Los cines de Chano

Periscopio - 04.06.2006
Chanito Aguerrri.

Años después que “allá en el Rancho Grande” se exhibió en Nicaragua. José Adán Aguerri, un joven a quien llamaban Chano, se inició en la industria del celuloide nacional y lo hizo con tanta versatilidad que a lo largo de su carrera trajo a actores como Pedro Infante, cantantes como Angela Carrasco o Lucero, y a otros personajes menos terrenales como el astronauta Neil Amstrong

Octavio Enríquez
Fotos de Orlando Miranda

De verdad que impresiona José Adán Aguerri, pero no por su estatura. Hay una cantidad de fotos que tiene a sus espaldas de todos los tamaños y con personajes que ya quisiera cualquier cristiano tener enfrente: Lucha Villa, la reina de las rancheras; Rocío Dúrcal, con la belleza inefable de su juventud; o una en que cuatro preciosas chicas de Playboy coquetean con las cámaras, con esos gestos de inocencia en sus ojos que son la locura de cualquier hombre fogoso.

En todos estos retratos está José Adán Aguerri, un viejecillo hablador y canoso que parece que lo hicieron para pertenecer a ese mundo del cine y al que tiene mucho que agradecerle porque gracias a él pudo codearse con personajes políticos, entre ellos el general Anastasio Somoza Debayle, o con artistas como Pedro Infante, todo un espectáculo cuando vino a Nicaragua, porque en este país acababan de pasar la película Pepe El Toro y el actor y cantante era el delirio de las mujeres y la envidia de los machos.

De algún modo, la entrada de Aguerri al mundo del cine la tenía cantada desde el nacimiento. Su papá distribuía películas mexicanas como Allá en el rancho grande, y bastó sólo que el muchacho se bachillerara en el Instituto Pedagógico de Diriamba —luego no siguió estudiando— para que después de fundar un club en Managua se dedicara al negocio familiar con las conexiones que hizo en la escuela, donde muchos de los poderosos de ahora fueron sus compañeros de aulas.

“Claro que te tiene que gustar ese mundo, porque te deja sinsabores; no todo te sale como vos querés, tenés que aguantar, hay que saber esperar. Nunca me apuré. Si miraba una fruta madura, yo no agarraba la piedra para botarla, va a caer sola, me decía, y así me fueron saliendo las cosas”.

Y la espera, al parecer, le dio resultado. Con el paso del tiempo se convirtió en uno de los más ricos empresarios de este negocio del entretenimiento. Tenía salas en varios puntos de la capital y en otros departamentos del país, representó a la Paramount y otras casas importantes, lo que le sirvió para granjear una fortuna que le dio independencia en su relación con Somoza y le evitó pasar pena cuando el resto de gente se acercaba al tirano para pedirle un puesto. Él, mientras tanto, ajeno a los problemas económicos, contestaba cuando le ofrecían algo: “Mi general prefiero mejor su amistad”.

“Con las salas que manejaba, tenía. Yo fundé con Ricardo Argüello la Corporación de Diversiones Aguerri-RAP, y se hizo el Cine Mercedes, el Linda Vista, el Altamira, el Tetel, María, Bombe, pero además teníamos cines en León, Estelí, Chinandega, Jinotepe. Con esa empresa que manejaba como gerente, más la distribución de películas, ¿para qué me iba a meter en la política?”, pregunta este hombre que asentó su amistad con Somoza en otra relación: Durante muchos años, José Adán Aguerri, Chano para sus amigos, fue el facilitador de los proyectos de la Primera Dama de la República, Hope Portocarrero, y eso pesaba en aquella época.

1970. Inauguración de la Boutique Chandelier, de la que Pedro Joaquín Chamorro Cardenal y doña Violeta Barrios fueron padrinos. De izquierda a derecha, José Adán Aguerri H., (solda de Palazio, Dr. Ernesto Palazio, Hilda Chamorro de Aguerri, Mercedes Chamorro de Argüello, Caridad Chamorro, doña Violeta Barrios de Chamorro, Dr. Pedro Joaquín Chamorro y Maruca César de Gómez.

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Las primeras salas de cine que se vieron en Nicaragua se abrieron en 1947 y el negocio fue proliferando hasta llegar a tener en la capital unas 50 salas, según Chanito Aguerri. Las mujeres iban con sus vestidos nuevos y los hombres con sus camisas almidonadas para lucirse, en todo un ritual que no estaba exento de algunas escenas de mal gusto.

Siempre hubo espacio, eso sí, para la galantería. Los hombres se desvivían por tocar en lo oscuro la mano de la princesa que más les gustaba y se repartían entre estar en el Margot o el González que eran las más famosas salas de la capital. Después entrarían en escena otros sitios de grata recordación para los capitalinos.

Sin embargo algo terrible pasó el 9 de junio de 1947. Ese día el teatro González se incendió y asumió el liderazgo, según Aguerri, el Tropical, localizado de los mercados una cuadra y media al norte, rumbo a la Loma de Tiscapa.

En el Tropical fueron famosas dos frases, pues eran como dos gritos de guerra en la oscuridad. Cuenta José Adán Aguerri que en ese tiempo el gran cantante mexicano Marco Antonio Muñiz estaba cantando con su mariachi supues-tamente en este cine y de repente escuchó a alguien gritar: “Don Marcos, ¡ahí vienen!”… “¿Qué vienen?”, preguntó. Y entonces se subió a la luneta, justo a tiempo para que los pies no le quedarán remojados de orín. Porque la famosa frase era eso: el anuncio de una corriente de orina que los espectadores mandaban de arriba, pues estaban acostumbrados a la jodedera y a no levantarse para ir al baño.

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Es curioso al revisar el currículo de este hombre que, aunque sea exitoso, tenga por apodo a una de las cartas más ingratas de la baraja. Pero José Adán Aguerri enterró su nombre desde 1953, cuando en una calle de Managua, cerca del Teatro Margot se reunía un grupo de muchachos en la casa de Telma Rosales. Todos jugaban naipes y de repente Aguerri hizo una jugada bandida. “Este es un Chanito, ¡se nos aparece en todos lados!”, dijo ella al mirar a su amigo y al levantar sin querer un dos de bastos negro del naipe.

Eran los tiempos de los chistes y del ambiente del barrio donde correteaban sus amigos y por donde pasaban contoneándose las mujeres más bellas de la época, entre ellas las Elizondo, las Rosales, las Peña…

A donde las Peña se hospedaba Bertha Zambrano, quien fue la única mujer que el general Somoza, según él, quiso de verdad, pero que no fue aceptada por la familia del dictador por ser pobre. Cerca, en la casa de los Rosales, vivía una morena despampanante de la Costa Caribe. Era el delirio de los muchachos del barrio y el muy bandido de Chanito un día hizo un hueco en la pared del baño (de madera) para ver lo que se pudiera y dejar de andarse imaginando cosas mundanas. El manjar debía ser contemplado y ella estaba de acuerdo. Mansa se dejaba ver ante los ojos desesperados de los bisoños. “La mujer bandida sabía que a la hora que se bañaba todos nosotros estábamos espiándola, entonces yo cobraba un centavo, un minuto a cada uno para que viera a la morena”.

Aguerri tenía de clientes frecuentes a los Araquistain, los Wheelock Castellón, y tantos otros muchachos que compartieron sus aventuras.

—Se ve que usted ha sido bandidito desde pequeño con las mujeres, ¿cómo le fue en esa materia en la vida?

—¡Qué voy a hablar de eso! (ríe) Voy a cumplir 50 años de casado con Hilda (Chamorro Mora)… y me he llevado bien con ella. Nunca molesté a nadie. Esa fue la gracia. No te puedo contar anécdotas mías. Sería hacer una película, pero no. Hay anécdotas tan simpáticas. En el grupo que andábamos decían que todos tenían una amante, o querida, pero a mí me siguieron a todos lados y nunca me pudieron agarrar nada. Yo decía: “No tengo nada con nadie”, pero entonces todo el mundo me decía que nooooo. (vuelve a reírse).

***

Al general Anastasio Somoza Debayle lo conoció en una fiesta. Era temido el hombre y lo sabía bien José Adán Aguerri, porque al papá de su esposa Hilda Chamorro, Humberto, lo golpearon cruelmente hasta casi matarlo por participar en los sucesos de abril de 1954.

Somoza llegó a la fiesta, y preguntó a los invitados —uno, Rodolfo Jerez, el papá de Byron el ex ministro de Alemán— quién era esa mujer preciosa que estaba al lado de Chano. Le advirtieron que ni siquiera se acercara porque era Chamorro y lo iba a desairar. Pero él, convencido de que no pasaría nada, entró y extendió su mano a la joven después de saludar a Aguerri. Ella obviamente ni lo volvió a ver.

—¿Qué pasó entonces?

—Somoza se siente ofendido, y todo el mundo le dijo: “¡Te lo dijimos!” El me llamó aparte y me preguntó por qué mi mujer le había hecho eso. Allí nace una amistad con él y doña Hope Portocarrero.

—¿Usted era el asistente de ella, no?

—Era un tipo que hacía de todo. Traje a Luis Propuna, el torero; monté una pelea internacional de gallos con los millonarios de El Salvador, Nueva Orleáns, México… para recaudar fondos para el Hospital del Niño.

—¿Nunca quiso ser ministro?

—Nunca quise, porque nunca me ha gustado la política, yo veo que es sucia. Jugás limpio y ahí tenés el caso de tu director, el doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, un hombre recto a quien ¡sólo le dieron!

—Pero usted no era sólo amigo, usted participaba en reuniones de Estado…

—Siempre (Somoza) tuvo esa deferencia. Yo pasaba adonde lo estaban esperando los ministros de Estado, pero yo nunca hice ostentación de eso. Al General en 1979 le ofrecieron que no le tocaban su capital, que se fuera por cinco años; que se acabara la Guardia, el Ejército de tal promoción para arriba fuera, y de abajo formar con el sandinismo un nuevo ejército. Pero lo rechazó. Lo enredaron. Le montaron una portátil propiamente donde está construida la Plaza Inter. Allí fue donde le dijeron “no te vas, te quedás”. A los cincos meses se iba.

—Don José Adán, después de tanto camino recorrido: cine, películas e historia, ¿en qué etapa está la película de su vida?

—En la etapa en que ya Dios pronto me puede llevar. Ya cumplí mi querido amigo. Yo quisiera hacer más cosas, yo tengo la dinamia de hacer cosas, pero a mi edad a uno ya lo ven como un traste. Es una equivocación. El hombre de experiencia puede ayudar mucho al joven de talento. Quiero trabajar en algo que vale la pena. Estoy haciendo mis cositas, hago ciertos anuncios, alquilo las salas (teatros Aguerri), pero estar sentado en esta silla para mí es un martirio. Si me dijeras: Venite a reportear conmigo. Haríamos muy buenas entrevistas.

1971. Chanito Aguerri con Neil Amstrong, el primer astronauta que caminó en la Luna, y quien fuera invitado de honor para la 21st All Women Internacional Air Race Angel Derby. El astronauta vino a Nicaragua acompañado de su esposa Sheila Amstrong. En la gráfica se aprecia también a Armando Llanes Velásquez y el embajador de Estados Unidos de la época.

El último cumpleaños de Somoza

El 5 de diciembre de 1978 era el compromiso. El presidente Anastasio Somoza Debayle le pidió a José Adán Aguerri que por favor asistiera a su cumpleaños, que esa vez celebraría en compañía de Dinorah Sampson, la amante del dictador.

Los serviles estaban repartidos entre la mujer oficial del Hombre y la querida. La señorita Sampson tenía, eso sí, un grado de influencia que podía enriquecer a alguien, darle un puesto o derribarlo.

Aguerri cuenta que en varias ocasiones, Sampson le mandó notitas con ministros de Estado para convencerlo que dejara a Portocarrero.”Deja a la vieja, yo te hago rico Chano, venite para este lado”. Pero Aguerri no. Respetó la amistad con la Primera Dama y el día del ofrecimiento del dictador le dijo que no iría a la fiesta. Su decisión ofendió a Somoza y entonces oyó lo que era una verdadera bomba en aquellos tiempos.

“Él presentía lo que venía. Nos dijo ese día que ese iba a ser el último cumpleaños que iba a celebrar en este país. Por eso te pido ese favor, me dijo, que vengás con tu esposa, pero mi esposa y yo fuimos los únicos que no fuimos”.

Dios y el Diablo

Se ríe cuando oye la pregunta. Si existe Dios y el Diablo, están bien personificados en sus hijos. José Adán, el mayor, es presidente de la Cámara de Comercio, el hombre más serio que conoce, pues trabaja desde las siete de la mañana hasta las once de la noche. Juan Carlos es su diablo, dueño de una publicación sensacionalista, dedicada a explotar el morbo por los crímenes y el sexo en sus publicaciones. Debió ser difícil criarlos.

“Tengo unos hijos que son dos polos opuestos.Tengo otro, Fernando, muy serio. Roberto también y mi niña, desgraciadamente, me salió enferma. Al nacer el médico me la dañó. Mi niña ha sido como el ángel que ha protegido a la familia” , cuenta.

Obligado por las circunstancias la familia tuvo que abandonar el país en los duros años ochenta. Se fue a México él, y sus hijos a estudiar a Estados Unidos.Tenían miedo que por la cercanía de Aguerri con los Somoza los atacaran.Tenían razón, porque tiempo después cuando el comandante Tomás Borge, entonces Ministro del Interior sandinista, en un acto de indulgencia le permitió a Aguerri que pudiera enterrar a su madre, recién fallecida en Nicaragua, le preguntó en privado cómo hizo para esconder el dinero. “Tito Castillo (el procurador) te buscó, pero no encontró nada”. “Todo estaba en bancos norteamericanos”, respondió, según su versión.

1968. Aguerri, entregando un reconocimiento al grupo musical Satélites del Ritmo, que dirigía y manejaba Raúl Traña Ocampo y que fueron famosos con su canción: Yo no le creo a Gagarín.

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