Vida y muerte de Marcelo Tiradora

Perfil, Reportaje - 11.02.2019
Mardelo Mayorga

De las más de 300 muertes de la represión en Nicaragua, hay una que simboliza la lucha de los armados que defienden al Gobierno y el pueblo rebelde: Marcelo Mayorga cayó con un balazo en la cabeza y una tiradora en la mano

Por Julián Navarrete

Por estos callejones camina Auxiliadora Cardoze recordando aquel sol de mediodía que caía sobre su espalda, como una luz que parecía señalar el camino en esa ocasión lleno de murallas de adoquines, vigas de acero y escombros tirados, mientras se escuchaban los disparos secos y el retumbo de las bombas artesanales.

La mañana del 19 de junio de 2018 su peregrinar arrancó en el barrio San Carlos, al este de Masaya, una de las ciudades más insurreccionadas de Nicaragua y que vio correr más sangre desde el 19 de abril, para terminar en el barrio San Jerónimo, a unas 10 cuadras hacia el oeste, donde esperaba encontrar el cuerpo del hombre con el que había vivido en los últimos 20 años.

–Yo la acompaño —le dijo una vecina a Auxiliadora, cuando la miró salir de su casa. —Que sea lo que Dios quiera —añadió la mujer, al entregarle un pañal blanco de bebé para que lo mostrara en señal de paz, tomando en cuenta que podían recibir disparos mientras caminaban.

Auxiliadora Cardoze iba vestida con una lycra negra y una camiseta anaranjada. Llevaba el pelo recogido en una moña, pues fue lo único que se pudo hacer para salir de su casa después de ver una foto que le enviaron a su whatsapp de un hombre tirado bocabajo, con un charco de sangre a la par, que se parecía a su esposo, Marcelo Mayorga, sobre todo porque en la imagen también se miraba con una tiradora a un lado del cuerpo.

Esa mañana no había sido como cualquier otra. El chasquido de los fusiles anunció un amanecer que para sus víctimas todavía no ha terminado. Toda la ciudad estaba amurallada por barricadas de adoquines en cada cuadra, que eran custodiadas por rebeldes armados con morteros y piedras.

Marcelo Mayorga fue enterrado a la par de su abuela, quien lo crió después de que su madre lo abandonara a los tres años de edad. Foto: cortesía

Un día antes un grupo de líderes rebeldes había declarado a Masaya “territorio libre” del gobierno del presidente Daniel Ortega, porque las autoridades y el alcalde, del gobierno, habían huido, y los policías del pueblo se replegaron en su propia estación durante varios días. Se trataba, según dijeron los propios insurreccionados, de una acción para incentivar a las demás ciudades del país a que lo hicieran “para sacar pacíficamente a Daniel Ortega”.

Era lógico, entonces, pensar que tarde o temprano un ejército de policías y paraestatales entrarían a Masaya para recuperarla, costara lo que costara. De modo que cuando se escucharon las primeras explosiones, Auxiliadora Cardoze sabía que podía ser el preludio de una tragedia. Desde que salió de su casa estaba segura de dos escenarios: que la podía atravesar una bala en el camino o que el hombre que sangraba en realidad era su esposo, Marcelo Mayorga. Aún peor, presentía, que no solamente estaba herido, sino que algo más grave miraría en unos minutos.

Relato de Auxiliadora Cardoze, viuda de Marcelo Mayorga: 

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A como en el resto del país, Masaya se insurreccionó desde el 19 de abril de 2018, después de que una marcha de ancianos que protestaban contra las reformas al Seguro Social fue reprimida por policías en el parque central del pueblo.

Los pobladores de Monimbó, el barrio indígena al sur de la ciudad, fueron los que levantaron las primeras barricadas en señal de protesta. Entre el 19 y el 21 de abril murieron al menos cinco personas de diferentes barrios de Masaya, la mayoría de ellos jóvenes de menos de 22 años de edad, con balazos certeros a la cabeza o cuello.

Los rebeldes de Masaya llegaron a colocar barricadas por toda la ciudad, hasta que la Policía los quitó a sangre y fuego. Foto: ÓscarNavarrete

Desde aquel 19 de abril, Marcelo Mayorga Cardoze, hijo del hombre de la tiradora, no regresa a la Universidad de Ingeniería de Managua, donde estudia. Mayorga Cardoze es un chico de 18 años de edad, blanco, barba rala, y que acaba de llegar a su casa en la moto que era de su padre, la cual ocupaba para vender queso y huevos en los barrios de Masaya.

“La vida está haciendo madurar a mi hijo”, dice Auxiliadora, de 35 años de edad, en la sala de su casa, mientras termina de saludarlo y cuenta que fue porque los policías atacaron un bus en el que venía su hijo en el primer día de protestas, el 18 de abril, es que ella y su esposo se metieron a apoyar a los reprimidos. Aquel día que mostró las fracturas de todo el país, también cambió la vida de todos los miembros de la familia Mayorga Cardoze.

Luego de la matanza de los primeros días, los pobladores de Masaya hicieron marchas o caravanas de motocicletas todas las noches para reunirse y protestar en la placita del barrio Monimbó. Sin embargo, la regla era invariable: día que se hizo, día que la Policía la acosó y reprimió, incluyendo secuestros contra los pobladores que eran conocidos por encabezar las protestas.

En este momento nace la Defensa Civil de Masaya, que no era más que un grupo de pobladores que al inicio se reunió para recolectar medicinas, alimentos y agua, y que después lideró los levantamientos de tranques o bloqueos de calles por todos los barrios de la ciudad.

Marcelo Mayorga, quien no sabía usar armas, se ofreció para trasladar alimentos, agua, medicina o pólvora a los tranques de la ciudad. Poco a poco se fue involucrando más, al punto de que se volvió casi indispensable para ir a sacar a los heridos de los ataques, o entregar a los policías capturados por los rebeldes a los sacerdotes y defensores de derechos humanos.

Anduvo de puesto en puesto, de tranque en tranque. Si había saqueos a las tiendas, iba y evitaba que los pobladores se aprovecharan de la confusión. “El día que seamos libres, yo voy a manejar los camiones de esas empresas”, recuerda su esposa que le decía Marcelo Mayorga, en referencia a los actos de vandalismo que se hicieron a las empresas en el centro de la ciudad.

Auxiliadora Cardoze, junto a sus dos hijos en su casa en Masaya. Foto: Óscar Navarrete

Implicarse de cabeza le trajo críticas incluso de algunos de los líderes rebeldes, quienes lo señalaron de que se robaba electrodomésticos en los saqueos. “Nada de lo que hay en esta casa es nuevo y podemos demostrar que lo compramos”, dice Auxiliadora. “Siempre le decía que no fuera a los saqueos, que lo iban a implicar, pero él me decía que Masaya nos necesitaba a todos”, agrega.

Marcelo siempre cargaba una mochila llena con libros de secundaria de su hijo mayor como una especie de chaleco antibalas. Pensaba que si le disparaban por la espalda, las hojas de los libros amortiguarían el impacto. El arma que cargaba era una tiradora, que fue lo único que agarró la mañana del 19 de junio, cuando le pidieron que trasladara unos morteros porque los policías se estaban acercando.

Así, pues, salió Marcelo de su casa, como todas las veces que lo llamaban, sin saber que por última vez tomaría su tiradora.

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Honda, tirachinas, tirapiedras, tiralilas, resortera, charpe, caramelo, china, gomera, flecha, hondita, hondilla, tirador, tiragomas, guindalera, estiladera, tiraflecha, tiradera, jebe, cauchera, biombo, gomeru, tirabeque, hulera, o simplemente tiradora, como es conocida en Nicaragua, es uno de los objetos que tiene más nombres alternativos de habla hispana.

De lo que hay evidencias arqueológicas es que su origen es prehistórico, del período del Neolítico, cuando aparecen en el área de Oriente Próximo grandes cantidades de proyectiles asociados a lanzamientos con hondas en acciones bélicas. Hay certeza de que en épocas clásicas fue usada por los griegos, cartagineses y romanos. Eran famosos los honderos contratados como mercenarios por los diferentes ejércitos de la antigüedad, y se utilizaría durante toda la Edad Media, llegando a convivir incluso con los primitivos cañones.

En Nicaragua, en pleno siglo XXI, la tiradora fue una de las armas que utilizaron los manifestantes contra los armados paraestatales que llevaban fusiles Dragunov, usado por francotiradores, ametralladoras y lanzagranadas, entre otras siete armas de guerra, según Brian Castner, experto en armas y municiones de Amnistía Internacional, cuyo uso contra los protestantes no es legítimo.

Y es aquí, en la desigualdad gigantesca entre las armas, en el enfrentamiento del pequeño contra el gigante, del desvalido contra el poderoso, donde la tiradora de Marcelo Mayorga al lado de su cuerpo quizás para algunos represente la batalla de David contra Goliat, donde el pequeño tiró una piedra con una honda e hirió en la frente al grandote, que hizo caer su rostro en la tierra.

Marcelo no mató a alguien, pero quizás su semejanza con la fábula bíblica sea el anhelo universal de poder decidir su suerte con sus propias manos, con la tiradora, sin ningún blindaje más.

En la foto aparece Marcelo Mayorga, junto a su hijo, de 18 años de edad. Foto: Cortesía

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Justo a una cuadra de donde estaba tirado el cuerpo, Auxiliadora Cardoze fue interrogada en un retén de la Policía. Como una intransmisible mostraba la foto de Marcelo Mayorga para abrirse paso entre los oficiales que le preguntaban qué andaba buscando.

—¿A ese perro buscás? —recuerda Auxiliadora que le dijo un policía señalando el cuerpo a la orilla de una cuneta, y agregó: —Lo hubieras detenido.

El cuerpo ya no estaba como en la posición de la primera foto, en la que aparece bocabajo, sino que ahora yacía sobre un charco de agua, sin el reloj, pero con la gorra, la mochila, la tiradora y 20 chibolas en la bolsa del pantalón. Hay un video que muestra cómo un oficial orilla el cuerpo para que puedan pasar unas camionetas de los policías que ejecutaban la operación.

El siguiente video muestra cómo arrastran el cuerpo de Marcelo: 

Auxiliadora recogió todos los objetos, pero otro oficial le pidió la tiradora de Marcelo. Hubo vecinos que salieron para ver cómo ella trataba de levantarlo, unos bomberos se acercaron para ayudar, mientras que otras personas grababan el momento con sus celulares:

–¡Ayúdenme! –Gritaba Auxiliadora—. ¡Ayúdenme! ¡Él no es ningún perro!

La mujer volcó un carretón recolector de basura e intentó subir el cuerpo de Marcelo. Los policías amenazaron a los bomberos para que no la ayudaran.

–¡Déjenme llevarme el cuerpo para que no les estorbe! —les seguía gritando Auxiliadora, hasta que algunos oficiales lo subieron a la carreta.

Auxiliadora Cardoze llevó sola el cuerpo de su marido encima del carretón. No recuerda cómo fue capaz de levantar tubos de acero, apartar adoquines, suspender la carreta y seguir caminando hasta su casa.

Esta es la imagen que se viralizó en redes sociales. Foto: Tomada de redes.

Limpiaron a Marcelo, le pusieron otra ropa e improvisaron con varias sábanas una hamaca para trasladarlo a la casa de Auxiliadora Ramírez, suegra de Marcelo. Los hombres que lo cargaban se taparon el rostro para no ser identificados. Lo llevaron a paso acelerado, con mucho temor. Solo por ese momento, dice el periodista de Masaya, Noel Miranda, las balas se detuvieron.

A inicios de enero la yerba ya va creciendo alrededor de la tumba de Marcelo Mayorga. Es una grama de tréboles unidos, como pelusas verdes, que va formando un cuadrado casi perfecto, como un pequeño campo de futbol, excepto por los tres boquetes de plástico por donde Auxiliadora coloca ramos de flores todas las semanas.

Ahora mira la cruz verde que tiene un dibujo de una tiradora en el centro y en la parte superior. Ya han pasado más de siete meses desde la muerte de su pareja, pero todavía no lo puede creer. Nunca imaginó que le pasaría a ella. Pensaba que esto solo les pasaba a otros. Que si Marcelo corría el riesgo era porque lo conmovían sus amigos asesinados o encarcelados. Pero no que eso implicara que recibiera un balazo en la cabeza.

Ambiente en Masaya el 19 de junio de 2018:

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Unas detonaciones alarmaron al pueblo de Masaya en los últimos días del año 2018. La primera fue lanzada el 23 de diciembre en las instalaciones de una estación de radio y televisión que pertenecen a un conocido simpatizante sandinista, y otra estalló el 25 de diciembre cerca de la estación de policías de la ciudad.

Magazine conversó con uno de los rebeldes, cuyo seudónimo es Amaury, quien explicó que las detonaciones fueron provocadas por un grupo de resistencia de Masaya autonombrado Marcelo Mayorga.

“La gente de Masaya no quiere diálogo ni una salida pacífica, y están en contra de las iniciativas cívicas de cambiarse las camisetas de colores o pintarse la boca de color rojo para protestar. La gente quiere acciones más fuertes”, dice Amaury.

En las últimas semanas los policías han realizado redadas donde han capturado a más de 40 personas en los barrios de Masaya, que se unen a los más de 700 presos políticos que están en la cárcel, según calculan algunos organismos.

En la placita del barrio Monimbó están de pie dos policías de la Dirección de Operaciones Especiales de Policía, mientras que en la esquina opuesta se mantiene una casa tomada de oficiales que la utilizan para hacer vigilancia. Desde que Masaya fue ocupada por la policía, no dejan de vigilarla de día y de noche.

En uno de los barrios del norte de Masaya, Amaury dice que el comando Marcelo Mayorga nació luego de que los tranques de Masaya fueron barridos por los paramilitares, y los pobladores huyeron a otros departamentos del país y a Costa Rica.

 –¿Ustedes no ven la negociación como una salida viable?

La gente dice que no podemos negociar con los muertos, quieren justicia. Somos gente comprometida y sabemos el riesgo que corremos andando en esto.

–¿Qué pretenden?

No hemos dejado de trabajar hasta que se vaya Daniel Ortega y Rosario Murillo. No hay otra opción. Esto puede costar años, pero otros nos van a relevar y van a mantener la llama viva porque esto no quedará así.

Los cuerpos de los rebeldes eran trasladados encima de las barricadas. Foto: Manuel Esquivel

Antes de despedirse y no volverlo a ver, Amaury dijo que este movimiento calcula que la represión del Gobierno asesinó a 46 personas solo en Masaya, de los más de 300 muertos que registran los organismos de derechos humanos en todo el país, y tienen actualmente a más de 78 presos políticos.

“El objetivo es mantener la lucha. Cada vez que hacemos algo, la gente se anima. Sabemos que la gente en Masaya es aguerrida por naturaleza, y cuando se le arrebata el espíritu de lucha diciéndoles que tenemos que negociar, la gente no entiende esto”, dice Amaury.

Amaury dijo que el comando Marcelo Mayorga forma parte de una red territorial que se está organizando en toda Nicaragua. De manera que el hombre que simbolizó la lucha desarmada, ahora inspira a un grupo de rebeldes que quiere hacer justicia con sus propias manos.

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Hay muchas versiones de cómo murió Marcelo Mayorga, pero al recoger los distintos testimonios se puede saber que en ese momento ya había entregado los morteros y estaba atrapado en medio de una balacera. Lo ubican junto a dos menores de edad, a quienes habría querido cruzar a un puesto seguro.

“A uno de los muchachos un balazo le perforó la mano pero logró refugiarse en el puesto”, dice un testigo que no quiere dar su nombre. “Marcelo trata de cruzar, pero no se agacha, lleva alta la cabeza, y es ahí donde le entró la bala”.

Fue un balazo de AK en la parte frontal, con orificio de entrada pero no de salida, en la parte izquierda del cráneo. La posición del balazo indica que el impacto vino desde la estación de policías que en ese momento estaban atrincherados, pero que salieron cuando llegaron refuerzos de policías y paraestatales con armas de guerra.

Una de las pruebas de esta versión es el hueco en la parte izquierda de la gorra que llevaba puesta ese día, y que hoy sostiene su hijo Marcelo. El impacto la hizo saltar por varios metros, mientras el cuero cabelludo se miraba como una flor abierta.

La gorra que llevaba Marcelo Mayorga al momento que recibió el balazo. Foto: Óscar Navarrete.

A siete meses del asesinato de Marcelo, la Policía de Masaya ha entregado tres versiones sobre su muerte. Valoraron que en una de ellas se trató de una bala desperdigada que dispararon los rebeldes de Masaya. Otra de las versiones indica que hubo una vendetta personal. Y en la última versión sugieren que un amante de Auxiliadora lo matara para quedarse con ella.

En ninguna de las posibilidades, los policías y los armados paraestatales lo pudieron haber matado, según la investigación de la Policía.

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Antes de ser enterrado, el cuerpo de Marcelo Mayorga, de 40 años de edad al momento de su muerte, fue llevado a la iglesia de San Jerónimo de Masaya, ya que desde los 13 años de edad fue devoto de este santo. Era parte de un grupo que participa en actividades religiosas, entre ellas, cargar la imagen en todas las procesiones del pueblo.

Marcelo estudió técnico en Topografía, pero fue más conocido por conducir camiones. En las últimas semanas de su vida fue repartidor en una compañía de cervezas, vendía queso, huevos y recargas de celulares. “Siempre se buscaba el billete”, dice Auxiliadora.

La familia de Marcelo Mayorga vive en el barrio San Carlos de Masaya. Foto: Óscar Navarrete

Marcelo y Auxiliadora se conocieron cuando ella era una adolescente de 15 años de edad y él era un joven de 21 años. Desde entonces y hasta el 19 de junio, el día que lo mataron, vivieron juntos con sus dos hijos, Marcelo de 18 años de edad, y Ricardo de 10 años de edad.

Ricardo tiene la cara calcada de su padre. Ojos pequeños, nariz afilada, pelo rizado, tez blanca. “Parece un clon”, dice la madre, mientras le soba la cabeza, y cuenta que conoció a Marcelo en un campo de beisbol, cuando ambos llegaban a ver a las Fieras del San Fernando, el equipo donde jugaba Norman Cardoze, hermano de Auxiliadora y pelotero estrella de la novena de Masaya.

Lo más difícil para Ricardo ha sido regresar a su colegio. Todos sus compañeritos le preguntan quién mató a su papá. Antes lloraba todos los días. Ahora que tiene sesiones con un psicólogo, puede escuchar el testimonio de su madre sin arrojar una lágrima. Le ha ayudado, también, que no es el único caso en el colegio. Solo en el centro donde estudia, Don Bosco, seis niños quedaron sin sus padres, tras morir asesinados durante la represión estatal.

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Un comando que hace acciones rebeldes lleva el nombre del hombre de la tiradora. Foto: Manuel Esquivel.

Arma antigua

La honda es una de las armas más antiguas de la humanidad. Consiste básicamente en dos cuerdas o correas en cuyos extremos se sujeta un receptáculo flexible para el proyectil. Agarrado el artilugio por los otros dos extremos opuestos, se voltea de manera que el proyectil adquiera velocidad y después se suelta una de las cuerdas para liberarlo, alcanzando este gran distancia y poder de impacto. Los materiales empleados en su construcción son muy diversos, tradicionalmente cuero, fibras textiles, tendones, crin, etc. Los proyectiles pueden ser piedras naturales redondeadas, o labradas con bastante precisión, arcilla cocida o secada al sol, plomo moldeado.

Honderos

Los honderos baleares, que eran contratados como mercenarios por los diferentes ejércitos de la antigüedad, eran entrenados desde la infancia en la destreza con la honda y llevaban tres tipos de distinta longitud, según la distancia de lanzamiento. Se decía que su precisión y potencia no tenían comparación. El uso de proyectiles de plomo, inventado por los griegos, haría de la honda un arma temible, más incluso que el arco dada su mayor potencia de impacto y alcance; a esto se unía el pequeño tamaño de los proyectiles, que eran capaces de penetrar en el cuerpo a la manera de una bala, y lo mismo que ella eran invisibles por el aire

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