Rimbaud doctor de animales

Perfil - 08.10.2006
Enrique Rimbaud

Es uruguayo excéntrico: duerme y vive entre doce distintas especies animales, es capaz de llamar a la Policía para denunciar el secuestro de una gata y aparte de recorrer el país sanando perros, vacas y cerdos, ahora recoge firmas para impulsar ante la ONU la Declaración Universal de los Derechos Animales

José Adán Silva

Ha sido un buen año el 2006: solamente un caballo lo pateó, apenas un mono lo atacó y el único animal que le clavó los dientes fue una iguana. Cosas peores ha pasado y testigo de ello han sido las 70 lesiones en todo el cuerpo que le han provocado las patadas de bestias dolidas, los pisotones de bovinos bravos, los mordiscos de perros ariscos, las rasguñadas de felinos asustados o los picotazos de aves ofendidas.

Y es que ser médico veterinario no es cosa de recibir gratitudes y cariños de los pacientes, pero eso no le importó a Enrique D’Artagnan Rimbaud Giambruno a la hora de decidir qué quería ser en la vida y cómo quería ganarse el pan.

Decir que alguien vive de los animales, que los protege y los defiende, es esperar que ese alguien sea amante de la naturaleza, que viva en consonancia con el mundo básico, ese de aire puro y aguas cristalinas, que predique el discurso de una tierra salvaje con una vida natural. Pero Rimbaud no es ese alguien: éste fuma como si quisiera terminar sus últimos días asido a una colilla de cigarro, bebe mate amargo para estar en paz y come y tiene por pasatiempo asar carnes animales y hartarse de ellas. “Soy un depredador, no un cazador”, dice a modo de excusa y bromea sobre su personalidad: “Soy un hombre común, bailo, canto, tomo mis tragos, hago música, me gustan las mujeres pero me encanta mi profesión”, dice este recio uruguayo de 47 años, calvo y barba blanca, cerrada, a lo Sean Connery, que hace de Decano de la Facultad de Ciencias Agrarias de la Universidad de Ciencias Comerciales (UCC).

Viéndolo ahí sentado, interrumpiendo cuantas veces sea la entrevista para contestar cuanta llamada telefónica suene, con la camisa abierta a la altura del pecho, jeans viejo y aires de así-soy-no-te-asustes, no puede uno menos que pensar que más que médico veterinario parece degollador de vacas. Pronto se da cuenta uno que no es la percepción anterior lo que identifica a este hombre.

A Rimbaud se le va conociendo en Nicaragua, poco a poco y desde hace unos años, con la imagen del señor que cura a los caballos cholencos, o del hombre que vacuna y opera a perros y gatos por todo el país, o como el doctor que promueve crianzas de garrapatas, concursos de animales exóticos o consejero de mascotas.

Al doctor de animales también le gusta la música, los asados, las mujeres y la vida de campo.

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Este no es un país extraño para él. Cuando era estudiante en su natal Uruguay, Nicaragua vivía una guerra civil que despertaba simpatías entre juventudes utópicas y gente de buenos corazones o ansias de lucha entre aspirantes a combatientes internacionales.

En esos años, inicios de los ochenta, Rimbaud era dirigente estudiantil. En Uruguay era el presidente del Comité de Apoyo a Nicaragua. “En la época de la Revolución mandamos contribuciones, mandamos gente a cortar café, algodón, a cooperar con el país”, recuerda. Pero luego terminó la guerra, vino la paz y con ello, el olvido por el país de las utopías.

Otra tragedia le trajo los recuerdos a Nicaragua: el huracán Mitch, en octubre de 1998. “Cuando vino el Mitch, la universidad de la República de Uruguay manda una delegación en apoyo a la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua-León, para ver cómo se podía ayudar a los productores afectados”, cuenta con ese su hablado que recuerda el deje argentino, pero con menos exageraciones.

“Ahí hicimos conferencias en León y en una conferencia se me fue a presentar el cónsul de Uruguay, que era el doctor Gilberto Bergman, el rector de la UCC, y en ese momento me planteó la posibilidad de abrir en la UCC una Facultad de Ciencias Agrarias, que si no quería estar a cargo. Le dije que me avisara del proyecto”. Le avisaron en el 2002 y desde entonces anda por acá.

Nicaragua era lo que esperaba encontrar: un país tropical, lleno de animales, fincas y mucha vida natural. “Vine a redescubrir la medicina veterinaria, todo acá en ese sentido estaba nuevo y yo me sentía nacido de nuevo”, resume Rimbaud el encuentro con el país que soñó desde su época estudiantil.

Salvando las diferencias, encontró un país llenó de animales, pero no tantos como en su país. “Mi país es un país particular, yo siempre digo que Uruguay es un país animal, porque es un poquito más grande que Nicaragua, es todo plano, pero tenemos 14 millones de vacas, 20 millones de ovejas, y sólo tres millones de personas. El día que los animales voten yo gano el gobierno”, festeja en este ambiente lleno de humo que es su oficina.

¿Qué hace la diferencia entre su país animal y la Nicaragua llena de perros y caballos famélicos que encontró? La pobreza. “Aquí la mayoría de las relaciones entre animales y humanos son por necesidades económicas; 30 mil familias viven de un caballo que jala un carretón, la parte de mascotas es algo emergente, algo que apenas inicia, el espacio de protección animal no existía, nosotros ayudamos a crear ese espacio, y los vínculos de la mayoría de los nicaragüenses con los animales es de sobrevivencia”, analiza. “Para sobrevivir la gente tiene economías de patio, sus gallinas, sus cerdos, sus vaquitas, sus cabritas, entonces hay una relación mayoritariamente de supervivencia, por otro lado, también hay relaciones de trabajo, los bueyes y los caballos son muy importantes y por último está la relación afectiva, con las mascotas familiares que son tan comunes, todo el mundo tiene perros, gatos, pájaros y poco a poco se van abriendo a nuevos animales como culebras y otras”, explica.

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A Rimbaud se le ha visto en muchas cosas que involucran a animales: un día vacunando caballos por aquí, otro día operando perros por allá, otro día premiando boas más acá, acarreando tortuguitas al mar, promoviendo debates sobre la protección animal y opinando sobre la fauna en general en los medios. En fin, se habla de animales y ahí está él y sus estudiantes universitarios de la UCC.

Por eso resulta inevitable preguntarle: ¿Qué situación viven los animales en Nicaragua? ¿Somos iguales o menos crueles con la fauna que en otras sociedades? “Hay de todo”, dice y se levanta del asiento y trae al escritorio una computadora portátil que tras encender nos muestra para ver sus ejemplos en imágenes digitales.

“El maltrato a los animales es común en todas partes. Donde hemos visto bastante maldad es en los caballos carretoneros, muchos son maltratos por ignorancia”, dice y señala la foto donde se ve el cuerpo de un caballo al que se le miran decenas del mismo fierro impresos en el cuero del noble bruto con marcas de fuego. Fue marcado con saña.

“En Managua, por ejemplo, está la creencia de que si un caballo tiene tétanos, vos lo marcás con fuego varias veces y le quitas el tétano, luego cuando llegamos nosotros nos enteramos que el caballo tiene 60 ó 70 heridas por fuego y el animal tiene tétanos, o sea que no le curan las enfermedades, hieren a los animales y encima los hacen sufrir. Es una tortura brutal, pero para eso estamos luchando”, dice ahora, ya risas fuera, con el rostro sombrío, porque ha de empezar a enumerar una lista de maltratos vistos que parecen dolerle tanto como las patadas de los caballos.

“He visto otros maltratos de vecinos: una señora nos trajo un perro con fracturas y huesos expuestos por golpes, lo curamos y le buscamos otro hogar, han venido animales con las alas rotas, perros casi muertos por mala alimentación, y otros con heridas infectadas…” Para evitar eso, dice ahora, recuperando la armonía en el rostro del Rimbaud de las bromas, estarán impulsando en todo octubre una campaña de recolección de firmas para pedir a la Organización de Naciones Unidas una declaración universal de los derechos del animal.

“Los animales tienen derecho a ser libres”, dice y cuenta una anécdota que revela el porqué insiste en la libertad de los animales. Un mal día un vecino suyo de mal genio secuestró a su gata “Clarita” y él tuvo que llamar a la Policía y denunciar ante los medios al secuestrador de gatos.

“En todos los barrios hay gatos callejeros; yo tengo varias gatas pero están castradas, comen mejor que yo en casa y están mejor cuidadas que nadie, pero son animales que por naturaleza salen a cazar, a explorar territorios, y así se iban a la casa de un vecino, pero a él se le ocurrió que mis gatas iban por su casa a desparramar la basura en busca de comida, cosa que yo niego”.

“Un día una de mis gatas pasó por la casa del vecino, él la agarró con un obrero, la ató y la dejó encerrada por varias horas. La secuestró y la maltrató. Yo llamé a la Policía y puse la denuncia por secuestro, él se negaba pero al final la liberó. Creo que es un hombre que le tiene mal talante a los animales”.

Un Firulais yace en la mesa de operaciones, donde Rimbaud muestra a los estudiantes el cuerpo de un perro.

¿Qué piensa usted de las personas que odian a los animales? Creo que eso es sobre todo por problemas de educación. Los hombres y los animales están relacionados desde siempre, incluso hay una afinidad muy grande entre el hombre y el perro, que difícilmente uno rechace al otro. A veces es por miedo, quizás por malas experiencias, que de pequeño algún animal quizás te asustó o te atacó. Conozco una periodista que odia a los gatos porque cuando estaba pequeña se levantó a medianoche y vio los ojos brillantes del gato y eso le aterrorizó y ahora relaciona al animal con el terror, y eso queda en la memoria, pero se puede superar el miedo a los animales.

¿Por qué decidió curar animales y no personas? Mirá a mí siempre me gustaron los animales, desde pequeño yo contaba y jugaba con insectos. Mi familia nunca tuvo muchos medios, así que yo me independicé bastante joven, y a los quince años hice un curso de inseminación artificial y mediante la inseminación de vacas en una finca me costeé la universidad.

Y al conocer ya la medicina animal ¿no se le ocurrió pasar a otra etapa de la medicina, como la medicina humana?

No, la medicina animal es más interesante a mi juicio. Yo siempre bromeo con los médicos y les digo que nosotros los veterinarios sabemos más que ellos, porque es más fácil preguntarle a tu paciente dónde te duele, que descubrir dónde le duele a un animal, Además el ser humano es igual en su sistema, su estructura, y el animal es distinto, una vaca tiene cuatro estómagos, un caballo tiene un estómago pequeño, un perro es otro estómago, cada uno desarrolla enfermedades distintas, hay que estudiar mucho para conocer sobre los animales, son más de 72 especialidades diferentes.

En medicina humana las personas agradecen la atención ¿en veterinaria los animales agradecen?

A su modo, la mayor de las veces reaccionan agresivos, pero si pudieran hablar, lo harían con más sinceridad que los humanos. Este año me ha ido bien, un caballo me pateó, un mono me atacó y me mordió una iguana. Es suave. He pasado cosas peores.

¿Y usted goza recibiendo patadas y rasguños?

No, claro que no, es la parte fea de la profesión, pero lo que compensa es la satisfacción de hacer bien tu trabajo. Es verdad, la carrera de veterinaria es muy peligrosa, de hecho si vos te querés hacer un seguro de vida en una agencia internacional, te consideran categoría quince, que es la misma categoría del soldado, policía y bombero. Yo ya llevo centenares de patadas de caballo, ya no tengo articulaciones en los dedos de los pies, de tanto pisotones de los toros y las vacas, se me han pulverizado los huesos, tres veces me ha dado brucelosis, una enfermedad bovina, me han arañado, me han mordido. Otra vez un gato saltó de una caja y el animal voló y al yo agarrarlo, me mordió un dedo de la mano y me arrancó casi la punta del dedo, del dolor y por reflejo le encajé una patada al gato, pero luego lo curé, pero me quedó tan contaminado el dedo que casi me da gangrena, por poco y pierdo el dedo. Otra vez un perro me arrancó una uña, otro perro me clavó los colmillos en las venas del antebrazo; las patadas de caballo me han roto huesos, otra vez fui llevado de urgencia a un hospital al descubrir que un animal muerto que había revisado tenía ántrax… Es un trabajo duro, pero me gusta y me satisface.

¿Y come animales?

Claro, me gustan los asados, soy un depredador, pero no un cazador. Es algo natural.

¿Va de caza, asiste a las peleas de gallos, las carreras de caballos o montadas de toros?

Yo estoy en contra de cuando se utilizan animales para divertirse. Más cuando se les echa a pelear, no me gustan las peleas de gallos, ni las peleas de perros, ni las corridas de toros, si alguien quiere ver sangre que se meta a los golpes con otro cristiano y hagan lo que quieran, pero no deben poner a los animales a pelear. El Ben Hur (concurso de carreras de caballos con carretones) me parece que está haciendo un despropósito, ya que los animales que ahí se ven no son animales de deportes, son animales de carga, mal alimentados, mal cuidados, mal entrenados, cansados, heridos, hay caballos de deporte en todo el mundo, por qué no buscan de ese tipo de animales, se está abusando de los animales en esas competencias, distinto fuera si se les exhibiera en una hípica, pero exponerlos al agotamiento por diversión, es algo cruel.

¿Qué tanto le atraen los animales?

Jajaja, no soy un pervertido, me gustan las mascotas y en mi casa hay gatas, perros, monos, peces, boas y loras, pero a mí me gustan las mujeres, son mi animal favorito, pero no lo tomés a mal, todos los seres humanos somos del reino animal.

Ya es común desde hace 4 años, ver a Enrique Rimbaud, y sus estudiantes atendiendo animales en todo el país, principalmente a caballos, perros y vacas.

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