Un enigma llamado Simón Bolívar

Periscopio - 11.03.2019
Simon Bolivar Statue and Colombian Flag

Bolívar nació rico y murió en la miseria. Recorrió una distancia equivalente a más de dos veces la
circunferencia de la Tierra y liberó a cinco naciones. Para algunos es un héroe;
para otros, un villano

Por Amalia del Cid

Antes de dirigir 37 campañas, declarar guerra a muerte, liberar cinco naciones de América, fundar un gran país y convertirse en una especie de idolatrado santo con quien el presidente Hugo Chávez Frías “platicaba” por la madrugada, Simón Bolívar fue un inquieto niño huérfano que recibió más doblones que cariño.

Su vida —y, por qué no, también su destino— estuvo marcada por la tragedia. Fueron las desgracias las que lo pusieron en el camino que más tarde lo llevó a convertirse en el Libertador de América.
Nació rico y murió en la miseria, sin una sola camisa para ser sepultado, dicen los estudiosos de la vida del “americano máximo”, como lo llaman algunos de sus más devotos admiradores. Pero su verdadera riqueza está en la vida que vivió. Una vida que ha hecho correr ríos de tinta, colmado bibliotecas, causado controversia e inspirado poemas y canciones. Y un mito que ha sido utilizado para justificar el autoritarismo y el despilfarro en nombre del “sueño de Bolívar”.

En Venezuela se le tiene especial aprecio desde muchos años antes de que Chávez ascendiera al poder. Una devoción que no alcanza iguales proporciones en Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia, otros países independizados por él.

A casi 189 años de su muerte, su vida continúa despertando pasiones y controversia. ¿Fue un héroe o un villano? ¿Traicionó a conciencia a su precursor Francisco de Miranda o simplemente cometió un grave error cuando participó en su captura? ¿Era católico o masón? ¿Fue un gran libertador o un gran dictador? ¿Fue un genocida o solamente un hombre en guerra? ¿Murió de tuberculosis o envenenado con arsénico?

Bolívar es un enigma que mantuvo ocupado por años a Gabriel García Márquez, cuando escribió el libro homenaje El general en su laberinto. Y también es el personaje sórdido que el escritor colombiano Evelio Rosero retrata en su novela histórica La Carroza de Bolívar, un atrevido texto de casi 400 páginas en las que el Libertador aparece calificado como “traidor, cobarde, forjador de victorias que no eran suyas, además de asesino”. No hay términos medios.

“También a mí me dijeron lo mismo en el colegio, desde niño. Bolívar el héroe, valiente y honesto, gran estratega. Otra cosa oí de mi abuelo, de mi padre, de esporádicas conversaciones de gente de Pasto, ciudad en la que Bolívar fue especialmente cruel. La primera gran masacre de la historia de la república ocurrió en Pasto, en la Navidad de 1822, por órdenes de Bolívar”, explicó Rosero en 2012, en entrevista con El País, cuando todo mundo estaba hablando de la escandalosa novela.

A pesar de todo, “a Bolívar no se le puede ver por encima del hombro, ni como general, ni como estadista, ni como escritor, ni como legislador, ni como tribuno”, afirmó el escritor y político venezolano Rufino Blanco Fombona en 1920, porque “Bolívar es uno de los más complejos y hermosos especímenes de humanidad que ha producido la raza hispana”.

Retrato de Simón Bolívar.

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Simón Jos*é Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Ponte Palacios y Blanco nació el 24 de julio de 1783 en Caracas, Venezuela. Su padre era Juan Vicente Bolívar y Ponte-Andrade y su madre, María de la Concepción Palacios y Blanco, miembros de la aristocracia criolla caraqueña.

“Sus padres pertenecían a dos importantes linajes caraqueños, los ‘amos del Valle’, criollos descendientes de los fundadores de la ciudad y que ocuparon el escalón más alto de la pirámide social durante el período colonial. Todo parecía preparado para que Simón y sus hermanos (dos mujeres y un varón) administraran las cuantiosas propiedades de la familia, tal como había sucedido durante los dos siglos anteriores”, destaca el escritor venezolano Juan Carlos Chirinos en el reportaje Simón Bolívar, el libertador de América, publicado por National Geographic en junio de 2018.

Sin embargo, pronto la desgracia tocó a la puerta de su casa. Su padre murió cuando Simón tenía unos tres años y su madre falleció cuando el niño iba a cumplir 10. Bolívar quedó entonces huérfano, pero no pobre.

Juan Vicente había dejado cinco mansiones y cuatro solares en Caracas, media docena de casas en el puerto de La Guaira, plantaciones de cacao, labranzas de azúcar y añil, rebaños de animales, minas en Cocorote, sirvientes, esclavos y 350 mil pesos en efectivo, detalla Elías Pino Iturrieta en el libro Simón Bolívar, esbozo biográfico.

Por otro lado, dice el escritor, el niño disponía desde su nacimiento de unos 160 esclavos ofrendados por su primo Félix Jerez de Aristeguieta y Bolívar, con las condiciones de demostrar lealtad a la monarquía, casarse con “hembra de su calidad” y apegarse a los mandamientos de la Iglesia.

Al morir su madre, Simón pasó a la tutela de su tío Carlos Palacios, quien recibió el encargo de ocuparse de la educación del huérfano y administrar su herencia. El tío se tomó muy en serio la tarea de resguardar las riquezas de su sobrino; pero el resto de la encomienda no era para él más que una “fría obligación”, de modo que no mostró interés alguno por la instrucción que recibía el niño.

A los 12 años Simón escapó de casa de su tío Carlos y para sus biógrafos esa fue una temprana muestra del carácter rebelde que más tarde lo llevaría a emprender una campaña colosal por la liberación de América Latina.

“En menos de cuarenta años” recorrió “en barco, a caballo y a pie, una distancia equivalente dos veces y cuarto la vuelta a la tierra, superando en miles de kilómetros a Alejandro Magno, Julio César, Aníbal y Napoleón juntos. Todo ello para realizar su proyecto: la independencia y unidad política de la América española”, afirma el escritor nicaragüense Jorge Eduardo Arellano en su artículo A favor y en contra de Bolívar, publicado en 2016.

Para ejecutar su proyecto —dice Arellano—, Bolívar “protagonizó 472 combates (entre ellos 36 batallas), destinados a liberar las que ahora son cinco naciones: Colombia, Venezuela Ecuador, Perú y Bolivia; dirigió 37 campañas, habiendo ganado 27, perdido 8 y 2 de resultado incierto; escribió cinco mil cartas, 780 decretos, unas cien proclamas, otras tantas arengas, tres ensayos literarios y una biografía breve (la del Mariscal de Ayacucho)”.

Era una fuerza de la naturaleza y, a los 12 años, tras huir de las garras de su tío desencadenó un pleito judicial por quién había de administrar su fortuna. La pelea culminó con el traslado del inquieto Simón a casa de un maestro tocayo, llamado Simón Rodríguez, para que se hiciera cargo de su educación.

Para entonces la carrera de quien habría de ser llamado “maestro de América”, se encontraba en un estado incipiente. Abandonado de bebé en las puertas de un monasterio, Rodríguez era un joven alto, fornido y culto, especialmente interesado en la educación de las clases populares. Y a lo largo de su vida, “influenciado por los filósofos franceses de la Ilustración, promovió la formación de los ciudadanos por medio del saber para que alcanzaran la libertad a través de revoluciones del conocimiento”, apunta el periodista Alberto López, en su texto Simón Rodríguez, el gran educador de América y mentor de Simón Bolívar.

Cuando Bolívar quedó a su cargo, Rodríguez no tenía mucho de haber sido nombrado maestro por el cabildo de Caracas para dar clases en la única escuela pública de la ciudad. Pero era un muchacho ilustrado, autodidacta, que resultó ser “el profesor más adecuado para el joven Bolívar”, afirma Chirinos.

“Rodríguez entendió que su pupilo necesitaba un tratamiento diferente, pues su curiosidad, mezclada con el ambiente escaso de afecto en el que estaba creciendo, deformaban su carácter. Sea porque Rodríguez ya aplicaba su propio y original modelo pedagógico, sea porque el niño fue forzado a ello, la relación acabó dando sus frutos”, señala.

Simón y Simón estuvieron juntos hasta que Bolívar cumplió 14 años. Hambriento de conocimiento y aparentemente en conflicto con el régimen español, en 1797 Rodríguez salió de Venezuela para nunca más volver. Se pasó los siguientes 20 años viajando por el mundo y aprendiendo cosas nuevas en todos lados. Fue en ese exilio que volvió a ver a su pupilo y el encuentro fue crucial en el destino del futuro libertador.

Simón Rodríguez

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Tenía catorce años cuando decidió hacer carrera en el ámbito militar y gracias a sus apellidos pudo entrar al ejército sin presentar los requisitos que se le exigían a candidatos que provenían de familias menos ilustres, asegura Elías Pino Iturrieta. “En la unidad se le instruye sobre procedimientos de justicia militar, disposición de cuarteles y reclutas, manejo de armas y entrenamientos de tiro, evoluciones de infantería, geometría y estructura de fortificaciones, pautas ceremoniales y, desde luego, sobre el principio del honor que debe distinguir a los miembros de la carrera. Todo en función de las Ordenanzas suscritas por el rey en 22 de octubre de 1768, para ‘el sostén del justo y suave dominio de España’”.

El cadete Simón Bolívar no fue un alumno especialmente sobresaliente, afirma el escritor. Llegó hasta el grado de subteniente, el 4 de julio de 1798, después de unos cursos en los que no destacó como “alumno aprovechado”. “Era el séptimo de la escala en un egreso de nueve miembros”, pero adquirió “la única formación coherente” que más tarde le permitió enfrentar las exigencias de un mundo que estaba a punto de experimentar un torbellino.

A los 16 fue enviado a España para que recibiera la educación que un joven de su posición social debía tener: lenguas extranjeras, danza, matemáticas, equitación, historia. “En Madrid conoció a una joven, María Teresa Rodríguez del Toro, de quien se enamoró perdidamente. Pese a la inicial oposición del padre, en 1802 se casó con ella y regresó a Venezuela dispuesto a atender sus haciendas; pero, apenas ocho meses después, María Teresa murió en Caracas de una violenta fiebre, incapaz de soportar el clima del trópico. Este fue, quizás, el primero de los acontecimientos que orientaron su destino de forma muy distinta a la que había planeado”, señala Juan Carlos Chirinos, en el reportaje de National Geographic.

Con el corazón destrozado el joven Bolívar regresó a España para alejarse de los recuerdos de María Teresa. Ahí, dicen algunos de sus biógrafos, vivió una “existencia disipada” y se dedicó a derrochar su fortuna hasta que volvió a encontrarse con su antiguo maestro, Simón Rodríguez. (Otros sostienen que Bolívar ya estaba estudiando por su cuenta antes del reencuentro). Su mentor, aseguran, lo regañó; le dijo que estaba desperdiciando su vida y lo instó a estudiar la literatura de la época. Luego le propuso recorrer juntos Italia para que pudiera recuperarse emocionalmente y en ese viaje pasaron dos cosas que cambiaron el rumbo de la vida de Bolívar, el caraqueñito.

La primera es que vio de cerca a Napoleón Bonaparte, episodio que, según Pino Iturrieta, pesó “en su talante debido a lo que el guerrero representaba para la Europa Moderna”. La segunda es el conocido juramento pronunciado por Bolívar —arrodillado en el Monte Sacro— y probablemente algo idealizado por Rodríguez en un relato escrito más tarde: “No daré descanso a mi brazo ni a mi espada hasta el día en que hayamos roto las cadenas del dominio español que nos oprime”.

A partir del juramento en Roma la vida de Simón Bolívar tomó un cauce definitivo y lo llevó a encontrarse con otro gran personaje de la historia: Francisco de Miranda, el precursor de la independencia de América Latina, a quien poco después Bolívar habría de traicionar, en un episodio turbio que sus principales críticos no dejan de señalar.

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Francisco de Miranda fue un español nacido en el Nuevo Mundo que luchó primero bajo las órdenes del rey Carlos III y luego se cambió de bando para luchar contra España en favor de las colonias americanas y pasó muchos años buscando apoyo aquí y allá para lograr su proyecto, relata el periodista Manuel Villatoro en el reportaje El espía que traicionó a España y batalló con Simón Bolívar por la independencia de Venezuela.

Al final, dice Villatoro, “sus sueños se materializaron cuando se proclamó la Primera República de Venezuela y se firmó, en julio de 1811, el Acta de Independencia de la región. Bolívar, por su parte, había destacado desde la Sociedad Patriótica de Caracas por sus ardientes llamamientos a la independencia, y enseguida se integró, con el grado de coronel, al ejército que al mando de Miranda debía defender a la república de la reacción española.

Sin embargo, esa Primera República, también llamada la “patria boba”, no duró más de dos años. “El ejército español, mejor preparado que el venezolano, pronto impuso su ley. El propio Bolívar cometió un gravísimo error al dejar a merced del enemigo la munición y las armas en la plaza de Puerto Cabello, tras lo cual a Miranda no le quedó más remedio que capitular para evitar un innecesario derramamiento de sangre”, apunta Chirinos.

Francisco de Miranda

Abatido, Bolívar escribió a su general: “Después de haber agotado todos mis esfuerzos físicos y morales, ¿con qué valor me atreveré a tomar la pluma para escribir a usted habiéndose perdido en mis manos la plaza de Puerto Cabello? Mi corazón se halla destrozado con este golpe”.

Dadas las circunstancias y viéndose en un callejón sin salida, Miranda tomó la difícil decisión de negociar con Domingo de Monteverde, comandante del ejército español, los términos de la capitulación, algo que sus compañeros venezolanos interpretaron como una traición.

El 31 de julio de 1812 Miranda fue capturado por hombres en los que confiaba y entregado a los españoles, que desde hacía treinta años esperaban una ocasión para atraparlo. Entre esos hombres estaba el joven Simón Bolívar, quien, de acuerdo con Chirinos, “nunca se arrepentiría de esta acción”.

Hay quienes dicen que Simón se encontraba atribulado por la culpa de haber perdido Puerto Cabello y que se dejó llevar por sus emociones. Otros aseguran que aspiraba a desconocer la capitulación y proseguir la lucha. Y algunos más le atribuyen motivos bastante mezquinos.
Dormía aún el anciano Miranda cuando fue llamado, a las 3:00 de la mañana, por sus oficiales y se presentó confiado ante ellos. Entonces Bolívar, con “voz recia”, le “intimó se diese preso”, afirma el historiador colombiano José Rafael Sañudo, en Estudios sobre la vida de Bolívar, publicado en 1925, un texto que favorece muy poco al Libertador.

Sañudo fue particularmente crítico de Bolívar y en su libro lamenta que no se le ha juzgado lo suficiente por considerarse que los “espíritus superiores” no están sujetos a la moral. Para el historiador, la participación de Simón en la captura de Miranda fue “particularmente odiosa”, pues él era el responsable directo de la derrota que llevó al Precursor a la desesperación . Quizás, dice el implacable Sañudo, el verdadero fin de Bolívar era “suprimir un estorbo” para ser “el primero en la revuelta”.

Miranda no volvió a ser un hombre libre. En la madrugada del 14 de julio de 1816, después de una larga agonía, murió en una prisión de Cádiz, España. Bolívar, por su parte, aprendió una lección que le sería muy útil en los siguientes años: el liderazgo lo es todo.

Preso Miranda el sueño independentista continuó, ahora bajo el liderazgo de Simón Bolívar. En los siguientes años, el Libertador protagonizó increíbles hazañas militares, declaró una guerra a muerte y pronunció discursos históricos. Liberó naciones y en 1819 fundó la Gran Colombia, que aglutinaba los actuales estados de Venezuela, Colombia, Ecuador y Panamá, así como Perú y Bolivia, liberados por Bolívar y Antonio José de Sucre.

“Pero pronto sus antiguos compañeros de lucha se convirtieron en enemigos: (el general venezolano José Antonio) Páez se alejó de él (y acabó separando Venezuela de la Gran Colombia), Santander no lo quería en Nueva Granada (ahora Colombia) y Santa Cruz revocó la Constitución bolivariana de Perú”, subraya Juan Carlos Chirinos. “Acusado de ansias imperiales, en 1828 asumió la dictadura tras una conspiración en Bogotá que estuvo a punto de costarle la vida. Hastiado de las rencillas, las ambiciones y los crímenes políticos, frustrado porque había ‘arado en el mar’, en enero de 1830 convocó un congreso en el que presentó su dimisión irrevocable. En unos meses su república unificada se disolvió, dejando en su lugar una serie de países independientes gobernados por caudillos militares”.

Veinte años de lucha habían minado su salud y sus ánimos. Estaba gravemente enfermo de tuberculosis (aunque según Hugo Chávez Frías en realidad sufría de envenenamiento con arsénico). Había dejado Bogotá y se fue por río hacia Santa Marta, Colombia, con la intención de viajar a Europa para encontrarse con su amante, Manuela Sáenz, asegura la escritora peruana Marie Arana, autora de Bolívar: American Liberator. Otros investigadores dicen que se dirigía a Cartagena de Indias.

El caso es que Bolívar ya no pudo salir de Santa Marta. Su salud empeoró y pasó sus últimos días en una cama de la Quinta de San Pedro Alejandrino, desconfiando de todos y sin ganas de ver a nadie. Murió el viernes 17 de diciembre de 1830 en la completa pobreza. “No tenía una camisa para ser enterrado. El doctor que lo atendía tuvo que pedir una prestada. Ese fue el fin de Bolívar”, sostiene Arana.

Del gran Libertador solo quedaba piel y huesos. Y además de su enfermedad, sufría “un padecimiento moral enorme”, de acuerdo con el novelista español Fermín Goñi, quien viajó a Colombia para estar 18 horas continuas en el lugar donde murió Bolívar y ahí vio los tamarindos de los que colgó la hamaca del Libertador. Fue una “muerte triste”, le dijo en 2014 a la periodista Elízabeth Reyes. “Tristísima”.

El verdadero rostro de Simón Bolívar, según Hugo Chávez Frías.

Una lucha sangrienta

“La epopeya emancipadora de Bolívar tuvo un reverso menos positivo: el enorme sufrimiento de la población civil”, sostiene Juan Carlos Chirinos en un trabajo para National Geographic. Se ha calculado que en Venezuela perecieron durante la guerra 300,000 personas, lo que equivale a un tercio de sus habitantes.

Las bajas. Los ejércitos reclutados por Bolívar no pasaron de 2,000 o 3,000 hombres en cada campaña, pero mostraron una extraordinaria movilidad. A menudo las “batallas” se reducían a ataques sorpresa que duraban un par de horas y producían pocas bajas. En la batalla de Bomboná, sin embargo, los patriotas sufrieron 1,300 bajas, la mitad del total.

Fusilamiento de prisioneros. Los combatientes capturados por cualquiera de los dos bandos a menudo eran fusilados en masa. El propio Bolívar, aplicando su consigna de “guerra a muerte”, ordenó en 1814 que se ejecutara a 866 realistas españoles capturados en La Guaira. En 1816, dentro de la campaña de represión española, 600 personas fueron ejecutadas en Bogotá.

Asesinatos y venganzas. Los atentados y asesinatos políticos estuvieron a la orden del día durante todo el proceso de independencia. Bolívar sufrió varios ataques; durante su estancia en Jamaica, un criado comprado por los españoles apuñaló a un amigo de Bolívar mientras dormía creyendo que era él. Sucre fue asesinado en una emboscada en 1830. En este estilo, el propio Bolívar se deshizo de un rival, cuando en 1817 ordenó ejecutar al general Piar por insubordinación.

Manuela, Manuela

Manuela Sáenz

El 16 de junio de 1822, Simón Bolívar entró a la ciudad de Quito, Ecuador, “seguido de todos sus soldados, como triunfadores de las batallas en la Campaña del Sur”. Manuela Sáenz se encontraba en el balcón de su casa y al observar a Bolívar le lanzó una corona de rosas y laureles que lo golpeó en el pecho. Esa misma noche, se conocieron en el baile organizado en honor al triunfo de la batalla, relata el diario Notimérica, en un reportaje publicado en 2017.

Hija del español Simón Sáenz y la criolla María Aizpuru, Manuela tenía un carácter fuerte y un espíritu rebelde que la acompañó toda su vida. Según el texto de Notimérica, de joven se escapó del convento con un enamorado y se casó por conveniencia con el médico James Throne, matrimonio que también abandonó para unirse, en una relación amorosa e ilegítima, con el famoso militar Simón Bolívar.

Salvó dos veces a Simón, en dos atentados contra su vida, por lo que Bolívar la llamaba “la libertadora del Libertador”. A la fecha se le considera una precursora de los derechos de la mujer en Iberoamérica.

Cuatro momentos  “oscuros”

Son cuatro los hechos en los que se refleja “el Simón Bolívar terrible del período bélico”, de acuerdo con el escritor venezolano Roberto de Sola.

1. Cuando participó en la captura de Francisco de Mirada, el Precursor, el 31 de julio de 1812. Este es, para Sola, el único de los cuatro hechos para el que no es fácil encontrar una explicación razonable, porque no la hubo entonces y no la hay ahora.

2. Cuando decretó la Guerra a Muerte, en Trujillo, el 15 de julio de 1813. Esta —dice De Sola—, fue una decisión grave, pero ya venía siendo practicada por los realistas, en el otro bando.

3. Cuando desde Valencia, en febrero de 1814, dio la orden de fusilar a los presos realistas detenidos en La Guaira y Caracas, incluidos los enfermos que estaban en el hospital. “Lo hizo ante el temor que entre ellos se produjera una nueva insurrección como la habida en Puerto Cabello el año doce, la que ocasionó la caída de la Primera República, suceso en el cual tuvo él mismo plena responsabilidad. De todas fue la decisión más terrible”, señala el escritor.

4. Cuando autorizó el fusilamiento de su primo el general Manuel Carlos Piar, en Angostura, el 16 de octubre de 1817. “Fue otra durísima decisión, pero imposible de evitar”, considera De Sola. “Bolívar había comprendido que sin una jefatura única de mando sería imposible el triunfo bélico, sin ella no habría independencia. Piar era el responsable de un intento de desobediencia. Fue juzgado con justicia, tuvo la defensa en el juicio que requirió. El veredicto fue pena de muerte con degradación, esto último fue eliminado por Bolívar, murió con sus grados y vestido con su uniforme de gala de general en jefe”.

 

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