La vida de José Rizo: mago, bailarín de mambo y político a la sombra de un caudillo

Perfil - 22.10.2006
José Rizo Castellón

Una pitonisa recomendó que le cambiaran el nombre para salvarlo de la polio que lo afectó cuando tenía 20 meses. También profetizó a su padre que “uno de sus hijos sería presidente de la República”.
Este es el perfil de un hombre que de niño fue mago y la historia de los sombreros que se ha puesto a lo largo de su vida: el del joven bailarín de mambo, ayudado por un tacón que le nivelaba las piernas, y el contumaz político sediento de poder bajo la sombra de un caudillo

Por Octavio Enríquez
Fotos de Orlando Valenzuela

Si fuese por el santoral, por haber nacido el 27 de septiembre de 1944, José Rizo debió llamarse Adolfo, Juan Florentino o complicadamente Vicente de Paúl. Pero el viejo médico Simeón Rizo y su esposa Pastora Castellón decidieron que mejor le ponían Sergio. No era un mal nombre. Según la numerología, los Sergio son de naturaleza emotiva, clarividentes, aman lo culto, son prácticos y les gusta ser admirados.

Sergio empezó a llamarse José poco después que cumplió 20 meses. Quedó casi paralizado sobre su cama, afectado por polio, y en medio de la incertidumbre la tía Felissa, hermana de Simeón, recomendó que el niño se lo ofrecieran a San José y le pusieran el nombre del padre del carpintero.

Cuenta María Helena Rizo que tenían muchas razones para hacerle caso a la tía. En primer lugar cinco años antes había vaticinado el nacimiento de ella, y les había dado el nombre a sus padres que insistían en que tendrían un varón.

Los Rizo son parientes además de Nando Gadea, un brujo curandero que daba consultas a los jinoteganos en la cumbre de un cerro de 1,300 metros. Así que el misticismo les venía de familia.

De pelo rebelde, canosa, es María Helena quien se acuerda de los vaticinios de su tía, además de hacer énfasis en otra predicción de la señora de ojos grandes. Hará muchos años, esta mujer dijo que “uno de los hijos de Simeón Rizo será presidente de la República” y ahora los Rizo Castellón no paran de comentar la profecía en sus haciendas.

De luna de miel en Puerto Príncipe, con su segunda esposa Cristina Angélica Massu Jaar, de origen chileno.

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El hombre que ahora se ve en la televisión, de pelo blanco, algo barrigón, regalando sonrisas por doquier o lanzando diatribas contra Daniel Ortega, bajo la candidatura del Partido Liberal Constitucionalista (PLC), tenía 15 años cuando llegó con la cabeza ensangrentada a la vieja casa de la familia, estilo colonial, frente al parque de Jinotega, un pueblo de 50 mil habitantes, arrinconado en el norte del país, dedicado en su mayoría a la caficultura.

Porfirio Molina tenía entonces 12 años y mal carácter. Era hijo de Juan Molina, conservador de cepa, que vivía con su familia junto a la casa de los Rizo. No pudo aguantar las bromas —recuerda ahora—, ni esa risa sarcástica que salía a tropel de la boca de José Rizo, quien se ensañaba comparándolo con Superman.

Cuando vio que Molina se enfureció, Rizo salió corriendo de acuerdo con esta anécdota. Y al intentar saltar un muro fue que la piedra le pegó en la cabeza y le tiñó de rojo el pelo negro. “Hace unos días, 50 años después, estuvimos recordando con cariño la pedrada”, dice Porfirio Molina, actual vicealcalde de Jinotega, mencionado en los últimos meses por haberle perdonado impuestos a su antiguo vecino.

Como sea, la anécdota es un retrato a cuerpo entero de la infancia de Rizo: un niño que dependió de la protección de sus hermanos para saber sobrellevar el problema de su pierna, derivado de la polio que lo afligió cuando bebé y transformó rotundamente el hogar de su familia.

José Rizo espera que se cumpla con él la profecía que un día hizo una tía pitonisa: “Uno de los hijos de Simeón será presidente de la República”.

La casa que conoció María Helena Rizo era muy animada. Con la polio, aburrida. Pastora Castellón tocó en muchas ocasiones la mandolina y enseñó solfeo a sus hijos. Con la enfermedad, todo “fue tristeza”, según la hija.

Narra ella que del hospedaje donde estuvieron sus padres, cuando trasladaron a Managua al niño, se filtró que José tenía polio y pronto la gente abandonó sus bártulos y el barrio por temor al contagio. Así era en aquella época. Había un rechazo porque no existía una vacuna contra la enfermedad.

La madre aprendió a cuidarlo para no arruinarle el negocio a las amistades. “El tratamiento consistía en hacerle empaques y después lo envolvía como en un hule negro. Lloraba porque era caliente. De allí viene creo las pocas ganas de bañarse que tenía, porque después se arrastraba en el suelo jugando y no quería bañarse. Era pleito, pero nosotros éramos limpitos. Nuestra mamá nos bañaba”, narra María Helena.

Así que a lo imbañable, necio y burlón hay que agregar otra cosa: uno de los pasatiempos del candidato presidencial del PLC era comer cajeta. Esperaba arduamente a que terminaran de hacerla bajo la mesa. El dulce se escurría entre los tablones y los hermanos empezaron a llamar al antiguo Sergio y hoy José por su nuevo apodo: “José Cajeta”.

No afloraba todavía el político. En la casa todos sabían que tenía la capacidad de “jugar con las palabras” como dice su hermana. Era un orador nato. La familia se reunía en la mesa que, para Simeón Rizo era sinónimo de hogar, y había escenas como esta. José se levantaba y saludaba a los comensales para luego invitarles a la comida: “Estimados les ofrezco estos frijolitos fritos con queso y cuajada”, y terminando de hablar le seguía el hermano, Álvaro, quien agradecía al otro por la invitación.

Nunca la enfermedad sin embargo le quitó el humor. Jugaba con los otros niños a preso y libertad, trompo y las escondidas, mientras otras veces andaba vagando por los potreros.

Más bien en Estados Unidos, cuando estuvo hospitalizado, aprendió a ser prestidigitador y cuando vino al país trajo toda suerte de pañuelos con los que hizo trucos para divertir al que lo viera. A sus amigos los impresionó de otro modo, tanto que no recuerdan la faceta de mago de su compañero de barrio.

Dice Yalí Molina, hermano de Porfirio y amigo íntimo de Rizo, que “Chepe ya para entonces hablaba inglés, de todo el tiempo que pasó en los hospitales por las operaciones a las que fue sometido, y eso nos impresionó bastante a los jinoteganos cuando lo llevaron. Recuerdo también un camión grande”.

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En la andanada de entrevistas que ha dado en campaña electoral, José Rizo dice que los niños en la escuela le pusieron todo tipo de apodos. Le decían “Pata de Chicle”, “Renco” o “Clutch”, pero pocos saben que esos apodos tenían el encanto de hacerlo popular. Cuando el niño rechazado se convirtió en joven era muy conocido. Era además para mayor elegancia un enamorado del mambo.

Sonaba la radio y José se tiraba a la pista y bailaba haciendo movimientos coquetos con su pierna nivelada con un tacón. “A las mujeres le gustaba, pero José nunca fue serio con ellas. Tenía una novia y otra. No era como Simeón”, describe María Helena.

Con 62 años cumplidos la historia parece darle la razón a ella. José Rizo se ha casado tres veces, incluyendo su actual unión con Fabiola Salinas, y dos veces se ha divorciado. Dos hijos han quedado de sus amores. Con menos de 20 años: Catalina y José Fernando son el patrimonio de su boda en Chile, adonde se exiló en los ochenta huyendo del gobierno sandinista.

“Era muy vago —lo caracteriza su hermana—. Haragán en el sentido de que sabía que era inteligente y no se esforzaba por ser mejor en las clases. Estudiaba algo rápido y nada más. Todos reconocemos eso sí que es inteligente”.

José Rizo debió graduarse de leyes en Grenoble, Francia, adonde lo envió su padre. Cuando cumplió cuatro años de haberse ido del país, su papá pidió en la Embajada de Nicaragua que le consiguieran las notas que su hijo, hasta entonces, se negaba a entregar.

La sorpresa fue que solo había cursado dos de los cuatro años. Simeón Rizo, dice su hija, envió de inmediato una comunicación: “José empaque sus laureles”.

Y así José Rizo se vino a Nicaragua. Gracias a su madre, que era su protectora, empezó a trabajar en el Estado y así se ganó la vida y se sostuvo los estudios de abogado en la Universidad Centroamericana, adonde fue compañero de clases de Yalí Molina. Nunca más su padre le volvió a ayudar.

“José en la universidad era muy chispeante. Era un gran orador”, dice Yalí Molina. El cuento universitario que más tiene a flor de piel es precisamente un examen en el que Rizo salió a flote sin haber estudiado. El profesor Roberto Ortiz Urbina le preguntó un tema de derecho penal y él volvió a ver a todos sus amigos, porque no sabía la respuesta. Entonces empezó a hablar y ya nadie lo detuvo. Con lo que sabía pudo responder sobre el ocurso, un recurso que se interpone cuando un registrador público se niega a inscribir una propiedad, y así pasó la clase y quedó inmortalizado entre ellos como “Ocurso doctor Rizo”.

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De la universidad y el exilio, José Rizo saltó a la política en 1990. Vivió en Valparaíso, Chile, en la tierra que pisó algún día a los 19 años Rubén Darío, y de allá se vino a Nicaragua a hacer política con nombres que apenas empezaban a sonar: Arnoldo Alemán, Lorenzo Guerrero, José Antonio Alvarado y Jaime Morales Carazo.

Mucha agua ha corrido bajo el puente en estos 16 años. Alemán está encarcelado por robarle al Estado casi 100 millones de dólares, según la Procuraduría; Rizo y Alvarado son ahora los candidatos presidenciales del PLC con la venia de Alemán, y Jaime Morales está con el FSLN como candidato a vicepresidente de Daniel Ortega.

Fueron duros esos años para formar un partido según han contado los mismos integrantes de ese círculo, pero lo fueron más porque, como muchos, regresaban del exilio con prácticamente nada para recuperar lo poco que habían tenido.

Yalí Molina y Rizo fueron algunas de esas personas. Alguna vez a ambos se les vio en el Mercado Oriental con motetes de libros, que eran propiedad de Molina, a sus espaldas. A ambos también los vieron con el carro dañado cuando viajaban a Jinotega, agobiados por la mala suerte con el vehículo. Molina se rió cuando Rizo con su habitual sarcasmo le dijo al verlo buscar alambres sin un objetivo claro: “Compadre, ¿no será la cruz cardánica?”

Ese círculo de liberales formó entonces al PLC. Alemán llegó a la Alcaldía y de allí salió, militando en su antisandinismo, hasta la Presidencia de la República. Por fin habían llegado al poder.

Pero terminados los años de mandatario las cosas le salieron mal a Alemán. Enrique Bolaños, su sucesor, inició una lucha contra la corrupción que terminó con el encarcelamiento del caudillo liberal.

Para Rizo hoy su amigo es su peor lastre. En las encuestas y en las calles, la gente pide acabar con el legado de Alemán entre el que se cuenta la corrupción y un pacto con el sandinismo, que devino en la repartición de puestos en las instituciones del país.

Es más, muy pocos creen que Alemán dejará gobernar a Rizo si este llega al poder. Por la víspera sacan el día. Hace meses, Rizo exigió “limpiar de arnoldistas” la lista de diputados y al final Alemán se impuso.

En la campaña electoral también le ha comenzado a ganar el partido el liberal Eduardo Montealegre, el exministro de Hacienda de Bolaños, quien fue expulsado por el círculo de Alemán. “José Rizo no cambia a su partido, no cambia a sus amistades y no cambia su celular”, dijo cuando la revista Magazine le solicitó una entrevista, que canceló tres veces por “recargo de agenda”.

La encuesta de septiembre de la firma M&R dijo que Rizo se ubica en un lejano tercer lugar, con más de 20 puntos porcentuales debajo de Daniel Ortega que encabeza la intención de voto con el 36 por ciento, seguido de Eduardo Montealegre con el 27.9 por ciento.

Sobre la imagen de Rizo se posa también una natural desconfianza. Los caricaturistas del país han definido su estilo con varios puñales que acompañan sus dibujos. Son para sus amigos.

El 23 de junio de 2002, mientras Bolaños iniciaba su lucha contra la corrupción, fue Rizo como vicepresidente quien encabezó junto a otros liberales constitucionalistas un movimiento para que desde dentro del PLC empujara un cambio.

Poco tiempo duró Rizo en ese movimiento político. Según Eduardo Urcuyo, uno de los liberales disidentes, Rizo quería hacerse el camino en la candidatura presidencial que tanto ambicionaba, pero después cuando vio que las cosas no serían fáciles regresó, pidiéndole perdón a Alemán.

Y así el entonces vicepresidente pasó de ser el hombre que empujaba el cambio dentro del PLC a ser el principal fustigador del mandatario.

“El principal problema es que le tiene miedo a Arnoldo Alemán. Te metés en algo serio y de repente te abandona. Las caricaturas lo describen bien, él vivía molesto con Arnoldo, decía que no soportaba cómo lo trataba. Arnoldo siempre lo trató mal. Lo desmoralizaba”, comenta Alejandro Fiallos, otro liberal disidente, sin dejar de preguntarse cómo pudo regresar.

Otros no ven ningún problema en sus cambios de decisiones. Urcuyo dijo en una entrevista cedida en mayo pasado, antes que asumiera un puesto en el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), que es normal en política esos movimientos. “En política se va y se viene. Es normal en todos los países, pero aquí se ha abusado. La política aquí es como medio de sobrevivencia, no como servicio. José sobrevivió políticamente, logró una meta personal: ser candidato a presidente. Creo que su carrera termina allí. No creo que gane la elección. José es un candidato amarrado, el que manda allí es el doctor Alemán, él fue quien lo impuso. Inventaron cientos de convencionales para poderlo imponer un día antes”.

María Helena Rizo duda que su hermano se deje influir, aunque ahora le reclame en público la parte de la herencia que le dejaron sus padres. Para ella ese José Rizo no sería el hombre que conoció en todas sus facetas. El mago con todos sus sombreros: el renco protegido por sus hermanos, el joven vago de Chile o el posible presidente si se cumplen al pie de la letra las palabras de la tía Felissa: “Uno de tus hijos Simeón será presidente”.

Un refinado jinotegano

En las últimas semanas María Helena Rizo ha sido noticia. Distanciada políticamente de su hermano abrazó la causa del Frente Sandinista en la llamada Convergencia Nacional y poco después explicó el motivo del disgusto con su hermano: peleaba con él la herencia dejada por su padre.

—¿Qué piensa usted del José Rizo actual?

—Los asesores de José son malos. Yo no los conozco. Tengo muchos años de no verlo y dicen que se ha vuelto prepotente. La prepotencia es buena siempre y cuando usted la justifique.

—¿Era distinto antes?

—Era cariñoso, detallista. Se echaba de ver. Era feliz comiendo en bandeja de plata. Era feliz comiendo cosas buenas. Dicen que ahora está lleno de chucherías de mercado. Dime con quién andás, te diré quién eres. No es el José que conocí. Su vestir. Teníamos dos hermanos opuestos en su forma de vestir: Simeón era desarrapado. Se iba a una fiesta y se levantaba e iba al hospital. Y era el pleito de mi mamá. Un médico tiene que ser pulcro, le decía. José no tuvo esos problemas. Era nítido .Tenía mucho gusto por vestirse.

—¿Y cómo lo ve ahora?

—Horrible! Porque esas corbatas y esas cosas no son de la calidad de José. Era minucioso con su vestimenta. Eso se aprende. Si usted es un hombre público tiene que tener buen gusto. Busque asesoramiento.

—Si usted tuviera que recordar una anécdota que retrate a su hermano como político y como persona, ¿cuál sería?

—No le puedo contar el de hoy. El que conocí era cariñoso, a la única persona que ha adorado en su vida es a mi madre. Y mi madre vivió dedicada a él. Él era el centro de mi casa por su problema y ella nos enseñó a protegerlo. Yo lo protegí a él toda la vida. Soy cinco años mayor que él.

—¿Qué tipo de comida le gusta a él?

—Era fino con su comida.

—¿Qué le resultaría grotesco comer a José Rizo, por ejemplo?

—Lo que comí hoy, pienso (frijoles humeantes con crema). Lo que le puedo decir es que le gusta la sopa de cebolla que hago.

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