Un “viaje” por la isla de hielo: Groelandia

Periscopio - 11.02.2019
Groelandia

Groelandia, la “tierra verde” que hace mil años descubrieron los vikingos es hoy uno de los últimos paraísos salvajes del planeta.

Es la segunda isla más grande del mundo, mucho mayor que el país al que pertenece, Dinamarca. Con solo 56 mil habitantes, tiene la misma extensión que Francia, Gran Bretaña, Alemania, España, Italia, Austria, Suiza y Bélgica juntos, pero el 85 por ciento está ocupado por el inlandsis, una masa compacta de hielo que alcanza tres kilómetros de grosor y 2,700 kilómetros de norte a sur. El inlandsis fue explorado por primera vez en 1888 por el noruego Fridtjof Nansen, quien lo atravesó de costa a costa con esquíes, de acuerdo con una publicación de National Geogrphic.

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La primera visión de esa gigantesca vastedad de hielo, ajada por grietas y glaciares, supera todas las expectativas. Cuando el avión toma tierra en la larga pista de Narsarsuaq, construida por los estadounidenses en la Segunda Guerra Mundial, asalta la sensación de haber llegado a uno de esos pocos lugares salvajes que quedan en la Tierra. Un sitio donde la naturaleza es aún impoluta e incontrolable. Y el hombre, una anécdota.

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Su situación por encima del círculo polar ártico la convierte en uno de los enclaves de hielo más antiguos. Desplazarse en barca es casi una obligación. No hay ninguna carretera que conecte dos pueblos o ciudades, aunque sí hay pistas de tierra que enlazan con las granjas y factorías pesqueras cercanas. Todos los desplazamientos largos hay que hacerlos en barco, en avioneta o helicóptero y, en invierno, en trineo de perros, medio de transporte fundamental en la isla.

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Típico poblado groenlandés, las casas de Qassiarsuk se distribuyen de forma anárquica al pie de una bahía, donde un centenar de personas viven dedicadas a la pesca. Las casas las pintan de colores vivos para conjurar el blanco de la nieve y el negro de la noche polar que cubre estos territorios durante el largo invierno.

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