La última liga del profesor Sandoval

Perfil - 04.12.2005
Profesor Julio César Sandoval

Es bohemio de nostalgias, filósofo materialista, profesor de generaciones hasta la eternidad y ahora, en el ocaso de la vida, pescador de recuerdos y predicador de conciencias libres: “Ayudemos al país, enseñemos a pensar”

José Adán Silva
Fotos de Orlando de Orlando Valenzuela

¡Viva, viva! Y el coro de inconfundibles voces juveniles truena trepidante desde las graderías del gimnasio de la Universidad de Managua: "¡Viva, viva, viva!" La algarabía sube como en remolino de ecos que hacen vibrar las paredes, el techo y todo lo vivo y muerto que hay en este recinto, hasta terminar en una explosión de gargantas y palmas, trompetas y tambores, que acompañan el grito de guerra del profesor Julio César Sandoval que da por iniciado, para su felicidad y pesar, su último programa de la Liga del Saber de este año y posiblemente de esta vida.

Las barras de azul y blanco de los colegios colman las graderías y llenan los aires de voces. Voces que alegran el alma de ese señor de caminar despacito que no suelta el bastón de aluminio, que viste de levita y carga papeles como naipes por todas las bolsas y que, a pesar de su voz de altibajos graves y agudos, le imprime dinamismo casi juvenil a este concurso donde se pregunta de historia, literatura, cultura general, botánica, filosofía, derecho, química y hasta de periodismo.

"Vamos a dedicarlo a los maestros que duermen el olvido, porque para mí el ser humano vive mientras se le recuerda. Nosotros estamos asesinando a nuestros maestros porque después que aprendimos y sacamos de ellos la leche y la sangre, nos olvidamos por completo y no sabemos cómo viven ni cómo mueren. Soy oportunista, es verdad, quiero aprovechar el momento para lanzar mi candidatura para ,Presidente de la República y promover el recuerdo y la dignificación de los maestros", dice a modo de apertura el profesor Julio César Sandoval, quien a sus 85 años de vida recibe cómo bálsamo de consuelo los aplausos y alaridos de una juventud que difícilmente verá crecer.

Apenas cinco minutos después que el colegio La Asunción de León ha terminado de gritar, celebrando su victoria sobre el San Pablo de Granada, la energía del profesor Sandoval desaparece como si alguien le desenchufase de la fuente de vida, y se desploma inútil sobre la silla desde donde gritó: Correcto!

Dos ayudantes de televisión le 'han y el profesor, agobiado, se deja atender para luego, como avergonzado, extender sus brazos en señal ayuda para levantarse. Los jóvenes le ayudan a caminar, y lo acompañan un carro que espera afuera con la puerta abierta y lo introducen al interior en el asiento trasero.

Una vez dentro, Sandoval se recuesta sobre el respaldar, echa la cabeza para atrás y cierra los ojos. Aunque sobrevivió a un reciente cáncer de próstata que le extirparon hace tres años, las enfermedades de la vejez lo están matando.Liga del Saber

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El lago de Managua era una fuente pura de belleza y a sus orillas se instalaban bares, cantinas y restaurantes a donde los parroquianos de la lejana Managua de los años cuarenta llegaban a bajar musas con los gases etílicos de las botellas de ron.

Julio César Sandoval, de 21 años, estaba sentado en una mesa de la cantina El Mamón, con poetas, bachilleres y escritores de la época. Tomando ron, contando chistes, discutiendo sobre la inmortalidad del cangrejo y viendo, a sus orillas, cómo guardias campesinos eran entrenados en tiros a blancos fijos a orillas de la costa.

"Manolo Cuadra, mi amigo, que era una belleza hasta para joder, se levanta hasta donde estaba un guardita y lo llama para preguntarle:

—¿A vos te gusta la agricultura?

—Sí señor —le dice desconfiado el guardia. —¿Y le gusta disparar? —insiste Manolo.

—¡Claro! —responde el guardia campesino. Entonces Manolo, con aires de poeta, se gira hacia la mesa, levanta la copa y le dice a sus compañeros de tragos: 'Si a este hombre le gusta disparar y le encanta la agricultura, que se dedique a sembrar el terror'.

Eran otros tiempos. Yo pensaba que la juventud me iba durar siempre y los conocimientos de los bachilleres eran, a mi todavía sano juicio, superiores a los de un médico de hoy. ¡Ay Dios, cómo cambian los tiempos!", dice Sandoval, ahora sentado en una mecedora, en ropas de descansar, en el porche fresquísimo de una casa de campo en la Carretera a Masaya, donde vive

refugiado bajo el cuido de su hija Martha Sandoval. Desde ahí, tira su red de memo-ria hacia los recuerdos y con pesar se da cuenta que la malla para atrapar el pasado tiene hoyos irreparables por los cuales se cuelan fechas, nombres y datos. "Es la edad hijo, cuando usted llegue a mi etapa, si acaso llega, va a ver cómo todo lo que hoy es fácil mañana es dificil", sentencia. "Fui parrandero, bohemio, poeta, soñador y por eso casi termi-no de cura. ¡Dios me libre! Ahora soy bohemio de nostalgias, sigo siendo un jodido materialista y lo de profesor nunca se me quita", dice este señor de ojos grises y pelo cano ensortijado quien ve con tristeza, mucha rabia también señor mío, cómo el país que él conoció se perdió. Rectifica: "No se perdió, lo perdieron".

Profesor Julio César Sandoval
Julio César Sandoval descansa en el corredor de la fresca casa de su hija Martha Sandoval, desde donde abre las manos al aire para decirle al mundo que ya es hombre libre porque no tiene que trabajar para comer.

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Julio César Sandoval López, nació el 12 de octubre de 1920 en San Carlos, Río San Juan. ació pobre, pero rico en cariño de madre, dice y ríe con esa voz de viejo que hará años era estruendosa y que hoy, aquejado por las enfermedades, termina en un ligero ronroneo de espasmos graves y agudos.

Emigró de allá muy joven a Granada, de donde fue reclutado para estudiar para cura con los salesianos a gestión de su señora madre Rosa López de Sandoval, que soñaba con verlo de sotana dando palabras de aliento y escuchando confesiones de pueblo pecador.

"Era un chiquillo yo, y qué lindo era ser inocente, cómo creía yo con mucha fe en esa zanganada de ser cura. ¡Ay jodido, qué lindo fue ser inocente, pero menos mal que el bien existe y me abrió los ojos antes de casarme con las sotanas! Cómo me dolería a estas alturas ser cura y haberme perdido la enseñanza y la radio. ¿Quiere que le confiese algo? Yo tuve fe, pero la perdí con la actuación corrupta de la clerecía que hemos vivido. No hay peor castigo para un pueblo como el nuestro que vivir dependiendo de curas y políticos. Por eso estamos mal, por eso seguiremos mal, y si no enseñamos a pensar a nuestra juventud, estaremos peor", se queja Sandoval quien confiesa que no sólo las actitudes de curas y padrecitos vividores lo sacaron del camino de la santidad: "También la carne mi hijo, también la carne te corrompe".

Una vez fuera de las sendas de la religión, ya más abierta la mente, Sandoval se fue a estudiar filosofía escolástica en El Salvador y materialista en México.

Allá escuchó las mejores radios de la capital de los charros, de la Cuba de la Sonora Matancera y de las emisoras del Caribe que venían con nuevas ideas por medio del viento y se las trajo a Nicaragua con la idea de hacer un programa de radio para promover la cultura de sus indios.

"Traía una vocecita de maricón que no era jugando y temía que no fuera a dar pelea, porque me acordaba de aquellas voces de caballeros, bien timbradas y varoniles de las radios de afuera, y las comparaba con la mía y me volvía cobarde. Pero hice la prueba, y con voz de monja y todo cuento, me gané poco a poco la audiencia. Descubrí que la preparación cultural es más oída que una buena voz", dice.

De su programa cultural La Hora Matinal de Granada, saltó como talento internacional a México y Estados Unidos para entrenarse en radio y extender la hegemonía de las cadenas internacionales del norte hacia Centroamérica.

A mediados de los cuarenta era ya una estrella en la radio y poco a poco fue metiéndose en ese mundo hasta que le llegó la fama de la Radio Mundial, la mejor emisora en la historia de la radiodifusión nacional, dice él.

"Todo lo que ve ahora en televisión, nosotros lo hicimos antes en la radio. Nada de ellos es original, sólo la basura esa de los gordos y flacos, de los don Francisco y las taradas de Lauras y Cristinas y no sé qué pendejera más. Lo nuestro era arte, cultura, eran joyas, hijos", arguye este profesor que a veces se torna histriónico y que usa su bastón para dibujar ideas en el aire.

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La capitana del equipo del colegio San Pablo de Granada se equivoca al responder cuál ha sido el único país del mundo en el siglo XX que expulsó a los Estados Unidos de su tierra en una guerra.

El profesor Sandoval se compadece de la muchacha y le da la oportunidad para que su equipo de estudiantes le ayude: "Contestación de grupo", indica. Los muchachos no pueden responder y el profesor, resignado, se levanta a decir la respuesta: "¡Vietnam!"

"Los muchachos hacen todo su esfuerzo, los pobres maestros también, pero un país con hambre difícilmente puede aprender", se queja el profesor de 85 años para quien la educación y los valores morales de la sociedad nicaragüense están en ruinas.

"Yo mucho pienso, tengo ese horrible defecto de pensar. Cada vez que lo hago llego a la conclusión que vamos por mal camino. Aquí los maestros están muertos en el olvido y los estudiantes, los padres de familia, le siguen echando tierra a sus sepulcros cada vez que dejan la formación cultural en manos de la televisión. Un muchachito al que por único mérito le enseñaron a meter el micrófono en la boca de un moribundo, no es un buen maestro", critica Sandoval, en clara alusión a
los noticieros de crónicas rojas.

"La educación anda mal porque los gobernantes han perdido el espíritu, han perdido el alma, y sin alma, no hay fuerza moral para dar calidad en la educación, ya ni los jesuitas son grandes, tan grandes educadores que fueron, cada año empequeñecen y son más empresarios que maestros", critica Julio César Sandoval quien se reconoce a sí mismo en estado de crítica profunda hacia todo y se arrepiente al momento y pide disculpas: "Es que me tengo que desahogar, lo lamento mucho".

Pero vuelve a las suyas al poco tiempo y no escatima críticas para los políticos que manejan las riendas del país y que deciden, desde sus posiciones de poder, cuánto dar cada año para la educación: "Ahí los tenés, un millón de niños fuera de clases cada año".

Odia a los "politiquillos de abajo". "Esos que pulen los zapatos de los políticos que huelen a poder y Estado. En verdad tienen el cuello bien flexible", ríe y pide, con picardía pura, que le corte la plática cuando vaya metiéndose otra vez a la política: "Por favor, ya mucha mierda he hablado en esta vida, ¡lo deje que lo siga haciendo".

Profesor Julio César Sandoval
Llegó a los 85 años y todavía sigue enseñando. "Para triunfar hay que saber, para saber hay,que estudiar. Ese es el lema de La Liga del Saber': dice el profesor Sandoval a los estudiantes que compiten desde 1977 en este programa único de la televisión nacional.

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La Liga del Saber es un programa educativo que nació en 1977 en Canal 2. Fue idea suya, pero contó con la ayuda del dueño del canal, Octavio Sacasa, y del director del noticiero Extravisión, Manuel Espinoza, quien según Sandoval, fue quien puso la idea del nombre del programa.

El programa resultó un éxito aún en tiempos de la revolución sandinista, sobre todo porque recibió el apoyo estatal para llevar la educación a todo el país: "A saber qué animal le picó a Tomás Borge que me dio todo el apoyo para el programa y pidió a los comandantes que no contaminaran la educación con la política", recuerda Sandoval quien no obstante, reconoce con pesar que la promesa no se cumplió.

"La Juventud Sandinista me quitó el programa para enseñar matemáticas de fusiles por televisión y para que los jóvenes gritaran consignas de la patria y la revolución. Yo me aparté y fundé el Pollito Intelectual, que era para estudiantes de primaria", recuerda y suspira profundo viendo hacia abajo, para luego decir: "Tenía fuerzas para enseñar a los niños, ahora ya me estoy acabando".

Julio César Sandoval está enfermo y sin miedo presiente que su vida se apagará pronto. "Voy a hacer un esfuerzo por mantener el programa. Estoy muy mal de salud, del intestino grueso, tengo que tomar una pastilla para vivir. Me detectaron esa enfermedad que a todos mata (la vejez). Me tienen que operar, pero me dijo un amigo que posiblemente me dejen una tripa por fuera, pero yo la verdad, quiero irme completo", dice bajito, casi en susurro, la quijada sobre las manos que sostienen el bastón y los ojos clavados en el piso.

"Me hace falta dar clases, con gusto daría clases. Ya no tengo las fuerzas de antes, pero puedo hacer el esfuerzo por la juventud... ¡Ah, la juventud, que cosa más bella!", habla en voz baja, como monólogo y luego alza su vista, se reincorpora sobre la mecedora y con su dedo índice de la mano derecha apuntando a mis ojos manda: "Goce su vida antes que la juventud se le vaya para no volver. Nada más doloroso que perder la juventud y odiarla porque no la disfrutamos, el que disfruta la juventud es joven para siempre, el que la pierde muere viejo y pobre de toda alegría. Y si puede enseñar algo bueno, enséñelo".

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