Hippies la época loca

Periscopio - 21.10.2007
ASHBY

Fumaron Marihuana, vivieron el amor libre y su consigna era “peace and love”. Hubo quienes los tacharon de “raros” y endemoniados”. Ellos aseguran que fue una época simplemente fascinante que recuerdan con nostalgia. Esta es la historia de los hippies nicaragüenses

Dora Luz Romero Mejía
Fotos de Orlando Valenzuela, Julio Molina y Jorge Ortega

Llevaban el cabello largo, usaban sandalias y en ocasiones andaban descalzos, vestían con pantalones campanas, collares, fumaban marihuana, vivían el amor libre y su forma de vida era en “paz y amor”.
Así eran los hippies. Aparecieron en San Francisco en los años 60.

Luchaban en contra de la Guerra de Vietnam y adoptaron un estilo de vida comunitario basado en la paz y en el amor. Luego se expandieron en todos los Estados Unidos y resto de países. Fueron parte de la llamada contracultura de los años 60.

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Una forma diferente de ver el mundo. Andar por las calles mostrando amor a sus semejantes, un total rechazo a la violencia, consumismo y discriminación. Esa forma de ver la vida llegó a Nicaragua y hubo quienes se sintieron identificados y se convirtieron en parte del movimiento. Mientras los norteamericanos luchaban contra la guerra, en Nicaragua algunos jóvenes se consideraron parte de esa batalla, hubo otros que adoptaron el estilo hippie como moda y unos que hicieron sus propios matices a la lucha para convertirla en una forma de expresarse contra la dictadura somocista. Han pasado más de cuatro décadas y hoy estos hippies nicaragüenses recuerdan aquella época con sabor a nostalgia. Imaginarlos hace 40 años es dificil y más aún siendo hippies. Hoy lucen serios, intelectuales y aseñorados. No queda ni la sombra de lo que fueron. Sólo de una de ellas quien asegura seguirá siendo hippie el resto de su vida.

Ya son padres, algunos abuelos, están canosos y en su mayoría tienen más de 60 años.

El tiempo pasó, del hippismo sólo queda la historia escrita y a ellos sus recuerdos de aquella época que confiesan fue una de las más felices de sus vidas. Esta es la historia del hippismo en Nicaragua visto desde la experiencia de cuatro nicaragüenses que de alguna manera estuvieron involucrados en este movimiento.

Ashby (primera a mano derecha) junto a sus amigos. Según ella, después de haberse fumado “unos cuantos churros”.

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Imagínese esta escena. Un profesor peludo y descalzo impartiendo clases. Un profesor que antes de iniciar hace una oración, levanta sus manos con la señal de paz y amor y para cerrar su “rito” les dice a sus estudiantes: “Todo está en la mente”.

Roberto Sánchez era profesor auxiliar de sociología en primer año de Derecho en la UCA. Tenía 25 años y en una de sus demostraciones de rebeldía se apareció en la universidad vestido de camiseta, azulón, collares y sin zapatos. Recuerda que sus alumnos lo miraron con extrañeza y que el rector de la universidad lo mandó a llamar de inmediato. “No es mi corbata la que va a impartir clases, soy yo. ¿Acaso estoy haciendo mi trabajo mal?”, recuerda que le dijo al rector. Mientras cuenta la anécdota no hace más que reír. Confiesa que al inicio de las clases esa ceremonia “tipo gurú” la hacía “por fregar”.

Hoy, no queda ni el rastro de ese Roberto Sánchez. Ahora es un hombre de cabello blanco que se encuentra en una oficina atiborrada de libros en la Alcaldía de Managua. Es jovial, sonriente, pero sentado frente a él nadie creería que fumó marihuana o que vivió por un par de años en una cabaña en las orillas de la Laguna de Masaya sin agua ni luz. Viste pulcro, una guayabera celeste, bien planchado y zapatos lustrados. Y pensar que un día usó sandalias hechas de llantas de camión.

Es director de Patrimonio Histórico Municipal. Tiene 67 años, 42 más que en aquel tiempo. Cuenta que cuando se encuentra a sus antiguos alumnos estos levantan sus manos con la señal de paz y amor y le dicen burlescos: “Profesor, ¿cómo es? Todo está en la mente”. Y él sólo sonríe.

Sentado detrás de un escritorio y con fotografías de Fidel Castro, Yasser Arafat y el presidente Daniel Ortega que cuelgan de la pared, Sánchez recuerda aquella época donde asegura fue “feliz y libre”.

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En Estados Unidos eran jóvenes que luchaban en contra de la guerra, el consumismo, la discriminación y las reglas establecidas. En Nicaragua “luchábamos en contra del somocismo, de la burguesía, la hipocresía y algunos éramos rebeldes hasta con nuestros propios padres”, asegura Claudia Ashby, de 60 años, quien dice continuar siendo una hippie.

A finales de la década de 1960 en la Avenida Roosevelt se empezaba a ver jóvenes con barba y cabellos largos, de sandalias, cargados de collares y hablando de filosofía. “Era una tragedia. Era una cosa horrible para los padres de familia. Había un rechazo”, asegura Roberto Sánchez. Mientras que el pintor Róger Pérez de la Rocha recuerda que los miraban como los “raros”. No había duda. El movimiento hippie había llegado al país, obviamente con ciertos matices.

De la Rocha dio sus primeros pasos en el hippismo cuando tenía unos 18 años. Para esa época estaba en Solentiname bajo la guía del padre Ernesto Cardenal, a quien lo recuerda como “un gran admirador de este movimiento”. Este pintor considera que el hippismo en el país fue una moda. “Aquí se dio el movimiento como una cosa elitista. Nosotros no estábamos peleando en Vietnam. Era una actitud solidaria de la juventud nicaragüense con la norteamericana, en el mejor de los casos, por no decir que era una copia”, afirma. En aquel tiempo era joven y no pensaba nada similar a lo que hoy expresa. No estuvo exento de fumar marihuana y de las tantas variedades que había “búfala, punto rojo, colombiana…” y aunque parezca contradictorio hoy es miembro de una organización que lucha por la rehabilitación de los adictos.

Es parco, tiene el rostro duro y lo menos que parece es haber sido hippie. Rara vez sonríe.

Un contemporáneo suyo es Carlos Alemán campo, director de publicaciones del Centro de Documentación de la Corte Suprema de Justicia. Él también usó la vestimenta que caracterizaba a un hippie y sus preguntas frecuentes eran las que Jean Paul Sartre planteaba en su libro El ser y la nada:

¿Quién soy? ¿Qué hago aquí? ¿Soy? ¿Existo? Si soy ¿para qué soy?… ¡Eso sí! “Nunca tuve decepción de la vida”, dice. En ese tiempo Ocampo tenía 24 años y era subdirector de la Escuela de Artes Plásticas. “Era amigo de Pablo Antonio Cuadra, Pedro Joaquín Chamorro, discutía en su círculo”, se jacta este hombre de 66 años quien es miembro de la Academia Nicaragüense de la Lengua.

Ashby en uno de sus viajes al “ride” a Guatemala. Las cotonas hechas en Masaya estuvieron muy de moda en las mujeres.

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Para finales de los años 60 e inicios de los 70 en Nicaragua se vivía una efervescencia revolucionaria. Recién había ocurrido la muerte de Ernesto “Che” Guevara, la revolución cubana y el impacto que tuvo en el país y en el mundo entero fue evidente. El país vivía bajo la dictadura somocista y el movimiento hippie, según De la Rocha, llegó como “un símbolo de rebeldía, de asomarse a esa cultura de paz y amor”. Para ese entonces, De la Rocha pertenecía al Frente Estudiantil Revolucionario. Hoy que mira en retrospectiva piensa que el movimiento hippie en el país fue parte de una “actitud de disipación”. Según dice, lo veían con simpatía porque eran jóvenes, pero “la guerra de Vietnam no era nuestra guerra. Aunque no puedo negar el mérito de estos jóvenes. A mí me gustaba el movimiento, era un admirador del valor de los norteamericanos”.

Los llamados “rebeldes” de aquel tiempo eran aquellos inconformistas que pretendían “descobijar, desenmascarar a una sociedad hipócrita, una sociedad de apariencias”, asegura Roberto Sánchez.

Hubo y hay diversidad de opiniones respecto a los hippies, en su mayoría negativas. Hay quienes los tildaron de vagos, sucios y marihuaneros. Claudia Ashby recuerda que les decían “cochinos”, pero asegura que no es cierto. “Nosotros nos bañábamos”. En alguna ocasión el gobernador de California, quien años después sería Presidente, Ronald Reagan, definió al hippie como un tipo “con el pelo como Tarzán que camina como Jane y que huele como Chita”. Y precisamente por las connotaciones negativas que conlleva confesar haber sido hippie es que personajes del quehacer público, que muchos los recuerdan como hippies militantes, prefirieron no brindar entrevistas para este reportaje.

Estos cuatro personajes que reconocen haber andado con el cabello largo, haber fumado marihuana, haber dicho lo que pensaban y haber filosofado quieren ser recordados no como marihuaneros ni vagos, sino como parte de un movimiento que sirvió para formar lo que hoy es Nicaragua. Para ellos no todo fue sexo, drogas y locura, sino que dicen haber sido una generación que se portó firme ante el rechazo. “Sí. Éramos irresponsables. Vivíamos de cualquier cosa, pero éramos bien fraternos. Si alguien tenía un churro lo compartía con los demás. No me siento orgulloso de ello, pero fuimos un movimiento auténtico, genuino, que no anduvo solapado”, asegura Sánchez.

Por su parte Alemán Ocampo, quien afirma haberse movido en un ambiente de “intelectuales”, dice que “eran jóvenes que querían formar un nuevo orden estético” y que aunque anduvieran descalzos y greñudos, cuando hablaban eran escuchados y respetados por sus “opiniones inteligentes y puntos de vista”.

Para Ashby no se debe ver únicamente lo negativo. “Éramos muchachos inconformes, rebeldes. Estábamos hartos de las represiones, de la dictadura, pero en esa época floreció el mundo artístico. Surgieron poetas, pintores y excelentes músicos”, destaca.

—¿Qué dejó a Nicaragua el movimiento?

—Es admirable como esa actitud condujo a un compromiso por la liberación de este país. Salieron muchachos que fueron quemones, vagos y después llegaron a ser dirigentes de la revolución de este país.

—¿Considera que este movimiento antecedió la revolución?

—El hippismo yo diría que fue conducente a la revolución. Primero fue una actitud de rechazo, pero
hay que ver que llegamos a ser después. Hubo muchachos que dieron la vida por Nicaragua. Sí. Fumamos marihuana, andábamos descalzos, pero toda esa actitud fue conducente a que la gente adquiriera mayores compromisos. Hay quienes guardan una leyenda negra que fuimos los marihuaneros. No. Hay que ver las cosas con más seriedad.

Ashby asegura que será hippie eterna.

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Claudia Ashby se considera una “hippie eterna”. Aún lleva el cabello largo como cuando tenía 18 años y la comparaban con Yoko Ono. Los años ya pasaron por ella. Luce arrugada y su cabellera tiene canas. Aunque la sonrisa que expresa cuando recuerda su juventud no se la quita nadie.

Ahora trabaja en la industria farmacéutica, se casó, tuvo una hija pero se murió. Vive sola. “Con todos mis amigos”, rectifica. Su manera de hablar evoca aquella época. Ella sigue leyendo a Nietzsche, Mahal Magandi, continúa con “la onda vegetariana”, y la consigna de su vida es paz y amor. Sus recuerdos están frescos. Siente que fue ayer cuando decidió viajar por Centroamérica al ride, que era la moda de ese tiempo.

—¿Cómo es que se ve involucrada en el movimiento?

—Me involucro por la escuela (Bellas Artes). En ese tiempo hubo varias corrientes filosóficas que a mí me llevaron a la búsqueda.

—En ese tiempo se escuchaba mucho de la marihuana.

—En esa época andábamos en la búsqueda y encontramos algunos estimulantes. Era muy común la marihuana aunque era un tabú.

—¿La probó?

—Me encantaba la marihuana. ¡Rica! Yo me sentía contenta y alegre. Bueno, siempre ando así feliz y contenta. Ese es un mal endémico en mí.

—¿Y ahora?

—No. Tuve una enfermedad pulmonar por fumar cigarro, entonces el doctor me prohibió todo. Aunque de vez en cuando si me invitan a un churro pues es sabroso —dice tras soltar una carcajada.

—En aquel tiempo, ¿qué le decían sus padres?

—La marihuana era sinónimo de demonio. Yo hice sufrir mucho a mi mamá, pero ella ya me disculpó.

—¿Y los ácidos?

—También. Me tomé mis aciditos, comí hongos alucinógenos.

—¿Y cómo vivió el amor libre?

—(Ríe) ¡Riquísimo! No había nada de condones y eso. Hacíamos de todo. Nos íbamos a la casa de un amigo, pasábamos la noche, oíamos música, bailábamos, andábamos desnudos… En bolillo como se dice. Gozábamos y quien quería hacer el amor lo hacía. Claro que no estaba el temor de ahora a todas estas enfermedades como el sida.

—¿Diría que vivió promiscuidad?

—Nooo. No. Yo tenía mi amorcito. Mi hippie man. Era de Jinotepe. Yo sólo hacía sexo con él.
Era exclusiva de él. Era su amor.

—¿Cómo recuerda esa época?

—Yo te digo que me siento feliz. Si volviera a nacer y volviera a vivir esa época volvería a ser hippie.
Yo siento en mi corazón que sigo siendo hippie porque sigo siendo rebelde, sigo sin estar de acuerdo con cosas incorrectas en el mundo. Soy una eterna hippie. Moriré como hippie y reencarnaré como hippie.

Róger Pérez de la Rocha en Solentiname en los años 70. Una fotografía tomada por Sandra Eleta.

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Escuchar la música de Led Zepellin, Los Beatles, Santana o Jimi Hendrix era sinónimo de hippismo. A estos músicos les tocó hacer el soundtrack de la época. “La canción Let it be (Los Beatles) era como el himno”, recuerda Ocampo con aires de nostalgia.

Es difícil imaginar a Carlos Alemán Ocampo con el cabello largo, de sandalias y con pantalones medio rotos. Este hombre ya está calvo, camina lento y encorvado. En las fotografías intenta esconder la papada, pero cuando en esa oficina fría llena de documentos en la Corte Suprema de Justicia llegan a su mente “aquellos recuerdos” su cara se enciende de júbilo y las anécdotas empiezan a florecer.

Cuenta que anduvo al ride por Centroamérica, Europa e incluso llegó hasta África. A veces solo, sino con un amigo o amiga. El viaje que más recuerda es uno que hizo a Portugal con una amiga. “Fue una viaje maravilloso, nos quedábamos en pequeñas posadas de mala muerte porque eran las más baratas y fue una expedición erótica maravillosa”, relata con un gesto pícaro. Y esa no fue la única vez, a menudo junto a sus compañeros se reunía en la terraza de su apartamento, lugar que fue escenario de múltiples “sesiones eróticas”.

“El amor surgía de una forma espontánea, es decir estamos aquí, gozando, alegre, el sexo es bonito, es rico. Nos sentíamos atraídos entonces hagámoslo, sin compromisos, sin obligaciones, sin presiones”, recuerda. Asimismo en esa época hubo mayor libertad por parte de los homosexuales y lesbianas, ya que “si el amor era libre había derecho a elegir”. Sin embargo aclara que sí pudo haber promiscuidad, aunque para él ese no es el término para definir lo que se vivió. Y así cada uno de ellos: Ashby, Sánchez, De la Rocha y Ocampo retroceden el casete de sus vidas 40 años atrás y reviven aquella época que sin titubeo alguno dicen fue maravillosa.

En una oficina en el Centro Cultural Managua, con sus pinturas colgando de las paredes, Róger Pérez de la Rocha sonríe al recordar sus arranques de rebeldía. Y con una sonrisa, quizás la única durante la entrevista, no puede olvidar cuando la gente lo miraba a como dice la canción, como El extraño de pelo largo…

Roberto Sánchez en los años 70, época que vivió a orillas de la Laguna de Masaya. Y donde vivió “libre y feliz”

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