Guardianes del cofre

Periscopio - 29.06.2008
Byron Jerez

Tanto Arnoldo Alemán como Daniel Ortega han depositado en un solo hombre el cuido del dinero de sus negocios personales, el de su partido y el del Estado cuando han llegado a ser presidentes. Ésta es la historia de los dos guardianes del cofre de los caudillos: Byron Jerez y Francisco López

Octavio Enríquez
Fotos de Uriel Molina

El 17 de febrero de 2008, domingo soleado, un hombre rollizo y chaparro bajó de la primera camioneta de la caravana que llegó rauda como a la una de la tarde de ese día a Puerto Sandino. Era Francisco López, quien bajó ante la expectativa del enjambre de periodistas que ese día esperaba el más grande embarque de petróleo que el presidente venezolano Hugo Chávez enviaba al país desde Caracas. Los periodistas creían que era el mismo Daniel Ortega quien bajaría de esa camioneta.

Ese puerto, que años atrás se llamó Somoza para satisfacer el ego del dictador, recibía ese día 276 mil barriles de petróleo, valorados en 20 millones de dólares. Eso explica por qué aquel hombre llegaba exultante con su camiseta blanca, blue jeans, anteojos y una gorra camuflada que tenía serigrafiada la imagen del Ché Guevara y a un sonriente Hugo Chávez, en su gloria bolivariana.

Francisco López se subió también entonces a una lancha cuando desembarcó el buque El Inca y salió feliz con un salvavidas en la portada de un diario de circulación nacional alrededor del barco que, según él, prometía que el bienestar de las sagradas escrituras empezaba a ser realidad desde aquella tarde.

Francisco López no es un funcionario cualquiera. Todos los días hace ejercicio y como su jefe, Daniel Ortega, ha buscado una oficina que le quede cerca de su casa, apenas a tres cuadras largas en la colonia Montserrat de Managua.

Si lo llaman de la Presidencia viaja hasta la Secretaría del Frente Sandinista, despacho presidencial desde inicios de 2007 y residencia de su jefe en la colonia El Carmen de la capital. Y cuando no está allí, atiende sus propios negocios y otras tareas como un hogar de recuperación de adictos en Carazo.

La última vez, antes que el escándalo de corrupción en que se vio involucrado estallara, se la pasaba entre Miami y Caracas, dijo bebiendo una botella de agua delante de los periodistas. En esos lugares le maneja al presidente Daniel Ortega el más rentable negocio estatal.

Se trata de un acuerdo petrolero, de pago preferencial acordado con el comandante Chávez que le dejó, en la primera parte de su gobierno a Ortega, 500 millones de dólares extras al Presupuesto de la República, tal como se vio obligado a confesarlo el mandatario en mayo pasado, presionado por una huelga de transporte.

La clave de ese acuerdo, mediante el cual Venezuela le manda miles de barriles de crudo a Nicaragua y le da el 50 por ciento en crédito, está en una sociedad creada entre funcionarios de Nicaragua y Venezuela para evitar cualquier cortapisa: Alba Petróleos de Nicaragua S.A., una empresa mixta cuyas oficinas están en la colonia Montserrat y que se ha colocado fuera del alcance de los órganos de control estatales bajo el argumento de que “es privada”, aunque Francisco López haya llegado a ser el vicepresidente de esa sociedad precisamente porque es el presidente de la estatal Petróleos de Nicaragua (Petronic).

Pero López no sólo es vicepresidente de la “privada” Albanisa y presidente de la estatal Petronic, es además, desde hace 15 años, –y tal vez esto explique los dos cargos anteriores– tesorero de los bienes del Frente Sandinista de Liberación Nacional.

En la bolsa de López se revuelven el dinero del Estado, del partido y de los negocios privados de su jefe, Daniel Ortega, el caudillo del Frente Sandinista. Partido-Estado-Caudillo es una fórmula que conoce bien otra persona en Nicaragua. En la lujosa residencial Santo Domingo, donde hay mansiones de millones de dólares, vive este hombre gordo, pelo liso, de partido en medio, que hizo temblar a los empresarios desde la Dirección General de Ingresos (DGI) y asombró al país cuando los periodistas descubrieron que había financiado la construcción de una lujosa terraza en Pochomil Viejo, pagándosela con los fondos que enviaron los donantes para ayudarle a las víctimas del huracán Mitch.

Igual que el tesorero del FSLN, Jerez administró las finanzas de su partido y fue nombrado en un puesto que no se correspondía con la cercanía que tenía con su socio y amigo íntimo, el nuevo presidente Arnoldo Alemán.

Sin embargo, bajo la dirección de Jerez, la DGI funcionó como el verdadero Ministerio de Finanzas, llegó a recaudar casi 395 millones de dólares anuales y cobró un protagonismo (de hecho él era también el Viceministro de Finanzas entonces) que nunca se le había conocido en el manejo del dinero público.

A diferencia de Alemán, Ortega sabía que el gran flujo de dinero circularía a través del petróleo que llegara al país desde Venezuela, y es por ello que López, su tesorero privado y del partido, es designado desde los primeros días del gobierno como presidente de Petronic.

Guardianes del cofre
Francisco López no es uno más de los 1,691 personas que se llaman como él en el padrón electoral. Es el tesorero de Daniel Ortega y quien le maneja sus negocios y la plata de la cooperación con Venezuela.

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Según Las mil y una noches, Alí Babá era pobre y descubrió su riqueza al subirse a la copa de un árbol, miedoso después de escuchar un estruendo en el bosque que resultó ser el paso de los ladrones rumbo al escondite de su tesoro. Jerez encontró su suerte cuando vivía en Miami al ver entrar al gordo que visitaba la ciudad, falseando de una pierna. Ese gordo, de hablar campechano, quería ser Alcalde de Managua y andaba buscando colaboradores.

Era 1989. Había sido de la juventud somocista, un joven rebelde a quien su padre mandó a reformarse a una academia militar en Missouri y allí tenía a Arnoldo Alemán haciéndole la propuesta.

El hijo del fabricante de las camisas Venus de la vieja Managua no era un angelito. En la academia a Jerez le enseñaron disciplina. Había huido del país para establecerse en suelo estadounidense, como todos los que salieron en estampida tras el triunfo de la revolución.

Vendió pizzas, le dijo al periodista Fabián Medina en 1999, e hizo de todo para sobrevivir hasta que alguien le presentó al que sería su jefe y socio. Allí comenzó lo que se puede llamar una relación estrecha, de amigos, que lo llevó al poder a Nicaragua.

Fueron socios y amigos, y forjaron una relación tan estrecha que crearon sociedades en Panamá y sacaban dinero del Estado que iba a parar a esas sociedades: 100 millones de dólares que convirtieron a Alemán en uno de los presidentes más corruptos del hemisferio según Estados Unidos.

Jerez quedó convertido a la larga en esto: en una caricatura publicada en un diario nacional. Pedro Molina dibujó a Al Capone resucitado, enfundado en su traje, elegante. Llamaba maestro a Jerez, inclinando la cabeza y dándole un beso en la mano. El mafioso rindiéndole el charro al hombre de Alemán.

Luego vino la enemistad con el caudillo, los juicios promovidos por el Estado, el partido abandonando a Jerez y éste declarando todo contra Alemán. El odio llegó derechito, pese a que el financiero del ex Presidente fue de los más allegados al partido, el brazo con que presionaban a los críticos desde el puesto de recaudador de impuestos del Estado y un feroz diseñador de estrategias políticas como la vez que dibujó en una servilleta la estrategia que pensaban seguir para sacar de juego a Pedro Solórzano, conservador y entonces con un margen de popularidad alto en Managua.

“Yo de los muertos no hablo”, dice María Fernanda Flores, esposa de Alemán cuando se le consulta por teléfono sobre su antiguo socio. Igual que Francisco López en el FSLN, Jerez fue el guardián del cofre del caudillo, una mezcla de fondos del Estado, el partido e intereses familiares.

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“Chico (López) no era sandinista”, dice en una casa humilde de San Judas, otro hombre se acomoda en una banca para contar la historia que conoce, la de su hermano. Julio César López Centeno, de 68 años, dice que los sandinistas, mediante los Comité de Defensa Sandinista quisieron quitarle algunas casas a la familia en los años ochenta. Así que Francisco López Centeno se hizo sandinista mucho después, aunque colaboró sin llegar nunca a figurar en la lucha contra Somoza.

En la época de la dictadura, trabajó en el Plantel de Carreteras. En los ochenta laboró en la empresa de bananos de Nicaragua. Nunca figuró, pero el puesto le sirvió para conocer gente. Una de las amistades que más le sirvió fue la de Manuel Coronel Kautz, actual Vicecanciller (del círculo de intelectuales y empresarios del FSLN), que un día le presentó a Daniel Ortega y se lo recomendó para que fuese su financiero.

A partir de entonces, López se encargó de manejar las finanzas de un partido derrotado en 1990. “Chico se hizo cargo de la logística del partido –alimentos y lo que se necesitaba para las actividades del FSLN– mientras el comandante Bayardo Arce manejaba las empresas del partido. Nadie quería el puesto de Chico, pero él hizo un buen trabajo”, recuerda un dirigente sandinista que no quiere que se mencione su nombre.

La cercanía con la familia presidencial llegó al punto que él fue quien estrechó relaciones con Alexis Argüello, el tricampeón de boxeo que ahora compite por la Alcaldía de Managua. López le ayudó a él a recuperarse en una de las tantas crisis que tuvo Argüello en relación con las drogas y el alcohol.

“No conviene hablar de él ahorita –dijo Argüello a Magazine–. Está en la tormenta. Él es una excelente persona. Le debo mucho, pero otro será el momento de levantarle el perfil”. Acababa de concluir una reunión de candidatos a alcalde del Frente Sandinista en un hotel capitalino.

Antes de ser conocido, el tesorero del FSLN fue un tipo normal, como dice la canción. Era clase media, profesional. Siempre lució bien vestido, según Isaac González, albañil retirado, 75 años, que vive ahora en un barrio llamado Tierra Prometida y lo conoció en San Judas.

López nació el 17 de septiembre de 1950 en el pueblo pequeño de Santo Domingo, Chontales, donde media humanidad se dedicaba a sacar oro de las minas, ayudando a enriquecer a las compañías de esa zona. Fue cuando era pobre.

Tuvo siete hermanos, el mayor de ellos Julio César, que caminaba frecuentemente 15 kilómetros hasta La Libertad, en el mismo departamento, donde nació el presidente Daniel Ortega, el cardenal Miguel Obando y el jefe del Ejército, el general Omar Halleslevens.

Cuando las minas cerraron a mediados de los 50, los López tenían un comedor y luego, cuando ya no pudieron, se mudaron a Managua. Primero el padre, luego la mujer y después los chavalos, dice Julio César López que aún vive en el barrio San Judas donde se criaron todos.

“(En el barrio San Judas) le decíamos Chico Loco. Nosotros sabíamos que era ingeniero, pero agarraba esas ‘guerras’ (borracheras). Pasaba sus cuatro, cinco días bebiendo. Siempre anduvo bien vestido. Nunca como bazuquero. Siempre andaba dinero. Enfrente al ceibón hay un cafetín, había una cantina en la que te servían un trago y un jocote. Pero claro era Francisco López el que pidió dos litros de guaro. Él era el alcalde en nuestro barrio. Andaban un montón de gente detrás de él y una vez él agarró al cantinero a huevazos. Por eso le dicen Chico Loco”, recuerda Isaac González en su casa, recostado en una hamaca, una gorra puesta en su pierna cruzada, una sonrisa en el rostro.

En otra ocasión lo echaron preso. Quien lo cuenta es Alberto Vargas, casi ciego, sastre retirado y el padrino de recuperación de López. Acudían ambos al club 26 de Febrero, de alcohólicos anónimos, ubicado cerca de El Ceibón, y de pronto su amigo empezó a hacer un escándalo.

“Pasaba una patrulla de la Guardia Nacional en 1975, y el resto de alcohólicos llamó a los oficiales para que lo retiraran. ‘Jodido de mierda –le dijo la Guardia–, en vez de escuchar y dejar de beber, estás perjudicando. Vámonos’. Yo no dije que se lo llevaran preso. La familia me ha echado la culpa a mí desde siempre. Chico tiene un buen corazón”, recuerda Vargas.

Guardianes del cofre
El pasado y el presente. Francisco López, tesorero del FSLN, en una imagen cuando era niño en una humilde casa de su familia en Managua. A la par, la extensa mansión donde vive en la colonia Monserrat. “A él lo critica la gente que no lo conoce”, lo defiende una vecina pobre y una de sus beneficiadas.

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Byron Jerez era un pesado, una imagen que él solo se encargaba de reforzar cuando daba entrevistas. Si era gordo (llegó a pesar 280 libras) explicaba: “Es porque tengo tranquila la conciencia”.

El lunes 22 de noviembre de 1999, cuando recaudaba impuestos para el Gobierno, el periodista Carlos Fernando Chamorro lo entrevistó. Un camarógrafo, que le trabajaba a Jerez, los estaba filmando. Quería intimidar pero aquel acto también le reveló al periodista la profunda desconfianza del funcionario a los medios de comunicación.

Para Chamorro, Jerez fue olvidadizo para los detalles técnicos, y se empecinó en poner su agenda política, “parece un clon de Arnoldo Alemán”.

Después de preguntarle sobre casos particulares, que el funcionario sorteó aduciendo que no se acordaba, Chamorro lo encaró tratando de meter el tema del doble rol de recaudador de impuestos y tesorero del partido.

—¿Y cómo compatibiliza esas dos funciones?

—¿Cómo las voy a incompatibilizar? ¿Qué tiene que ver la velocidad con el violín? Vos eras sandinista y eras Director de Barricada y eras hijo de doña Violeta –respondió agresivo, antes de incluso llegarle a decir al periodista que también él tenía derecho a preguntar.

Esa agresividad también la mostró con Fabián Medina, jefe de información del Diario La Prensa, quien lo atendió a finales también del 99. Luego de contar su historia, su pasado en Miami como vendedor de pizzas y fabricante de bluyines, lanzó un fuerte reclamo:

—Yo quisiera encontrar en un medio de comunicación un día felicidades a la Dirección General de Ingresos porque recogió tanto. ¡Algún Día! –fustigó.

—Tal vez lo felicitemos cuando haga una auditoría a Geninsa (la sociedad que representa los negocios de Arnoldo Alemán, su jefe, como los de Albanisa representan los negocios de Ortega)... –le respondió el periodista.
Jerez perdió la compostura. —Sí se le puede hacer a Geninsa... ¿Por qué no? Fijate vos con lo que me contestás. ¡Ve qué triste! ¡Qué tristeza! ¡Te lo juro!

Luego se descubriría que los cheques que salían de la DGI, como parte del saqueo, pagaban deudas de la sociedad del Presidente y negocios familiares de Jerez y del mandatario.

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Esta mañana calurosa, los Fonseca están reunidos en el porche de su casa, una vivienda de unos cuantos metros cuadrados ubicada en un barrio que los vecinos llaman desde hace tiempo, con más consuelo que realismo, Villa Esperanza.

El tema de ahora es su vecino más famoso: Francisco López Centeno, cuya propiedad se ubica a unos metros, en la colonia Montserrat. Por allí pasa haciendo ejercicio todas las mañanas. Desde el porche cercado con mallas, sus vecinos ven las dos viviendas que tiene López. Ocupan más de 50 metros a lo largo y otros tantos de fondo. En una el tesorero cría perros; en la otra se pasea entre árboles de almendra, mangos y banderas sandinistas.

Para ellos, Francisco López, el tesorero del Frente Sandinista, es una buena persona.

A Erick, de 17 años, pelo rizado, con una gorra anunciando paz y reconciliación, el lema oficial del Gobierno, este señor le da 100 córdobas cada vez que lo acompaña a trotar en la cuadra y le regala los útiles escolares cada vez que ingresa al colegio.

—Mire –interrumpe Erick– va llegando un hijo de don Francisco.

Se mira pasar una camioneta Land Cruiser de lujo, plateada, placas M036153 y el joven a lo lejos baja una bolsa enorme de comida para perros que un empleado recoge apuradamente.

Las regalías para los vecinos alcanzan también para llenar el termo de carne cada vez que López ordena que destacen reses en su finca La Sobriedad, ubicada en el balneario El Tránsito.

“Él puso el chofer y todo el dinero cuando mi nieta necesitaba una tomografía. Eso ocurrió hace dos años. A él le gusta que le digan don Francisco, nada de Chico. A él lo critica la gente que no lo conoce, o los que le cae mal, porque uno no es monedita de oro”, dice la madre de Erick, Mayra Rodríguez, pelo liso, arrugas en la frente, ojos pequeños.

“Una vez Chico se sacó la lotería. Le dio la mitad a su conductor. ‘Si

soy rico, pues vamos a ser los dos’, le dijo al chofer. ¿Me entendés cómo es Chico?”, dice su hermano Julio César López Centeno, unos kilómetros al oeste, en su vivienda del barrio San Judas, en una historia que no pudimos corroborar.

Y agrega: “Yo no creo lo que dicen de mi hermano. Él ha llegado hasta donde está porque le ha costado. Chico tiene varias ocupaciones. Siempre ha sido estudioso, hasta ocho horas estudiaba todos los días. Es trabajador. De su vida personal, mujeres, es reservado. Daniel lo conoce a él por chontaleño y, cuando ya todos están involucrados y se levantan contra la dictadura, se conocieron varios en la universidad como Daniel, Humberto y el juez que salió en lo (escándalo) de los dólares de la Corte (Rogers Camilo Argüello)”, lo defiende.

Otro de sus vecinos, Isaac González, recuerda que una vez López hizo un festín previo a Navidad en La Sobriedad. Invitó a sus trabajadores, mataron varias vacas y anunció en ese jolgorio de leyenda que aumentaba el salario a todos sus empleados, menos a los que no llegaron a celebrar. Y así lo hizo. “Es que así es Chico”, explica este hombre.

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Últimamente ni una sola línea se lee de Byron Jerez en los diarios. ¿Qué pasó con uno de los hombres que dirigió este país? ¿Qué hace ahora que está fuera de foco, cuando nadie lo menciona en los periódicos?

Nadie sabe. ¿Una entrevista con Jerez? No. No da entrevistas. ¿Anda solo? ¿Tiene escoltas? Es imposible responderlo.

A quien sigue un tropel de hombres es a Francisco López. El diez de junio de 2008, algunos de ellos se enojaron con los periodistas cuando lo comenzaron a cuestionar por el último escándalo de corrupción en que se vio involucrado.

Resulta que con los fondos que él maneja de la cooperación venezolana, de acuerdo con una versión inicial, se están construyendo casas para pobres. Resulta que la compañía que las fabrica es de su propiedad. Resulta que esa compañía también construye escuelas. Resulta que el que financiaba todo era el Seguro Social y que en el negocio está metido el Ministro de Turismo, Mario Salinas. En juego: más de 44 millones de córdobas.

“Habría que preguntar a quienes lo dicen cuáles son las responsabilidades y los soportes que tienen ellos para ese efecto. Lo que yo puedo asegurar es que no hay ningún vínculo entre esta persona con quienes nos han estado descalificando y vinculando”, se defendió López ante los periodistas. Lucía incómodo.

“La gente dice que es prepotente –lo defiende su hermano Julio César al describir su personalidad–, pero no. Lo que pasa es que su carácter es así. Él es serio, pero cuando mira que nadie es conocido, tiene que ponerse así porque el enemigo siempre anda cerca”.

No se puede decir lo mismo de Jerez, quien ha sido siempre un verdadero polvorín. El ex funcionario ha intentado recuperar algunas de las propiedades decomisadas tras el escándalo de corrupción que protagonizó. Se puso una banda en el estómago para bajar de peso. No se sabe qué hace y una mujer, probablemente su asistente, evade a los periodistas cuando se le llama pidiendo una entrevista a su casa. Hace unos años, se le vio pasar en una camioneta de lujo en la Carretera
Norte. Una nota de un boletín de noticias nacional, publicada el 20 de mayo pasado, lo recordó:

“El ex Director de Ingresos, Byron Jerez, nuevamente fue sorprendido por técnicos de Unión Fenosa robando energía eléctrica en su vivienda ubicada en residencial La Estancia de Santo Domingo.

“Los técnicos inspeccionaron el medidor y comprobaron que fue manipulado y alterado, por lo que decidieron suspender el servicio de energía eléctrica. La factura de la residencia es de 40 mil córdobas, pero una vez alterado el medidor, el ex funcionario logró ahorrarse el 50 por ciento de la factura desde octubre de 2007”.

Guardianes del cofre
“Pueblo Presidente”. El proyecto del escándalo, en que se vio involucrado Francisco López. Al fondo, el sello sicodélico de la primera dama Rosario Murillo.

Gusto por el mar

Un reguero de árboles tirados y una escuela sin techo se ve mientras se avanza hacia el balneario El Tránsito, a 60 kilómetros de Managua. Son las huellas del huracán Alma, que pasó por allí a finales de mayo pasado. Aparentemente, la Estancia La Sobriedad, propiedad del tesorero del FSLN, Francisco López, no sufrió daños.

Esta mañana no hay nadie que cuente esto. Es un sitio abandonado. Las puertas abiertas, soledad por doquier y adentro un niño cargando ladrillos. Del otro lado de la casa, el asunto es distinto. Aguas turquesas, unas peñitas, un ambiente de postal... Diez trabajadores furibundos que acusan al equipo de periodistas de haberse metido sin permiso, cuando nadie había.

Una casa de tres pisos –Byron Jerez tenía su terraza en Pochomil Viejo– se está construyendo en este sitio. Es de Francisco López Centeno, el tesorero del FSLN.

—Dame la cámara, ¡borrame ya las fotos que hicieron adentro! –exige un flaco, mal encarado a Uriel Molina, el fotógrafo.

No hay tales fotos, pero ellos nerviosos, no quieren saber nada. Nos rodean. Gritos. Un intento vano de negociación. Una moto, que minutos antes de que ellos nos rodearan, nos siguió.

Los mismos hombres del vehículo anotaron las placas del jeep del periódico. Siguen amenazando, a pesar que les explicamos que cualquiera se hubiera ido si hubiese tomado las fotos.

Para ellos no hay lógica.

—Ustedes los periodistas son unos malditos, dicen cualquier cosa del hombre –asegura uno.

—Usted le trabaja a Francisco López y nosotros a Magazine de LA PRENSA –lo intento persuadir

—Es que no hay qué decir. Son unos abusivos. Lo son. Nada tengo que hablar con vos.

Diez minutos rodeados. Impiden la foto más cercana donde se pueda apreciar el buen gusto de López.

Los furibundos trabajadores se quedan en amenazas. El mismo niño de la entrada, asegura presionado por el resto, que nos vio tomar fotografías. Son los pobres velando por su salario, defendiendo al patrón, alguien que se ha portado bien con ellos, “una buena persona”.

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