El rey del bajo mundo

Periscopio - 23.04.2006
Jerónimo Polanco

Esta es la historia de Jerónimo Polanco, un campesino analfabeta que logró crear un imperio económico basado en la venta de alcohol, prostitución y sobornos. Fue parrandero, mujeriego y jugador hasta que lo  asesinaron, de tal modo que hasta el crimen se descubrió que el ancho manto de vicio cubriría también a la policía Nacional.

José Adán Silva

Caía bien este Polanco. Regalaba guaro a sus amigos, premiaba con dinero a sus admiradores, saludaba y abrazaba a sus clientes, patrocinaba juegos de azar y deportes, financiaba fiestas patronales y lo más importante, era una tumba para guardar en secreto los nombres de los personajes importantes que constantemente llegaban a sus clubes en busca de “carne fresca”.

“¿Un pimpollo de quince años? Sí hombre, yo se la busco mi estimado reportero. ¿Quiere dos mujeres mi amigo vicealcalde? Délo por hecho, el jueves que venga se las tengo. ¿Que mi amigo diputado quiere una morenita de la Costa Atlántica? Está difícil, pero voy a hacer el esfuerzo de buscársela”.

Así por el estilo, el hombre se esforzaba por cumplirle a cabalidad a sus amigos poderosos que lo llegaban a visitar en los distintos puteríos disfrazados de restaurante y nigth club que hicieron famoso a este Jerónimo José Polanco que, siendo campesino y analfabeta, creó con mucho esfuerzo una oscura empresa donde el sexo, el alcohol y los juegos de azar eran de tan intenso olor, que atrajeron no sólo a amigos que le pedían favores, sino también a enemigos que al final le quitaron la vida.

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Jerónimo Polanco era muy dado a montar, a organizar corridas de toros, a financiar fiestas patronales y apostar.

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A Timotea Polanco sus hijos le ayudan a recordar porque parece que a ella, a los 71 años, la memoria no le sirve mucho. Así, entre asistencias y correcciones de su numerosa familia, Timotea cuenta que tuvo a Jerónimo Polanco el día de San Jerónimo, 30 de septiembre del 53, le ayuda su sobrina Teresa Polanco.

Sigue la señora, y dice que Jerónimo fue el primero de una descendencia de 16 hijos y que debido a que ella trabajaba en Managua como doméstica de una familia rica, a sus hijos los dejaba al cuido de la abuela Bonifacia Polanco, en la comarca Los Negritos, de Teustepe, donde el cipote creció montuno y bajo disciplina de hierro porque la abuela lo puso a trabajar desde pequeño.

“Desde chiquito fue arrecho a podar con machete, a arrear vacas, a lo que sea se rifaba”, cuenta su hermano paterno Isidro Antonio Jarquín, quien relata que conforme Jerónimo iba mejorando la calidad de su trabajo iba buscando nuevos horizontes de vida donde sus derroteros eran bien definidos en dos aspectos: faldas y billetes.

“Era bien enamoradizo mi muchacho y cuando yo venía de Managua a Teustepe le traía encargo de pañuelos, aguas de colonia, coloretes de labios y jabones de olor que él le regalaba a las muchachas”, relata doña Timotea y la interrumpe su hijo Juan Polanco: “Es que Chombo era bravo al chuzo”.

Teresa, quien escucha atenta, lamenta la interrupción y le pide a Isidro que mejor siga contando lo trabajador que era Jerónimo. “Cuando ya estaba más mayorcito, se iba con una pandilla de Teustepe a Chinandega y León a trabajar en las zafras de caña y algodón. Dicen los mismos muchachos que lo acompañaban que Jerónimo era el mejor cortador del grupo y que siempre estaba buscando cómo encontrar trabajo extra para llevarle a sus hijos”, cuenta Isidro, y llama a Porfirio González, un amigo de Jerónimo quien dice haberle acompañado durante la juventud en muchas de sus travesías laborales.

“Antes los sacos para meter el algodón eran de bramante y eran caros. Muchos cortadores pedían varios sacos, se iban a venderlos y con eso sacaban la semana. Por eso cuando un capataz no conocía a Jerónimo, se asustaba que este le pidiera 20 sacos, pero es que el jodido los llenaba. Si lo vieras cómo era cuando estaba en la pepena”, relata Porfirio, quien ahora lleva la guitarra en esta rueda de anécdotas donde amigos y familiares recuerdan, en las afueras de los juzgados de Managua, a quien en vida fuera Jerónimo Polanco.

Uno de los familiares de Polanco reconoce que a Jerónimo efectivamente le gustaban las jóvenes, y que frecuentemente se daba sus vueltas por Tipitapa (donde puso otro negocio del mismo tipo) o por bares de Carretera Norte, buscando chavalas bonitas para el negocio.

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María Inés Arceda tenía 14 años cuando Jerónimo Polanco se la robó y la preñó. Él tenía unos 22 años y los rumores que ella había escuchado es que su pretendiente había roto virginidades por doquier en Teustepe.

“A mí me advirtieron que era mujeriego y que me daría mala vida, lo mujeriego era verdad, pero la mala vida no, era un buen hombre. Nunca le pegó a mis hijos (seis, de los cuales una se murió pequeña), a mí nunca me levantó la mano, ni me alzó la voz. Eso sí, era bien mentiroso”, recuerda Arceda, la primera mujer oficial de Polanco.

Él la dejó hace 22 años y se fue a vivir con otra mujer de Ciudad Sandino con quien, se dice, procreó una hija y luego se casó con Victoria Ríos, su última esposa con quien tuvo tres hijos.

Si bien su ex mujer no lo califica como mal hombre y más bien dice que fue buen padre, debe saberse sí que el finado era padre ejemplar mientras estuviera con la mujer de tumo.

“Cuando él estaba conmigo todo le daba a los chavalos, cuando me dejó y tuvo los otros, ya no se volvió a acordar de los míos y dicen que así fue con todos los hijos que ha tenido, porque fíjese que tiene más de 15 hijos en todo el país y al inicio les daba, pero después cuando se olvidaba de las mujeres, ya no le daba a los cipotes”, reclama con cierta amargura Arceda.

Los hijos de Jerónimo, Nerlo y William, confirman las quejas de su madre y denuncian lo que más adelante se habrá de convertir en una evidencia del poder que llegó a tener este hombre: “A nosotros que éramos sus hijos ya no nos daba ni un peso, pero a la Policía sí le daba mucho dinero”.

¿Cómo hacía para conseguir mujeres aún cuando era tan pobre? Guapo no era: estatura media, tez clara, delgado y pelo liso negro. Tenía los ojos negros y su mirada era con los párpados a medio cerrar. Hablaba poco y era tímido. “Pero era generoso y romántico, le cantaba a las mujeres y no le daba pesar darles gusto”, recuerda su ex mujer María Inés Arceda.

Porfirio González y Juan Polanco, amigo y primo respectivamente de Jerónimo Polanco, ratifican que este no era un hombre violento: “Jamás se peleó con nadie y más bien cuando había pleito trataba de arreglar las cosas con calma o se iba cuando la cosa se ponía difícil”, dice González.

Relata que en una ocasión en un chinamo de Chontales, luego que Polanco le ganara unas partidas de naipe a un ganadero de apuesta fuerte, el perdedor lo acusó de ladrón y lo retó a un duelo a balazos. Dicen que Polanco le dijo que aceptaba el duelo, que apostaran el doble de lo que habían jugado, y que le esperara un rato para ir a traer la pistola. Aceptada sus propuestas, Polanco se montó en su camioneta y salió raudo hacia Managua. “No le gustaban los pleitos”, recalca González y agrega que después de ese reto a balazos, sus amigos y familiares casi le exigieron que se comprara un arma para defenderse: “Si andás plata, andás un enemigo en la bolsa”, le decían constantemente. Fue a partir de ese hecho que Jerónimo adquirió la costumbre de llamar a amigos y familiares para que lo acompañaran a sus negocios y le protegieran las espaldas. A cambio daba plata, conseguía mujeres y regalaba favores.

Ya para entonces Polanco había dejado el machete y los sacos de bramante y había conseguido un trabajo en Managua que le ayudó a agenciarse su primer negocio próspero: la reparación y reconstrucción de colchones.

“Un señor del Gancho de Caminos le ofreció un empleo en un taller de reparación de colchones. A los seis meses ya Polanco sabía el oficio y empezó a trabajar por su cuenta conmigo y otros amigos. Al año se compró una camioneta usada, su primera camioneta que fue una Datsun, y se fue a los departamentos a vender sus colchones, catres y camas. Como a los dos años ya no había quien le hiciera competencia en el mercado en la venta de colchones”, recuerda su primo Pablo Polanco, quien se quedó con el negocio de la venta de colchones cuando Jerónimo empezó con el negocio de la venta de guaro y sexo.

Pablo, quien ahora tiene un puesto de venta de colchones en la Carretera Norte, dice que a Jerónimo el negocio le iba tan bien que llegó a tener varios vehículos para vender sus productos en todo el país, pero que llegó un momento en que casi quiebra el negocio por las apuestas y las mujeres.

“Empezó a mujerear y apostar y casi pierde todo. Tuvo que pedir un préstamo, empeñó la casa que tenía por el Dancing y con eso puso el negocio del bar”, recuerda Martha Patricia Jarquín, su prima.

A Jerónimo Polanco se le recuerda bien en su familia porque iba a cuanta fiesta patronal hubiera en los departamentos, llevaba cosas que vender y regalar, y después se dedicaba a apostar. Era el padrino de las fiestas de la Virgen de Santa Rita en Teustepe, adonde llegaba cada mes de mayo a montar barreras de toros, a tocar mariachis y chicheros y a organizar juegos de béisbol o carrera de caballos.

Su familia recuerda que a Jerónimo le gustaba tomar ron, beber sopas caseras y cantar ranchera: Antonio Aguilar, su preferido. No era hombre de gustos refinados, su condición de campesino que nunca fue a la escuela se le evidenciaba en su timidez y terror a los cubiertos; tan falto de habilidad en la mesa era que cualquier comida la ingería con cucharas en vez de tenedores.

Doña Timotea, la madre de Jerónimo, recuerda que el terreno donde su hijo instaló el bar que luego llegó a ser el enorme nigth club llamado Aquí Polanco, estaba a su nombre. “Cuando los desmovilizados se tomaron el terreno de ahí, que era un potrero todo eso, a él le regalan un terrenito y él lo pone a mi nombre. Era un terreno pequeño, donde él puso un bajareque y unas mesitas. Así comenzó mi hijo”, recuerda la señora, refiriéndose al sector de Villa Reconciliación, donde queda el famoso bar.

Porfirio González, el taxista amigo de Jerónimo, recuerda que el bar estaba instalado en un terreno de 10 varas de frente por 30 de fondo. Cubierto de sacos macen a los costados, remachado con cartón y zinc usado.

Sus primeros clientes eran, principalmente, los buseros de la terminal del Mayoreo, taxistas y los conductores de furgones internacionales que eran quienes más plata dejaban por aquello que caminaban dólares. Fue por ellos, recuerda González, que empezaron a llegar las mujeres al bar y así fue que la prostitución pronto se apoderó del lugar mientras este iba creciendo.

“Una vez un par de putas, ya borrachas, se desnudaron y anduvieron bailando entre las mesas. Los hombres estaban entusiasmados y les pagaban para que se desnudaran. Poco a poco iban llegando más mujeres, las ventas iban subiendo y Polanco fue mejorando el local, compró los terrenos vecinos y cuando miró, ya el negocio estaba bien parado”, cuenta su prima Teresa, quien le trabajó de cocinera y mesera en el duro inicio del negocio, allá por agosto de 1993.

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Jerónimo Polanco visitaba tanta fiesta patronal que hubiese en todo el país y con él, licor a raudales, sexo a granel, y apuestas bravas.

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César García fue taxista de parada por más de diez años de Aquí Polanco. Todas las noches iba a traer y dejar clientes y al filo de la madrugada, a veces bien entrada la mañana, les hacía el recorrido a las bailarinas que alquilaban en cuarterías del lado del Riguero y Campo Bruce.

Recuerda que al inicio pensó que era broma lo que le decían sus colegas de parada y las mismas putas del recorrido: que si les conseguían chavalas que fueran a bailar, les daban cien pesos y si la chavala era señorita, eran 200.

“Yo nunca llevé alguna chavala a recomendar, pero sí fui con varias bailarinas a Tipitapa y Masaya a traer a muchachas que decían que querían trabajar en Aquí Polanco. Cuando miraba ya andaban desnudándose, puteando y salían borrachas”, relata García.

Nemesia González, administradora de Aquí Polanco desde hace 12 años, no recuerda que ella hubiera autorizado pagos de comisiones a taxistas o bailarinas por contratar a otras mujeres, porque dice que al negocio las mujeres llegaban recomendadas por otra o por su propia voluntad.

En el negocio, de dos plantas, existe un salón de baile, un salón de juegos de mesa, billares y tragamonedas, y contiguo, una tarima redonda donde las mujeres bailan y se desnudan. Atrás hay algunos cuartos donde los clientes pasan a sostener sexo con las bailarinas.

Uno de los familiares de Polanco reconoce que a Jerónimo efectivamente le gustaban las jóvenes, y que frecuentemente se daba sus vueltas por Tipitapa (donde puso otro negocio del mismo tipo) o por bares de Carretera Norte, buscando chavalas bonitas para el negocio.

“Yo sí tenía una amistad con él y con su familia. Era un hombre trabajador, un hombre muy solidario. Nunca tuve la oportunidad de visitar ni su casa ni el establecimiento, un lugar de esparcimiento. El cooperaba con el Frente con todo lo que se podía cooperar”, dice Daniel Ortega

Aunque nunca nadie lo denunció públicamente por corrupción de menores, ni trata de blancas, sí hubo investigaciones de organismos defensores de los derechos humanos, como la Procuraduría de la Niñez, el Ministerio del Trabajo, y la Red de Defensa de la Mujer, quienes recibieron la denuncia que en los locales de Polanco a las niñas se les explotaba al grado que aún en contra de su voluntad, se les rifaba entre los clientes para que estos las tomaran por una hora en los cuartos ocultos del nigth club.

Carlos Emilio López, quien fue Procurador de la Niñez y la Adolescencia hasta hace dos años, recuerda que a sus oficinas llegaban constantes denuncias de madres y familiares de niñas que desaparecían y luego aparecían prostituyéndose en Aquí Polanco y otros clubes del sector.

“Nos llegaban las denuncias que a las niñas y adolescentes las explotaban sexualmente. Las inducían al vicio, las trataban como mercancía y las vendían. Incluso hubo denuncias que desde Aquí Polanco había una red de trata de blancas que exportaba niñas y adolescentes a El Salvador y Guatemala con fines de explotación sexual comercial. Las trataban como esclavas sexuales”, certifica López.

El ex procurador incluso dice que debido a las constantes denuncias, coordinaron una investigación con el Ministerio de Gobernación, Ministerio de la Familia, la Policía Nacional y el Ministerio de Salud, para constatar in situ las denuncias.

“Se comprobaron las denuncias, amenazaron con llevarlo a juicio, pero debido a que el Código Penal no establecía ni tipificaba los delitos sexuales, no se pudo procesar ni acusarlo, sólo se le amonestó y se le amenazó con cerrarle, se le quitaron algunas niñas, pero nada más”, recuerda López.

Tan abierto y descarado era el negocio del sexo en Aquí Polanco, que un conocido locutor de un programa vespertino de comentarios que se transmite en una popular emisora afín al Frente Sandinista, emitía un anuncio que no dejaba nada de dudas: “¿Anda buscando chavalas nuevas de paquete y cero kilómetros? Vaya donde Polanco”.

Lo que el ex procurador López ignoraba en ese entonces es que Jerónimo Polanco ya no era un simple negociante de licor y sexo, sino que sin ser político, ya era un hombre con conexiones y poder de influencia.

“Aquí venían gentes famosas de los partidos políticos, del gobierno, periodistas, concejales y vicealcaldes de la Alcaldía de Managua y ya no se diga de la Policía. Todos venían y se abrazaban con él, bebían, comían y todo, y él a veces ni les cobraba”, dice Nemesia González, su administradora y brazo derecho hasta que a Polanco lo mataron.

Tanta influencia había conseguido Polanco, que a pesar que lo descubrieron explotando sexualmente a menores, que su negocio era constante escenarios de balaceras y pleitos donde hubo muertos y apuñalados por docenas, nunca lo sancionaron ni lo multaron. Por el contrario, lo protegieron de varias situaciones de las que difícilmente saldría libre algún prójimo común.

En diciembre de 1998, Jerónimo Polanco se vio involucrado en un accidente de tránsito por el sector del Restaurante El Madroño, donde murió una mujer identificada como Elízabeth. Aunque Polanco reconoció que venía borracho esa vez, en el Distrito Seis de la Policía escondieron el vehículo e incomprensiblemente las autoridades se negaron a brindar información sobre el suceso a los periodistas al grado que incluso, prohibieron que le tomaran fotos al vehículo de Polanco, mientras el carro Lada, placas 055-001, donde viajaba la víctima, fue tirado en el parqueo de la calle frente al Departamento de Tránsito.

A pesar que los familiares de Jerónimo Polanco lo describen como un tipo afable y pacífico, un suceso de agosto del 2005 lo refleja en otra faceta que no se le conocía: pagar para que otros asumieran la violencia que él aparentaba no tener.

En agosto del 2005, a Jerónimo Polanco la Fiscalía de la República lo acusó como cómplice en un crimen perpetrado, según la denuncia, por un policía. El hecho habría ocurrido en el sector del Malecón de Managua una madrugada de ese mes. La víctima era un joven de 16 años que intentó fugarse del bar El Muelle, propiedad de Polanco y el victimario, un policía de línea.

Según la denuncia de los hechos interpuesta en los juzgados de Managua por la fiscal Silvia Sánchez Barahona, el policía Héctor Ramón Munguía habría matado a golpes de clavas y patadas a Luis Carlos Meléndez, de 16 años. El joven y dos amigos más habrían intentado irse del bar sin pagar y supuestamente Polanco le pagó 100 córdobas a la Policía para que los siguiera y los golpeara.

Polanco fue citado al juicio, donde se presentó con su abogado negando los cargos y aduciendo problemas de sordera para evitar contestar las preguntas de la Fiscalía y los abogados acusadores. Dos meses después fue absuelto de los cargos.

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A Jerónimo José Polanco lo mataron el 28 de marzo de este año 2006. Su muerte fue atroz: lo golpearon, le metieron cuatro disparos y el cuerpo trataron de quemarlo para que no lo reconociera su familia. Lo dejaron tirado en un predio baldío del kilómetro 50 Carretera Vieja a León.

La Policía descubrió el cuerpo hasta el 30 de marzo y las investigaciones destaparon una escandalosa relación entre el empresario y la Policía Nacional. De hecho, sus asesinos eran dos jóvenes muy ligados a dos altos jefes policiales y un amigo de estos.

A Polanco lo mataron, supuestamente para robarle, los jóvenes Byron Leonel Centeno y Lenín Calderón; el primero era chofer personal del comisionado Carlos Bendaña, jefe de la Policía de Managua y el segundo es hijo de William Calderón, asesor y amigo de Bendaña. De hecho la misma Policía detuvo a William Calderón bajo la sospecha de ser el autor intelectual del crimen, ya que la administradora de Aquí Polanco denunció que el hombre se hacía pasar por comisionado de la Policía para extorsionar a Polanco.

En el destape, se conoció que el chofer de Bendaña iba y volvía a los negocios de Polanco a pedir plata en nombre de su jefe. No sólo la misma administradora de Polanco dijo que su tío prestaba plata a otros policías, sino que les ayudaba en la compra de gasolina para las patrullas y hasta pagó miles de dólares para la reparación de los vehículos policiales y dio otras regalías personales para ganarse la protección policial.

Tras el crimen se supo que el hombre que inició cortando algodón llegó a codearse con diputados, magistrados, periodistas, concejales, policías, funcionarios públicos del gobierno y hasta se le consideró amigo personal del poderoso secretario del Frente Sandinista, Daniel Ortega.

“Posiblemente en algunas de las actividades que teníamos allá en la Secretaría (del FSLN), tal vez el día de mi cumpleaños, que a veces hacíamos algún convivio, él estuvo por allá. Yo sí tenía una amistad con él y con su familia. Era un hombre trabajador, un hombre muy solidario. Nunca tuve la oportunidad de visitar ni su casa ni el establecimiento, un lugar de esparcimiento. Él cooperaba con el Frente con todo lo que se podía cooperar”, dijo Ortega cuando le preguntaron si conocía a Polanco.

Efectivamente a Polanco muchos lo recuerdan por su generosidad: regalaba cajas de lustrar a los niños de la calle para sacarlos del vicio; en Navidad repartía juguetes a los niños pobres de Teustepe y le calculan en más de 20 los ataúdes que regaló a conocidos y desconocidos que le pedían auxilio a la hora de la muerte de algún familiar.

Paradójicamente, a su entierro llegó poquísima gente y lo sepultaron sin mucha pompa en una cripta sencilla del cementerio privado Sierras de Paz, en la Avenida de los Notables.

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