des una vuelta”.
Estudiar en internados distintos no fue la parte más difícil, venían años en los que estarían aún más lejos.

En 1942 la pequeña Lila T se fue a estudiar a California, al Sacred Heart School, Menlo Park, donde se bachilleró. Por su parte Bolaños entró a estudiar Ingeniería Industrial a la universidad Saint Louis, de los jesuitas en Missouri.

Por allá al tiempo se escribían alguna carta o se hacían alguna llamada telefónica, siempre bajo el oído vigilante de alguna monja, que estaba escuchando mientras Enrique hablaba con Lila.

“En el colegio de ella las monjas siempre escuchaban nuestras llamadas y cuando se enojaban o se aburrían me decían que cortara o directamente me cortaban”, dice Bolaños, y esboza una sonrisa.

En esas estaban cuando terminó la Segunda Guerra Mundial y a la universidad de Saint Louis comenzaron a llegar cientos y cientos de soldados que querían estudiar. Los salones se llenaron y en las aulas atiborradas cada vez fue más difícil aprender alguna cosa útil.

Con los salones tomados por soldados estudiantes y estudiantes soldados, y en clases a las que llegaron a asistir hasta 200 alumnos, Enrique decidió que era mejor regresar a Nicaragua un tiempo mientras “se calmaba la cosa en Estados Unidos”.

Nomás aterrizó en Managua se dio cuenta de que Lila ya había regresado de California. La encontró más mujer, hablando inglés perfectamente y pretendida por varios muchachos que llegaban a Masaya desde Managua solo para verla.

Ya era 1948. Enrique Bolaños Geyer tenía 20 años y se quería casar con aquella niña de la procesión de Semana Santa. Para ello necesitaba un patrimonio propio, así que se metió al negocio de sembrar arroz con uno de sus tres hermanos y cuando logró juntar una buena cantidad de dinero, le informó a su padre que iba a pedir la mano de la Lila T.

Ella respondió que sí. La boda estaba prevista para septiembre de 1949, pero doña Esmeralda Abaunza, madre de Lila, enfermó repentinamente y murió. Contrajeron matrimonio tres meses más tarde, en diciembre, en una ceremonia familiar en casa de los Abaunza.

Se fueron de luna de miel a Diriamba, luego regresaron a Masaya para salir rumbo a Estados Unidos, donde Bolaños terminó sus estudios universitarios. Cuatro años vivieron allá y se lograron mantener gracias a los ahorros de la venta de arroz, la ayuda de los padres y a que Enrique daba clases de español para ganarse “unos bollitos”.

Al volver a Nicaragua administró varios negocios. En unos ganó dinero y en otros lo perdió. Trabajó en una lechería, en una fábrica de calzados y hasta tuvo una imprenta. Pero el mejor negocio fue la venta de algodón.

Desde 1950 los precios del algodón iban subiendo, al igual que el precio del petróleo. Enrique y sus hermanos Alejandro y Nicolás fundaron la empresa Servicio Agrícola Industrial Masaya, SA (Saimsa), que llegó a ser la algodonera más grande de Nicaragua.

Durante la insurrección de 1979, que terminó con el derrocamiento de Somoza, la empresa no dejó de trabajar y don Enrique asegura que tuvo a varios amigos refugiados en su casa en El Raizón que salieron huyendo de Masaya.

En 1985 los sandinistas comenzaron a confiscar tierras y propiedades. Unas 350 empresas industriales y comerciales y unas siete mil viviendas y lotes fueron confiscados en ese momento. Entre esas empresas estaba Saimsa y otros negocios de los Bolaños.

La familia Bolaños-Abaunza. Sentados Javier, Lucía y Alberto. De pie de izquierda a derecha Enrique, doña Lila T, Bolaños y Jorge. De los hijos solo están con vida Enrique y Lucía. Jorge falleció de un derrame cerebral el 27 julio de 2005, tenía 50 años. Javier falleció el 14 de marzo 2007 a consecuencia de un cáncer y Alberto falleció en un accidente de tránsito. Reproducción: Oscar Navarrete/Archivo Enrique Bolaños

“Jaime Wheelock, en un discurso del 14 de junio confiscó todo. El estúpido ese. Allá anda, creo que quiere volver a ser comandantito”, dice muy molesto el expresidente.

Luego de perder su algodonera, Bolaños comenzó a asumir un liderazgo en las organizaciones empresariales. Después de ser director de la Cámara de Industrias de Nicaragua (Cadin), hasta 1986, pasó a ser presidente del Consejo Superior de la Empresa Privada (Cosep) hasta 1988. Entre otros cargos dentro de diversas asociaciones privadas.

Aprendió de manera autodidacta programación de computación, hasta que en 1995 se convirtió en jefe de campaña electoral de la Alianza Liberal. Un año después fue electo candidato a vicepresidente de la República y participó en las elecciones en fórmula con Arnoldo Alemán. Le ganaron a Daniel Ortega con el 51 por ciento de los votos.

En 2001 se lanzó a la Presidencia y asegura que se la quisieron robar pero que gracias a la presión “lograron que Roberto Rivas aceptara la derrota de Daniel Ortega”.

Cuando tomó el poder, los organismos financieros internacionales le auguraron una fuerte crisis económica. “Yo sabía de algunos chanchullos que hizo Alemán, pero nadie me dijo que recibíamos al país saqueado”, dice al respecto.

Se ha escrito mucho sobre la presidencia de Enrique Bolaños. Que si Ortega no lo dejó gobernar, que si le faltó mano dura o que si hizo lo que pudo. Pero, en realidad, el trago más difícil de su presidencia llegaría al finalizar su mandato y no tendría nada que ver con el Frente Sandinista.

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“Te acordás Lila T, de aquel Domingo de Ramos al entrar a misa Dios nos citó para que eventualmente llegaras a ser la persona más importante de mi vida. La que con inmenso amor ha sabido compartir todos, absolutamente todos los momentos”.

Momentos buenos hubo muchísimos, pero los malos los marcaron para siempre.

El matrimonio tuvo cincos hijos. Tres ya murieron. Alberto fue el primero. Falleció en un accidente de carretera cuando iba de copiloto en un vehículo. Tenía 16 años. Luego murió Jorge, en julio de 2005. Fue otro duro golpe que recibieron el presidente y la primera dama.

Como si eso hubiera sido poco, en los últimos meses de su gestión presidencial su hijo Javier enfermó de cáncer y fue hospitalizado en Carolina del Norte.

Fue entonces cuando a Enrique Bolaños le tocó emprender viajes largos con estadías cortas, como los que hacía su abuelo para llevar a su padre a estudiar. Ahora le tocaba a él hacer ese largo viaje para ir a ver a su hijo en un hospital.

Cuando podía se compraba un boleto de avión para salir el sábado temprano rumbo a Estados Unidos. Llegaba a eso de las 4:00 de la tarde. Buscaba un hotel cerca del hospital y se iba a estar con su hijo hasta que a las 11:00 de la noche alguna enfermera lo “corría” de la habitación. Al siguiente día le tocaba tomar el avión a las 8:00 de la mañana para estar por la tarde en Managua.

“Yo estaba desesperado, ya quería entregar esa chochada (la Presidencia). Llegó la fecha y entregué y fui donde mi hijo a pasar con él todo el tiempo que más pude. Ya volví con el cadáver”, dice con la voz casi quebrada al recordar esos días.

“Fue dolorosísimo y ahí nomás ella”, agrega, refiriéndose a doña Lila.

En mayo de 2008 Bolaños y doña Lila hicieron su último viaje juntos a Estados Unidos. Fueron a Miami al bautizo de uno de sus nietos. A ella le habían diagnosticado un tumor cerebral, así que saliendo del bautizo se fueron sin decir nada a un hospital. Ahí la desahuciaron y Bolaños volvió con ella en un avión ambulancia.

“Me vine a tenerla en la casa, cuidarla y mimarla hasta que murió el 17 de julio del 2008. 79 años. Yo ya quería irme. Pero ahí voy”.

Los tíos Geyer Abaunza

Enrique Geyer Abaunza. Fue el primer Enrique Geyer en nacer en Nicaragua. Su padre lo mandó a su natal Alemania a estudiar Ingeniería. Estalló la Primera Guerra Mundial. Estuvo en la Batalla de Verdún. Librada el 21 de febrero al 18 de diciembre de 1916. La mayor y más larga batalla de la Primera Guerra Mundial. Entre los alemanes y los franceses.

En combate perdió un ojo y volvió a Nicaragua. A sus sobrinos, entre ellos don Enrique, les contaba que durante la guerra le daban 10 días para ir a su casa. Pero tardaba cuatro días en llegar entre los atrasos por el tren que pasaba por zonas de guerra y tardaba otros cuatro días en volver, para estar solo dos en su casa. Murió en casa de Bolaños en una silla de ruedas.

José Geyer Abaunza. El otro hermano se fue a probar suerte a Nueva York donde trabajó varios meses. Luego se fue a Venezuela donde tuvo dos hijas. Un día apareció loco en Nicaragua. Lo vieron en 1942 bajarse de un avión en el viejo aeropuerto.

Un amigo de la familia les avisó. “Allá se bajó José Geyer, vestido de blanco, sucio, ajado y hecho paste”.

Se fue a vivir donde una de sus hermanas a la que con frecuencia se le escapaba. Cuando lo encontraban decía que se quería ir a Estados Unidos a pie. Siempre lo encontraban pasando el aeropuerto cerca de Tipitapa.

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