Róger Pérez de la Rocha y su otro yo

Perfil - 10.02.2008
El pintor Róger Pérez de la Rocha y su otro yo

En la balanza de la personalidad de este pintor puntea por ahora el hombre generoso, el genio, pero un día hubo un Pérez de la Rocha alcohólico y pendenciero que él no quiere recordar.
El pintor prefiere hablar del amor y su arte

Octavio Enríquez
Fotos de Orlando Valenzuela y Uriel Molina

El flaco, con porte de profesor de escuela, se quiso matar. Cuando tenía 19 años agarró una hoja de afeitar y, en vez de quitarse la barba, se cortó las venas.

Se sentía perseguido. Angustiado supuestamente por problemas políticos. Y entonces lo llevaron a una comunidad para recuperarse, un paraíso inventado por un poeta para la creación artística de campesinos, llamado Solentiname.

Se fue con Ernesto Cardenal en un barco que atravesó el Gran Lago. Iba cantando boleros, la música de su infancia, que entonaba a medida que el barco se sacudía en aquellos días en que ignoraban que lo que hacía bambolear la embarcación era la cola de un huracán.

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El poeta, barba blanca, que convirtió la cotona y boina en su look religioso, había recibido una nota de Rodrigo Peñalba, director de la Escuela de Bellas Artes, recomendando al muchacho y diciendo que aquel desgarbado sería uno de los mejores pintores de Nicaragua.

Y en el pacífico Solentiname, donde se curaría, un día se levantó temprano y se pegó un tiro en una pierna con un rifle 22. Quería sentir qué era eso, qué había sentido el Ché cuando lo balearon, según cuenta Cardenal en uno de los tomos de sus memorias, llamado Las Ínsulas Extrañas.

Róger Pérez de la Rocha, barba entrecana, ojos pequeños, tiene 59 años. No enseña la pierna del balazo, pero sí muestra sus brazos víctimas de la navaja de afeitar. Y allí están, allí se ven, las cicatrices y uno no deja de preguntarse en qué momento, cuál fue la razón para querer matarse. Pero rápidamente se entenderá cuando hable, cuando suelte su historia.

“Cuesta hablar mal de uno mismo”, confiesa en su estudio, en su reino: dos oficinas, una donde son acomodados cuidadosamente sus libros, y en otra donde está el caballete, las pinturas, los spray y que un día puede estar habitada por una mujer que dibujará desnuda o solamente por él, viendo fotografías que dispara como loco durante todo el día desde su cámara digital, para luego darse ideas y crear en soledad sus cuadros.

Hay en el estudio una botella que le recuerda su pasado: un envase vacío de whisky Old Park (“recuerdos de guerras pasadas y para las clases de dibujo”, sostiene con ironía), además de instrumentos musicales que un amigo le obsequió o un cuadro en proceso: se ven varios rostros de hombres, algunos chorreados.

“Realmente todo aquí tiene un significado. Desde las herramientas de trabajo como puedes ver, libros que consulto todos los días, mis materiales, pinturas en proceso, bocetos, aquí me encierro, me concentro, sufro, vivo, realizo mis creaciones. Me he habituado a trabajar encerrado en estas paredes, encontrándome conmigo mismo, soportándome, viviéndome, sufriendo”, declama, porque cuando habla de sus pinturas es un poeta.Róger Pérez de la Rocha

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Durante muchos años, lo más malo de su personalidad anduvo suelto. Ebrio apaleó supuestamente a sus mujeres, le quebró a una el vidrio de su carro con un bate, estuvo preso y se tejió esta leyenda: pese a las groserías, sus mujeres lo buscaban. Terminaban reconciliándose.

Carlos Martínez Rivas, uno de los más grandes poetas de Nicaragua y el mentor de Pérez de la Rocha mientras vivió en España, dijo: “Róger no es el mujeriego, ellas son las rogeriegas”.

Cuando lo escucha, ríe en un primer encuentro. Pasarían cuatro sesiones para que relatara parte de estos percances, ahora que el buen Róger parece imponerse. Lleva seis años sin beber y pasaría de todo a lo largo de estos días con el maestro de la pintura: se mostraría enojado por un problema con su tarjeta de crédito, después le enseñaría a unas jóvenes a pintar un fin de semana y otro día vino la sorpresa.

—Venite. Ella acaba de venir. Vas a ver qué linda —dijo por teléfono entonces.

Y ella lo amó a él, y vive en Suiza y está casada de nuevo. Lo andaba visitando, pidiéndole que le retratara a su madre.

Este pintor recibió su primer reconocimiento grande en 1972, cuando ganó una mención especial en una bienal centroamericana y se catapultó al éxito. “He seguido siendo el mismo, nunca me he elevado demasiado”, aclara.

Lleva 40 años en el oficio sin dejar de pintar ni 15 días. Es considerado una gloria nacional. Ha logrado vender sus cuadros hasta en 20 mil dólares y sus retratos de Sandino y Darío se hallan en edificios públicos o en colecciones privadas.Róger Pérez de la Rocha

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Pérez de la Rocha demoró un día cuando menos en contestar su correo electrónico y en la primera visita llegó tarde. “No está”, respondió Tito por teléfono.

Miguel Ernesto Montiel, “Tito”, es su asistente desde hace diez años, tiene un bigote fino, es parsimonioso y una sombra que se pasea en el taller, en el que se escucha música clásica.

El pintor trabaja escuchando radio Güegüense, se aísla en su cuarto, pero ahorita no está.

—Ya llamó preguntando si usted había llegado —dice Tito educado, quien otro día explicará, ante la ausencia nuevamente de su maestro, que el trabajo del artista no es de oficina, “es diferente”. No hay un horario de ocho de la mañana a cinco de la tarde.

A Pérez de la Rocha lo conoció cuando era un joven. Cuando aún estaba en secundaria. El pintor haría una exposición y lo vio en el colegio. Sacó una tarjeta y le puso su firma. Quedaron como amigos y tiempo después se convertiría en su asistente.

A lo largo de estos diez años de vivencias ha visto como su amigo se ponía violento, estallaba. “Era explosivo, temperamental. Fue una etapa difícil. Yo viví muchas experiencias con él en esa etapa. Podrían salir miles de anécdotas, son cosas que pasaron”, dice.

Se nota que hace énfasis en el pasado. En esa historia de alcohólico superada. “Ahora –aclara– hace más observaciones”.

Según Tito, tiene un carácter distinto, centrado más bien en el orden y los detalles. “Es delicado y observador por el tipo de trabajo que realiza sin llegar a ser minucioso. Pintura es pintura, libros son libros, papel tal en tal parte, recibos en otro lugar”, describe.

Y también fue el maestro duro, de esos insoportables que a cualquiera saca de quicio, pero al que se termina agradeciendo. Una vez le agarró un cuadro y lo convirtió en una pelota. La bola la tiró al cesto de la basura.

“Lo que no sirve hay que tirarlo”, recuerda que le dijo el pintor, cuyo nombre debería ser otro, si fuera por la Iglesia y el Registro Civil.

Pérez de la Rocha se puso ese “de la” aristocrático para darse caché, lustro al apellido, según contó en un libro que habla de su vida. Su verdadero nombre es Róger Franco Pérez, pero como su padre Luis Franco estaba casado con otra mujer él llevó los apellidos de la madre.

Como Rubén Darío, como Carlos Martínez Rivas, este pintor fue un mimado. Así lo dice el poeta Julio Valle-Castillo en un estudio crítico, donde describe la personalidad y el trabajo de este maestro, “un pintor de la raza de los románticos”.

“Se le vio como un niño prodigio, otro niño genio, el pintor genio en el arte nacional, acaso antes como sólo se había admirado en la literatura a los poetas niños Rubén Darío, Joaquín Pasos o Carlos Martínez Rivas. El precoz artista procaz y refinado que, a punto de perderse, es encontrado para ser mimado y cuidado por las figuras mayores de la cultura local”, dice Valle-Castillo

Peñalba lo atendió. Pablo Antonio Cuadra, según este crítico y poeta, le reprodujo sus dibujos en La Prensa Literaria y en la revista El Pez y la Serpiente. De allí salió a Solentiname, donde se pegó el tiro y además enseñó a pintar a varios campesinos y luego se fue becado a España donde Carlos Martínez lo acogió después de recibir esta carta del poeta Ernesto Cardenal.

Nuestra Señora de Solentiname,
Septiembre de 1968
Gran Lago de Nicaragua
A Carlos Martínez Rivas.
Querido Carlos:
Allí te va nuestro gran pintor Róger Pérez de la Rocha. Espero que tu compañía le haga mucho bien. Te pido que lo lleves o le señales museos, pinacotecas, galerías y colecciones y le presentés amigos pintores de los muchos que tenés. Te pido que no lo hagas beber, ya que él tiene problemas con la bebida. Te pido también que no bebas vos, ya que es más importante escribir, que beber, porque no sabemos cuánto tiempo nos queda de vida.
Te abraza, unido en Cristo
Ernesto

***

Una de sus amigas dice que es loco de nacimiento. Vino al mundo bajo el signo de Aries el 27 de marzo de 1949. “Soy un ariano, un hombre de Marte el Dios de la guerra”, reconoció.

La biografía de Pérez de la Rocha podría explicar en qué momento salió su yo malo del armario. Un resumen diría que tuvo dos parientes alcohólicos, lo que sucede con muchas personas en Nicaragua.

Se diría también que fue criado por su abuela Josefa Rocha –tempranamente viuda– en el barrio Bóer de la vieja Managua, en un sector precedido primero por las casas de los pobres y luego por la de funcionarios somocistas.

En una esquina estaba la panadería La Tica, enfrente de la casa la cantina de Carlos Rocha “El Manguito”, donde sonaban boleros y canciones de La Sonora Matancera, su música de cuna.

“Mi casa quedaba exactamente en el Callejón de Alí Babá y los 40 Ladrones (los somocistas), pero yo no era ni Alí Babá ni los 40 ladrones. Mis amigos desde entonces son de todos los calibres: taxistas, camioneros, mafiosos, boxeadores, vendedores de carros, tortilleras, zapateros, corredores de motos… Me gustan los malhablados (aunque las malas palabras no existan). Los difíciles. Yo mismo pertenezco al gremio de los difíciles. Y mis amigos preferidos son los inconformes. Pero me refiero a los inconformes que van hacia delante”, recuerda en su biografía.

El pintor fue criado por su abuela porque su padre además se vio obligado a salir del país en 1961, porque el régimen de los Somoza lo perseguía.

La madre del pintor, Teresa Pérez Rocha, tenía desde entonces epilepsia. Así que a quien le sacó las canas fue a su abuela Josefa que debió aguantar las quejas de los vecinos, siempre molestos porque él les rayaba las paredes, según Erlinda, tía del pintor.

—Hijo, ¿no querés aprender un oficio?

—Lo que siempre he querido es pintar y pintar, pintar y pintar.

Así recuerda el diálogo su tía Erlinda. Ella es un buen ejemplo para medir el orgullo que sienten los Pérez: viste una camisa con un Jesús pintado por su sobrino, se llama Buscando tu rostro.

Pero en asuntos de amores lo condena. A ella nunca le gustó la vida amorosa desordenada que tuvo el sobrino desde pequeño. “El callejon estaba lleno de muchachas adorables y todas llegaban a comprar refrescos, comida o flores y frutas que vendía mi abuela —dice él en su biografía—: Marta Luz, Zoila, una flaca con unas tetas divinas; la Chayo, Luz Marina, que eran las que me gustaban a mí”.

Y la vida lo llevó a casarse temprano y a acumular rápidamente una lista de más de cuatro esposas, “todas princesas, a mí siempre me gustaron las princesas”, fanfarronea. Y de esas uniones ha tenido al menos tres hijos, entre ellos Gonzalo, quien siempre lo acompaña.

“Cada una me quería, cada una me guardaba en su vientre. Sí esa fue una dicha, fue una dicha porque realmente son mujeres lindas. No fui un mal tipo, la prueba es que me llevo estupendamente con ellas”, explica adelantándose a las críticas.

Una tarde aburrida, nada pasa en la redacción de La Prensa. Una llamada telefónica.

—Venite. Ella acaba de venir. Vas a ver qué linda —piden por teléfono y suena a exigencia. Es Róger Pérez que narra que ella llegó hace dos días y que ahora permanecerá unas horas.

Ella es Lucila Cajina, morena, un pelo negro como Pocahontas, con dos hijos, una mujer que lo amó, que vive en Suiza y está casada de nuevo. Lo anda visitando. Aclara que ha llegado para pedirle que le retrate a su madre.

La tarde está cayendo y en el estudio ella enciende un cigarro. Él se pasea expectante, curioso, dice que se va al otro lado a buscar unas cosas, pero ya regresará, sonreirá recordando y le contará que le están escribiendo un perfil, que el encuentro es natural. Nada planificado.

Ella pone el cigarro en la comisura de sus labios. Está dispuesta a compartir sus recuerdos que empezarán cuando vino al país, después de vivir un tiempo en Francia, en 1979.

En ese año conoció al artista en la colonia Dambach. Él pintaba, ella quería aprender, y una tarde se lo encontró pidiendo a gritos un lápiz en una cafetería. Había muchos artistas allí y él quería dibujar algo.

Le dio obligada su lápiz de ceja y pronto vio como la tomaba por modelo y hacía una obra de arte. La vida de esta mujer con el pintor ha ido de sorpresa en sorpresa. La última sería en el 2005, cuando muchos años después de aquellas vivencias explosivas se contempló desnuda en un libro de pintura.

“Fue un impacto. Para una persona normal, común y corriente, verse en el libro de un artista. Me llevé el libro, lo pagué. Cuando llegué a la casa, lo empecé a leer, y empecé a reconocer a gente que conozco, llego a la página y allí estaba. No sabía si reírme. Me causó una emoción fuerte. Me lo llevé para Suiza. Estando allá se lo enseñé a mi esposo, no se molestó, él también es artista”, recuerda.

La relación de ambos fue intensa, pero tuvo como todo sus bemoles: los celos y el alcohol.

“Róger conoce bien el alma humana, y de pronto se convertía en un demonio cuando tomaba. Eso le echó a perder muchas cosas. Creo que fue eso lo que nos distanció, yo no soportaba. Sano era lo más dulce que se te ocurra”, dice.

—¿Es verdad que golpeaba a sus mujeres? —pregunto en el estacionamiento cuando ella se va.

—A mí no me pegó (niega rápidamente). Pero era impredecible. No se podía saber si estaba bien o estaba mal. Siempre me mantenía a distancia. Todos los artistas tienen ese problema de alcoholismo, mucha gente toma en este país en exceso —justifica. Ya no volverá a ver a Pérez, muy pronto regresará a Suiza.

—¿Es verdad que golpeaba a sus mujeres? —le hago la pregunta esta vez a Ángela Saballos, blanca, pelo castaño, periodista y ex esposa del artista.

Estamos en otro escenario, en su casa en la colonia Los Robles. Hay mucha vegetación en el patio, muchos cuadros de su ex marido a cada centímetro de la pared. Y también se escucha música clásica, gusto compartido con el artista.

—Una de las tías de él asegura que le pegaba a las mujeres y quebraba vidrios de carros, ¿es cierto?

—Prefiero no comentar —dice y la tónica se mantendrá. Hace un gesto de “no” con la cabeza. Pero sí reconoce que era una persona violenta, que “el alcoholismo es una enfermedad que ¡gracias a Dios lo está superando!”

De él dirá que es un hombre generoso, capaz de quitarse lo que anda encima para dárselo a otro; que prefiere apartar los malos recuerdos y que, a diferencia de otros hombres, él sí tenía tiempo para su mujer. Siguiendo esa lógica, le daba mucho amor, se interesaba en ella y la hacía partícipe de su obra como la vez que Saballos puso unas ramas secas en un cuadro o el día que, mientras él se rehabilitaba en una clínica muy cerca de la laguna de Xiloá, le dio un dibujo que había hecho con sangre.

“Yo quería expresarlo todo. No sé. Yo he sido de grandezas y miserias. De mucho sentimiento trágico de la vida”, confiesa.

***

Hablar del alcoholismo es un tema espinoso si se tiene enfrente a este pintor. Frente a su escritorio, en el que se ubica ahora y modela como divo, señala al motor de su cambio.

Es su hija de nueve años, Luisa Margarita, que ve desde una foto colgada en la pared a este moreno. La niña está acompañada de su madre, Luvy Rappaccioli.

“Yo viví en un infierno”, alerta el artista que se irá abriendo a medida que avanzan los días.

—¿Por qué tantos matrimonios, mujeres? —pregunto.

—Yo te podría decir que en mí se despertó por el uso y abuso con la bebida, lo que al comienzo fue los días de vino, bohemia, de los poetas con Raúl Orozco, Michelle Najlis, con muchos guerrilleros, Leonel Rugama, muchachos y muchachas estupendos.

El vino se vino haciendo como un compañero de trabajo y después como una muleta para trabajar, calentarme, relajarme.

Ese aliado se convirtió en mi peor enemigo. Pasé por las peores pesadillas que te podés imaginar. Me quitó todas las facultades. Sufrí ataques de nervios, amanecer sin saber cómo había llegado. Amanecer tirado en un hotel. Todo capital
derrochado, siquiatras detrás de mí, amigos, familiares buscando cómo ayudarme.

Y con el alcohol, ahonda, se metió a experimentar en el mundo de las drogas. No hay vergüenza cuando lo cuenta. Lo dice firme, sincero.

“Hasta que me llegó al punto que era un hombre desahuciado. Los médicos lo decían. El licor fue tan pesado como Martínez Rivas, (Rubén) Darío, Lowry, hasta que me convertí en un basuquero. Comenzaba en los ranchos y terminaba en el bar y restaurante la cuneta”, añade el pintor.

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Pero este hombre que se queja de su vida pasada ha cambiado. Lleva seis años de no beberse un trago de licor. Ahora ayuda en un centro de rehabilitación, colabora con el Ministerio de Salud. Es un cruzado contra el negocio del alcoholismo y dice que está convencido de que no hay caso perdido en asuntos de adicciones.

—Usted tenía 19 años cuando se quiso suicidar, ¿por qué? —le digo al día siguiente. Otra vez música clásica. Otra vez paseándose como divo en su cuarto de trabajo.

—Aquí están las señas (enseña los antebrazos), fue un delirio de persecución. Estaba metido en asuntos del Frente Sandinista, a un amigo mío Leonel Vanegas lo habían echado preso, habían capturado a Silvio Mayorga, yo pensé que me capturarían vivo, fue una crisis personal. A raíz de ese pleito llego donde Pablo Antonio Cuadra y así conozco a Ernesto Cardenal, y me fui a Solentiname.

—Allá todos cuentan que se levantó un día y se pegó un tiro, ¿Por qué se disparó a una pierna?

—Yo quería saber si algún día estaba en la guerrilla cómo se sentía un balazo. Tendría como 19 ó 20 años. Era jovencito, metido en cosas de hombre viejo. Desde entonces Ernesto me quitó el rifle Remington 22. Llegaba con los pulsos cortados. Estaba en crisis. Me llevaron a San Carlos de emergencia. Pasé varios días con un tremendo dolor en las piernas —hace un gesto con la cara, la arruga, se queja. Esta vez ha traído un block en el que dibujó otra experiencia en el hospital. Rostros tristes se ven allí, cráneos, encefalogramas dibujados, manos y a él mismo, sufriendo, recostado en una cama: el Róger malo. Y él, cambiado, viéndose en el espejo.

—¿Existe una eterna contradicción entre el Róger de ahora y el Róger malo de su pasado?

—Creo que antes había un Róger enfermo, que no era exactamente el Róger malo. Creo que soy un hombre de buenos sentimientos. Siento mucho, yo soy un sensitivo, siento mucho —añade intentando convencer.

—Usted dijo que vivió un infierno, ¿se arrepiente de algo?

—De nada (tono firme). Estoy seguro que Dios me puso en el camino. Todas esas caídas sirvieron para irme moldeando.

—Hay gente que dice que usted le pegaba a sus mujeres, que le pegó un batazo al carro de una de sus esposas.

—Prefiero no tocar eso del coche (inseguro, mira desconfiado), porque ese no era yo. Era el otro Róger, enfermo de alcoholismo. Hay que ver el problema es que el licor es una droga legal que hace muchísimo dinero. Es un veneno tan peligroso como cualquier otra droga. Es una cosa que hace muchísimo daño en la razón del hombre, yo por hoy estoy convencido que no beberé —asegura y esa cantilena se la repetirá todos los días. Como un “Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre”...

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