Cinema Paradiso. Un apasionante homenaje al séptimo arte

Periscopio - 13.04.2020
AlfredoFernando

No hay cinéfilo que no ría, sueñe, llore, piensa, recuerde y vuelva a llorar con Cinema Paradiso

Por Abixael Mogollón G.

Era un pueblo pequeño con una plaza central frente a la que quedaba la rústica iglesia donde el cura oficiaba misa de mañana y entrada la noche se proyectaban películas. El pueblito se llamaba Giancaldo, y el que se encargaba de proyectar las cintas era un viejo entre gruñón y bonachón que se llamaba Alfredo.

El padre de la parroquia que hacía de cine para poder sobrevivir tenía un pequeño monaguillo. Salvatore además de curioso y ocurrente era un niño al que la guerra le había arrancado a su padre. Vivía con su madre y su hermana menor y entre la misa y la estricta escuela se aburría, pero le gustaba el cine.

Esa escena que todos hemos visto en muchas películas del personaje sentado en su butaca, la cámara haciendo un contrapicado, la luz viajando sobre la cabeza del actor que se queda embelesado viendo la pantalla grande es un clásico. Giuseppe Tornatore logró con esta película uno de los mejores homenajes al cine que se conocen.

No hay cinéfilo que no ría, sueñe, llore, piensa, recuerde y vuelva a llorar con Cinema Paradiso.

Totó como llamaban a Salvatore creó con Alfredo una de las amistades paternas más hermosas de la historia del cine.

Tanto quería Alfredo a Totó que le enseñó a usar el proyector de cine, hasta que un día tuvo un accidente con la máquina que lo dejó ciego.

A partir de ese momento Totó fue los ojos de Alfredo, mientras que el viejo fue la voz de la razón y a veces el corazón del pequeño que se enamoró, sufrió y hasta fue forzado a entrar al Ejército. Alfredo miró en Totó un potencial demasiado grande como para quedarse en aquel pueblo perdido. El tiempo demostró que tenía razón.

Algo importante de esta película es la música. Una auténtica obra de arte de manos del maestro Ennio Morricone.

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