Viaje en bus al puerto olvidado

Periscopio - 07.11.2004
Viaje en bus al puerto olvidado

Los buses a Puerto Cabezas son escogidos entre las chatarras más viejas, quizás porque los dueños saben que el camino es tan malo que no vale la pena echar a perder un buen vehículo. Con suerte y buen tiempo un viaje Managua-Puerto Cabezas dura 24 horas, si las cosas van mal... hasta una semana

Texto y fotos: Orlando Valenzuela

A Bilwi (Puerto Cabezas), capital de la Región Autónoma del Atlántico Norte (RAAN), distante unos 650 kilómetros de Managua, se puede llegar en una hora y diez minutos, tranquilo y cómodo en un vuelo de La Costeña. Pero la mayoría de la gente no puede viajar en avión y tiene que hacerlo por tierra en los viejos buses que tardan entre 24 y 36 horas en buen tiempo y hasta ocho días cuando entra fuerte el invierno.

Con esta pequeña aclaración, llegué veinticinco minutos antes de las seis de la tarde a la terminal del Atlántico, en el Mercado de Mayoreo. Subí al desahuciado bus Made in USA escolar, no sin antes pagarle al ayudante, que pomposamente me dio un boleto con asiento numerado, igualito como hacen en las grandes líneas aéreas, sólo que aquí no hay aire acondicionado, ni cine a bordo, ni servicios higiénicos aromatizados, ni azafatas ofreciendo comidas y bebidas.

Aquí todo es natural. El aire entra por las desvencijadas ventanas a medio polarizar, por donde se puede ver, sin ningún costo adicional, todo el paisaje que pasa a ambos lados. Si se quiere hacer alguna necesidad fisiológica sólo se golpea la lata de uno de los costados o se le avisa al conductor y éste detiene el bus cerca de algún matorral, una gasolinera, un puente o el caserío más cercano. Si lo que quiere es algo de comer, no se lo han dicho dos veces a este trío de transportistas, pues ellos conocen todos los metederos, comiderías y fritangas de todo el camino.

Viaje en bus al puerto olvidado
Cuando el wawa está crecido se tiene que esperar hasta una semana para que puedan pasar al otro lado los vehículos. Foto: Orlando Valenzuela

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Desde adentro

Cuando uno entra al bus se da cuenta que el interior va lleno de bultos sobre los asientos y que el boleto numerado sólo es una sugerencia aproximada de "dónde" sentarse. Los asientos, unos hundidos, otros descosidos los tapices y lo peor, pegados, pero tan pegados, que uno tiene que ir con los pies encogidos, casi en posición fetal. Pero el triste consuelo es que no éramos los únicos que viajábamos en esas condiciones dentro esas latas ambulantes a la Costa Atlántica, pues a la par estaban en fila, con itinerarios nocturnos, buses de El Rama, Siuna, San Carlos, Nueva Guinea y otros lugares con vehículos similares. O quizás peores.

Faltando quince minutos para las seis de la tarde, el conductor empezó a encender el motor del vehículo y un tufo desagradable a gasolina y humo quemado se metió dentro del autobús. No hemos salido de la terminal y ya el viejo motor está dando problemas.

A las 5:50 salimos por el gran portón metálico rumbo a la Carretera Norte, pero a menos de cien metros un policía nos detuvo para revisar si ya se pagó el nuevo seguro vehicular. El bus marcha a paso de tortuga, como dando oportunidad a que algún viajero tardío lo alcance, pero al llegar a La Subasta creímos que viajábamos en un avión cuando el conductor le metió la pata a fondo al acelerador. El ruido era infernal.

Bajo una tímida brisa, pasamos por el Aeropuerto de Managua a las seis en punto de la tarde, todavía con los últimos resplandores de un falleciente sol amarillento que cae por el este de la capital.

A partir de este momento, cada quien debe pensar en cómo acomodarse lo mejor posible en su asiento para aguantar toda una noche de viaje. Los que estaban montados en el bus desde un par de horas antes se enrollaron tranquilamente y se dispusieron a dormir. Por llegar tarde alcancé un asiento con respaldar bajo, así que aunque quisiera no podía dormir tranquilo.

A las 6:10 p.m. el salvaje conductor, creyendo que maneja un Ferrari empieza a aventajar con la lata amarilla hedionda a gasolina mal quemada y sólo disminuyó un poco la velocidad por la fila de carros que a esa hora pasa despacio por el restaurante Mama Naya.

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Dormir o volar... lengua

El ambiente es propicio sólo para una cosa: dormir. Noche fresca, cielo nublado, gente cabizbaja o doblada en su asiento y la monotonía del motor, mientras el imaginario corredor de Fórmula Uno aventaja a un camión en el propio puente de Tipitapa.

Mientras unos duermen, otros aprovechan para platicar un poco. Es increíble la facilidad con que la gente habla de su vida. Parece como que la gente viaja con deseos de desahogarse con el primero que le salude o le entable plática.

Ernestina, que viajaba con su pequeña hija, aparentaba ser una chica tímida, pero cuando su vecina de asiento le preguntó algo, empezó a soltar todo; que viajaba por primera vez a Siuna, donde ahora vive su mamá, que antes vivía en Matagalpa. Que el papá de la niña quería venir pero que al día siguiente tenía un viaje a Honduras y...

Justo detrás de mi asiento, un señor de sombrero de pita y pelo entrecano que al principio parecía caerse del sueño, entró en pláticas con su compañero de asiento, a quien le contó que su mujer se fue a Costa Rica hace siete años y que desde entonces él se tuvo que "echar los huevos a tuto" para salir adelante con sus hijos, que ahora están creciditos.

Más al fondo y como queriendo que todo el bus las oyera, doña Clarisa, negra y regordeta, de unos 50 años y una joven madre mestiza, con su hijita rendida por el sueño entre sus piernas, atrajeron la atención.

La novel madre dijo que ella prefería hijas mujeres, "porque los niños varones son indomables, necios y las niñas son dóciles". Doña Clarisa le refutó diciéndole que "depende de los padres que los crían así". En la charla metió su cuchara otra vecina de asiento, quien comentó el caso de un niño de diez años que se da unas perdidas de hasta dos meses y cuando regresa viene peor.

"Yo le hubiera dicho a la Policía que lo echara preso", dijo la salvaje que le tiene fobia a los niños. Otra propuso que lo mantuvieran encerrado, otra señora de atrás dijo que éste es un pequeño delincuente porque ya ha cometido robos. Pero la metiche fue más allá cuando sentenció:

—Que le corten un dedo. ¿Y la mamá vive con el padre del niño? —preguntó.

—No, ahora vive con otro marido.

—Eso es lo que pasa, nosotras somos las culpables, porque por estar bien con el queri... nos olvidamos de todo.

Sin percatamos pasamos el lago Las Canoas a eso de las 6:30, y media hora después llegamos al empalme de Boaco, donde el conductor con sus dos ayudantes se bajaron y se metieron en un comedor donde cenaron con toda la tranquilidad del mundo.

Después de más de media hora de espera un hombre negro que iba callado, escuchando cómo descuartizaban a la mamá del niño de diez años, empezó a refunfuñar que estos buseros se detienen en cada fritanga y tardan una hora, que el viaje tarda tres días porque se paran a cada rato, etcétera.

A las ocho de la noche y sin detenernos siquiera, vimos pasar por la ventanilla las luces de la "Ciudad de dos Pisos", Boaco, para luego salir al empalme de Muy Muy, donde muy escondiditos a la orilla del camino estaban dos camiones cargados de madera y eso me recordó que es precisa-mente de noche cuando se da el mayor trasiego de madera ilegal procedente de Bosawás.

Viaje en bus al puerto olvidado
Para unos el día empieza cuando sale el sol, otros todavía es de noche. Foto: Orlando Valenzuela

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Viajar como espectros de la noche

Casi inadvertidos por la población, que a las 11:00 de la noche ya estaba dormida en sus casas, entramos y salimos por Río Blanco, lugar donde termina la carretera asfaltada y empieza el calvario de la carretera arenosa, fangosa y cratérica que lleva a Mulukukú, donde llegamos como espectros de la noche a las 2:45 de la madrugada.

Después de cruzar un pequeño puente, a eso de las cuatro de la madrugada, nos percatamos que viajábamos seguidos por una preciosa Luna Llena que iluminaba el campo abierto, y la espesa neblina que cubría el camino le daba un toque mágico al paisaje. Hasta hace pocos años, los vehículos tomaban las ruta Matagalpa-Waslala para llegar a Las Minas, pero ahora lo hacen por Boaco-Muy Muy-Matiguás-Río Blanco. Con el ronroneo de fondo del motor del bus y apoyados por la potente luz de los focos delanteros, de vez en cuando saltaban frente a nuestros ojos algunos conejos y gatos monteses y otros animales de vida nocturna.

A las seis de la mañana ya el Sol está brillando sobre la cima de las colinas pelonas del otrora departamento de Zelaya Norte. Una hora más tarde y entramos por la estrecha callejuela de Siuna, a las siete de la mañana, donde por 45 minutos estuvimos a la espera que el conductor y ayudantes desayunaran en uno de los comedores del camino.

Cuatro horas más de tormentoso viaje por la polvosa carretera fueron suficientes para llegar a Mina Rosita, que junto a Bonanza y Siuna forman el Triángulo Minero. A esta hora, con hambre, desvelado y con la vejiga por reventar, el tufo a gasolina y el ruido del motor parecen una dulce melodía comparada con el desesperante deseo de llegar cuanto antes a Puerto Cabezas, pero el día apenas empieza y todavía faltan más de once horas de viaje.

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Una experiencia inolvidable

Aunque implicaba más tiempo de viaje, pronto los pasajeros nos acostumbramos a que cada hora el conductor detuviera el bus para chequear el motor, momento que muchos aprovechaban para vaciar la vejiga y estirar los pies un poco.

Sin embargo, no todo es gris en un viaje a Puerto Cabezas, pues en el camino se pueden ir conociendo lugares que uno jamás pensó recorrer, como las comunidades miskitas de Tasba Pri, famosas en los años ochenta por ser una zona donde fueron asentadas centenares de familias indígenas durante la guerra para que no sirvieran de base social a la Contrarrevolución que luchaba contra el gobierno sandinista. A este poblado llegamos a las dos de la tarde.

Niños jugando pelota a la orilla de la carretera, ancianas en el patio dando de comer a las gallinas, mujeres lavando a la orilla de los caños, rústicos puentes de madera que cruzan caudalosos ríos, jóvenes platicando sentados en el piso de tambo de sus casas son apenas unas de las pocas imágenes cotidianas que sólo viajando por tierra se pueden disfrutar.

Al fin, a las cuatro de la tarde, llegamos al inmenso, sereno y caudaloso río Wawa Boom, donde tanto personas como vehículos tienen que pasar en un ferry al otro lado. El ayudante del bus dijo que cuando el Wawa se llena y se desborda pueden pasar hasta ocho días esperando que el nivel del agua baje para que los vehículos puedan subir la rampla.

Doña Juana López, comerciante de Masaya, dijo que antes los buses tardaban hasta ocho días en los pegaderos y que por eso tenían que botar canastos llenos de frutas y verduras podridas. "Ahora sólo vendo zapatos y loza, porque eso no se pudre", dice mientras muestra su raquítica dentadura al dejar escapar una risita maliciosa.

Cuando cruzamos el Wawa ya nos sentimos en Puerto Cabezas, a pesar de que aún faltaban casi dos horas más de viaje y una carretera con pegaderos chiclosos después de una fuerte lluvia. Pero tuvimos suerte, pues llegamos justo después de quince días de que no había llovido en la zona y lo que encontramos fueron llanos llenos de polvo fino y amarillento.

A las cinco y treinta minutos, al fin entramos por la calle central de Puerto Cabezas, después de casi veinticuatro horas de viaje. Como si hubiéramos ido y regresado a Europa en avión. Pero al menos valió la pena la experiencia y el ahorro.Viaje en bus al puerto olvidado

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