La mamá de los presos

Perfil - 17.04.2019
Rafaela Almanza

La cárcel es su segundo hogar. Rafaela Almanza ha dedicado 30 años de su vida a andar de celda en celda ayudando a los presos. Es tan conocida que algunos le llaman “mamá” o le lanzan piropos y uno que otro le propone matrimonio. Esta es su vida entre reos

Dora Luz Romero Mejía
Fotos de Orlando Valenzuela y Marlon Esquivel

Parió doce hijos y adoptó unas cuantas docenas más. En su corazón hay espacio para todos. Rafaela Almanza, mejor conocida como “Payita” es considerada la mamá de los presos. Esta mujer de 72 años busca la manera de llevar la palabra de Dios y una ayuda económica a los privados de libertad de las cárceles La Modelo y La Granja. Esa “obra”, como ella le llama, la comenzó hace 30 años. Desde entonces, la cárcel se convirtió en “su segundo hogar” y los reos en sus hijos adoptivos. A todos los quiere por igual, aunque algunos sean ladrones, asesinos, narcotraficantes o violadores.

Es coqueta. Con el tinte rojo le dio un adiós temporal a las canas, con el maquillaje y unas gafas pretende esconder las arrugas y el perfume parece ser su arma femenina infalible. Lo usa en cantidades considerables.

En La Modelo todos la conocen.

Entra y sale de la cárcel cuando quiere. Los guardias, a quienes llama “chocoyos”, la saludan con cariño.

—¿Qué tal pasaste el fin de año Payita? pregunta sonriente uno de los guardias.

Pues bien. En mi casa, y ¿vos chocoyo? contesta con mucha confianza.

Aquí, más o menos. Es pizpireta. Mira hacia los lados a ver quién la voltea a ver. Habla mucho, camina rápido y se jacta en exceso.Fotos de Orlando Valenzuela y Marlon Esquivel

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La historia de Payita en las cárceles empezó en 1978. Comenzó sola. Y así continúa.

—¿Por qué ese interés en los presos?

—Yo veía que los más necesitados eran los presos porque aún teniendo dinero en los bolsillos no pueden decir: “vamos a tomarnos un fresco o vamos al parque”. No tienen la libertad para hacerlo. Yo sé que ahí dentro (de la cárcel) hay gente vulgar, ladroncitos, pero también hay gente con mucho talento. Yo creo que en el mundo ellos son los más necesitados y por eso me interesé en ayudarles.

—¿Algún familiar suyo ha estado preso?

—Siempre me preguntan eso. La gente creía que yo visitaba la cárcel porque tenía algún familiar, pero no. Todavía no. Digo todavía porque uno nunca sabe. Por ahora no tengo ni he tenido presos, pero no se sabe quizás alguno haga alguna travesura porque somos humanos y cometemos errores.

—¿Qué le dicen sus hijos de sus visitas a la cárcel?

—No me dicen nada, pero lo demuestran. Una nuera una vez me dijo que por qué no dejaba de hacer eso, que había tanto lugar para ir a donar. Yo no les contesto nada.

Ese es mi guaro. Ese es mi vicio. Ir a ver a estos presos, ir a darles lo que yo pueda. Me gustaría que mis hijos fueran conmigo, pero la obra no es para cualquiera. No a todos les gusta.

—¿Tiene “hijos adoptivos” preferidos?

—No. Son muchos. Yo los quiero igual a todos.

—¿Cada cuánto los visita?

—Siempre que puedo. Trato de ir todos los lunes. Antes me iba en IFA, camioneta, bus… ahora me voy en taxi. Ese es uno de los problemas que tengo porque me cobra 200 pesos y al regreso me vengo en el recorrido con los guardias.

—Y a La Granja, ¿va seguido?

—Ahí voy menos. Las muchachas (presas) me dicen que prefiero a los hombres, pero no es cierto. Lo que pasa es que no voy porque es más dificil conseguir cosas para las mujeres. Pero sí cuando voy les llevo peines, rinse, pasta de dientes, ropita…

***

En un pequeño baúl esta mujer guarda las fotografías que son la mayor prueba de su convivencia con los presos. “Que el Señor te pague todo lo que has hecho por mí. No hay dinero en el mundo que pueda pagar todo eso. Eres una persona especial y tu obra no es en vano. Que Dios bendiga tu hogar”, se lee detrás de una de las tantas fotografías. El retrato muestra la imagen de un hombre de rostro duro junto a una Payita muy bien arreglada. Un recuerdo de la graduación del reo. Hay más: la celebración de la Purísima, Navidad, día del preso…

Los presos abandonados, sin familiares ni amigos, son aquellos a los que ella más ayuda. Al graduarse Payita hace el papel de mamá, junto a ella reciben el diploma que muestra uno de sus logros. No recuerda a cuántos reos ha llevado en promociones, pero sí asegura que han sido “muchísimos”. En el 2004, los alumnos de quinto año le dedicaron la promoción a Payita. Fue un reconocimiento a su labor, al apoyo que les ha brindado a los reos.

Se jacta de ser tan querida. Cuenta que al llegar algunos le llaman mamá, otros la ven como una abuelita y algunos, más atrevidos, la enamoran.

—¿La enamoran?

—¡Uuuy! Sí. Algunos hasta me ofrecen matrimonio.

—¿Cómo le dicen?

—Pues me dicen: “Mirá madre ya estoy cerca de salir, ¿te casarías conmigo?” Otros me piropean. Me dicen mi pelito de zanahoria,
mamacita, madrina…

—¿Usted qué les contesta?

—Yo les digo: “¡Papito!, pero si yo podría ser tu bisabuela”. Ellos me dicen que para el amor no hay edad y que yo les gusto —dice mientras ríe

—Y a usted, ¿le gusta alguno?

—Jajaja… ¿A esta edad? ¿Para que les vaya a planchar y a lavar? Noooo. Ya a esta edad estoy para que me sirvan, yo hago la obra de Dios, no espero nada de ellos, si me quieren venir a visitar o me traen algo los recibo. Nada más.

***

El 20 de marzo de 1998 los medios de comunicación contaban la historia de un atroz asesinato.

Karelia Castellón y su amante Jonathan Zapata descuartizaron y quemaron al psicólogo Douglas Guerrero. Su cadáver fue encontrado en un predio baldío en Nejapa. Las imágenes transmitidas por televisión conmovieron al país y hubo quienes pidieron pena de muerte para los autores del crimen. Los asesinos fueron condenados a 30 años de cárcel. Han pasado 10 años.

Payita recuerda aquellas imágenes dantescas del asesinato del psicólogo. “Era horrible ver cómo recogían los pedazos de cadáver”, dice. En aquella ocasión vio por televisión la cara de Jonathan, ahora lo ve todos los lunes. Y dice no tenerle miedo. Ni a él, ni al resto de internos. Ni siquiera a los alojados en el galerón número diez que son considerados los más peligrosos: violadores, asesinos… “Ellos son seres humanos como nosotros. Yo no les tengo miedo ni asco. Ellos me tocan y todo”, asegura. Y para demostrarles que no les tiene asco en más de una ocasión ha comido con ellos. “Me preguntan si quiero chupeta (así le llaman los reos a la comida). Yo doy un bocadito”, cuenta.

“A mí me da dolor ver a Jonathan y saber por qué está ahí. También a veces me da vergüenza preguntarles”, afirma Payita. Pero aún así lo hace. Cuenta que en más de una ocasión le ha preguntado a Jonathan si se arrepintió. La primera vez le dio por respuesta un no. Eso fue triste para ella. Hace un par de meses le preguntó nuevamente y la contestación fue diferente: “Si madre. Estoy arrepentido. Vos sabés que para Dios no hay nada imposible”. Para Payita, Dios perdona a todos, a pesar de lo que hayan hecho, incluso asesinado.

—¿Le ha sucedido algo peligroso estando ahí dentro?

—Pues una vez se armó una tiradera cuando yo estaba ahí dentro. Esa vez habían sacado a sol a dos galerones y después no querían entrar a sus celdas. Fue horrible. Se tiraban con los antimotines y yo estaba ahí, debajo de una mesa. Otras veces ellos hacen armas hechizas, yo los veo con ellas y trato de quitárselas, pero gracias a Dios ninguno me ha hecho daño nunca.

***

En su casa, ubicada en Villa Don Bosco, Payita intenta economizar lo más posible para así darles más a los presos. Tres de sus hijas viven en el extranjero y son quienes la mantienen. “Yo priorizo sólo la comida y los recibos”, asegura. De ese dinero es que cada lunes lleva a los presos chicles, pastas dentales, ropa, sábanas o lo que ellos le pidan. Los lunes son sus días de placer espiritual. “Cuando yo voy, al regreso siento una gran satisfacción, siento que boté un gran peso. Siento alegría de irles a dar lo poco que tengo. La mayoría de gente discrimina a los presos, y cuando salen libre aún quedan señalados”.

Además de lo que sus hijas le mandan, recibe donaciones de personas que quieren ayudarle. En ocasiones sus vecinos, familiares y allegados. Y confiesa que pedir no le da pena porque es para una buena causa. Lo amerita, cree.

—¿Qué es lo que más le piden los presos?

—De todo. Ahí desde una caja de fósforos vacía la usan para escribir los mensajes. Si yo le corto las man-gas a un saco viejo, las guardo, porque ya es un pañuelo para los mecánicos, para que se limpien la grasa. Esa gente necesita todo. Desde una palabra de amor, un cepillo de dientes, una caja de fósforos.

—¿Alguna vez le han pedido droga?

—Ay. No. Y que ni lo intenten.

Aunque considera la cárcel su segundo hogar, para Payita ese es un ambiente “muy triste”. Ver las carencias, la ociosidad de muchos, verlos tatuarse… y a la hora de la comida ella quisiera poder darles más de lo que reciben. “A veces comen arroz, frijoles, guineo… allá de vez en cuando arroz aguado, indio viejo”, dice con un gesto de tristeza. Y ver las condiciones en las que duermen para ella es peor aún. “La cárcel está bien mal, bien deteriorada. Cuando llueve se les mete el agua y para qué hablar de las camas. Algunos duermen en camitas de dos o tres, hay otros que no tienen, entonces duermen en cartón”, afirma.

A pesar de ser madre de doce hijos, vive sola. Un nietecito es quien la acompaña. Algunos de sus hijos adoptivos la visitan cuando salen libres. Le agradecen sus consejos, la compañía y el alimento que un día les llevó. Asegura que no espera nada a cambio, más que “ganarse algún punto con el de arriba para no ir directito a la olla”. Por ahora pretende seguir ganándose ese punto.

—¿Cuándo se piensa retirar?

—Hasta que Dios me tenga con vida.

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