Vida vegana en Nicaragua

Reportaje - 10.03.2018
Assorted colored burgers

Un día decidieron sacar de su dieta todo producto de origen animal, la miel de abejas incluida. No lo hacen por salud,
sino por conciencia, dicen. Así viven los veganos en Nicaragua.

Por Amalia del Cid

¿Alguna vez ha considerado la idea de no volver a comer carne? ¿Y huevos? ¿Podría parar de consumir queso y miel de abejas? ¿Estaría dispuesto a dejar de comprar objetos hechos con cuero, lana o seda? Para los veganos esa es la realidad de todos los días. Una vida sin productos de origen animal que a sus ojos se traduce en una conciencia más tranquila.

Esta forma de vida que a muchos podría parecerles extrema, o por lo menos extraña, se basa en una doctrina filosófica y ética relativamente nueva que tiene sus raíces en la milenaria práctica del vegetarianismo. Nació en 1944, hace menos de un siglo, cuando un grupo de vegetarianos decidió llevar las cosas a otro nivel para establecer una verdadera y radical tregua en la que los “animales humanos” aprenden a subsistir sin explotar a sus compañeros de planeta, los “animales no humanos”. Es decir, el veganismo tomó distancia del vegetarianismo porque deseaba salirse de la cocina. Ya no quería ser solo una dieta, sino un decálogo para respetar en todo sentido la igualdad de los seres vivos, desde las personas hasta las hormigas.

Desde entonces el movimiento vegano ha ido cobrando fuerza de la mano de personajes tan célebres como Paul McCartney, Leonardo DiCaprio y Natalie Portman, grandes activistas de los derechos animales. Y ya sea por moda, salud, estética o conciencia, ha ganado adeptos a lo largo y ancho del mundo, Nicaragua incluida.

¿Dónde están los veganos en nuestro país? ¿Son seres míticos que se alimentan de la luz? Se encuentran en todas partes y como ya ha de sospecharse, no, no viven de fotosíntesis, sino de vegetales, granos, semillas, frutas, cereales y suplementos. Cada día los veganos nicas forman parte de ese debate mundial que enfrenta a las proteínas y vitaminas vegetales contra las de origen de animal. Y las opiniones no podrían estar más divididas.

En la actualidad el mundo también discute si el ser humano es por naturaleza omnívoro o herbívoro. Los activistas veganos podrían jurar que no nos diferenciamos en mucho de los conejos, pero la ciencia ha salido al paso para demostrar que nuestros antepasados prehistóricos no empezaron a comer carne por capricho. La incorporación de la proteína animal fue una “necesidad evolutiva” que propició la expansión del cerebro humano.

Sin embargo, afirman los veganos, su doctrina va más allá de nuestra herencia evolutiva y, de hecho, la consideran el futuro de la humanidad, pues ayuda a mitigar la contaminación causada por la industria de la ganadería, que consume enormes cantidades de tierra y agua y que con sus emisiones de metano (proveniente de las flatulencias y los eructos de las vacas) aporta en gran manera al calentamiento global.

Al margen de la controversia, hay quienes abandonan el régimen de cero carne por encontrarlo insostenible, mientras que otros veganos aseguran que, si su vida dependiera de volver a consumir cadáveres de animales inocentes, preferirían morirse. Es el caso de Eduardo Sánchez, activista nicaragüense. “Mi salud no puede estar primero que la vida de otro ser”, se dijo hace año y medio, el día que decidió ser otra persona.

Cada día los veganos enfrentan mil pequeñas situaciones que el resto de nosotros ni siquiera ha imaginado. Como no poder comprarse esos zapatos “tan lindos” que vieron hace un mes porque resulta que llevan cuero o tener que leer todas las etiquetas para verificar que los productos que desean adquirir no fueron probados en animales. Esto sin contar sus jornadas de activismo, que van desde promover la buena cocina vegana hasta hacer vigilias frente a los mataderos, para dar agua a los cerdos que serán sacrificados y acariciar sus cabezas a través de las rejas de los camiones que los trasladan.

Llevamos miles de años escuchando de la dieta omnívora. Que esta vez hablen los veganos.

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Anne Zemmour y Geovany Murillo son veganos y activistas de Save Movement Nicaragua. Van a los mataderos para tomar fotos y dar agua a los cerdos que serán sacrificados. También están trabajando en el rescate de caballos carretoneros. FOTO/ Oscar Navarrete

Anne Zemmour ya no acostumbra cenar con sus amigos. Hace un tiempo decidió eliminar de su vida esa parte en la que tenía que sentarse a comer con humanos no veganos. De esa manera se evita la situación incómoda de tener que explicar otra vez por qué ella no come pollo, ni res, ni pescado, ni huevos, ni queso, ni crema, ni mantequilla.

Para Anne, francesa radicada en Managua, la parte complicada del veganismo no es abandonar los productos de origen animal porque “cuando uno sabe por qué hace las cosas no tiene ningún problema en hacerlas”. Lo difícil es lidiar con los ataques constantes de los omnívoros que tratan de hacerla volver al redil. Una de las más comunes quejas de los veganos es que cada vez que anuncian su nuevo estilo de vida, las personas a su alrededor se convierten automáticamente en nutricionistas y les advierten que “se van a morir” víctimas de algún déficit.

Por eso los veganos se mantienen en constante investigación, a fin de contar con argumentos para defender su dieta y sus posturas éticas. De hecho, muchos llegan por esa vía al veganismo, tras haber visto documentales sobre la industria animal. Es el caso de Anne Zemmour, de 30 años. Lleva tres años viviendo en Managua y es vegana hace dos, pero antes de eso practicó el vegetarianismo y no veía problema alguno en comer queso y huevos hasta que se encontró con una serie de grabaciones sobre “la explotación de las vacas”.

Después conoció a quien hoy es su novio, el nicaragüense Geovany Murillo, y con mucha paciencia lo veganizó. Ahora suelen visitar juntos restaurantes de comida vegetal y piden que por favor les quiten del plato todo aquello que pueda contener lácteos, como una pasta con crema, por ejemplo. Además compran su ropa en pacas, para no contribuir con la industria textil que explota a niños en lejanos países de Asia; antes de tomarse una cerveza “googlean” la marca para asegurarse de que es vegana y procuran no comer galletas hechas con aceite de palma, porque para sembrar la palma se cortan los bosques y eso mata a los animales.

“Ser vegano es agrandar tu círculo de compasión, para los animales, los humanos, el planeta”, explica Anne, mientras comparte unas bolitas de garbanzo con Geovany, en un restaurante árabe de Managua.

Pero también van a locales de comida corriente e incluso a fritangas, cuenta Geovany. Y estando ahí, en esos templos a la carne y la grasa, solo piden los ingredientes veganos. Gallopinto con tajadas y ensalada. Arroz, frijoles y plátano maduro frito. Papas fritas y fresco de mandarina. Hay que aclarar que no toda la comida vegana es comida sana y que hay veganos gordos, señalan.

Pasa que en las filas del veganismo algunos están por salud, pero el interés primordial de la mayoría es no contribuir a lo que ellos llaman “holocausto animal”. Que los vegetales, las frutas y los granos sean alimentos sanos es, entonces, una feliz coincidencia.

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Es verdad que la dieta vegana posee numerosas ventajas sobre la dieta omnívora. Sin embargo, no debe ser tomada a la ligera, advierte la nutricionista Paula Andrea Arce, de la Clínica Vida Sana.

“Es una dieta que tiene muchas fortalezas a nivel nutricional porque incluye cantidades de vegetales y cantidades de ensaladas y los veganos manejan muy bien este tipo de alimentos. Quedan fuera la manteca de cerdo, las cremas, las mantequillas y entonces obviamente las grasas son más sanas”, apunta la especialista.

Por otro lado, agrega, “se fortalecen las proteínas vegetales provenientes de la soya, de la lenteja, el garbanzo, el frijol, que son proteínas bastante sanas pero que tienen una composición diferente de la proteína animal y entonces necesitan complementarse con cereales”. Como el arroz integral. Así que comiendo veganamente “te quitás un montón de grasas y colesterol de encima, comés el montón de vegetales y tenés un montón de antioxidantes, pero tenés que tener la capacidad de manejar y contabilizar la proteína para no hacer déficit nutricional”, afirma.

¿Pero por qué es que se habla tanto de la proteína? Porque es “súper importante”, dice Arce. La proteína es “como los ladrillos en una construcción, es la que te genera aminoácidos, está en las paredes celulares, es la materia prima para producir anticuerpos, para tener pelo, para tener uñas, para generar células, para regenerar tejidos, vos podés cicatrizar una herida porque tenés proteínas para que se arme esa estructura”.

Una de las primeras cosas que debe aprender un nuevo vegano es cocinar. Hay mil formas de preparar lentejas o garbanzos, por ejemplo, pero hay que conocerlas y practicarlas. FOTO/ Carlos Valle

Nuestro organismo tiene la capacidad de generar por sí solo ciertos aminoácidos, pero hay otros que a fuerza nos los tenemos que comer porque el cuerpo no los produce, explica la nutricionista. “Se llaman aminoácidos esenciales y en la proteína animal están toditos, en la vegetal no”. Eso no significa que la dieta vegana no pueda funcionar bien, significa que para funcionar bien tiene que estar bien diseñada.

Una persona promedio tiene que comer de setenta a ochenta gramos de proteína al día. Con diez onzas de cualquier carne se cubriría esa necesidad. O diez huevos. O diez vasos de leche. En cambio, se necesitan cinco tazas de frijol, lenteja o garbanzo para obtener esa misma cantidad de proteínas y “ahí es donde entran a jugar las tolerancias digestivas”, subraya la experta. “Dos tazas de gallopinto equivalen a tres huevos, es mucho carbohidrato y si no lo balanceás bien vas a subir de peso”.

Para Arce, existe bastante desinformación en algunas páginas web consultadas por los veganos para diseñarse sus propias dietas. Y debido a esto hay quienes terminan creyendo que el brócoli, el apio o la lechuga tienen proteína. “Uno tiene cierta capacidad gástrica... Pero tengo que comerme tres tazas de brócoli para hacer siete gramos de proteína. Siete tazas de espinaca para comerme la proteína de un huevo. Tres tazas de lechuga para ganar 1.5 gramos de proteína”.

¿Entonces qué deberían hacer los veganos? Tomar, en algún momento, suplementos proteicos y de vitamina B12 y... aprender a cocinar para ser capaces de preparar diversidad de platos a base de los mejores granos. Al fin y al cabo, dice la nutricionista, no puede negarse que la comida tiene dos funciones: nutrir y generar placer.

 

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La misión de Eduardo Sánchez es probarle al mundo que la comida vegana está lejos de ser aburrida. Su página en Facebook se llama “Veduardo” —con v de vegano— y ahí comparte fotos y recetas de platos que no parecieran tener nada que envidiar a la gastronomía omnívora. Lasañas y mayonesas veganas, ceviches de caimito, carne de cerNO (que es la misma carne de garbanzo) y los nacatabienes que son el alter ego vegano de los nacatamales.

También hace ensaladas y tiene un servicio de delivery para llevárselas a las personas que ya solo necesitan un último “empujoncito” para iniciarse en una dieta amigable con los animales. En Nicaragua, Eduardo es uno de los activistas veganos más comprometidos con la causa. Pero hace menos de dos años, cuando estaba en la otra acera, alguna vez se burló de los vegetarianos porque los relacionaba con la idea de “hippie, loco, débil, arriba de los palos”.

Lo que lo hizo cambiar de parecer fue, en primer lugar, su acercamiento a dos perros que adoptó en la calle. Uno de ellos tenía cáncer y, luego de tres meses de lucha, falleció, pero Eduardo quedó convertido en un amante de los canes y empezó a colaborar con grupos animalistas. En esas estaba cuando conoció a una estadounidense vegana que le preguntó:

—¿Cuál es la diferencia entre una vaca y un perro?

“No hay ninguna diferencia”, prosiguió la vegana. “Es como el racismo, pero se llama especismo”. Y le habló de la arrogancia humana que ella percibía en la clasificación de los animales: los que pueden vivir como mascotas y los que deben morir como alimento.

Entonces Eduardo se fue a investigar a internet, decidió que nunca volvería a probar la carne y se lo comunicó a su esposa, Arlen Ríos. Desde ese día, hace año y medio, no hubo más pollo ni pescado ni res en la refrigeradora de la pareja. Él, propietario de una tienda de ropa, aprendió a cocinar y al volver de su trabajo, ella encontraba servidas “las cosas más ricas del mundo”.

Entre ensaladas y documentales la fue convenciendo. Sin embargo, ella misma tomó la decisión de abandonar todo producto de origen animal luego de vivir una experiencia durante las vacaciones de mediados de 2017. Practicó snorkel en México y vio a decenas de coloridos pececitos yendo y viniendo a su alrededor.

—¡Qué lindos los peces! —le dijo más tarde a Eduardo. Y él le contestó:

“Mirá cómo te reciben ellos y cómo nosotros los recibimos a ellos”.

Desde entonces los dos son veganos, aunque él siempre es más estricto que ella. No come alimentos que hayan sido fritos con huevo, incluso si es solo una capa finita. Y tampoco podría participar en un negocio en el que, por ejemplo, esté involucrada una persona que vende maquillaje probado en animales.

El activista vegano Eduardo Sánchez con su esposa, Arlen Ríos. Hace año y medio Eduardo cambió su estilo de vida y ha adoptado la misión de demostrar que la comida vegana no es aburrida. FOTO/ Carlos Valle

Cuando a los veganos se les pregunta por ese aire de “supremacía moral” del que suele acusárseles, afirman que aunque están seguros de que sus acciones son más éticas que las de otras personas, eso no los hace sentirse superiores.

“Los veganos no van a juzgar a la gente, yo no voy a decir ‘sos mala persona’, lo que voy a juzgar son los actos. Yo digo que tu acto de comer carne está mal, pero a vos como persona no te voy a poner una etiqueta”, sostiene Anne Zemmour. “Yo no me siento superior a nadie. Yo sé que hago menos daño que vos, pero no por eso me siento superior”, afirma Eduardo.

Él ha logrado convertir a su mamá, su esposa y unas cuatro personas más. Su recomendación es que cada quien elija el ritmo de transición que más le convenga.

¿Su nuevo estilo de vida le ha hecho perder amistades? “Para nada”, afirma. “¡Los he atraído con mi comida!”

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A veces los veganos se reúnen para celebrar a la Tierra y hablar de recetas. Esta es una tertulia vegana en el patio de Buen Karma - Yoga & Vegan Culinary School. FOTO/ Carlos Valle.

No todo vegano o vegetariano logra establecer una dieta lo suficientemente equilibrada. Hace un par de años Fernando Pantoja decidió dejar la carne, pero bajó tanto de peso que se vio obligado a retomarla. “Estaba demasiado flaco. Me descuidé mucho en el sentido de que no busqué un sustituto de las proteínas que se obtienen de los animales, simplemente quitaba la carne de cualquier cosa que comiera. No planeé muy bien el asunto”, reconoce el joven.

Él decidió abandonar el consumo de carne luego de leer El Hombre en Busca de su Sentido. Ahí el autor relata los años que pasó en un campo de concentración nazi, describe cómo los prisioneros reunidos en el patio intentaban evitar las orillas —a fin de protegerse del frío y de las patadas de los guardias— y cuenta que percibe ese mismo comportamiento en el ganado de los corrales. Ese pasaje del libro hizo un “clic” en Fernando, pues lo llevó a analizar que “así como los nazis se sentían superiores a otros grupos, los humanos nos creemos superiores que los animales”.

Ahora siente nuevamente el deseo de llevar una dieta libre de carne, pero de una manera mejor informada. No es por gusto que los veganos toman cursos de cocina o se reúnen en tertulias donde comparten recetas y hablan de las bondades de la quinoa y la lenteja y de lechugas orgánicas cultivadas amorosamente por un señor conocido como “Agapito” en el mundo vegano.

Se sienten más saludables que nunca, afirman. Se enferman menos y están más ligeros y llenos de energía, sostienen. Pero incluso si no fuera así, seguirían siendo veganos, aseguran. Porque el veganismo, más que una dieta, es una decisión ética que los hace sentirse en paz con el mundo.

Hablemos de historia

Donald Watson inventó la palabra “vegano” y fundó la primera Sociedad Vegana, en 1944.

Antes de los veganos estuvo el vegetarianismo, practicado desde hace cientos de años. Ya se tienen noticias de él en la Antigua Grecia y en antiquísimas religiones que llaman a abstenerse de comer carne, como el jainismo, una doctrina surgida en algún momento entre los siglos IX y VI antes de nuestra era, que ve de manera igualitaria a todos los seres vivos y rechaza el sacrificio de animales.

Sin embargo, la palabra “vegetariano” no apareció oficialmente sino hasta el 30 de septiembre de 1847, cuando fue usada en la reunión inaugural de la Sociedad Vegetariana del Reino Unido, señala el sitio web de la Unión Vegetariana Internacional (IVU, por sus siglas en inglés). El término que tanto eco llegó a tener en el mundo deriva del latín “vegetus”, que significa “entero, fresco, enérgico, sano o vigoroso” y que, para la IVU, no debería confundirse con “vegetal”.

Antes de 1847, dice la IVU, los humanos que no comían carne eran conocidos como “pitagóreos” o simpatizantes del “Sistema Pitagóreo”, en honor a un vegetariano bastante célebre de la Antigua Grecia, cuyo nombre seguramente usted ya adivinó.

Casi un siglo más tarde aparecieron los veganos, en 1944, cuando los activistas Donald Watson y Elsie Shrigley acuñaron el término “vegan”. Veinticinco personas, lideradas por ellos, decidieron llevar el vegetarianismo a un nivel más restrictivo, se cambiaron el nombre y ese año fundaron en Inglaterra la primera Sociedad Vegana.

Con la publicación del primer ejemplar de The Vegan News, en noviembre de 1944, quedó establecida la existencia del veganismo como corriente ideológica y moral, señala el portal Veganizate.

Y ya en los años cincuenta, un miembro fundador de la sociedad, Leslie J. Cross, planteó una definición que los veganos repiten hasta estos días: “El veganismo es la doctrina en la cual los animales humanos debemos vivir sin explotar a los animales no humanos”.

Decálogo de los veganos

Dieta: No comen productos de origen animal ni sus derivados. Esto incluye desde la carne y los huevos hasta la miel, el yogurt y la mantequilla.

Vestimenta: No utilizan materiales derivados de la “explotación animal”, ni en ropa, ni en accesorios, ni en calzado. Es decir, no usan cuero u otras pieles, ni carey, ni lana, ni seda.

Entretenimiento: No asisten a corridas taurinas ni a hípicas, ni van a circos o a zoológicos y tampoco miran series o películas donde aparezcan animales que pudieran haber sido obligados, a través del castigo, a realizar escenas.

Mascotas: Están en contra del comercio de animales silvestres, pero tampoco compran animales domésticos. Prefieren adoptar.

Cosmética y medicina: No utilizan productos probados en animales. Sin embargo, esto es algo difícil de evitar cuando se trata de medicamentos, pues la experimentación animal aún se emplea en la investigación biomédica, precisamente debido a códigos de ética que impiden los experimentos con humanos. Los animales son usados en pruebas de toxicidad, parálisis, dolor de cabeza, carcinogenicidad y de frecuencia de absorción de medicinas, entre otras.

Somos omnívoros, dice la ciencia

“Aunque hay muchas razones para ser vegetariano, nuestra herencia evolutiva no es una de ellas”, afirma categóricamente la revista BBC Focus. “Nuestro sistema digestivo no posee las cámaras de fermentación necesarias para digerir la celulosa de las plantas y nuestro metabolismo tiene varias adaptaciones que sugieren que evolucionamos de animales carnívoros”.

Por ejemplo, apunta, “tenemos receptores en nuestros intestinos que absorben hierro hemínico, que solo se encuentra en la carne”. Además, no podemos generar nuestra propia vitamina B12 y somos muy lentos para sintetizar la taurina y la vitamina A, nutrientes que son más fácilmente ingeridos a través de la carne que de las plantas.

“Antes del desarrollo de la agricultura, hubiera sido muy difícil tomar todos los nutrientes necesarios de las plantas nada más”, dice la BBC Focus.

La necesidad de buscar la proteína animal comenzó en la prehistoria cuando aquellos homínidos compartieron ciertos medios abiertos y en condiciones extremas con otros animales, explica el diario La Vanguardia en el artículo “¿Somos omnívoros, carnívoros o herbívoros?”

Fue entonces que, como especie, “aprendimos técnicas para cazar y consumir alimentos animales en mayor proporción, lo que generó cambios en el organismo para poder transformar y aprovechar la carne”. Con el desarrollo de herramientas el comer carne se volvió algo habitual y esto derivó en la disminución de la longitud de nuestros intestinos y el crecimiento de nuestro cerebro.

“Cuando el cerebro humano comienza a expandirse, hace aproximadamente 2.5 millones de años, también hay evidencia arqueológica de un mayor consumo de alimentos de origen animal, que son enérgicamente ricos y fáciles de digerir”, explicó en 2016 Leslie Aiello, reconocida paleoantropóloga estadounidense. “Los hombres de la prehistoria empezaron siendo herbívoros, pero la misma evolución los llevó a comer alimentos de origen animal”.

Muchos activistas veganos, sin embargo, defienden la postura de que los humanos somos esencialmente herbívoros. Lo hacen basándose en las similitudes que hay entre el ser humano y los animales comedores de hierba: ausencia de garras, dientes frontales sin filo, molares chatos para masticar y transpiración.

En cualquier caso, dicen, ya no estamos en la prehistoria y ahora existen alternativas para obtener los nutrientes necesarios sin recurrir al “asesinato de los animales”.

Glosario

Vegetariano: No come carne, pollo, pescado o sus derivados. Sin embargo, en su dieta podría incluir o no el consumo de huevos y productos lácteos.

Ovolactovegetariano: No consume carne, pollo, ni pescado, pero sí come huevos y productos lácteos. Esta es la forma más practicada del vegetarianismo.

Lactovegetariano: No come carne, ni pollo, ni pescado, ni huevos, pero sí productos lácteos, como leche, queso y mantequilla.

Vegetariano estricto: Término usado antiguamente para referirse a un vegano que hacía excepciones cuando debía priorizar su nutrición.

Vegano: No come carne, ni pollo, ni pescado, ni huevos, ni productos lácteos, ni ningún producto de origen animal, incluidas la miel y la gelatina. Los veganos tampoco usan objetos elaborados con materiales de origen animal.

Vegano dietético: Sigue una dieta vegana, excluyendo los alimentos de origen animal, pero no necesariamente deja de usar productos animales no alimenticios, como el cuero o la lana.

Vlexivegano: Siguen una dieta vegana, pero con algunas licencias cuando la situación escapa de su control. Pueden permitirse, por ejemplo, comer una pasta que lleve crema.

Especismo: Es como el racismo, pero aplicado a los animales. Se refiere a esa clasificación que los seres humanos han realizado, arrogándose el derecho a decidir cuáles animales son para compañía, cuáles para comida, cuáles para experimentos y cuáles para la industria del entretenimiento. Los veganos creen que comerse a una vaca es lo mismo que comerse a un perro, porque ambos son seres vivos sintientes, sociables e inteligentes.

Activismo

Save Movement Nicaragua realiza vigilias cerca de los mataderos.

En Nicaragua existe la organización Save Movement, a la que pertenecen Anne Zemmour y Geovany Murillo. Ella es bibliotecaria de la Alianza Francesa y el agente de bienes raíces, pero en su tiempo libre participan en vigilias en los mataderos. Se trata de pedir a los conductores de los camiones que trasladan a los animales que se detengan tres minutos y aprovechar ese tiempo para hacer fotos del ganado y dar agua a los cerdos, que se dejan acariciar como lo haría el más pacífico de los perros.

Es un activismo pacífico, que solo intenta mostrar al mundo “lo que está pasando”. El rostro triste o asustado de “animales que no quieren morir”.

Otros veganos contribuyen a la causa desarrollando productos que puedan sustituir a la mayonesa y los pasteles, por ejemplo. Es el caso de Be Vegan, un proyecto de dos hermanas nicaragüenses que se han especializado en cupcakes veganos.

Por otra parte, Eduardo Sánchez, con su proyecto Veduardo, trabaja para que las personas se den cuenta de que la dieta vegana no es aburrida. E incluso ofrece el servicio de ensaladas a domicilio para quienes estén interesados en dejar la carne.

Para estos activistas, los productos de origen animal ahora son “algo desagradable”. Si ven carne, piensan en la muerte del animal. Si ven leche, se acuerdan de que un ternero fue separado de su mamá. Si miran huevos, a sus mentes llega la imagen de los pollitos machos descartados siendo triturados en una licuadora.

Esto sin tomar en cuenta las razones medioambientales, pues la industria de la carne aporta en gran medida al calentamiento global. Se estima que en el mundo entero hay más de mil millones y medio de vacas y que son las mayores productoras de metano.

Veganos famosos

Leonardo DiCaprio es un gran activista por el medioambiente y los animales. Produjo un documental de culto para veganos, vegetarianos, animalistas y conservacionistas: Cowspiracy.

Natalie Portman, la actriz israleí, produjo el documental Eating Animals. En su famoso discurso sobre el veganismo, expresó: “La explotación industrial de animales es responsable de la mayor parte de la contaminación del aire, el agua y la tierra (...). Así que podemos decidir tres veces al día lo que hacemos con nuestro planeta. Y tú puedes hacer la diferencia, incluso una vez al día o una vez a la semana, eligiendo no comer animales ni productos de origen animal”.

Paul McCartney, el ex Beatle es un vegetariano o un “flexivegano”, no come ningún tipo de carne, pero puede consumir queso y los huevos de sus propias gallinas, cuidadas humanamente, siempre que no se rompan las normas éticas. De él es la conocida frase: “Si los mataderos tuvieran paredes de cristal, todos seríamos vegetarianos”.

Gary Yourofsky es un activista y conferencista estadounidense pro derechos de los animales retirado desde 2017. Ha sido admirado por muchos y cuestionado por los demás debido a sus puntos de vista radicales y, en ocasiones, extremistas sobre la supremacía ética del veganismo. Los videos de sus conferencias son muy populares en YouTube y a ellos recurren muchos veganos para encontrar argumentos y respuestas. Entre 2002 y 2005, Yourofosky fue patrocinado por PETA.

Marcos Borges es el gurú vegano de las celebridades que ha creado un sistema para lograr alimentarse veganamente: el 22 Days Challenge. ¿Por qué 22 días? Porque según los psicólogos se necesitan solo 21 días para romper un hábito. Borges es el entrenador personal de la vegana Beyoncé.

Otros veganos famosos son Adele, Bill Clinton, Ellen Degeneres, Ellen Page, Bryan Adams, Olivia Wilde, Gwyneth Paltrow, James Cameron y Brad Pitt. Gracias a su papel de figuras públicas, han aportado a que el veganismo cobre fuerza en Estados Unidos y el resto del mundo.

El Chef Milo

Los chefs John Corea y Carlos Calderón, chef Milo, tienen el proyecto de promover la comida sana. 

Caso emblemático en la comunidad vegana de Nicaragua es el del chef ocotaleano Carlos Calderón, o chef Milo, educado en el Cordon Blue. Él estaba acostumbrado a los buenos vinos y a los filetes de exportación y estaba listo para instalar en Nicaragua su propio restaurante francés, cuando comenzó a enfermarse y buscó en el veganismo el remedio contra los triglicéridos altos.

Después de 21 días de veganismo comenzó a sentirse mejor, afirma, y decidió hacer otros 21 días, hasta llegar a noventa. Entonces notó que tenía menos panza, menos “cachetes” y que ya no le dolían las rodillas. Fue a hacerse el examen de triglicéridos y salió tan bien que el doctor le dijo: “Lo que sea que está haciendo, sígalo haciendo”.

Ahora el Chef Milo está trabajando para incluir la gastronomía en las facultades médicas de las universidades y tiene el programa Comer para Vivir. Atrás quedó, olvidada para siempre, la idea del restaurante francés.

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