La iglesia perdida de San Blas

Reportaje - 06.04.2018
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En medio de la nada se alzan las majestuosas ruinas de la iglesia de Cristo Rey.
Antes fue el sueño de una monja. Ahora es una joya olvidada

Por Amalia del Cid

Al final de un camino de tierra bordeado por zacatales, maní y caña, comienza San Blas, un caserío polvoriento que vive en la incertidumbre de no ser de aquí ni ser de allá, porque sus habitantes nacen y mueren en Granada, pero votan en Masaya. A este lugar algunos todavía lo conocen como El Sitio, en memoria de los hatos de ganado que solían concentrarse aquí y que ahora solo transitan por las calles con una tranquilidad que va a tono con este pueblo donde nunca pasa nada.

Lo habitan 2,516 personas, según el último censo, y sus territorios se extienden por tres kilómetros cuadrados. Es un caserío como otros cien mil caseríos, con algunos techos de tejas y calles con gallinas y niños en bicicleta. Sin embargo, hay un detalle que lo hace un pueblo único entre cien mil pueblos: aquí existe una iglesia gigantesca, demasiado grande para un poblado tan diminuto. Un edificio magnífico que se alza entre terrenos baldíos, junto a la hondonada por la que circulan carretas tiradas por bueyes.

La iglesia de San Blas nada tiene que envidiar al más majestuoso de los templos de Granada. O al menos así era hasta hace 18 años, antes de que el terremoto de Masaya la condenara a la ruina y al olvido.

Ahora se encuentra poblada por conejos silvestres, palomas, murciélagos y culebras. Reina el silencio y el viejo órgano de madera se desmorona en la esquina donde antaño estuvo la pila bautismal. Esto es lo que ha quedado del sueño de una monja llamada sor María Soledad.

La iglesia de San Blas tiene un estilo neoclásico y es una réplica de la catedral de Granada, aunque más pequeña. Foto/ Oscar Navarrete

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María Soledad Dávilagaribi era una mujer bajita y blanca, de rostro redondo, nariz aguileña y ojos vivaces. “Incansable”, “todóloga”, “multifacética”, “sin pelos en la lengua”, dicen quienes la conocieron. Nacida en Guadalajara en 1918, la mexicana inició su obra apostólica en Granada a comienzos de la década de 1950, como miembro de las monjas salesianas. Por esos años llegó a San Blas, para dar la catequesis, y vio la necesidad de que el pueblo tuviera un templo.

Pero no cualquier templo, sino uno al que no le faltara nada. Ni las cúpulas ni el altar. Ni los santos ni el sagrario. Ni el atrio ni la capilla. Ni el palco para el coro, ni la sacristía. Una iglesia inspirada en nada menos que el diseño de la catedral Nuestra Señora de la Asunción, ese templo amarillo con terracota que aparece en casi todas las postales de Granada, dominando el paisaje de la ciudad.

Como se sabe, sor María Soledad no era ninguna holgazana. Se puso manos a la obra para llevar a cabo su ambicioso proyecto y lo primero fue localizar a toda la aristocracia granadina para convencerla de que era buena idea financiar una réplica de la catedral en la que pudieran congregarse San Blas y sus comunidades vecinas.

Sor María Soledad Dávilagaribi González era mexicana, pero se sentía nicaragüense. En la foto se encuentra ante el altar de la iglesia que heredó a los habitantes de San Blas. Foto/ Oscar Navarrete

Doña Gloria Jiménez, de 81 años, conoce la historia mejor que nadie. De chavala acompañó a la religiosa a tocar las puertas de los ricos de Granada y más tarde asumió la tarea de visitarlos semanalmente para que le entregaran, en sobre cerrado, la cuota destinada a pagar los materiales de la obra y las jornadas de los obreros.

También tomó parte en la construcción del templo, relata. Es que aunque a la comunidad le faltaba el dinero, le sobraba la voluntad y colaboró con la mano de obra. Los hombres acarrearon arena y piedras, y las mujeres trasladaron el agua en latas, sobre la cabeza, desde un pozo que aún existe, a unos 50 metros de la iglesia.

“Sonaba la campana cada vez que se acababa el agua para las mezclas, y ahí íbamos”, recuerda doña Gloria. Dejaban a un lado lo que fuera que estuviesen haciendo y se dirigían al pozo, un agujero de 56 varas de profundidad, donde el mecate de la cubeta era halado por un caballo hasta llenar un barril.

“Éramos dos mujeres y tres varones los voluntarios”, afirma la anciana. “Solo yo vivo, ya los otros no existen”.

Durante más de treinta años la familia de doña Gloria se encargó de la limpieza del templo (antes de que la tarea pasara a otras personas) y siempre ha trabajado en la parte pastoral. Así que sus vidas están estrechamente vinculadas con la iglesia, como pasa con muchos habitantes de este pueblo donde el 90 por ciento de la población es católica.

La profesora María Luisa Rivas, hija de doña Gloria, sabe con exactitud cuándo se puso la primera piedra de la obra. “El 25 de abril de 1956”, dice sin titubeos. Acostumbra guardar documentos y notas sobre los temas que le importan y en su archivo conserva, por ejemplo, fotografías de la sonriente sor María Soledad y de los años mozos de la iglesia de Cristo Rey, cuando las mujeres se cubrían el cabello con chalinas y los hombres se arrodillaban ante el altar para recibir la comunión.

La construcción de la iglesia fue una obra de exigencias monumentales. Y hay partes del edificio para las que la monjita salesiana no pudo conseguir material de la mejor calidad, explica María Luisa. Por eso “la apoyaron los jesuitas”. Pero aunque ellos fueron los que terminaron el templo, sor María Soledad “nunca se despegó de la construcción”.

“La cúpula mayor la hicieron los jesuitas, todo el frente lo hizo sor María Soledad”, comenta Octavio Alemán, habitante de la comunidad, artista y orgulloso guardián de las llaves del viejo templo. Esta tarde camina bajo la enorme bóveda neoclásica de la iglesia, cerca de la capilla del Santísimo donde ahora vive una familia de conejos, sobre el piso cubierto por excremento de pájaros y de murciélagos.

El último sol del día entra a chorros por los ventanales y la escena no puede ser más linda ni más triste. A Octavio se le aflige el corazón cuando piensa en que esta es la obra maestra de esa monja salesiana a la que tanto quieren en San Blas.

Doña Gloria Jiménez y su hija María Luisa Rivas guardan la memoria de los buenos años de la iglesia de Cristo Rey. Foto/ Oscar Navarrete

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Puede decirse que el terreno de la iglesia Cristo Rey es pequeño y árido y que el templo se halla en medio de la nada, porque solo lo rodean unas cuantas casitas, tierras baldías e inmensos campos de cultivo. Sin embargo, hay una poderosa razón por la que se encuentra ubicado aquí, entre matorrales: hace muchos años a solo unos cincuenta metros funcionaba una estación del ferrocarril y a sor María Soledad le pareció que este definitivamente sería un lugar estratégico.

Así que hizo un “cambalache” para que le entregaran ese “terrenito” a cambio de las veinte manzanas de tierra —conocidas como “las 20”— que la familia Chamorro le había donado comunidad adentro, cuenta María Luisa Rivas.

Ahí la levantó. Y al terminarse la obra, los ricos de Granada que la habían patrocinado entregaron grandes puertas de madera con sus apellidos grabados para la posteridad. Allí están, por ejemplo, los Cuadra, los Sequeira, los Chamorro, los Quant. Y las puertas se mantienen firmes mientras las paredes y el techo se descascaran, porque el hierro se ha oxidado y la maleza ha trepado hasta al campanario.

Varios equipos de ingenieros han llegado a analizar la estructura para decidir si tiene o no reparación. Los primeros fueron unos expertos contratados por los misioneros de la Parroquia del Socorro (a la que pertenece la iglesia) poco después de los terremotos de Masaya, ocurridos el seis y el siete julio del 2000. Unos dijeron que lo mejor era botarla y otros que se podía reconstruir, recuerda María Luisa.

Sin embargo, el daño ya estaba hecho. Los sismos habían fracturado la gran estructura del templo y los feligreses comprendieron que seguir usándolo era una temeridad innecesaria. Levantaron una enramada de palmas en el patio y en el 2009 los mismos misioneros les construyeron la pequeña capilla rosada donde a la fecha se congregan, un poco hacinados, los católicos de San Blas.

La nueva capilla está situada justo a la par de las ruinas del templo y guarda las imágenes traídas del extranjero por sor María Soledad. Así como las pocas posesiones que la anciana monja tenía al morir, en el año 2004. Una maletita de cuero con cierre metálico, algunos hábitos, fotografías y sus dientes postizos.

En 2009 fue construida la capillita rosa donde ahora se congregan los feligreses de la comunidad. Foto/ Oscar Navarrete

El recuerdo de la religiosa está presente en todos lados, pero sobre todo en esa iglesia que se cae a pedazos. Por eso a los lugareños les entristece ver las ruinas y las protegen celosamente porque más de una vez han llegado turistas a dejarlas llenas de basura, comenta Octavio Alemán.

En el pueblo no pierden la esperanza de que algún día el templo vuelva a funcionar. Y que de nuevo se congreguen bajo la alta bóveda los feligreses de San Blas y de comunidades vecinas como El Capulín.

Según Clemente Guido, director de Patrimonio Histórico de la Alcaldía de Managua, el edificio, efectivamente, “podría rescatarse con una inversión millonaria”. Habría que demoler la parte frontal, pues “ya no admite reparación”, pero “la cúpula y las estructuras laterales todavía son rescatables”, asegura. Aún “no existe un monto estimado para este rescate, pero es millonario por las características del templo”, sostiene el historiador.

Guido dirigió unos estudios a finales de 2014 e inicios de 2015, en su carácter de “amante del patrimonio cultural de Nicaragua y como un acto de solidaridad personal con la comunidad católica de aquel pequeño poblado”. Y por unas semanas los habitantes de San Blas anduvieron entusiasmados con la idea de que la municipalidad de la capital podía intervenir. Incluso enviaron cartas a la alcaldesa en turno, pero la cosa no pasó a más. La alegría fue efímera.

Aunque la iglesia de Cristo Rey es “una joya arquitectónica”, no ha sido declarada patrimonio histórico y, por lo tanto, “no está protegida por las leyes respectivas”, lamenta Guido. Y por otro lado, “los pobladores de San Blas son muy pobres como para patrocinar por sí mismos esta reconstrucción”. El historiador considera que una posible solución es que los descendientes de los granadinos que financiaron la construcción del templo aporten económicamente para su restauración.

Mientras tanto, San Blas espera. “Aquí ha venido todo mundo y nadie ha hecho nada”, se queja doña Gloria Jiménez.

Además de ser pobre, la comunidad está en un limbo político geográfico porque se ubica exactamente sobre la frontera entre Masaya y Granada. Algunos de sus habitantes tienen cédula granadina y otros masaya. “Si muere alguien se inscribe en Granada. Si nace alguien, igual en Granada. Pero para votar es en Masaya”, explica María Luisa. “Y cuando pedimos ayuda, no somos de ningún lado”.

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El órgano de madera perteneció a sor María Soledad. Ella lo donó a la iglesia y ahí sigue, en el mismo sitio donde lo ubicaron después del terremoto. Nadie en el pueblo se ha atrevido a bandalizar el templo. Y además nadie se animó a mover el cajón, porque la vez que lo intentaron se supo que ahí vivía una serpiente boa y les daba horror la sola idea de tocarlo.

Pero debido a ese respeto por la memoria y por lo sagrado, el templo da la impresión de estar detenido en el tiempo. Con las bancas amontonadas en la capilla donde viven los conejos y elegantes ladrillos bajo la gruesa capa de polvo que lo cubre todo. Solo un rinconcito del edificio está habilitado, para que los domingos los niños reciban la catequesis.

La última vez que sor María Soledad lo miró, el templo no estaba tan deteriorado. La monjita salesiana llegó para las fiestas patronales de 2002, dos años después de los terremotos y dos años antes de su muerte. Ya estaba anciana, enferma y cansada y no podía desplazarse sin ayuda. Sin embargo, se volvió hacia María Luisa y le dijo: “Si yo tuviera tu edad, la vuelvo a construir”.

Aquí empieza San Blas. Al fondo puede verse el campanario de la iglesia, esta es la primera imagen que se tiene del edificio cuando se llega a la pequeña comunidad. Foto/ Oscar Navarrete

 

María Soledad,la monjita salesiana

María Soledad Dávilagaribi González nació en Guadalajara, México, el 19 de febrero de 1918 y falleció en Granada en el 6 de agosto de 2004, a los 86 años. En la Gran Sultana vivió sus últimos años, hospedada en el Colegio de las Hijas de María Auxiliadora.

Fue amiga personal de la beata sor María Romero y realizó largas investigaciones sobre su vida y sus milagros para el proceso de canonización de la nicaragüense. Reunió fotografías y los planos originales de la casa donde nació sor María Romero, también detalló el árbol genealógico de la familia Romero Meneses y personalmente dirigió la reconstrucción de la Casa Natal Sor María Romero.

Sor María Soledad tenía “la fuerza, la bondad y la lucidez” de una joven y, aunque nacida en México, se sentía muy nicaragüense, escribieron las religiosas de la Asociación Sor María Romero el 5 de agosto de 2000, cuando la monja salesiana cumplía 60 años de vida religiosa.

Por otro lado, fue maestra de generaciones y enseñó matemáticas en primaria y secundaria del Colegio María Auxiliadora, en Granada.
En su querido San Blas, dirigió la construcción de la iglesia de Cristo Rey, patrono de la comunidad. Además, estableció dinámicas (como rifas y regalitos sorpresa) para que los alumnos se animaran a ir a catequesis y, entre otras cosas, enseñó bordado a las niñas.

Octavio Alemán junto a la urna donde guardan las pocas pertenencias de sor María Soledad. Foto/ Oscar Navarrete

Los terremotos

En julio del 2000, Masaya y muchas de sus comunidades fueron sacudidas por dos destructivos sismos. El primero ocurrió a mediodía del día 6, con una intensidad de 5.6 en la escala de Richter y epicentro en el Valle de la Laguna de Apoyo. El segundo al día siguiente, cuando la gente todavía intentaba superar el primer susto. Este tuvo una intensidad de 5.2 y se sintió a eso de las 6:00 de la tarde.

Hubo casas derrumbadas, techos colapsados y más de cuatro mil evacuados. Aquello se sintió “como una licuadora”, “parecía el fin del mundo”, dijeron algunos masayas a los medios de comunicación que cubrieron el desastre.

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