LA PANDEMIA QUE NO EXISTE

Prosa Profana - 05.09.2021

Sergio Ramírez

El poder absoluto está colmado de obsesiones. La primera de ellas es que nadie puede ni debe perturbar la bienandanza nacional, ni siquiera las catástrofes naturales ni las enfermedades, que son declaradas por tanto inexistentes. Es por eso por lo que la pandemia que ha descalabrado al mundo dejando más de 200 millones de víctimas y cerca de 5 millones de muertos, en Nicaragua nunca ha existido, ni existirá jamás.

El virus del COVID 19 no es más que un invento del enemigo externo y de los conspiradores internos que buscan desestabilizar la obra redentora del buen gobierno. En Nicaragua hay más muertos por accidentes de tráfico que por causa de un virus que debe ser visto como un simple catarro. Si alguien muere asfixiado en la cama de un hospital no es a causa del virus, sino de enfermedades respiratorias comunes y corrientes.

La realidad hay que maquillarla a conveniencia del poder absoluto. Por eso las estadísticas sanitarias se vuelven un secreto de estado. Todo lo que lo afea el rostro del poder benefactor, debe desaparecer. En el país más feliz del mundo se vive bonito a la fuerza, sin enfermedades, sin urgencias diarias de sobrevivencia, porque todas las soluciones para que halla pleno bienestar y salud perfecta son dispensas por la mano generosa y cuasi divina que, llena de anillos, se posa sobre nuestras cabezas de manera maternal.

Todo lo demás son fabricaciones diabólicas, obra de mentes pequeñas y mezquinas. Las salas de emergencia colmadas de pacientes desesperados, los tanque de oxígeno ensarrados ya vacíos, los enfermos llevados a los hospitales acostados en camionetas de tina a falta de ambulancias, las camas saturadas y los enfermos acostados en el suelo de los pasillos, los médicos y las enfermeras muriendo contagiados, las filas interminables de quienes buscan vacunas que no existen, los desfiles de ataúdes, las fosas comunes abiertas en los cementerios. Inventos, fabricaciones. Calumnias.

Los médicos forzados al silencio, o al exilio, por proclamar la sediciosa mentira de que es necesario tomar medidas urgentes para evitar que la peste siga propagándose. Todos ellos no son sino agentes del mal, que buscan desprestigiar al poder benefactor. Denunciar las condiciones precarias del sistema de salud que nunca estuvo preparado para hacer frente a la pandemia, desde luego que la pandemia no existe, es delito de traición a la patria.

Lo que el poder benefactor hace entonces es promover la charanga y el alboroto, las corridas de toros, las fiestas patronales, aunque la iglesia las prohíba, los desfiles hípicos, las procesiones multitudinarias, las ferias populares, las concentraciones evangélicas, todo aquellos que saque a la gente de sus casas y la lleve a las calles a juntarse unos con otros y restregarse así alegremente el virus en bocas y narices. ¡Tráigase a toda la familia, que nadie se quede en su casa, la contaminación es gratis!

Mientras más gente se exponga al contagio, mejor. Así se demostrará que este es un país bendecido, que camina por la senda del progreso hacia un futuro luminoso, bajo la protección de poderes sobrenaturales. Qué es ese cuento de las mascarillas y la distancia social, nada más que propaganda desestabilizadora. Este es un país feliz, libre de enfermedades, con el mejor sistema de salud del mundo, a prueba de pandemias, epidemias y pestes.

Para qué gastar en comprar vacunas, si los fondos de emergencia del FMI mejor sirven para engrosar las reservas monetarias y no para proteger al país de una amenaza que sólo existe en las mentes calenturientas de los empecinados que viven dedicados a urdir patrañas en contra de la soberanía nacional, como agentes descarados del imperialismo que son.

 

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