Rostros en la pandemia. Los médicos que han alzado su voz en medio de la crisis sanitaria en Nicaragua

Perfil - 08.06.2020
medicos

Han criticado las medidas procontagio del Covid-19 que el régimen de Daniel Ortega ha impulsado. Al hablar con ellos es evidente que su generación ha quedado profundamente marcada por la revolución, el terremoto de 1972 y la guerra de los años ochenta.

Por Abixael Mogollón G. 

Estos médicos coinciden en que solo han dicho y hecho lo que creyeron oportuno para el país de cara a esta pandemia. Además, manifiestan respeto por todo el personal de salud que está en primera línea tratando a los afectados por el nuevo coronavirus y que por una u otra razón no pueden alzar sus voces.

Esta es parte de la historia de estos profesionales de la salud, que se han destacado brindando información desde sus diferentes experiencias en medio de la emergencia sanitaria que vive Nicaragua.

Marcela del Carmen Amaya: “Quiero volver a Nicaragua”

Es la primera mujer y primera latina en ascender al rango académico de profesora en la escuela de Medicina de Harvard en los campos de ginecología oncológica, obstetricia y cirugía.

La doctora Marcela del Carmen Amaya se despierta todos los días muy temprano para ir al Massachusetts General Hospital. En el pico más alto de la pandemia del Covid-19 su hospital fue uno de los que tuvo más pacientes infectados en el noreste de Estados Unidos. Fueron hasta 200 enfermos conectados a ventiladores.

Su familia es de origen libanés por ambos lados. Su bisabuelo dejó el Líbano junto a un hermano a finales del siglo XIX, más tarde su abuelo nacido en Nicaragua conocería en Nueva York a una libanesa y se casarían.

Cuenta que su familia siempre ha sido pequeña y unida. Sus primeros recuerdos son los viajes al mar y tiene muy viva la imagen del doctor Carlos Amaya, su abuelo materno.

Del ejemplo de servicio y compromiso de su abuelo le viene su vocación médica. “Tenía un consultorio en Jinotepe. Cuando atendía era como que se transformaba toda su mirada y todo su ser. Era otra persona. Tenía otra energía y se le podía notar lo que para él significaba poder ejercer su profesión”, dice la doctora vía telefónica desde Boston.

Muchas veces el abuelo salía con su pequeña nieta a hacer mandados y en las calles se encontraban con pacientes o familiares de estos, que al reconocerlo le saludaban afectuosamente y le agradecían por curarlos de sus dolencias. Así fue como se dio cuenta que quería ser médico.

Uno de sus últimos recuerdos antes de marcharse de Nicaragua fue el día que asesinaron al director de La Prensa, Pedro Joaquín Chamorro. Su madre entró a su cuarto y le contó lo que había sucedido. Salieron del país rumbo a Estados Unidos en junio de 1979.

A los 18 años entró a la universidad Jonhs Hopkins en Baltimore, antes había realizado estudios de Biología y Literatura Española ya que sentía la necesidad de fortalecer los conocimientos de su lengua materna. En Jonhs Hopkins también hizo una especialidad en Ginecología y Obstetricia.

A partir de ese momento la vida de la doctora Marcela ha pasado entre los estudios, las cirugías, investigaciones e impartir clases.

Se marchó a Boston donde sacó una subespecialidad en Cáncer Ginecológico, pero lejos de abandonar los estudios Marcela hizo una maestría en Salud Pública en la universidad de Harvard.

Todos esos años dedicados a la formación y al trabajo tuvieron una única consecuencia.

“Yo nunca me casé. Creo que no fue una decisión determinada que la tomé conscientemente. Las exigencias de mi trabajo atendiendo mujeres con cáncer y como cirujana, siempre debo estar disponible. Creo que va a ser una de las grandes pérdidas de mi vida no haberme casado y no tener hijos, pero me logré comprometer con mi trabajo”.

Un momento difícil para ella fue el decidir quedarse a vivir en Estados Unidos mientras en Nicaragua había la necesidad de médicos. Pero gracias a esto ha podido desarrollar una carrera académica brillante y ha tenido espacio para realizar investigaciones en torno a los factores que llevan a las desigualdades en los sistemas de salud. Dichos estudios han logrado que se cambiaran pólizas de seguro en varios Estados del país.

Actualmente desarrolla un programa especial debido a la pandemia del Covid-19, en el que los enfermos pasan la mayor parte del tiempo en sus casas y reciben atenciones diarias en sus domicilios de parte de médicos y enfermeros.
Quiere volver pronto a Nicaragua y activar sus contactos para enseñar lo aprendido en hospitales como el Bertha Calderón o el hospital de León donde estudió su abuelo.

Plano personal

Marcela Guadalupe del Carmen Amaya, nació en Managua en el antiguo Hospital El Retiro, el 16 de mayo 1969.

Es la primera mujer y primera latina en ascender al rango académico de profesora en la escuela de Medicina de Harvard en los campos de Ginecología Oncológica, Obstetricia y Cirugía.

Le encanta la lectura y mantenerse actualizada en temas de salud.

Disfruta de dar clases y observar la evolución de los futuros médicos.

Ha impulsado a jóvenes de origen latino para que ingresen a la carrera de Medicina.

Está orgullosa de su trabajo en parte de la literatura médica, sobre cómo resolver las desigualdades de acceso a servicios clínicos, enfocados en cáncer ginecólogo en personas negras y latinas.

Leonel Argüello: “Yo era toda la brigada”

Durante su trabajo en el Caribe, siempre respetó las creencias y costumbres del pueblo miskitos, por lo que se ganó la confianza y respeto de estas personas. LA PRENSA/ÓSCAR NAVARRETE

Eran los años 80. Desde El Tortuguero salió el joven doctor Leonel Argüello rumbo a Bluefields, buscando a un niño casi recién nacido que le habían robado tres meses atrás. Llegó al hospital y comenzó a investigar hasta que le dijeron donde estaba el pequeño.

Cuando se acercaba a la casa de tambo vio de lejos una ropita de tierno tendida en el patio y preguntó por la dueña de la casa.

—Hola señora —saludó—. Yo sé que usted se robó al niño que tiene ahí adentro, devuélvamelo o llamo a la Policía que está allá en la esquina.

Ambos estaban nerviosos, sobre todo el doctor, al que todos los días llegaban los familiares a preguntar por el pequeño que había entrado grave al centro de salud, y que tras lograr estabilizarlo fue enviado en panga hasta Bluefields donde recibiría mejor atención.

“Me di cuenta que ese niño con esa señora habría tenido una mejor vida y en mejores condiciones, pero mi deber era entregarlo a su familia”, recuerda Argüello.

Inicialmente quería ser psiquiatra y también le gustaba la economía, pero se decidió por la medicina.

Su papá Leonel Argüello Ramírez, para 1974 manejaba una empresa de seguros, por lo que pudo enviar a su hijo a México a estudiar Medicina en la Universidad Autónoma de Guadalajara.

Al concluir los estudios hizo su internado rotatorio en Costa Rica, estuvo en Liberia, Limón y Puntarenas. En Liberia atendió el campamento de refugiados nicaragüenses y el hospitalito del pueblo. La mayoría de heridos del Frente Sur llegaban a dar a aquellos campamentos, gran parte con heridas de bala en la región abdominal.

“Ahí fue donde miré la gran diferencia entre una persona bien alimentada y una que no. Dos muchachos de Masaya llegaron heridos, uno malnutrido no aguantó nada y el otro que estaba mejor alimentado sobrevivió”, dice.

Tras la caída de Somoza entra a Nicaragua y es enviado al Caribe Sur, donde comienza un trabajo de dos años como brigadista médico. “Pero la brigada médica era solo yo”, dice entre risas el doctor Leonel Argüello.

Y así comenzó a adentrarse en las montañas y comunidades. Sin mapas, sin teléfonos, ni guías, solo pidiendo aventones en panga de un lado a otro. Cada vez que llegaba a una comunidad a dar consulta y administrar medicamentos le decían que más adentro había otra y otra.

Luego fue enviado a Bluefields donde llegó esperando escuchar a la gente hablar miskito, pero la gran mayoría hablaba inglés.

Uno de los grandes inconvenientes que tuvo fue que los medicamentos que recibía venían con instrucciones en ruso. Pero le fue fácil identificar la penicilina que venía en polvo. “Yo había leído del primer antibiótico y sus bondades, pero cuando llegaban campesinos casi agonizando y se les administraba la penicilina, los mirabas al día siguiente como si nada, eso me impactó”.

En una libreta iba anotando los nombres de las comunidades y preguntando por otras hasta que llegó a El Rama y luego se fue caminando hasta El Tortuguero. La travesía le duró 15 días en los que atendió a un sinnúmero de pacientes.

Montó un centro de salud pequeño en una casa donde también dormía. Los campesinos se asomaban, pero no entraban a pedir atención.

“Ve estos campesinos qué raros que solo se asoman, pero no me dicen nada”, se dijo a sí mismo. “Hasta que les pregunté qué pasaba y me dijeron que ellos no sabían que tenían derecho a entrar y les expliqué que era su derecho, la salud, y ya luego entraban hasta mi cuarto a despertarme”.

A partir de ahí cada vez fue recibiendo más responsabilidades y luego de estudiar dos años en Cuba, fue nombrado director nacional de epidemiologías. Se enfrentó a varias pestes y hasta a la rabia con la que tuvo que mandar a envenenar a cientos de perros callejeros. Dejó el cargo cuando el Frente Sandinista perdió las elecciones en 1990 y desde entonces trabaja con organizaciones no gubernamentales nacionales e internacionales.

Plano personal

Carlos Leonel Argüello Yrigoyen nació el 21 de diciembre de 1957 en el Hospital Central de Managua.

Tiene 62 años. Recuerda cuando iba a clases al Instituto Pedagógico de Varones.

En los años 80 desarrolló una de las primeras jornadas de vacunación en Nicaragua.

Capacitó a uno de los primeros grupos de campesinos como brigadistas de salud en el Caribe Sur.

Recuerda que uno de los primeros casos de dengue en el país se reportó en 1985 en San Rafael del Sur.

Carlos Quant: “La guerra me marcó”

 En el Hospital Manolo Morales se hizo cargo del área de epidemiología hospitalaria y de los enfermos de VIH. La dictadura de Daniel Ortega lo despidió por hablar abiertamente de los errores que se han cometido en el manejo de la pandemia. LA PRENSA/Jader Flores

Carlos Quant todavía se acuerda de la noche del terremoto de 1972. Apenas tenía ocho años cuando la casa donde vivían en Managua se cayó completamente. Su familia sobrevivió de puro milagro.

Nació en el barrio Campo Bruce y luego de la Navidad, de esa terrible Navidad, su familia se trasladó a vivir a León a casa de los abuelos paternos. De ese tiempo recuerda las grandes reuniones familiares, cuando se fumó su primer cigarro, cuando se tiró su primer trago con sus primos, y a su abuelo de origen chino al que nunca le supo su nombre real.

“Se puso Napoleón y yo creo que tenía delirios de grandeza por el nombre”, cuenta sonriendo. El abuelo chino salió de la provincia de Guangdong rumbo a San Francisco, luego agarró para Nicaragua y se terminó instalando en León, donde puso una fábrica de ropa. Luego se quiso dedicar a la comercialización de pollos, pero la venta de camisones y calzones daba más dinero.

El doctor Quant estudió la primaria en el Colegio Primero de Febrero, que era el colegio de la Guardia Nacional. Soñado por Anastasio Somoza García y creado por Luis Somoza en 1960, este centro de estudios había sido concebido para que los hijos de los miembros de la Guardia estudiaran ahí. ¿Pero como llegó el pequeño Carlos hasta ese lugar?

“Nadie de mi familia era guardia ni estaba emparentado con algún militar, todo fue porque mi papá era amigo de la secretaria académica del colegio”, dice a MAGAZINE vía telefónica.

Tampoco en la familia Quant había algún doctor y fue empujado por amistades y la curiosidad, hasta que un día se fue a hacer el examen de admisión a León. En las tres opciones puso: Medicina, Ingeniería y Biología.

Ya estando en la facultad es que comienza a sentirle el gustito a lo de estudiar para médico. Entró en 1982 a la facultad y su grupo fue dividido en dos, los de Managua y los de León. Fueron tiempos difíciles e intensos.

La mayoría de muchachos estaban metidos de lleno con el proceso revolucionario y la guerra que estaba iniciando. De tal forma que se fue como voluntario a los cortes de café y algodón. Mientras otros amigos se fueron obligados al Servicio Militar. En el conflicto armado perdió amigos. En 1984, estando en cuarto año de la carrera, es enviado a la zona norte en plena guerra. En Wiwilí, sobre todo, sintió que esa experiencia lo dejó marcado.

Hizo el servicio social en Quilalí y luego se quedó trabajando en el hospitalito de Somoto, donde estuvo a cargo del área de infecciones y atendió a muchos pacientes con tuberculosis.

Se casó con una doctora y como no era permitido que ambos miembros de un matrimonio trabajaran en el mismo lugar, renunció. Se quedó desempleado y es cuando conoce al epidemiólogo Leonel Argüello, que también fue su tutor de tesis, y le dijo que había una plaza de trabajo con una organización no gubernamental para tratar pacientes con VIH.

Hizo una residencia en el Hospital Roberto Calderón y luego fue enviado a México para hacer un curso de epidemiología hospitalaria. Recuerda especialmente un brote de leptospirosis en Achuapa en 1995. No sabían de qué se trataba y fue enviado a investigar. Fue testigo de muchos enfermos con fiebres hemorrágicas y varias muertes.
Luego trabajó cinco años con pacientes de VIH y reconoce que lo más difícil de su carrera ha sido curar con pocos recursos.

“Me ha tocado resolver cosas con muchas limitaciones técnicas y de tratamiento. A veces se acostumbra a trabajar así, pero he tratado de nunca aceptar que ese es el estado natural”.

Plano personal

Carlos José Quant Durán nació el 26 de octubre de 1963, día del médico nicaragüense.

Tiene 56 años cumplidos. Nació en Managua en el antiguo Hospital El Retiro.

Sus padres se llaman Juan Carlos Quant Pérez y su madre Angélica del Socorro Durán Solórzano. Su padre se ha dedicado a la litografía casi toda su vida.

En el Hospital Manolo Morales se hizo cargo del área de epidemiología hospitalaria y de los enfermos de VIH, llegando a ser uno de los centros de referencia nacional y que centralizó la atención de estos casos durante varios años.

Se ha casado en dos ocasiones.

Alejandro Lagos: “El médico de las protestas”

En abril de 2018, se ofreció como voluntario para atender a los jóvenes heridos en las protestas. LA PRENSA/ÓSCAR NAVARRETE

El doctor Lagos siempre que puede atender las llamadas lo hace con alegría. En los últimos días las personas que le consultan se han aumentado de enorme manera. Atiende las llamadas de los periodistas, amigos y conocidos que le piden ayuda urgente en medio de la crisis del Covid-19, a veces en medio de una entrevista tiene que cortar porque un paciente le escribe de urgencia.

De origen humilde, trabajó desde pequeño para ayudar a sostener su casa. Su padre era mecánico y cuando estaban trabajando en el taller le decía que estudiara para ser médico y que ayudara a los demás. Es uno de sus recuerdos más fuertes.

Su madre vendía tortillas y el pequeño Alejandro vendía pan, periódicos y trabajó en una sorbetería.

En abril de 2018, con apenas algo de insulina y algunas pastillas se ofreció como voluntario para atender a los jóvenes heridos en las protestas contra el régimen de Daniel Ortega. Por aquel tiempo la ministra de Salud, Sonia Castro, había ordenado no atender a los chavalos que llegaran heridos de las protestas. Más tarde sería sancionada varias veces por estas graves violaciones a los derechos humanos.

En esos tiempos convulsos el doctor Lagos realizó extracciones de balas, suturas y dio atención a muchos heridos.

Estudió Medicina en México donde le pasó de todo. Le robaron, llegó tarde al inicio del curso de Medicina y hasta terminó durmiendo en la calle, pero finalmente recibió una beca por sus habilidades con el karate.

De regreso a Nicaragua en 1985 comenzó a trabajar en el Centro de Salud de Villa Venezuela. Pero nada más llegar lo acusaron de ser contrarrevolucionario y lo dejaron dos semanas preso.

En la actualidad sigue brindando atención médica, sobre todo a personas con síntomas de Covid-19. Hasta la última semana de mayo aseguraba tener al menos 40 pacientes con todos los síntomas de esta enfermedad.

Plano personal.

Con mucho esfuerzo logró sacar un master en Salud Pública y laboró por 20 años en el Ministerio de Salud.

Le encanta el cine y la música romántica.

De niño antes de decidirse por la medicina quiso ser piloto.

Estuvo casado con una mexicana, pero enviudó.

Dice que de no ser médico sería un buen técnico.

Álvaro Ramírez: “Mi abuelo fue curandero”

Le asignaron la dirección de la clínica militar de Ocotal en 1986. Durante la guerra perdió varios amigos médicos.

Estaba en la frontera con Honduras. La guerra entre los sandinistas y la Contra estaba en pleno. En el puesto de montaña sabían de un grupo de contrarrevolucionarios que venían dispuestos a atacar. Eddy, el Gato Negro, jefe de los soldados, ordenó que se desplegaran y él se quedó tranquilo sentado en una hamaca.

—Ideay Eddy, ¿por qué no te movés? —le preguntó Ramírez.
—No, es que si no pasan de allá, de aquella casita, yo no los mato con el AK. Entonces esperamos que pasen la casita y les disparamos —respondió el militar al joven estudiante de Medicina.

Al doctor Álvaro Ramírez le tocó desde joven hacer de médico en plena guerra. La vocación por la Medicina, según dice, le vino de herencia familiar.

“Tenía un abuelo materno que era curandero de San Francisco del Carnicero, murió de tuberculosis. Tenía una tía que era farmacéutica de barrio, aprendió eso en El Rama luego del terremoto y un abuelo paterno que quiso ser pediatra. Además, mi padre fue socorrista voluntario por 22 años en la Cruz Roja y participó del cuerpo de ambulancias durante la insurrección”.

Así pues, a los nueve años ya tenía claro que quería ser médico misionero y quizás llegar algún día al África. Su familia de pocos recursos no podía pagarle los estudios. Pero gracias a que su abuela estaba casada con un miembro de la Guardia Nacional, que era jefe de cocina del Casino Militar de Somoza, pudo ingresar al Colegio Primero de Febrero.

Luego de la revolución, la Facultad de Medicina fue abierta para 550 estudiantes y logró ingresar cuando terminó la Cruzada de Alfabetización. Antes lo tuvieron que esconder en varias ocasiones para que no fuera reclutado por el Frente Sandinista, pero igualmente ya como estudiante de Medicina tuvo que ir a la guerra.

Fue enviado a cortar café y algodón. En diciembre de 1982 lo mandan al cerro Pancasán, donde trabaja en el puesto de salud. Vuelve a la Facultad de Medicina y en el 85 les anuncian que van a necesitar a los médicos en el frente de guerra.

De ese tiempo Ramírez tiene mil historias. Actualmente tiene 20 años de vivir en Europa, pudo lograr su sueño de ir a África como médico con una organización inglesa para desarrollar unos estudios sobre la sequía. Se quedó asustado de cómo en Europa la gente no sabía dónde quedaba Nicaragua, en cambio en Etiopía hasta se conocían la historia reciente del país.

“Ellos habían tenido una revolución; bloqueo, contrarrevolución, alfabetización y todo al estilo ruso. Por eso sabían mucho de nosotros”.

Plano Personal

Álvaro Roberto Ramírez Vanegas, nació en Managua en el antiguo Hospital Vélez Paiz, el 16 de noviembre de 1963.

Comenzó la primaria con cinco años y terminó la secundaria con 15.

Ha sido una de las voces más fuertes contra el manejo que el régimen de Daniel Ortega ha tenido sobre la pandemia del nuevo coronavirus.

Actualmente trabaja en métodos de acupuntura en Irlanda.

Trabajó en el proceso de desarme de la Contra con Naciones Unidas.

Con el gobierno de Violeta Barrios de Chamorro fue nombrado director nacional del Departamento de Vigilancia y Epidemiología.

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