Un abuelo de 118 años

Perfil - 28.08.2005
Ruperto Hernandez "El Conejo"

Ruperto “el Conejo” Hernández es el hombre más viejo de Nicaragua y de acuerdo con los datos de Guinness Récord podría ser el más viejo del mundo. Tiene 118 años, probados con partida de nacimiento, y una historia que pocos pueden objetar en su pueblo por una sola razón: ya nadie vive para hacerlo

Octavio Enríquez
Fotos de Moisés Matute

Pasaron dos revoluciones en Nicaragua, se terminó de construir el ferrocarril en 1899, se abrieron las primeras oficinas de servicios públicos en el país y ocurrió el terremoto de 1931… ¡Cuántas cosas han pasado desde finales del siglo XIX! Ruperto Hernández, quien ha sido testigo de cada uno de estos eventos, se ha levantado de su cama la mañana del sábado 13 de agosto. Está reclinado en el quicio de la puerta, de blanca guayabera mangas largas, sombrero de palma, pantalón kaki y tenis suaves para sus pies. Incluso hay ánimo de cantar:

“En el tiempo cuando Zeledón bajaba a Masaya/ lo coronaban de calle y balcón/ la corona que pusimos fue a punto de rifle y metralla! El general y su estado mayor…”

Hernández era uno de los soldados que entonaban esta canción aquellos días de 1912, cuando Benjamín Zeledón resistía el embate de las tropas norteamericanas. Un episodio que no recuerda, como el resto de su pasado político que lo vincula también al caudillo conservador Emiliano Chamorro. Está flanqueado por una hija de 86 años. Su “chigüina”, como la llama, otra de 60 y “el cumiche” de 53, un señor con tantas canas que asegura verse más viejo que su padre en una foto reciente.

La familia del Conejo es súper conocida en Ticuantepe, incluso hace poco tiempo la Alcaldía de esa ciudad se decidió a darle un reconocimiento a su ciudadano más longevo, el más antiguo del país y quién sabe —dicen sus conocidos— del mundo. Según la hoja electrónica de Guinness Record 2005 el hombre vivo más viejo del mundo es el puertorriqueño Emilio Mercado del Toro, quien nació el 21 de agosto de 1891, es decir cuatro años después que don Ruperto, cuyos familiares conservan una partida de nacimiento en que se lee como año de su nacimiento: 1887. Ese es el dato verificable porque él asegura que tiene 125, pues antes tardaban bastante en inscribir a los chavalos en el Registro Público.

De todos modos, no hay nadie que lo desmienta. Por lo menos nadie vivo. Su historia es la de un hombre que ha coleado tres siglos a ritmo de marimba, machete, cususa y lo mejor de todo: ¡sus amores!

El problema sin embargo es comunicarse con él. Es bastante difícil. No escucha bien y se le tiene que pegar gritos para que entienda.

Llegó a Ticuantepe hace 100 años, de acuerdo con su propia versión, pero otros aseguran que son “apenas” 83 años los que tiene de vivir en ese pueblo. Don Ruperto llegó a la ciudad en compañía de su padre para trabajar en el cultivo de café y otras labores agrícolas en la finca de un hacendado conocido como José María Alvarado, según el libro Ticuantepe territorio codiciado, del periodista Pablo Emilio Barreto.

Era de los bravos al machete. En muchas ocasiones le ganó la partida abriendo caminos a otros, incluso al puntero, que es el hombre que por su destreza con el machete es el líder de un grupo. De esta zona también era su esposa María Calero, con quien procreó diez hijos. Ella tendría su edad hoy si no hubiera muerto para su tristeza hace 15 años. “Cuando vine, compré un cuarto de manzana en 225 pesos e hice mi casa, que es esta donde estamos ahora”, recuerda. Un lugar al que en pleno 2005 se puede llegar fácil o difícil según el caso. Todo depende de dos palabras: “El Conejo”.

—¿Dónde vive don Ruperto Hernández?

—Hombré, ¿quién es ese? —responde un vecino la mañana del sábado 13 de agosto.

—Ah, no fregués. Si preguntás así, nadie sabe. Mejor decile como lo llaman: “El Conejo” —comenta otro vecino.

***

Cuando don Ruperto llegó a Ticuantepe, el lugar ni siquiera tenía ese nombre. Se llamaba La Paja, según Petrona Hernández, hija de don Ruperto. El pueblo en ese tiempo eran diez casitas con techo de paja y zacate, cercadas de varillas, por donde la gente se paseaba en carretas para realizar sus labores diarias; una imagen que cambió muchos años después cuando se dieron los primeros visos de la modernidad.

Los primeros que habitaron la ciudad, además de cargar con sus bártulos, llegaron con sus apodos. Ruperto Hernández heredó el suyo de su padre, a quien se lo habían puesto porque era todo menudito (como salió él). Hoy el sobrenombre es tan conocido que a mucha gente se le olvidó el nombre de pila de este anciano en un mundillo en el que se pueden encomiar algunos apodos que han convertido a sus dueños, además de sus hazañas, en personajes del pueblo como “Culo Largo”, “la Piojosa”, “la Mona”, “la Pony”, “Garrapata”, “Caballo Viejo” o “Chago Trompudo”. Y entre ellos está, por supuesto “el Conejo”.

—Don Ruperto, ¿nunca se enojó porque le dijeran Conejo?

—No hombreé. Es un apodo de mi papá y a mí me decían Conejito. Estaba trabajando al machete y me decían “ya venís aquí Conejo”… así me decía el puntero.

—¿Cuánto cortaba de café?

—Yo cortaba 50 medios. Cinco sacos llenaba de café, a 10 medios cada saco. Del medio de antes. El medio lo pagaban a cinco centavos. Saquen la cuenta para ver cuánto sacaba. ¡Ah, para que vean pues!

***

Hace 18 días Ruperto Hernández no durmió. Fue un insomnio algo raro o mejor dicho mágico. De esos que parecen sacados de una novela de García Márquez. Una especie de trance. El Conejo pasó dos días, contadas sus noches, recordando en voz alta sus tiempos idos. Luego y de repente se levantó del asiento donde estaba para decir que estaba soñando.

“Cuando le agarra de no dormir, él cuenta lo que pasó. Es de tener una grabadora, porque él cuenta cuando andaban en las haciendas cortando café. De pronto dice: ‘Andá chavalo y traé la guinea, llevátela que está madura. Vos muchacho, ¿qué estás haciendo?’, pregunta y cuando deja de hacerlo dice que pasó soñando dos noches y dos días. Es normal escucharlo diciendo: ‘Ahí viene el de la moto. No me dieron mis reales, me gané 250 córdobas'”, cuenta Isidro Largaespada, esposo de una de las nietas de Hernández.
Muchas veces en lo oscuro agarra sus zapatos, coge su mochila, el sombrero, su machete y se enrumba a Las Cuchillas, en Ticuantepe, adonde laboró cuando joven. De esa época de trabajo es cuando se dedicó a cususero.
—¿Usted se emborrachaba?

—Perdoname pero yo no escucho nada (interviene Isidro).

—Esperame yo me hago entender con él: ¿Qué si bebías mucho? (grita).

—Ah. ¿Que si era picado? (se ríe). Te digo que ahora ya no. Yo sacaba cususa y cantaba. En ese tiempo tomaba guaro.

—¿Era cususero?

—Aprendí a sacar guaro.

—¿Cómo lo hacían?

—Con maíz tostado nos llevábamos en cántaros el barril. Teníamos en un lado y otro. Era prohibido.
La proscripción de hacer guaro no lo sacó de carril. En una ocasión, unos guardias, encabezados por uno de apellido Pastrán, lo sorprendieron en el cerro Ventarrón y lo descubrieron con cususa, cuenta el libro de Barreto. Ruperto tuvo que lanzarse a un zanjón con todo y el recipiente. Creyeron que se había matado, pero no. Apenas empezaba la vida.

—¿Cuál es el secreto para vivir tanto?

—¡Ahh, solo aquel sabe! (señala al cielo). Isidro Largaespada cuenta que la alimentación del tatarabuelo de la familia era a base de animales de monte como cusucos. ¿Es ese el secreto?

Lo que nadie pone en duda es la vitalidad de don Ruperto. Es envidiable. Todos los días, sale de su casa para visitar a sus familiares, una costumbre de joven. Antes caminaba ida y vuelta todo el viaje, pero ahora al regreso lo traen en moto, porque se cansa.

Antes no necesitaba ninguna ayuda. Frecuentaba a los amigos como el exalcalde Salvador Ampié, a quien solo llama “el presidente”. En uno de esos viajes, entró bravo a la Alcaldía y le exigió al alcalde: “Necesitamos que quite a esos babosos de la aguadora, porque llevamos dos días sin agua”. Todo mundo le quedó viendo y más de uno se rió de la ocurrencia.

En otra ocasión, más reciente, llegó hasta la casa de Ampié, se bajó del taxi y le dijo al conductor: “Yo me bajo aquí, ahí que te pague el presidente”.

“Hace dos días estuvo por aquí. Estuvo bailando, porque vieras como baila. Quebraron una piñata. Es bandido, mujeriego”, lo retrata Ampié.

—¿Cómo conquistaba usted a las mujeres? —pregunto a don Ruperto.

—Mujeres. ¡Ah! (se ríe y los ojos le brillan). Eso no se dice. Es natural. Cómo te voy a dar mi esencia.

Isidro Largaespada añade más al episodio de humor. Le toca la bolsa durante la entrevista y el viejito le queda viendo, se suelta una sonrisa y advierte con su voz cansada: “Mirá este. Ahí no vas a encontrar nada, buscando que te eche preso andás”.

El resto de familiares se tiran las risotadas, más cuando uno trae de adentro una bolsa, donde está un espejo y sus navajas de rasurar. Pronto, en un descuido de Petrona, el viejito ya tiene enfrente el espejo y modela para el fotógrafo de Magazine quitándose la pelusa blanca de su barbilla. Y recién bañado, vestido para sus labores, saca el machete y lo atila en un molejón que mandó a que se lo pusieran sobre un tronco.

Los bisnietos del Conejo, sin incluir al resto de familiares, se cuentan en más de cien. Casi uno por cada año de vida. Petrona Hernández recuerda que una vez lograron juntarlos a todos para un trabajo de televisión. Pero no llegó la periodista. De las montañas bajaban chavalo tras chavalo al que el gran patriarca no reconocía. La memoria se le quedó en los nietos. El tiempo no perdona. Ni siquiera a robles como don Ruperto el Conejo, una leyenda en Ticuantepe y el hombre más viejo del mundo.

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