Ronald Abud

Perfil - 21.11.2004
Ronald Abud

Las danzas folclóricas de Diriamba han sido su fuente de inspiración. Bailó toda su juventud y luego se dedicó a dirigir su propio ballet. Hoy es uno de los directores más respetados del país. Es Ronald Abud, un vanidoso empedernido al que le fascina verse en televisión

Amalia Morales
Fotos de Orlando Valenzuela

Niña: será que me voy a morir, es que en todos lados me han entrevistado", dice, más bromista que preocupado, Ronald Abud Vivas, quien últimamente ha salido mucho en la televisión y los periódicos.

Por tercera vez mira el vídeo de la entrevista que le hicieron en el Canal 2. Como quien se planta ante un espejo se contempla en las imágenes de la grabación. Se ve con un atuendo parecido al que lleva ahora: pantalón corto, camisa estilo polo y sus deportivos negros Reebok, con calcetines blancos a media pantorrilla. Se reconoce también el escenario de la entrevista. El fresco corredor de su casa, rodeado de flores inodoras y árboles, debajo de los cuales corretea Emmanuel, un niño que tiene edad para ser nieto de Abud, y su perro "Benyi".

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Contrario a lo que generalmente ocurre, la pantalla no desproporciona la figura de Abud. Se ve igual. El rostro ovalado, tal vez gotas de su sangre libanesa, no se ve más ancho de lo que realmente es. Cuando sonríe las mismas bolsas resaltadas de los ojos. Un poco más barrigón, sí alcanza a insinuarlo la cámara, pero a él no le importa. Está feliz con su retrato televisivo. "A todo mundo le encantó. Mis amigos me han felicitado, dicen que lo manejé muy bien", cuenta con entusiasmo al rever, sin despegar el ojo, sus respuestas en la tele.

Ronald Abud
A Ronald Abu le encanta posar, esta vez en el patio de su casa, uno de los sitios donde mejor se siente. Foto: Orlando Valenzuela

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El monólogo de su vida

Dentro de la pantalla se porta como si hubiera seguido al pie de la letra los textos de un monólogo que se propone representar nuevamente esta mañana. Vuelve a contar lo mismo. Sabe que hay menos premura que en la tele, entonces confía algunos detalles más de su vida artística, que consumen dos horas de baterías. Pero en cambio, hace más advertencias sobre el tratamiento de su vida privada. "Me gusta que la gente me conozca por mi arte", insiste.

Suelta una vez más la perorata de sus orígenes. Que su abuelo era libanés y se vino de Panamá a este país y se instaló en Carazo, donde hizo vida con su abuela. Que procreó a su papá y hace chiste, con que éste heredó un 50 por ciento de sangre árabe, y él nada más un 25 por ciento, así que "tengo un chelín de árabe". Lo dice en la vida real y en la pantalla. Ahora su guión imaginario lo remonta a los inicios de su vocación artística. La vena del baile le palpitó a los cinco años cuando veía las danzas folclóricas en las calles de Diriamba, su pueblo natal. Entonces repite la anécdota que también dijo a la tv: que de niño le tenía miedo a los bailantes enmascarados y para quitárselo, su papá lo acercó a uno de ellos y le pidió que se descubriera el rostro para que viera que era un hombre de carne y hueso. Así dejó de huirles. Ahora revela un detalle que olvidó frente a la cámara. Dice que más o menos a esa edad se ganó su primer real bailando. En la calle se oía el "por qué muchilanga le dio a Bernabé" —la famosa canción de Celia Cruz— y por instinto comenzó a menearse. Una señora lo vio y dijo: "Qué lindo el muchachito como baila. Volvé a bailar y te doy un rial". La barata que sonaba el tema pasó de nuevo y el niño volvió a sacudirse. Luego gastó el centavo que se ganó en una cajeta de batata.

Otro detalle generoso es que de adolescente fue monaguillo y salía con el cura de su iglesia a misiones en comunidades aledañas.

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Nada más memorable parece recordar de esos años, excepto que a los 17 se tropezó con lo que hoy constituye su medio de vida: el folclor. Pensó que sería un pasatiempo transitorio entre la secundaria y la universidad, pero acabó convirtiéndose en pasión. Al año, había constituido un grupo folclórico con amigos y parientes que sería la semilla de su Ballet Folclórico Nicaragüense, el que creó hace 35 años. "Ando guapo, si querés más iconos, porque ahí se ve como cuartería de octava", dice rechazando el ropero que está a su espalda. Pide gusto con las fotos, prefiere que lo retraten entre las plantas de su jardín, como se vio en la tele, o entre las figuras de vírgenes que abundan en su casa. Por donde quiera salta una a la vista. Parece la casa de un beato. (Al menos es la de un solterón, Abud nunca se casó y a estas alturas de sus 53 años no piensa hacerlo). En todos sus ambientes —sala, comedor, corredor y seguramente cuarto— hay pequeños altares de la Purísima que celebra con cantos y pólvora los siete de diciembre frente a su casa, y que está presente en cada espectáculo de su ballet. La representación de la Gritería es el número de cierre de su repertorio. Aunque el baile disminuye notoriamente en esta pieza, el teatro suena como una chicharra por las matracas que se reparten. "Es lo mejor de su obra", dice Haydée Palacios, directora de otro grupo folclórico, refiriéndose a la recreación de Abud de la fiesta mariana.

En la sala, además de otra reproducción de la Inmaculada de yeso, llama la atención la pared tapizada de placas y reconocimientos. La última distinción que anotó en esa pizarra de méritos fue la que le dio el Teatro Nacional Rubén Darío por ser director del grupo nacional más visto en ese templo de cultura. "Se equivocaron sí, dijeron que lo han visto 75,000 personas, pero en realidad es mu-cho más. Calculo que pueden ser unas 200,000 porque nos venimos
más fuertes al bailar que los de otros grupos y las muchachas son más gráciles, más delicadas, no sé si porque son pueblerinas son más sencillas", dice.

Ronald Abud
Una de sus primeras fotos de su etapa de bailarín. El último a la derecha. Foto: Orlando Valenzuela

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Duro y chilero en el escenario

Días más tarde, Abud está frente a la tropa de "fuertes" y "pueblerinas", sobre la tarima medio empapada de un hotel capitalino. Abud con la camisa blanca casi afuera de su pantalón negro no se pierde ni uno de los pasos. "Ay, es que no tuvimos tiempo de ensayar", se presentando desde los primeros años del teatro", explica con deje presuntoso. Abud cree que de la misma forma que en la literatura se habla de corrientes —modernismo, vanguardismo— en la danza folclórica de este país debería hablarse de "ronaldismo" porque considera que él, junto a Alejandro Cuadra, Blanca Guardado y Haydée Palacios han hecho escuela y tienen un estilo propio. Derrama una cascada de piropos sobre su ballet. "Los varones míos son queja mientras se pasa la mano por la frente que le suda de nervios. Está inquieto. Se acerca y le habla al sonidista, se distancia unos metros del tablado, seguramente para revisar coreografía. Los bailarines se congelan al último segundo de la canción y luego corren hacia un rincón del escenario. Abud sube, coge el micrófono y dice de mal humor que los muchachos son sacrificados y que están ahí sin gozar de un sueldo. El mismo tampoco tiene un sueldo, pero "sobrevive" gracias al ballet con dos empleadas (una cocinera y una conserje), un jardinero y un celador.

El público de encorbatados, funcionarios del Banco Central, parece no comprender la queja. Ninguno se mosquea con sus palabras. Al maestro improvisado de ceremonia, que es el mismo Abud, no le queda más remedio que anunciar la siguiente pieza: Los dos bolillos. Con un nuevo vestuario, pero con las mismas risas fingidas reaparecen los danzarines, que se han presentado cinco veces en la misma semana. Al final del show les advierte a los bailarines: "El viernes tenemos ensayo a las seis en punto, ¡pero en punto! Nada de esa hora jincha de llegar a la hora que quieran. Los quiero a todos con ropa de ensayo. A todos con su licra", remarca con un tono de voz imponente que provoca algunas risitas. Promete que tendrá un ensayo de verdad, pero acaba por ofrecer un simulacro para la sesión de fotos. Las manos de Abud dan vueltas graciosas al sonido de su voz, sus movimientos evocan al bailador que un día fue. Dejó de bailar en 1978 y se dedicó a dirigir. "No lo anuncié porque no tenía complejo de diva", se burla con desparpajo este hombre que ha sido nombrado hijo dilecto en Diriamba, donde tiene su escuela folclórica.

"Parecés limpia-piscina", le grita durante el falso ensayo a uno de los bailarines que se ríe con el resto. Junta los pies, sube el pecho y abre los brazos, en posición de balletista. Las muchachas que tiene al frente, organizadas en hileras de cuatro, lo imitan. Les dice que se mantengan así mientras él pasa revisando la postura. Hace lo mismo con los hombres. "¿Con esto está bien?", le pregunta ya sin ánimos de seguir posando al fotógrafo que inspirado le sigue disparando. "En el archivo de La Prensa debe haber un montón de fotos mías", sugiere al final del ensayo. A estas alturas Abud ya echó tierra al mal augurio, ahora rodeado de los muchachos de su ballet está más pendiente de su próxima aparición en los medios. "Es cierto, soy vanidoso, pero creo que es una virtud del artista".

Ronald Abud
Acomoda las candelas de una de las tantas vírgenes que pueblan su casa. Foto: Orlando Valenzuela

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