A 20 años del terrible huracán Mitch, las heridas siguen abiertas

Reportaje - 15.10.2018
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En octubre de 1998 un huracán destruyó buena parte de Nicaragua. El devastador Mitch causó miles de muertes y abrió heridas tan profundas que veinte años después todavía no cierran. Estos fueron los principales protagonistas de aquella catástrofe

Por Amalia del Cid

La tempestad comenzó el lunes a las 11:00 de la mañana. Adriana Muñoz estaba trabajando en su parcela cuando vio que el cielo se cubría de grandes nubarrones. “Viene el agua”, dijo, y se apuró a volver a casa. Pero la lluvia no paró. Llovió martes, miércoles, jueves y al amanecer del viernes aún lloviznaba.

Adriana lo recuerda todo con una claridad dolorosa. Recuerda, por ejemplo, a su hijo de 12 años de pie bajo el dintel de la puerta de la casa, con los brazos extendidos y las manos apoyadas en el marco. “¡Mamita, no me dejés aquí! ¡Quiero ir con vos!”, suplicó el niño, que la seguía a todos lados, cuando vio que su madre se alistaba para ir a pastorear el ganado.

Pero ese viernes 30 de octubre Adriana se fue sola y veinte años más tarde sigue viendo a su hijo bajo el dintel de esa puerta que el lodo se llevó. Fue la última vez que lo miró. Esa misma mañana un gigantesco aluvión bajó del volcán Casita y borró del mapa a las comunidades Rolando Rodríguez y El Porvenir, en Posoltega, Chinandega.

La familia de Adriana Muñoz vivía en la Rolando Rodríguez. Veintidós de sus parientes murieron y sus cuerpos jamás fueron encontrados. El lodo se los tragó para siempre.

Dos décadas después, la señora de 62 años está sentada en la sala de su nueva casa, construida “más abajo” de donde fue la Rolando. Aspira lentamente el humo de su cigarrillo y no le tiembla la voz cuando cuenta cómo la arrastró la corriente.

Estaba por meter el ganado a un campo de maní cuando vio que una vecina le hacía señas para que corriera. Entonces Adriana volvió la mirada hacia el cerro y vio la ola oscura que venía sobre ella y sus tres mozos (de los que solo uno sobrevivió). Era una ola “negra, negra”. “Solo me dio tiempo de persignarme y volé los brazos. De ahí no supe nada. La corriente me arrastró cuatro kilómetros. Me sacaron como a las 6:00 o 7:00 de la noche cuando me hallaron enterrada en medio de dos palos, llorando y clamando la Sangre de Cristo”, recuerda serena.

Solo llora cuando habla de su hijo. Héctor. El cumiche. El niño flaquito agarrado al marco de la puerta. “Por fuera soy lo que soy, una sombra”, dice Adriana, “pero por dentro es una pudrición. Esto no tiene sanidad”.

Esta tarde llueve en Chinandega y el cielo se ha encapotado sobre la mole del Casita. A lo lejos, en la cumbre del volcán todavía se aprecia la grieta que el deslave abrió en la tierra en 1998. A veinte años de aquel desastre provocado por el terrible huracán Mitch, esa es otra de las heridas que aún no cierran.

Los sobrevivientes de la tragedia que se quedaron en la zona viven enfrentados al volcán y a menudo hasta lo maldicen mientras trabajan en sus viejas parcelas.

Al centro, Adriana Muñoz, sobreviviente del deslave del Casita, con su hija y nietos. Su hija Adriana escapó del lodo trepando a una loma. Su hijo mayor no se encontraba en la comunidad ese día. Foto/ Oscar Navarrete

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A finales de octubre de 1998 en los medios de comunicación de Nicaragua no se hablaba más que del huracán Mitch. El país estaba prácticamente destruido, sobre todo en occidente y en el norte, donde los ríos se desbordaron y las ciudades quedaron incomunicadas. La mitad de Wiwilí, Jinotega, estaba bajo agua, y en Matagalpa y Estelí pequeños deslizamientos habían cobrado las vidas de al menos 14 personas.

Para el 30 de octubre se estimaba que las inundaciones y los aludes habían dejado unos 170 muertos en el país. Se temía por la seguridad de diez mil familias amenazadas por el cerro Peñas Blancas, en Matagalpa, y preocupaba la posibilidad de que un deslave del volcán Concepción sepultara la comunidad Sintíope, en Ometepe. Pero del Casita no se hablaba. De hecho, las autoridades continuaron negando la magnitud de la tragedia de Posoltega incluso cuando ya había ocurrido y tardaron dos días en enviar ayuda a los sobrevivientes.

Días antes de la desgracia, la alcaldesa de Posoltega estuvo avisando a las autoridades que el municipio estaba totalmente incomunicado. Y la noche del 29, recordó en una entrevista brindada a Domingo, de La Prensa, en 2007, se presentía que algo terrible estaba por pasar, que “Posoltega iba a desaparecer por las grandes inundaciones que se daban en los alrededores del casco urbano”.

Sin embargo, en las tierras altas, yendo hacia el cerro, la gente no tenía miedo. Como todos en el país, los habitantes de El Porvenir y la Rolando Álvarez estaban cansados del diluvio inacabable, pero mal que bien seguían con sus vidas.

El periodista posoltegano Benjamín Chávez se acercó a la zona de desastre el 31 de octubre de 1998 y comunicó lo que había sucedido a través de la Radio Ya. En la foto aparece sobre una de las cientos de rocas arrastradas por el aluvión del Casita. Hay una que es tan grande como una casa, asegura. Foto/ Oscar Navarrete

Hasta antes del huracán Mitch, en ambas comunidades había lo que los sobrevivientes recuerdan como “una vida linda”, sustentada por una tierra fértil. “Parecían pobres, pero no lo eran”, asegura el periodista posoltegano Benjamín Chávez. Tenían chanchos, ganado, frutas, verduras, arroz y frijoles. Cultivaban sus propios alimentos, ordeñaban sus propias vacas y si necesitaban dinero bajaban al mercado municipal para vender un quintal de grano o entregar chiltomas, tomates, pipianes, naranjas, limones y ayotes.

Cuando recibían visitas, recuerda Benjamín, sacaban su mejor mantel, usaban su mejor vajilla y mataban la mejor gallina para preparar la mejor sopa de albóndigas. Tenían iglesias, cantinas, escuela y molino. Y bajo la fachada humilde de las casitas de madera había una apacible prosperidad, que solo se apreciaba en las parcelas recién aradas o en los campos en plena cosecha.

“Era mucho mejor que la vida que tenemos ahora”, confía amargamente Julio César Mendoza, sobreviviente del alud. Aquel 30 de octubre él estaba cumpliendo 22 años y su madre preparaba el almuerzo en la cocina. Su papá, don Julio Mendoza, le pidió que fuera a guardar el ganado en el corral y su mamá, doña María Auxiliadora Díaz, le dijo que no se distrajera en el camino.

—¡Si te vas a vaguear no te hago nada! —le advirtió ella, refiriéndose a la cena que le preparaba en cada cumpleaños.
—¡Me lo tiene que hacer! ¡Ya vengo! —replicó él.

Y doña María Auxiliadora respondió con ternura:
—¡Chavalo jodido vago!

Cuando Julio César salió rumbo al corral, su mamá seguía en la cocina y su padre estaba comiendo tortilla con cuajada en el porche. En casa también quedaron cuatro de sus hermanos, dos hombres y dos mujeres. Una de ellas estaba embarazada y daría a luz esa misma semana.

Brisaba. El muchacho metió al ganado en el corral, cerró la puerta y decidió ir a la venta de Adriana Muñoz para comprar alguna chivería. Eran cerca de las 11:00 de la mañana. Iba caminando cuando oyó un estruendo como de helicópteros o aviones y notó que mucha gente gritaba y corría. No tenía idea de qué pasaba, pero él siguió al gentío hacia lo que hoy llaman “la loma del Socorro”.

Al voltear a ver hacia atrás, miró unas grandes “bolas de lodo con palos y piedras” que se precipitaban sobre las casitas del pueblo.

“Se alzaban como que era un mar. Se levantaban unas bolas de lodo, caían encima de las casas y después no se miraba nada. Cuando quise buscar a mi familia no podía ni meterse uno. Nos quedamos a dormir en los potreros. Esto quedó hecho una llanura y se vino secando como a los tres días. No podía entrar nadie”, relata.

Nunca volvió a ver a sus padres ni a sus hermanas. Ni vivos ni muertos. Solo sobrevivió uno de sus hermanos, pero murió tres meses más tarde víctima de una negligencia médica. Según Julio César, en el hospital no le hicieron exámenes en la cabeza, el joven siguió con su vida, tratando de superar la tragedia, y un día cuando iba a hacer un mandado se cayó de la bicicleta. “Tenía maduro el cerebro”, afirma Julio César.

Julio César Mendoza estaba cumpliendo 22 años el 30 de octubre de 1998. En el alud perdió a su madre, su padre y cuatro hermanos, además de tíos, primos y amigos. La mirada se le endurece cuando habla del volcán. Foto/ Oscar Navarrete

Las siguientes quince noches después del desastre no pudo dormir y durante mucho tiempo estuvo enojado “con el de arriba”. “¿Por qué, Señor? Si usted es tan poderoso, ¿por qué permitió que pasara esto? ¿Por qué no me llevó a mí? Lléveme a mí también”, clamaba, pero ninguna divinidad parecía escucharlo.

Con el tiempo aprendió a resignarse y al no obtener respuestas, dejó de hacer preguntas. A veces se dice a sí mismo: “Por algo me dejó vivo el Señor”. Pero en general no sabe si algún milagro lo salvó, si fue pura suerte o si a lo mejor él ya presentía que algo iba a suceder y por eso esa mañana no volvió a casa inmediatamente después de cerrar la puerta del corral.

Veinte años después lo único que sabe es que sus muertos “ya fueron a descansar” y que los que sufren son los que quedaron atrás, vivos, “camellando”, arando la poca tierra que les quedó, mirando con odio al volcán que a veces se oculta tras las nubes, como avergonzado por lo que hizo ese 30 de octubre.

E l Parque Memorial Víctimas del Huracán Mitch se encuentra en Posoltega, exactamente donde fue la comunidad Rolando Rodríguez. Fue creado poco después del desastre en memoria de los fallecidos en toda Nicaragua a causa del fenómeno meteorológico y cuenta con 2,800 árboles, uno por cada víctima mortal del Mitch.

A decir verdad, nunca hubo una cifra oficial de las muertes provocadas por el huracán. Tampoco se dijo cuántas personas murieron en el volcán Casita; pero en promedio se estima que esa mañana se perdieron 2,500 vidas.

Tras una semana de aguaceros y una acumulación extraordinaria de 1,700 milímetros de lluvia, el suelo del volcán Casita se saturó y en la cima acabó desprendiéndose una masa rocosa que se deslizó cuesta abajo en forma de avalancha. El deslave afectó a unas diez comunidades, según reportes, pero solo dos fueron arrasadas por completo.

Las carreteras estaban cortadas, los puentes caídos, los ríos desbordados y apenas empezaban a verse los teléfonos móviles; de modo que al inicio solo corrió el rumor de que algo horrible había ocurrido en las faldas del cerro. Fue hasta el lunes 2 de noviembre que se conocieron las primeras imágenes de la catástrofe, captadas por Germán Miranda, en ese entonces reportero gráfico del diario La Prensa. A partir de ese momento todos los otros daños causados por el Mitch pasaron a segundo plano.

Miranda llegó el domingo a la zona del desastre a bordo de un helicóptero de la Fuerza Aérea. Y nadie en la aeronave esperaba lo que vieron cuando la gente se agolpó para pedirles que bajaran, relató hace veinte años el fotorreportero. Era un cementerio al descampado.

El fotógrafo vio niños muertos incrustados en el lodo. Piececitos y manos que salían del lodazal que ya empezaba a secarse. Una mujer embarazada con el vientre abierto y el feto sobre el lodo. Lodo. Lodo. Lodo, piedras y palos por todas partes. Cuerpos amarillentos, verdes, morados que la corriente había estrellado contra ramas de árboles y bancos de lodo. Heridos que aún esperaban ayuda, atrapados en el lodo. Zopilotes, cerdos, perros carroñeros. Y un hedor insoportable.

“Jamás en mi vida había encontrado tantos cadáveres juntos, tirados, sin que nadie les haga caso, ni siquiera en la guerra”, comentó Miranda, destrozado, cuando logró regresar a las instalaciones de La Prensa, para revelar los rollos de fotografías. El mundo tenía que ver esas imágenes.

Con esta portada, el 2 de noviembre de 1998, el diario La Prensa dio a conocer las primeras imágenes de la terrible tragedia ocurrida en Posoltega.

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De todo el ganado de la familia Mendoza Díaz, solo se salvó un buey y los sobrevivientes lo mataron para comérselo mientras esperaban que el lodo se endureciera y que el gobierno de Arnoldo Alemán mandara ayuda.

Recién pasado el alud era imposible ir a buscar a los desaparecidos, recuerda Julio César. Él mismo vio morir a un tío suyo que acababa de volver de Estados Unidos, asegura. Se estaba hundiendo en el lodazal fresco y a gritos pedía que por favor le tiraran un mecate, que estaba dispuesto a pagar muchos dólares a quien lo salvara. Un muchacho se metió al lodo para intentar sacarlo y se hundieron los dos.

Luego vino “otro montón de agua” y no los volvieron a ver. La gente que no vivió el desastre se imagina que fue una sola “bola de lodo”, dice Julio César. Pero la realidad es que el agua “pasó toda la noche corriendo”. Seguían bajando del cerro, aunque más lentas, corrientes de agua con lodo que arrastraban enormes peñas.

Esas rocas, algunas enormes como casas, quedaron regadas a lo largo de varios kilómetros, como mudos testigos de lo que sucedió en este lugar.

Muchos sobrevivientes se asentaron en las ocho comunidades construidas para la gente que fue sacada del cerro, sobre todo en Santa María y El Tanque. Sin embargo, la mayoría se ha ido para Costa Rica, huyendo de ese volcán que les trae tantos malos recuerdos, y un puñado de familias ha vuelto a poblar los terrenos donde una vez estuvieron El Porvenir y la Rolando Rodríguez.

Ya nada es lo mismo. Incluso la topografía cambió con el deslave, cuando las corrientes borraron viejos caminos y abrieron cañadas en los patios donde antes jugaban los niños y cacareaban las gallinas.

Las peñas se hallan en los campos arados, en el monte, en los cañales y en el Parque Memorial. También las cruces están por todos lados. Los sobrevivientes las colocaron unos ocho meses después del deslave. Cruces de metal y de madera, blancas, verdes, azules. Todas con la misma fecha de defunción: 30-10-1998.

No señalan tumbas. Están ahí para recordar que una vez hubo vida en esa zona. Que esas más de dos mil personas existieron. Que en el lugar donde hay una cruz, antes hubo una casa y una familia viviendo dentro de ella.
También sirven para que los sobrevivientes —uno de ellos perdió a sesenta miembros de su familia— no olviden dónde solían estar sus viviendas y para que tengan un lugar al que llevar flores cada 30 de octubre.

Adriana Muñoz tiene siete cruces y una gran roca en el terreno donde hace veinte años estuvo su casa. Las cruces representan a su hijo, su madre, su esposo, su hermana y tres sobrinitos. Cerro arriba se encuentra su parcela, desde donde se aprecia en toda su plenitud la mole deforme del Casita.

Julio César vive en Santa María y sube al cerro para trabajar su tierra. Cuando mira el volcán no siente miedo, sino rabia. Y en medio de la faena del campo, comenta con sus compañeros cosas como: “Ahí está el hijo de la tal por cual que nos desgració la vida… ¿Se imaginan cómo sería si siguiéramos viviendo aquí?”.

Pero Adriana solo siente tristeza. Lleva dos décadas yendo a tierras altas con la esperanza de volver a ver a su hijo. En su memoria, Héctor sigue siendo aquel niño flaco, de carita fina y orejas grandes que extiende los brazos pidiéndole que lo lleve al pastoreo. El cielo está oscuro y la señora llorando. Encoge los dedos de las manos, como si escarbara en la tierra y exclama: “¡Todavía me parece que voy a ver a mi hijo salir de ese lodo!”.

El pequeño Héctor (a la derecha, con corbata) fue arrastrado por el aluvión y su madre nunca volvió a verlo. Esta fue una de las últimas fotografías que le tomaron. Aparece en su primera comunión.

El malvado huracán Mitch

El Mitch fue un huracán malcriado, furioso y totalmente impredecible, inestable, caprichoso y devastador. Su forma era perfecta, con las paredes y el núcleo bien formados al tiempo que desplegaba vientos de velocidad altísimas, apunta Agustín Moreira, agrometeorólogo del Centro Humboldt. “Fue un evento no clásico, totalmente irregular”.

En 1998 se le consideró un huracán de categoría cinco, pero actualmente a los que son como el Mitch se les considera huracanes “máximos o extremos”, superiores a los de categoría cinco.

El Mitch se convirtió en un huracán nivel cinco el 26 de octubre de 1998 y se fue debilitando conforme se acercaba a Honduras. Tocó tierra en territorio hondureño el 29 de octubre como un huracán categoría dos y se fue debilitando otra vez hasta llegar a Guatemala, el 31 de octubre, como depresión tropical. Para luego volver a tomar fuerza en México y Estados Unidos, como tormenta tropical y ciclón extratropical.

Con vientos sostenidos de hasta 290 kilómetros por hora y precipitaciones extraordinarias, el Mitch es uno de los ciclones tropicales más poderosos y mortales que se han visto en la historia moderna. Afectó toda América Central, México y Florida, pero causó los mayores daños en Nicaragua y Honduras.

Se estima que entre 11 mil y 18 mil personas murieron a causa de este huracán. Fue tan devastador que su nombre fue sacado de las listas de nombres para huracanes, igual que el Juana, el Fifi y el Katrina, por ejemplo. Es una medida que se toma sobre todo para evitar que la población mezcle psicológicamente un evento anterior con un evento actual, explica Moreira. Es decir, para evitar revivir el trauma.

Felícita, la mensajera

Felícita Zeledón (q.e.p.d.)

Para 1998 Felícita Zeledón tenía 52 años. La alcaldesa de Posoltega también era maestra de primaria y secundaria y licenciada en Español. El periodista Freddy Potoy la describió como una mujer “con un temple de acero, con mucha valentía”. “Su mirada calculadora refleja el drama que vive ese pueblo de occidente el país”, relató Potoy.

“La Profe”, la llamaban los posolteganos que se acercaban en busca de comida, medicina o para llorarle en el hombro por la muerte de familias enteras. Se mostró serena en medio del caos, como “inmunizada emocionalmente” ante la magnitud de la tragedia, los cadáveres incinerados y el clamor de la gente.

Su vicealcaldesa doña Mayra Guevara perdió marido, cuatro hijos y tres nietos en el deslave, pues vivían en la comunidad Rolando Rodríguez. La familia de Felícita (siete hijos, esposo, mamá y hermanos) vivió y trabajó de lleno en la atención del desastre.

Fue la primera en dar la voz de alarma sobre lo que ocurría en Posoltega, pero el gobierno de Arnoldo Alemán no le creyó.

Falleció el viernes 28 de noviembre de 2014 a las 4:00 de la mañana, a la edad de 67 años, debido a una enfermedad que la aquejaba. Para entonces era diputada por el Frente Sandinista.

Es recordada por sus actos heroicos durante la atención al desastre del Casita. Además, tras sus denuncias por la ineficiencia del Gobierno central ante aquella emergencia, fue creado el Sistema Nacional para la Prevención, Mitigación y Atención de Desastre (Sinapred).

El otro desastre: Arnoldo Alemán

El expresidente Arnoldo Alemán.

En octubre de 1998, Arnoldo Alemán tenía casi dos años de ser presidente de Nicaragua; le tocó enfrentar el embate del huracán Mitch y lo hizo de la peor manera posible. Primero con una tranquilidad pasmosa, si se toma en cuenta que la región entera era azotada por uno de los peores huracanes del siglo.

El 30 de octubre de 1998, mientras en el país se multiplicaban los muertos por aludes e inundaciones, el gobierno de Alemán se limitó a decretar una “situación de desastre natural” en las zonas afectadas por las inundaciones, pues consideraba que aún tenía las cosas bajo control.

Encima, el gobierno hizo oídos sordos a los llamados de la alcaldesa de Posoltega, Felícita Zeledón, quien desde varios días antes del desastre había estado avisando que toda esa zona de Chinandega se encontraba inundada y completamente aislada. La ignoraron ncluso cuando llamó directamente a la Presidencia para informar que el aluvión ya había iocurrido y necesitaban ayuda urgente.

Como si eso hubiera sido poco, en el gobierno de Arnoldo Alemán parte de los fondos donados a las víctimas del huracán Mitch fue desviada y utilizada para construir mansiones.

Esas donaciones “nunca fueron hacia los damnificados, sino que fueron para construir mansiones en Pochomil Viejo para el señor Alemán y el señor (Byron) Jerez, hasta tener todo un complejo turístico para ellos”, señala el exprocurador Alberto Novoa.

La terrible tarea de los sepultureros

A los 24 años Alexander Chávez fue jefe de sepultureros en las faldas del volcán Casita. Foto/ Oscar Navarrete

La tarea de enterrar cientos de cadáveres en estado de descomposición fue “dura y a la vez gratificante”, recuerda Alexander Chávez, jefe de los sepultureros que peinaron la zona del desastre en los tres meses posteriores al deslave del volcán Casita. Unos veinte muchachos y hombres chinandeganos se organizaron espontáneamente para localizar los cuerpos que quedaron regados por las fincas, los plantíos, los cañales.

Llevaban mascarillas, gabacha, guantes de látex, botas de hule, palas y picos, provistos por el padre Marco Dessi. Empezaron desde abajo, en la zona del Tololar Uno, cerca de la carretera que va hacia Chinandega, y fueron subiendo hacia el cerro. A medida que avanzaban hallaban más cuerpos, al principio en la superficie y después escondidos entre los plantíos en pleno crecimiento.

En los primeros días tuvieron mucho cuidado porque el lodo estaba aguado y no podía distinguirse dónde había habido una letrina o un pozo. Si se hundían no habría manera alguna de sacarlos. Así fueron encontrando cuerpos de amigos y conocidos. Niños, hombres, muchachos, ancianos y muchas mujeres. Cabezas, piernas, torsos, cuerpos por lo general totalmente desnudos, debido a la fuerza de las corrientes.

Alexander encontró a Maritza, esposa de un amigo. Vio el cuerpo de una señora y creyó que se trataba de la madre de Adriana Muñoz, pero debido a la descomposición del cadáver eso no se pudo confirmar. Miró también a la hija de la vicealcaldesa, una muchacha de 18 años, con una larga cabellera oscura.

“Solo en los primeros días se les podía reconocer”, cuenta veinte años después, mientras hace una pausa en sus labores de agricultor. “A mí no me dejó traumas, pero a otros sí. Ver cientos de muertos no es así nomás. Ver uno es difícil, ahora imagínese cientos”.

Con los días el suelo se fue endureciendo y cada vez era más difícil cavar para sepultar a los muertos. La mayoría de esas tumbas improvisadas solo mide medio metro, afirma Alexander, hoy de 44 años.

Enterraron también los cadáveres que fueron incinerados por las brigadas del Ministerio de Salud. “Estaban medio quemados. Solo quemados por fuera y se los estaban comiendo los perros y los zopilotes”, recuerda el antiguo jefe de sepultureros. La experiencia fue tan dura que al mes Alexander ya podía diferenciar entre el hedor que desprende el cadáver de un humano y el de un animal. Se guiaba por el olfato y por las aves de rapiña para localizar los restos de los posolteganos.

Al final ya solo recogían huesos y esos son los que están sepultados en la fosa común del Parque Memorial Víctimas del Huracán Mitch. 150 personas quedaron ahí, junto a un monumento construido con rocas arrastradas por el alud.

Algunos de los hombres que ayudaron a sepultar los cadáveres, se fueron a vivir lejos de Chinandega y de los recuerdos del Casita.

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Reportaje