Mujica: de florista a presidente

Perfil - 23.01.2017
José Mujica. ILUSTRACIÓN: LUIS GONZÁLEZ/ LA PRENSA

Guerrillero, florista, campesino y ciclista. Se fugó de prisión, fue baleado, recapturado y torturado por más de diez años. Se hizo llamar Facundo, Ulpiano y Emiliano. Este es el José Mujica que no conocía

Por Anagilmara Vílchez Zeledón

Su boca es una fina rendija extraviada bajo un desordenado bigote. Lleva el pelo enmarañado como si de un nido de ramas blancas se tratase. José Mujica es el candidato de izquierda que en 2010 asumió la Presidencia de Uruguay con un traje oscuro que se inflaba en la parte delantera del saco. Mujica es el mismo hombre que escapó, con otros 110 presos, de la cárcel de Punta Carretas en 1971. Es el niño que cultivaba y vendía flores para ayudar a su empobrecida familia. Es el chavalo que quiso ser ciclista, al que metieron preso por tentativa de rapiña, el que conoció a Fidel y al Che…

José Alberto Mujica Cordano es también Facundo, Ulpiano y Emiliano. Es el tupamaro que fue baleado por la policía en un bar de Montevideo. Es el preso 815. Un rehén político de ojos hundidos, piel pegada al esqueleto, escasa dentadura y diarreas crónicas. Uno de los nueve guerrilleros que durante más de diez años fueron torturados por la dictadura cívico-militar de Uruguay.

Es “El Pepe”. El popular presidente que se rehusó a vender su Volkswagen escarabajo por un millón de dólares, el que promovió la aprobación del matrimonio homosexual, el consumo de marihuana y el aborto. Es el mandatario que en 2014 dijo que los de la FIFA eran “una manga de viejos hijos de puta”. Aquel hombre que no tuvo hijos. El mismo que vive en una granja con su esposa y una perra de tres patas llamada Manuela.

Este es el perfil de José Mujica, uno y muchos hombres a la vez.

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“El Abuso”, así se llamaría la operación. Los tupamaros tenían un plano detallado del Penal de Punta Carretas. Por eso sus cálculos de fuga eran precisos, casi quirúrgicos.

Uno de los cabos sueltos lo había resuelto José Mujica el día que, rascando la pared de su celda con un alambre, descubrió que con un poco de agua podían desprender los ladrillos. Así hicieron los huecos de cuarenta centímetros de alto y sesenta de base, a los que llamaron “heladeras”.

A través de ellas se lograría el escape interno, luego los presos llegarían hasta una celda en la que hallarían el hueco que los tupamaros escarbaron durante un mes aproximadamente. La tierra que extraían de los cimientos de la prisión era colocada en bolsas que ocultaban en los calabozos. Bajo las camas, entre las sábanas o colchas.

Mujica había llegado a Punta Carretas después de ser procesado el 25 de mayo de 1970 por los delitos de “atentado a la Constitución, asociación para delinquir y encubrimiento”. En 1969 inició su vida clandestina y antes fue un “revolucionario legal”.

El Pepe, como le decían, se había unido al Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros, una guerrilla urbana que según sus estatutos buscaba orientar a las “clases explotadas en su lucha contra el régimen” y “guiar al pueblo uruguayo por el verdadero camino de su liberación”.

106 de los reclusos que se fugarían del Penal de Punta Carretas eran tupamaros. Cinco eran “presos comunes”.

De uno en uno, el domingo 5 septiembre fueron saliendo por las heladeras hasta llegar al túnel. Antebrazo izquierdo, antebrazo derecho, antebrazo izquierdo, antebrazo derecho, panza al suelo, rodillas y pies impulsando.

“Fue una cosa complicadísima”, aseveró años después José Mujica. El túnel de los tupamaros se conectaba con otro que había sido cavado cuatro décadas antes. La salida se encontraba en una casa particular. Por un orificio vertical en la sala los presos salían como topos. De patio en patio se iban escabullendo mientras otros guerrilleros les repartían armas, balas y ropa.

Lucía Topolansky estuvo allí, ella y otras 37 tupamaras, el 30 de julio de ese mismo año, se habían escapado de la cárcel de Cabildo.

La hoy senadora de Uruguay y esposa de Mujica, al recordar aquellos tiempos de fugas dice: “Cuando uno está preso lo más lindo es la libertad. Qué importa si es por la puerta chica o por la puerta grande”.

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“Pese a ser un hombre de ciudad es un hombre con vocación campesina (…) su estructura, su manera de pensar y de hablar es como de aquellos campesinos sabios”.

Jacinto Suárez,

diputado y presidente de la Comisión de Asuntos Exteriores de la Asamblea Nacional de Nicaragua.

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En el patio de su casa en el Paso de la Arena, José Alberto Mujica Cordano se convirtió en floricultor y florista. Era un niño de nariz puntiaguda y cejas gruesas que no pasaba los 8 años. La idea de cultivar flores para luego venderlas surgió de su madre Lucila Cordano, como solución a los agudos problemas económicos que enfrentaban desde que enviudó.

Su esposo Demetrio Mujica había muerto, según el médico de la familia, por “complicaciones derivadas de la sífilis”, una enfermedad de transmisión sexual adquirida en una relación extramatrimonial, apunta el periodista Walter Pernas, autor de la biografía novelada Comandante Facundo. El revolucionario Pepe Mujica.

Así la familia de cuatro se redujo a tres: doña “Lucy”, la matriarca, Pepe, nacido en Montevideo el 20 de mayo de 1935, y su hermana menor María Eudoxia.

Ellos pertenecían a los escalones “más pobres de la clase media”, ha dicho el mismo Mujica. Para sobrevivir doña Lucy empezó a hornear pan, a vender útiles escolares y golosinas. Estaba acostumbrada a luchar. Era severa. Rigurosa. Quería para su hijo grandes cosas. Que su “Pepe” sería presidente decía. Ella era del grupo de mujeres que pelearon para conseguir en 1938 el sufragio femenino en Uruguay.

Para ayudar a su madre, Mujica trabajaba como ayudante en la panadería más grande del barrio, “pero Pepe no tenía alma de panadero”, apunta Pernas. Él prefería ayudar en el huerto que, para subsistir, tenían al fondo de la casa. Sembraba zanahorias y papas. Entre crisantemos aprendió técnicas japonesas de riego y poda.

Todos los días iba a la escuela cargado de flores que vendía en el camino, aunque las ganancias no alcanzaban para cubrir los gastos de la casa, por eso desde otro pueblo su abuelo materno les enviaba comida tres veces al mes.

“Y usté mi nieto, escuche bien mi consejo: cuando sea grande siempre compre tierra cruda (…) porque la tierra siempre tiene un valor por sí misma (…) eso sí, me la tiene que trabajar bien trabajadita, ¿me oyó?”, le decía Antonio Cordano a su nieto Pepe.

De ahí nació la inspiración de Mujica por el campo, sus perennes deseos de comprar una granja, de tener un tractor, de dedicarse a la agricultura.

—¡Es como una fuerza especial! —le dijo un día a su amigo, mientras terminaba de apilar los atados de claveles.

—¿Qué cosa?

—¡La naturaleza, Nene! —Pepe señalaba el fondo de la casa, rebosante de flores—. Es algo inexplicable, grandioso (la escena la recoge Pernas en su texto sobre el ahora expresidente uruguayo).

Comandante Facundo. El revolucionario Pepe Mujica, está basado en treinta entrevistas a personas que en algún punto tuvieron contacto con Mujica, entre ellas Dilermando Do Reis, “El Nene”, su más antiguo amigo.

Sobre sí mismo Mujica ha dicho: “Soy un campesino, en mi manera de pensar, de ver la vida y la naturaleza (…) Yo vivo como vive la mayoría de mi pueblo”.

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José Mujica sacó su revólver Colt Chief 38 Especial. Los habían encontrado en un rincón del bar La Vía, en Montevideo. El mismo lugar en el que de forma clandestina habían estado planeando una “expropiación”.

Era el 23 de marzo de 1970.

“Cayó una patrulla armada, dos camionetas cargadas de gente y yo estaba armado. Me quise resistir y no tuve suerte”, confiesa Mujica en el documental Yo Pepe, el Mujica que no conocías.

Uno, dos, tres balazos y cayó. Una vez desarmado y tendido en el piso le siguieron disparando. Cuatro, cinco, seis balazos…

Inmediatamente fue trasladado al Hospital Militar. Tenía 34 años.

“¡Enfermero presione ahí! ¡Que no pierda más sangre!”, indicaba Omar Guerrero, jefe de cirujanos de guardia.

Las emisoras de radio informaban el hecho. “En un eficaz operativo (…) resultó gravemente herido un sedicioso que integraba una conocida organización de conspiradores”, repetían los locutores.

La familia de Pepe, sus amigos y compañeros creían que estaba muerto.

Tenía una costura en el abdomen y había perdido el bazo, pero se recuperaba en cuidados intensivos.

Durante semanas los tupamaros se infiltraron en el hospital para sacar a Mujica, sus planes se vieron frustrados cuando fue condenado el 25 de mayo de 1970.

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Dos veces se fugó José Mujica del Penal de Punta Carretas. La primera fue con la operación “El Abuso” en 1971. A él y al resto de tupamaros que escaparon poco les había durado la libertad. Desde la clandestinidad planearon asaltos para conseguir armas y dinero. Estaban escondidos en un sótano y de allí los llegaron a sacar como si fueran conejos saliendo de un sombrero de copa.

Fueron procesados por los delitos de “autoevasión, encubrimiento de rapiña y tenencia de explosivos”. Así regresó Mujica al Penal de Punta Carretas del que otra vez se fugaría el 12 de abril de 1972. Los tupamaros pidieron ser atendidos por un odontólogo en el Hospital Penitenciario. A él y a sus ayudantes los ataron con sábanas y vendas. Por un túnel cayeron a la cloaca y salieron de allí a unos cuatro kilómetros de la prisión.

“Cagados de pies a cabeza, fueron bañándose y cambiándose de ropa”, detalla Walter Pernas, en su obra Comandante Facundo. El revolucionario Pepe Mujica.

En Montevideo la policía se deshacía de los “sediciosos”, mientras los “Escuadrones de la muerte” o “Comandos Caza Tupamaros” desaparecían y ejecutaban a los guerrilleros.

Para entonces a Mujica se le conocía como Facundo, Emiliano o Ulpiano. Un nombre distinto para cada etapa de clandestinidad. Cuando cae preso por cuarta vez en agosto de 1972, ya era jefe del Estado Mayor militar del Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros. Lo agarraron, según él, “no porque tuviera vocación de héroe” sino porque no pudo correr más rápido.

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—¡Escuche, necesito cagar! —grita Mujica desesperado. Tenía las manos atadas, los ojos vendados y encima una capucha de lona. Desde su penumbra clamaba a los policías.

Ninguno le respondía.

—¡Le pido por favor! ¡No aguanto más! —repetía Pepe. Sus diarreas eran incontrolables.

—¡Cállese! —le contestan los custodios. Un par de patadas en el esqueleto y listo.

—¡Discúlpenme compañeros pero yo tengo que cagar aquí mismo! —se lamenta Mujica, mientras se retuerce en la camioneta en la que trasladan a los tupamaros.

Eran los años más duros de cárcel y tortura.

Choques eléctricos, hambruna y vejámenes. Nueve fueron los tupamaros que, a partir del 7 de septiembre de 1973, pasaron a ser rehenes de la dictadura cívico-miliar de Uruguay.

Lucía Topolansky, quien en esa época también había sido apresada, recuerda que la lógica de estas capturas era chantajear a los guerrilleros con la amenaza de asesinar a sus principales dirigentes “si pasaba algo” en el país.

Los rehenes estaban aislados e incomunicados entre sí. Los anduvieron de calabozo en calabozo. Uno de ellos medía un metro 25 centímetros de ancho por dos metros de largo. Con el calor y la lluvia el techo transpiraba, sobre sus cabezas las ratas festejaban a cualquier hora.

No había nada en las celdas. Ni camas, ni sábanas ni sillas. Absolutamente nada.

No podían bañarse, tampoco beber agua. Ir a orinar era un privilegio y la comida les llegaba con escupitajos o vidrios molidos.

José Mujica era el preso 815. El número lo llevaba marcado en una franja blanca sobre su mameluco gris. Pepe, como le decían, usaba trapos y pañuelos para frenar el orín y el excremento que liberaba su cuerpo. Estaba enfermo. Tenía los ojos hundidos y la piel adherida a los huesos. Lo habían rapado y por las golpizas se había quedado sin dientes.

Estaba a un paso de volverse loco. Sufría alucinaciones, escuchaba voces y ruidos. Para conservar la cordura le hablaba a las arañas, hormigas y ranas que frecuentaban su calabozo.

Mauricio Rosencof, otro de los tupamaros detenidos, recuerda que Mujica “llegó a incomunicarse” con los demás rehenes. El Pepe estaba convencido de que los guardias lo espiaban y hacían chillar un aparato que le provocaba ataques de histeria y gritos. Era “un sonido agudo, penetrante, profundo que lo hacía gritar (…) lo castigaban, entonces cuando sentía eso se metía piedritas en la boca para no gritar”, cuenta.

Piedritas y caracoles. Lo que recogiera y enmudeciera sus alaridos.

Conseguir que los guardias le entregaran una escupidera de plástico rosado que su mamá le dejó fue uno de los mayores logros que Mujica alcanzó dentro de la prisión.

Con los años las torturas cambiaban. Durante una época casi los matan de hambre. En la novela biográfica Comandante Facundo. El revolucionario Pepe Mujicael autor explica que los rehenes “comenzaron a comer de las cosas menos pensadas: jabón, papel higiénico, barra de desodorante, moscas…”.

Vómitos, diarreas, mareos e infecciones aquejaban a José Mujica.

“Me comí 14 años en cana (…) La noche que me ponían un colchón me sentía confortable, aprendí que si no puedes ser feliz con pocas cosas no vas a ser feliz con muchas (…) La soledad de la prisión me hizo valorar muchas cosas”, ha dicho Mujica. De los nueve tupamaros uno murió en los calabozos y dos enloquecieron.

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“José Mujica está por delante de su tiempo”.

Dilma Rousseff, presidenta de Brasil.

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Un pie en cada pedal. Jadea. Jadea. Pedalea. Pedalea. Apretando los dientes había llegado a la primera categoría. José Mujica quería ser ciclista profesional y conocer Uruguay a “pedaleada limpia”.

Embutía sus pantorrillas en un par de calcetines blancos, que combinaba con una camisola anudada y pantalones negros.

Antes de las bicicletas y competencias, Pepe se había interesado en el piano. Con un cuaderno de solfeo y unas cuantas partituras iba a las clases que impartía Irma López, en el Paso de la Arena.

En esa época también le apasionaban los problemas de los grupos obreros y se integraba a las luchas sindicales.

Nunca dejó de cultivar y vender sus flores aunque doña Lucy, su mamá, auguraba para Pepe una carrera política. “¡Mi hijo va a ser presidente!”, le decía a los vecinos.

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“¡Ey Fidel, acá, acá!”, le gritaba José Mujica al cubano barbudo de verde olivo. Su saludo se perdía entre la bulliciosa multitud que lo llegó a recibir a Montevideo. Para Mujica conocer a Fidel Castro era “un acontecimiento social y político relevante”. En mayo de 1959 lo miró, de lejos, pero lo miró.

“¡Inolvidable, Nene!”, le dijo a su eterno amigo Dilermando Do Reis.

Para esa época El Pepe se declaraba admirador de la hazaña de los isleños. Barajaba su tiempo entre militancias, luchas obreras, huelgas universitarias y “los comités de apoyo a la revolución cubana”.

En julio de 1960 viajó al Primer Congreso Latinoamericano de Juventudes en Cuba. Ahí miró y escuchó a Ernesto Ché Guevara, otro de sus ídolos.

Unos meses después Mujica anduvo por Praga, Armenia, China, París. Fue seleccionado para participar en el Encuentro Mundial de Juventudes en Asia y Europa. Allí se empapó de la experiencia socialista y regresó al Paso de la Arena preguntándose si era posible una revolución en Uruguay, un país donde la guerrilla debía ser urbana.

Otra vez está frente al público con el pelo enmarañado, el traje abultado y su bigote espeso. Ahora es una despedida. El presidente de mayor edad entrega el mando al mismo hombre del que lo recibió en el 2010. Tabaré Vázquez, su predecesor y sucesor, es ahora el presidente de Uruguay. Finalmente José Mujica puede irse a su “chacra” (granja) con sus gallinas, sus flores y su tractor.

Aún recuerda las palabras de su abuelo: “cuando sea grande siempre compre tierra cruda (…) porque la tierra siempre tiene un valor por sí misma (…) eso sí, me la tiene que trabajar bien trabajadita…”

El gobierno del Pepe

Su forma de vida hizo de José Mujica una celebridad. Antes de llegar a la Presidencia él había sido diputado, senador y ministro de Ganadería, Agricultura y Pesca.
Sus controversiales declaraciones, su desaliñada apariencia y el poco dinero con el que vive le hicieron popular. Tanto que en 2013 la prestigiosa revista británica The Economist declaró a Uruguay como País del Año y al él se le conoció como el presidente más pobre del mundo. La aprobación de la interrupción del embarazo hasta la duodécima semana de gestación, la legalización de la compra, venta y cultivo de marihuana bajo supervisión del Estado, y la aprobación del matrimonio homosexual fueron tres de sus gestiones más mediáticas.
La debilidad en la educación, la mala calidad de la infraestructura nacional y el aumento de la delincuencia son algunos de los asuntos pendientes en Uruguay.
Por ahora, el expresidente asegura que abrirá en su granja una escuela de oficios agrarios “No voy a ser un viejo jubilado que se pone en un rincón a escribir las memorias”, afirmó Mujica a la BBC Mundo.

CONEXIÓN NICARAGUA

En el año 2008 el Gobierno de Nicaragua entregó a José Mujica (quien aún no había sido electo presidente) y a otros guerrilleros uruguayos la Orden Carlos Fonseca en reconocimiento a “sus méritos y valores” en la lucha revolucionaria. La condecoración se dio durante la clausura de la XIV Sesión del Foro de Sao Paulo celebrada en Montevideo, Uruguay.
El presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, en su discurso aseguró que la gesta de los tupamaros sirvió a los nicaragüenses que “nos inspirábamos, nos moralizábamos con la lucha que ustedes estaban librando”, aseveró.
Según Jacinto Suárez, diputado y presidente de la Comisión de Asuntos Exteriores del parlamento nicaragüense, en los años ochenta varios miembros del Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros, entre ellos, Raúl Sendic, visitaron tierra nica.
“Estoy casi seguro que El Pepe estuvo aquí en los ochenta”. dice.
A casi siete años de la ceremonia de condecoración en Montevideo, la relación entre Uruguay y Nicaragua no es tan estrecha como la que existe con otros países del sur de América (Venezuela y Bolivia por mencionar algunos), aunque Suárez afirma que ambas naciones “hemos tenido buena relación y amistad”.
El intercambio de embajadores y la firma de al menos dos convenios a finales de 2014 son las acciones de colaboración más concretas hasta la fecha.
De los convenios suscritos uno es un acuerdo de cooperación en materia agropecuaria y el segundo un acuerdo complementario de cooperación en materia de seguridad ciudadana.
Ambos fueron publicados en La Gaceta Diario oficial de Nicaragua en noviembre del 2014.

 (AP Photo/Alejandro Arigon)
Daniel Ortega Saavedra y José Mujica en la clausura de la XIV Sesión del Foro de Sao Paulo que se llevó a cabo en Montevideo, en el año 2008.

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