Una tal María

Perfil - 19.12.2004
María López Vigil

A esta mujer le gusta el anonimato. Escribir tras bambalinas. Sus amistades le conocen por razones disímiles: unas por feminista. Otras por cristiana. Y algunas más por periodista: narradora de cuentos infantiles o de libros testimoniales. Para sus amigos sacerdotes es una parajesuita. Ella sabe que su vida es compleja y se lo toma como juego, como todo en la vida

Eduardo Marenco Tercero
Fotos de Orlando Valenzuela

Desde el día que conoció a monseñor Oscar Arnulfo Romero, el 9 de junio de 1979, María López Vigil jamás fue la misma. ¿Quién era ella hasta entonces? Nunca dejó de ser la niña que se ahoga por la ausencia de mar, ese mar de La Habana que tanto añora, pero sí había abandonado el encerramiento del convento de las religiosas teresianas, ávida de aventura, entregándose de lleno a su vida de periodista. Pero desde que monseñor Romero le contó lo que le contó nunca volvió a ser quien era.

Eran días de Guerra Sucia en El Salvador. Cientos de personas desaparecían o eran asesinadas a manos de las fuerzas de seguridad. Incluso sacerdotes. Uno de ellos había sido Octavio Ortiz, al que monseñor Romero había ordenado. Monseñor Romero había viajado para ver al papa Juan Pablo II, para implorarle su solidaridad. A sus sacerdotes los estaban matando. Una vez arribó a Madrid, se entrevistó con la periodista que había escrito un reportaje sobre él, la misma que le había obsequiado las regalías de ese reportaje y a quien quería conocer.

“Lo primero que hice fue darle el saludo de mi madre. Él era muy cura. Cordial. Estaba feliz de conocerme. Por aquella carta, por aquel dinero”, recuerda María López Vigil, un cuarto de siglo después, en su ascética oficina en Managua, donde sobresale una valija antigua que esconde libros, lista como para ir de viaje, un computador y por supuesto, un librero lleno de libros. Pero lo que más le impresionó de aquel encuentro con el arzobispo de San Salvador, continúa, fue cuando monseñor Romero le dijo: “Siéntese, ayúdeme usted a reflexionar sobre lo que me ha sucedido con su santidad en el Vaticano”.

Monseñor Romero había llevado al papa una foto del sacerdote asesinado, a quien habían decapitado y aplastado con una tanqueta. Pero la entrevista con Juan Pablo II había sido un desastre. López Vigil lo cuenta de esta manera: “Monseñor Romero lloró conmigo… El papa lo maltrató, lo humilló, es una historia larga. Me dijo: ‘Yo le llevé una foto del padre Ortiz, sacada de la revista Interviú; con pena, pero era la mejor foto que había, y se la enseñé: este es el padre Octavio, yo lo ordené, tenía tantos años, conozco a su familia, lo han matado así y así’. ¿Y qué le dijo el santo padre?, le pregunté a monseñor. ‘Era un guerrillero, era un comunista’. A monseñor Romero se le llenaban los ojos de lágrimas cuando decía eso. Y preguntaba: ¿Por qué cree usted que el Santo Padre haya reaccionado así?”

A pesar de la distancia de los años, López Vigil escapa de llorar, y dice: “Yo soy hija de ese día. Es fundamental en mi vida. Yo, emocionalmente, hice una ruptura drástica con la Iglesia institucional, para seleccionar a las personas no por su cargo, sino por su autoridad moral, y si algo me vincula a la Iglesia en la que fui formada, es monseñor Romero, porque siempre fue fiel a su Iglesia institucional”. Y agrega: “El Vaticano ha sido cómplice de las dictaduras militares de América Latina, como lo sabemos y lo queremos ignorar”.

Al año siguiente, el 24 de marzo de 1980, monseñor Romero, arzobispo de San Salvador, sería asesinado por un francotirador mientras oficiaba misa. En agosto del año siguiente, María López Vigil sería detenida durante 44 horas por la Policía salvadoreña acusada de terrorista internacional. La base de los cargos: el pasaporte cubano que usó al salir de La Habana a los 16 años, cuatro cartas de monseñor Romero, un libro de viajes del siglo XIX y un libro de poemas. Gracias a su pasaporte español, la exmonja fue expulsada a España, a donde vivió una fama de tres meses, lo que le permitió a ella y su hermano, José Ignacio López Vigil, publicar en forma de libro, Un tal Jesús, la producción radial que les hizo célebres en América Latina, por cristianos de avanzada para unos y por ateos para otros.

Con monseñor Romero.

Una niña eterna

“Yo creo que quería ser monja porque quería ser hombre”. Es una de las primeras frases de María López Vigil. Le gusta provocar. Sin embargo, explica: cuando niña, todos los héroes de los libros eran hombres. Era un hombre el que daba la vuelta al mundo en ochenta días o hacía 20,000 leguas de viaje submarino, o cazaba a Moby Dick o concluía la investigación de un crimen, como Sherlock Holmes.

Cuando era niña también quería ser Juana de Arco. Lo que ansiaba era aventura. Recorrer el mundo. Tener las libertades que tenía un hombre. Y las oportunidades. Una película de Ingrid Bergman, La posada de la sexta felicidad, que trataba de una pastora protestante que se iba de misionera a la China, le convenció que debía ser monja. Pero al único lugar que fue a dar fue a un monasterio en España. “Esa fue mi estupidez”, reconoce. Pero a la vez que anhelaba una vida de aventuras, soñaba con tener doce hijos, a los que dio el nombre y oficio desde niña. Nunca los tuvo. Fue feliz, jugando beisbol, con narrador incluido, chibolas, monopolio y cuanto juego fuese posible. Su hermano, Chepe Nacho, fue y sigue siendo su compañero de juego. En la etapa adulta, se dedicaron a jugar con las palabras, a escribir a cuatro manos.

“Siempre he sentido que somos iguales. Él nació un año y tres meses después de mí. Es la otra cara de mi personalidad. Es la persona que más profundamente me conoce. Pero eso nunca ha generado una dependencia, ni un copiarnos el uno al otro. Pero tenemos mucha trayectoria en común, y hemos hecho muchas cosas en común. Una de las cosas que más me cuesta imaginarme es que José Ignacio se muera. ¿Y qué va a ser de mí? Seria como que me arrancaran un pedazo de mí. No sé cómo podría ser eso”.

—¿Escribir a cuatro manos es difícil?

—Es difícil, pero lo pudimos hacer. No solo en Un tal Jesús, lo hemos hecho en Quinientos años, basada en Las venas abiertas de América Latina, en Noticias de última ira, otra serie de microprogramas de radio basado en Memorias del fuego de Eduardo Galeano; lo hicimos con Un paisano me contó, veinte cuentos de América Latina sobre los temas sociales más importantes; o sea, lo hemos hecho, varias veces, Un tal jesús, es la obra cumbre de este trabajo a cuatro manos y dos cerebros. Pero nosotros nos interrelacionamos mucho y nos conocemos los estilos. Y es el día, que si tengo que escribir algo importante, él lo revisa, tenemos una gran complicidad. Historia de una Rosa el primero que la leyó fue él. Esto es un regalo de la vida. Su último libro, le hago correcciones, casi siempre coincidimos, hay contradicciones, nunca he peleado con él en algo que sea fundamental, jamás, pero siempre he discutido con él, que es diferente, pero una ruptura no, aunque contradicciones sí: esto no convence, esto es ridículo, quita eso, añade lo otro. Si estoy escribiendo algo importante, para mí son fundamentales sus ojos, como para él son fundamentales los míos.

En 1974, abandonó la vida de monja. Poco después, su hermano dejó la orden de los jesuitas. Ella piensa que su decisión influyó en la de su hermano. ¿Por qué dejó de ser monja? “En el evangelio hay un pasaje donde Jesús de Nazaret dice: ‘Yo soy la puerta de las ovejas’. Yo siempre digo: por la misma puerta por la que entré, por esa salí. Entré por el afán de hacer algo por los demás, en relación a Dios; y el afán de aventura; por esa puerta entré, y por esa salí”.

A pesar de que su hermano abandonó la Compañía de Jesús, ella se considera a sí misma una para-jesuita. Los admira en demasía: “El jesuita es un estudioso de primera. Es la multinacional religiosa que más invierte en su gente. Es una corporación poderosísima, de quinientos años de historia, y de una influencia política, social, ideológica, desmesurada en el mundo. Hay en toda la gama, desde la más extrema derecha hasta la más extrema izquierda. Mi abuela veneraba a los jesuitas, desde que nació mi hermano estaba destinado a ser jesuita, se llama Ignacio por Ignacio de Loyola. Mis hermanos, ambos, estudiaron con los jesuitas, yo iba a sus fiestas, desde mi infancia estoy vinculada a ese nombre”.

Fueron los jesuitas, además, quienes le incitaron a conocer El Salvador y quienes le salvaron el pellejo. Al día de hoy es editora de una revista de la universidad jesuita de Nicaragua. Le gusta de ellos su sociodiversidad. “Es una multinacional pluralista”, dice, “estudian mucho, su formación religiosa no se basa en la ignorancia, ahí hay desde especialistas en moluscos hasta especialistas en la Santísima Trinidad”.

El moreno de Nazaret

Un tal Jesús (1980) es su obra más difundida y polémica. Su hijo de papel más conocido, traducido tanto al inglés como al tagalo. Es una producción radial de 144 capítulos, en la que se narra la vida de Jesús, presentándolo más humano, desvinculado de los estereotipos y más cercano a la realidad del pobre latinoamericano. La obra, escrita a cuatro manos con su hermano, José Ignacio López Vigil, fue una bomba en América Latina. López Vigil cuenta: “Con ella escribí Un tal Jesús, la buena noticia contada al pueblo de América Latina. Nos criticaron tanto los fariseos, nos felicitó tanto la gente humilde, que nos convencimos de la buena levadura con que habíamos amasado la historia del Moreno de Nazaret”.

Les acusaron de herejes, pornógrafos y de odio a Dios. Dijeron que eran más dañinos que la droga. Pero sus críticos ni siquiera habían escuchado un segundo de la grabación. El cardenal brasileño de Porto Alegre, Alfredo Vicente Scherer, alcanzó a decir: “No vi otra cosa peor en los tiempos de peor campaña de calumnia y difamación de todas las religiones en el régimen de Hitler, en la época de Stalin en Rusia”. Ellos rechazan semejante señalamiento, el cual consideran infundado.

María López Vigil piensa que Jesús es revolucionario. Y que es feminista. Esto asusta al sol de hoy en un país como Nicaragua. “Yo creo que Jesús es revolucionario: rompe con la cultura religiosa de su tiempo y transforma la idea de Dios como nadie hasta entonces lo había hecho”, dice por un lado. “Jesús fue feminista. Lo fue. Claro. En el trato a las mujeres y en las virtudes que exaltaba… Yo entendí que no se puede ser cristiana, sin ser feminista. No se puede”, añade por el otro.

Aprender a morir

María López Vigil vive en “estado de alerta permanente”. Aún cuando duerme. “Yo duermo muy mal. Sueño polémicas infinitas, son sueños muy complicados, yo vivo en alerta permanente”. Piensa todos los días en la muerte. Y vive lista para irse de viaje. Le fascina esa expresión nicaragüense. Y cuando habla de ir de viaje es literal: vive con las maletas listas. Le obsesiona dejar todo en orden. Ama la vida, pero lo reconoce: padece de vértigo. Esto es la atracción del abismo. Por eso rehúye de ellos. Le ruega a Dios: “Anestésiame la muerte como a otros lo hiciste con la vida”. Su meta, a sus sesenta años, es aprender a morir. “Quiero irme ligera de equipaje, como dice Antonio Machado, no quisiera dejar deudas, ni palabras no dichas y dejar todo en orden, el orden de la estética y de la ética, porque la ética tiene que ser estética”. Tiene fe en la resurrección. Pero aclara: la fe nunca es certeza. Para ella, “la esperanza siempre es un juego, una apuesta, yo apuesto a eso, pero tengo muchas dudas, y con esas dudas construyo la fe. Me atrae mucho una frase de un teólogo alemán que murió en los campos de concentración nazis, que dice: ‘Hay que vivir como si Dios no existiera’, decía él. Hay que morir también como que si Dios no existiera. Tal vez la sorpresa del juego es que sí existe, pero yo aspiraría en la muerte, a tener la dignidad, a que, aún cuando Dios no exista, reconocer que la vida tiene sentido, que luchar y apostar por los demás tiene sentido, que ser coherente tiene sentido, que ser ético tiene sentido”. Aún cuando Dios no exista.

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