La agonía de los Ramas

Periscopio - 05.04.2009
Agonía de los Ramas

Dos hombres son la esperanza que tiene Rama Cay para recuperar su lengua casi muerta. Han perdido mucho. La modernidad les ha arrebatado de las manos gran parte de su historia y tradiciones

Dora Luz Romero
Fotos de Orlando Valenzuela

Sentado sobre una banco quebrado y sucio, pareciera que Reynaldo Rigby espera ver cómo la lengua rama muere. Este hombre recio, canoso y de poco sonreír es uno de los dos únicos habitantes de Rama Cay que hablan y comprenden rama a la perfección. Pero ahí, sentado sobre esa butaca, sin siquiera dar la guerra, se ha rendido ante las lenguas y costumbres que han llegado a invadir su isla. Asegura no estar dispuesto a transmitir sus conocimientos para rescatar la lengua. "Ya estamos muy contaminados", dice resignado, mientras frota su barbilla con la mano derecha.

Tres pequeños lo observan con reverencia. Reynaldo no hace más que quejarse. Se queja de los jóvenes ramas que han adoptado nuevos estilos de vida. Se queja de que en Rama Cay no se hable más rama... El joven que ayuda a traducir luce apenado. "El está inconforme con nosotros y dice que no quiere enseñarnos lo que sabe de rama porque sólo lo vamos a usar en nuestro propio beneficio", explica el muchacho.

La esperanza de que el rama sobreviva en Rama Cay recae en dos hombre. Uno de ellos es precisamente Reynaldo Rigby, quien como hemos visto, cruzado de brazos, lleno de lamentos y recuerdos se niega a hacer algo. Al final, es como si se convirtiera en uno más de esos ramas que no hablan su lengua.

El otro hombre sí está dando la batalla, aunque tampoco sea optimista. Se trata del profesor Walter Ortiz, quien a diario imparte clases de rama a los niños de primaria.

Esa es la situación de esta isla. Mientras el tiempo avanza sus posibilidades de rescatar su lengua parecen más reducidas. Uno se pregunta ¿qué pasará cuando estos dos hombres ya avanzados en edad mueran? Ellos quieren creer que para ese entonces algunos jóvenes sabrán hablar rama. Pero de lo que sí están convencidos y lamentan decirlo es que nunca más en la isla de Rama Cay el idioma oficial será el rama.

Agonía de los Ramas
Reynaldo Rigby no tiene interés de transmitir los conocimientos de rama. En la fotografía junto a su esposa y una de sus hijas.

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Llueve. Las palmeras se mueven al compás del viento y los niños de la isla corren descalzos a refugiarse en sus casitas de madera. Un anciano canoso espera "que la lluvia cese debajo de un frondoso árbol. Culo amaina la brisa, el viejito a paso lento toma su camino y un perro famélico lo sigue. En esta isla ubicada a unos cuantos kilómetros al sur de Bluefields llueve todo el año y parece que la pobreza se ha empecinado en perseguirles. Sólo los más dichosos tienen zapatos y ropa.

Rama Cay es el hogar de los descendientes de la etnia indígena de los ramas. Quedan pocos de ellos. Y mientras el tiempo avanza su esfuerzo por sobrevivir en este mundo globalizado parece mermarse. En Nicaragua sobreviven poco más de mil descendientes de la etnia, la mayoría de ellos habitan en esta isla, el resto vive en Monkey Point, Punta de Águila y Punta Gorda.

Poco a poco han ido perdiendo su gastronomía, sus costumbres, su idioma… Y con el pasar de los años se les hace cada vez más difícil vivir como ramas. La modernidad y el desarrollo les ha obligado a adoptar nuevas formas de vida, otras tradiciones e incluso lenguas.

Desde hace varios años se habla que la lengua rama está en peligro de extinción, pero junto a ello también está en juego toda una cultura. Algunos de los viejos descendientes sufren al pensar que dentro de unos años no serán más que parte de las páginas de los libros de historia, donde se contará cómo desapareció una de las más grandes tribus indígenas que dominaron gran parte de los territorios de la actual Región Autónoma del Atlántico Sur (RAAS) en el tiempo de la colonia española.

En febrero de este año, la Unesco publicó un atlas que enumera las lenguas en peligro de extinción en el mundo. El rama es una de ellas y aparece dentro de la categoría “situación crítica”, a sólo un paso de considerarse un idioma “extinto”.

Mientras eso ocurre, los ancianos hacen esfuerzos por transmitir su historia a una nueva generación que luce desinteresada en preservar las costumbres de sus ancestros y que ven hacia un futuro mejor fuera de su tribu.

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En una de las aulas de la única escuela primaria en Rama Cay se escucha el correteo de los niños. Pareciera hora de receso, conversan, ríen y corren de un lado a otro. Pero están en clases. Frente a ellos, un hombre canoso, que viste de camiseta raída y lleva puestos unos zapatos rotos escribe en la pizarra. Sus trazos son lentos y sin fuerza, como su hablar.

Walter Ortiz, de 67 años, es el profesor de rama y habla tan bajo que sólo los alumnos sentados en primera fila pueden escucharle. Muy pocos estudiantes le prestan atención a este hombre parco y seco. Y él lo sabe. “Es difícil. A los alumnos más grandecitos como los de sexto grado les gusta aprender rama, a los otros no les gusta”, dice resignado Walter.

La asignatura de rama es obligatoria en Rama Cay, tanto para los estudiantes de preescolar, primaria cono secundaria. En primaria el maestro es Walter. En secundaria es Oscar Omier, quien según Walter, habla “poco rama. Yo le he enseñado”.

“Lo que se quiere es que no se pierda nuestra lengua, nuestro origen, nuestra historia”, explica Walter, quien cuenta con poquísimo material didáctico para impartir clases.

Con un marcador y una pizarra debe hacer que sus alumnos de primero a sexto grado se interesen por aprender la lengua rama. También dice tener unas láminas viejas y rotas para enseñar vocabulario y un diccionario casi despedazado. “En esas láminas aparecen figuras de un árbol, de animales como vacas, caballos… y así les enseño cada palabra en rama”, manifiesta.

Hace más de quince años en Rama Cay necesitaban un profesor que enseñara la lengua nativa. En la isla había pocos profesores y, prácticamente ninguno que hablaran rama perfectamente. Walter, originario de Monkey Point, pero criado en Rama Cay, era pescador. Cada mañana salía en bote junto con varios compañeros para poder sustentar a su familia. Hablaba rama y podía leer y escribir bastante bien, así que era el único candidato para ser el profesor de rama. Con ayuda de una especialista noruega, el pescador se convirtió en maestro.

Las clases de Walter no son en rama. Primero pronuncia en voz alta la palabra por aprender, pide que sus pupilos la repitan, la escriban y luego brinda el significado en inglés creole o español.

—Nguu –dice

—Nguu –repiten los pequeños al unísono.

—Nguu significa casa –explica el profesor.

En Rama Cay se aprende rama, así como se aprende inglés en las escuelas e institutos del Pacífico. Los pequeños saben saludar, decir adiós, estudian los colores, los nombres de algunos animales, pueden elaborar una que otra oración, pero las posibilidades que al graduarse de secundaria lo hablen con fluidez son casi nulas. Qué contradicción, los habitantes de esta isla aprenden su propio idioma como una segunda lengua.

—¿Cuando un niño se gradúa de sexto grado sale hablando rama?

—Mmm… No. El rama es un idioma muy difícil. Más difícil que en inglés o el español.

—¿Cuáles serían entonces las capacidades de un niño que recibió clases de rama durante toda la primaria?

—Ellos pueden entender algunas cosas, pero hablar no. Se saben los colores, los nombres de los animales, pueden comunicarse con lo básico.

—¿Cuánto tiempo le llevaría a una persona aprender bien rama?

—Tal vez unos dos años, pero estudiando todos los días.

—¿Cree que algún día se vuelva hablar en rama en Rama Cay?

—(Ríe como en cámara lenta) Pues puede que sí, puede que no. Pero es difícil porque los adultos que sabían hablar rama ya murieron y no estaban interesados en hablarle a sus niños en rama.

—¿Usted les habla a sus hijos en rama?

—No. Ellos no saben rama, no entienden, sólo inglés creole.

Agonía de los Ramas
Walter Ortiz es el profesor de rama de primaria en Rama Cay. Él y Reynaldo Rigby son los únicos dos habitantes que hablan rama perfectamente.

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En esta isla de cinco manzanas cuadradas anochece temprano. No hay luz eléctrica, tampoco agua potable. No hay cocinas de gas, ni carros, mucho menos restaurantes o discotecas. No hay calles, sino andenes peatonales. Se vive diferente. Se vive en medio de la naturaleza, en pequeñas casas de madera, techos de palma y construidas sobre zancos. De la pesca. Rodeado de chanchos, gallinas y perros flacos. Con menos contaminación.

“Nosotros siempre hemos vivido así. Nos gusta la naturaleza, estar frente al agua, ir a pescar... Antes era mejor. Éramos personas más dedicadas a la naturaleza”, manifiesta el profesor Walter a quien le gusta vivir aislado de las grandes ciudades como Bluefields. En ese mundo oscuro y precario, los adultos –mayoritariamente– han aprendido a vivir y no reniegan, pero los jóvenes no. Porque aquéllos que conocen más allá de la isla esperan la primera oportunidad para salir de ese lugar, que, aunque es su tierra, no llena sus expectativas de vida. Los jóvenes ramas, así como el resto, quieren ver televisión, escuchar música, ir a las discos, navegar por internet, estudiar una carrera, trabajar en una oficina, subir a un avión… y quizás sea esa modernidad —a la que no tienen acceso– la culpable del olvido de las danzas, la lengua, las costumbres, el canto indígena… Y eso entristece hasta los tuétanos a nativos como Reynaldo Rigby, uno de los dos hombres que saben hablar rama en Rama Cay.

Antes, recuerda, los ramas se casaban entre personas de su misma raza para intentar preservarla. Y no sólo eso. Los pretendientes eran investigados y puestos a prueba para ver si estaban preparados para el matrimonio. Antes se veían más seguido las danzas indígenas. Antes había más personas que hablaban rama. Antes los menores respetaban a los adultos. Y así, la lista de añoranzas de este hombre de casi 60 años podría continuar.

No es el único. Walter Ortiz relata que “mis ancestros comían en hojas y no en platos como ahora. Se cocinaba con agua, no con aceite ni con sal. Los fuegos para cocinar eran hechos de tucos de palo y se ponían en el piso, no como ahora que los fuegos son altos”. Han perdido mucho, dice, y él quisiera que el Rama Cay de antes no estuviera sólo en sus recuerdos, sino que fuera ése en el que vive. “Nosotros, los viejos, sentimos que no pertenecemos aquí”, confiesa Walter, quien considera que si pierden su lengua habrán perdido “la tierra de nuestro pueblo”.

Mientras tanto el profesor de primaria, Sebastián McCrea, de 58 años, afirma que “los mayores de edad conocen las leyendas, pero ellos ya van para abajo y eso preocupa porque los jóvenes no están interesados en seguir con las tradiciones”. Danly McCrea, profesor de secundaria, piensa lo mismo. “La verdad es que los muchachos saben que para estudiar fuera, para conseguir una beca les servirá más el inglés o el español. Saben que el rama fuera de aquí no es requisito para nada”, considera.

No se equivoca. Lindell Padilla, un joven de 23 años, divisa su futuro fuera de Rama Cay. “Quiero estudiar en la BICU (Bluefields Indian & Caribbean University). Tengo derecho a estudiar”, dice convencido. Esta muchacho serio y de poco hablar conoce algunas palabras en rama. “Me sé algunos colores, puedo decir hola, entiendo algo”, afirma con orgullo. Pero más que eso, algo que le llena de profundo entusiasmo es cuando viaja en bote o panga a Bluefields y se conecta a internet, un invento que a la fecha no termina de entender. “Hay cosas maravillosas que uno puede hacer en esas máquinas”, reconoce.

Pero, ¿están interesados los jóvenes en regresar a sus raíces? La respuesta es no. “Cuando salgamos de aquí (Rama Cay) y vayamos a estudiar en realidad el rama no nos va a servir para nada, pero es importante conocer nuestra cultura, nuestra historia”, considera el muchacho que sueña con estudiar sociología.

Igual que él, un grupo de estudiantes de secundaria cree que es importante saber rama, pero no tan necesario para vivir.

A Senny Daniels, Danneth Hodgson y Eva Hernández les da pena hablar. Estas muchachas hurañas no miran a los ojos, se retuercen cuando uno les pregunta algo, ríen sin motivo y miran con desconfianza. Senny confiesa que “el rama es muy difícil de aprender. Aunque hemos aprendido algunas cosas”. Habla con ayuda de su profesor, quien traduce el inglés creole que habla. Otra de las jovencitas cree que es importante rescatar la lengua, pero no quisiera que en Rama Cay se vuelva hablar rama. Le gustar hablar ese rápido inglés creole y un poco de español porque cuando “vaya a salir de aquí necesito hablar muy bien inglés y español, no rama”.

Las tres muchachas se concentran en su tarea. La entrevista la han dado por terminada y parecen ignorar a cualquiera que se les acerque.

En el cuaderno de una de ellas se lee:

Naas alaungi-I am cooking (estoy cocinando).

Naas aami-I am bathing (estoy tomando un baño).

Naas nguu aaplangi-I am sweeping the floor house (estoy lampaseando el piso de la casa).

De su historia

Los ramas son un pueblo que desciende de los chibchas de Sudamérica.

En 1984 Nora Rigby inició una lucha por rescatar el idioma rama junto a la francesa Colette Grinevald Craig, quien elaboró un diccionario y un calendario rama.

Antes el rama se aprendía oralmente y era transmitido de generación en generación.

Actualmente se puede escribir en rama.

En el idioma rama el verbo se dice o se escribe al final.

El rama tiene un diccionario que consta de 5 mil palabras. En la página http://www.turkulka.net/ se encuentra un diccionario virtual de rama-español y rama-inglés.

Se dice que el pueblo de Rama Cay fue fundado a finales del siglo XVIII .

Según el último censo, hay 2,082 pobladores en la isla de Rama Cay, los cuales están distribuidos en 268 viviendas. Un promedio de siete personas por casa.

En las últimas tres generaciones, según la Unesco, 200 idiomas se han extinguido y 199 tienen menos de diez hablantes. Asimismo asegura que el 80 por ciento de la población mundial habla 83 idiomas, mientras que existen 300 mil pequeñas lenguas que son utilizadas por el 0.2 por ciento.

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