“A mí me criaron con los pies en la tierra”

Perfil, Reportaje - 19.10.2008
Vivian-Fernandéz-de-Pellas

Dos años después del triunfo de la revolución cubana en 1959, sus padres, ella y su hermano se trasladaron a Nicaragua. En este país ella aprendió a montar a caballo y subir chilamates. A trabajar por los niños quemados. En este país encontró a su esposo, Carlos Pellas

Dora Luz Romero Mejía
Fotos de Uriel Molina

De Vivian Fernández de Pellas se sabe que trabaja con los niños quemados de Nicaragua, se sabe que tuvo un accidente aéreo en el que ella y su esposo, Carlos Pellas, fueron de los 15 sobrevivientes entre los 131 pasajeros que viajaban con destino a Honduras. También se sabe que le gusta el baile. Pero, ¿cómo fue la niñez de Vivian Fernández? ¿Cómo se conoció con su esposo? ¿Qué soñaba de niña? ¿Qué le causa tristeza o alegría? En esta entrevista con Magazine, Fernández responde algunas de las interrogantes. No todas porque —según afirma- no le gusta hablar de su vida personal. Delgada, de cabello castaño y con un timbre de voz bajo, esta mujer, casada con uno de los hombres más ricos de Nicaragua, asegura que para ella el dinero es secundario. Afirma que el amor, la comprensión y la tolerancia es lo verdaderamente importante. Es por ello que ha dedicado 18 años de su vida a ayudar a los niños quemados de Nicaragua. Este mes, Fernández de Pellas recibirá el premio Líder Humanitario del Año, otorgado por 1a revista Latin Trade, una publicación enfocada en negocios y economía en América Latina.

***

Sus primeros años de vida transcurrieron en una casa en el barrio residencial Nuevo Vedado en La Habana, un sitio que recuerda con gran nostalgia y al que años más tarde regresó, como para hacer un recorrido, en esos espacios donde de niña jugó, lloró, durmió…

Vivian Fernández era una pequeña de apenas siete años cuando llegó a Nicaragua. Sus padres, José Fernández de la Torre y Lydia García habían decidido viajar a Nicaragua debido al triunfo de la revolución cubana (1959). Llegaron a Managua el primero de agosto de 1961 y se instalaron en una casa ubicada en el kilómetro 6 l/2 Carretera Sur. “Era todo lo opuesto, en Cuba vivía en el barrio residencial y aquí pasé a la Carretera Sur que era como una finca y para mí eso fue espectacular”, asegura. Y es que para Fernández no había mayor deleite —según dice- que subir chilamates, arrear vacas y montar a caballo.

Pero también vivió tiempos difíciles. “Cuando mi papá vino de Cuba, no teníamos nada. En mis primeras navidades yo me enteré que no había niño Dios porque no tenían dinero para regalarme nada, pero uno siempre tiene un ángel de la guarda”, afirma. En una ocasión, recuerda, el socio de su papá, Carlos Hüeck, apareció de sorpresa con un carro cargado de juguetes. “Cuando podíamos hacer algo lo hacíamos y cuando no, nos hablaban claro”, asegura.

En aquel entonces, la pequeña niña blanquita y de cabello castaño, soñaba con ser bailarina o diseñadora de interiores. “Siempre en el arte. Nunca me imaginé ni de contadora ni manejando un empresa —ríe- aunque ahora la estoy manejando”, dice esta mujer de rostro sonriente y ojos vivaces.

Desde que emigró de Cuba, ha visitado su tierra natal en dos ocasiones. La primera en 1979 y la segunda en el 2003. Aquellas visitas fueron como desempolvar años de historia, años de vivencias y recuerdos que habitaban en la memoria.

Llegó a aquella casa de Nuevo Vedado. Aquellos pasillos pertenecían ahora a un matrimonio con una hija y una nieta. “Muy atentos me abrieron la casa y me la mostraron”, asegura Fernández. De lo que ella dejó quedaba muy poco. “Estaba irreconocible porque antes era un reparto bonito”, pero eso no impidió que cada espacio de la casa le trajera un recuerdo que la transportaba a la época de su infancia. Recorrió lo que un día fue su cuarto, su baño, su sala… “Me dio mucha nostalgia ver el piso donde yo jugaba jack… me acordé de mis abuelos, de cuando dejaba mi bicicleta en el garaje”, confiesa. Pero ésos son, como ya decíamos, sólo recuerdos.

Uriel Molina
Desde que Vivian Fernández llegó a Nicaragua en 1961 ha visitado su país natal, Cuba, en dos ocasiones. La primera en 1979 y la segunta hace cinco años.

***

Sentada en el borde de un sofá rojo con las piernas cruzadas en su oficina ubicada en Camino de Oriente, Carretera a Masaya, Vivian Fernández de Pellas luce atenta. Viste de negro, poco maquillada y lleva el cabello como recién pistoleado. En su oficina colorida y luminosa no deja de sonreír. Su interés particular es hablar de los niños quemados.

Es dificil hacerla hablar de su vida personal porque como ya había advertido al inicio de la entrevista: “Yo no estoy aquí para hablar de mi” y aunque la idea original era hablar de ella, de su vida, de sus gustos, de su origen y no de los niños quemados, ella asegura que no desea ningún protagonismo. Sin embargo, en alguna parte de la entrevista se desliza por los temas personales.

—¿Qué la hace feliz?

—Me dan felicidad muchas cosas. No te puedo decir sólo una. Tener salud, tener mi familia y poder rodearme de personas que junto conmigo, ayudando a los demás, podemos sacar esta causa adelante día a día.

—¿Qué le entristece?

—Me entristecen las guerras. El hombre se vuelve sumamente bruto y el cerebro no sé dónde lo pone porque uno tiene que agotar la comunicación. Para eso Dios nos dio el cerebro, el habla, el entendimiento, el sentimiento. Las guerras no me gustan.

—Si le tocara describirse, ¿cómo lo haría?

—Soy una persona normal. Eso no me toca a mi. Cada quien me describe como me ve.

—¿Coqueta, vanidosa?

—Soy una persona que me gusta lucir bien. Tengo deseos de vivir, me gusta la alegría, el positivismo. Soy una persona muy positiva. Me parece que tengo buena actitud ante las cosas, siempre busco la salida.

—¿Sigue siendo el baile una de sus pasiones?

—Me gusta, como siempre he dicho no soy profesional. Lo hago porque me gusta, porque me realizo y porque de esa manera me inspire a través del arte para ayudar a los niños quemados de este país.

—Le da nervio…

—Me pongo nerviosísima en el escenario. Siempre que hay un show me pregunto: Dios mío ¿qué hago yo aquí? En eso me empujan y salgo a bailar, pero bueno, creo que Dios me ha ayudado en estos años.

—¿Continúa pintando?

—No. Eso fue hace muchos años. Pinté porque me gustaba. Me encantaba la espátula. Además era pintora, me embarraba todita. Pintaba con espátula y por último la dejaba y terminaba con los dedos, entonces me estaba destruyendo todas las manos.

—¿Cómo es un día en la vida de Vivian Fernández de Pellas?

En pocas palabras hago un millón de cosas.

—¿Sale a divertirse?

—Sí. Pero he tenido que sacrificar mucho de ese tiempo. Es que no se puede hacer todo a la vez.

—¿Y a 1a familia? ¿Le ha tocado sacrificarla?

—También.

—¿Y pesa?

—No pesa porque ha sido primero que todo en mi familia que saben que el tiempo que no les he dado a ellos es tiempo que lo hemos usado para otras personas que más lo necesitan. Es una satisfacción muy grande y no pesa porque en la vida más que hablar es el ejemplo. Con lo que se ha hecho creo que mis hijos han tenido un buen ejemplo para el resto de sus vidas.

Y con el tiempo que le queda ¿qué le gusta hacer?

—Me gusta ir al cine… A mí me gusta de todo. Soy una persona espontánea cuando tengo deseo de hacer algo y puedo hacerlo lo hago. Esos son los momentos que uno goza más. Creo en la espontaneidad No soy mucho de planificar. Claro que tengo que hacer algunas cosas planificadas, pero no es que estoy planificada porque eso me aflige, tanta planificación.

—¿Ya es abuela?

—(Ríe a carcajadas) No. No soy abuela. ¡Ayyy! ¡Qué pregunta! Pero el día que sea me vuelvo loca.

—¿A que le tiene miedo?

—No te digo porque algún día lo pueden usar en mi contra (ríe). Pero uno de mis miedos más grandes es volar en avión, pero lo he ido superando con una fe en Dios muy grande, con una voluntad y con autocontrol grande. Porque el miedo no es bueno. Ni tenerlo, ni transmitirlo a sus hijos. Eso hay que cortarlo inmediatamente.

—En alguna entrevista usted mencionó que en el anuario de quinto año en la parte donde debía completar “Su deseo” usted puso: “Deseo ser feliz y hacer feliz a los demás”. ¿Cree que lo ha logrado?

—Por lo menos lo he tratado.

—¿Pero lo ha alcanzado?

—No puedo decir que ya lo culminé porque ésta es una labor que no sólo es mía, sino de todo ser humano que vive en este mundo. Definitivamente ése sigue siendo uno de mis deseos. Sin eso no puedo vivir, si no la vida se vuelve sin sentido.

Foto de Uriel Molina
Cada vez que sale al escenario asegura sentirse “nerviosa”. En la fotografía junto a su hija Vivian Vanessa en el show de gala Anual de Aproquen 2004, en el Teatro Nacional Rubén Darío.

***

El 21 de octubre de 1989, Vivian Fernández se enteró que existía un mundo con sabor a dolor. Descubrió el mundo de los quemados. Ese día, Vivian Fernández y su esposo, Carlos Pellas, viajaban hacia Honduras y unos minutos antes de que aterrizaran en el aeropuerto de Toncontín, el avión se estrelló contra el Cerro de Hula. De las 131 personas que iban en el avión, sólo quince sobrevivieron, entre ellas la pareja Pellas. El resto de los cuerpos quedaron calcinados.

Las marcas quedaron para siempre. Vivian Fernández lleva un guante que cubre su mano y brazo derecho y en el brazo izquierdo aún se ven huellas de las quemaduras. Fueron decenas de operaciones a las que tuvo que someterse y fue por esa experiencia “desagradable” que después de recuperarse decidió que haría algo por ayudar a los niños quemados.

Fernández fundó —hace 18 años-la Asociación Pro Niños Quemados de Nicaragua (Aproquen). “Cuando dediqué la Unidad de Quemados a los niños era en agradecimiento a Dios porque cuando mi esposo y yo nos quemamos habíamos sido él y yo y no nuestros niños. La satisfacción que se siente cuando ayudas a las demás personas, que no la siento sólo yo, sino todas las personas que ayudan a los demás seres humanos. Yo creo que ése es uno de los sentimientos más puros y gratificantes que puede tener el ser humano”, manifiesta.

Los inicios, para ella, fueron dificiles. “Te voy a decir algo un poco crudo. Cuando yo entraba a la sala —de un hospital cuyo nombre prefiere omitir- yo sentía el olor a piel quemada. Tenía que aguantar la respiración porque eso me llevaba cuando yo estaba en la cama y ésos son recuerdos desagradables”.

A lo largo de estos años recalca que han brindado más de 230 mil servicios de salud, lo que la hace sentir “inmensamente feliz y sumamente satisfecha”. El siguiente paso, asegura, es trabajar con una campaña de prevención. “Es urgente en este país la prevención porque es la única manera de salir a flote, es lo más barato, a corto y largo plazo”.

Su labor ha sido reconocida mundialmente. En 1999 recibió el premio Servidora de la Paz, otorgado por la Iglesia católica. Este mes recibirá el premio Líder Humanitario del Año, a la par del Presidente de Colombia, Álvaro Uribe, quien recibirá el premio Líder del Año.

***

Carlos Pellas y Vivian Fernández se conocieron en el Drive Inn situado frente al extinto Hospital El Retiro. “Lo miré de pelo largo, con un bluejeans lleno de parches y una boina, yo pensé que era americano”, confiesa Fernández. Continúa. “Se apareció el día siguiente a mi casa para invitarme a salir”, dice entre risas y con un rostro como de quien guarda recuerdos agradables.

—¿Usted qué le dijo cuando la invitó a salir?

—Que no.

—¿Qué pasó después?

—Llegó tres veces y a la tercera me dijo: “Tú eres como los abogados lo que no ganan lo enredan”. A la tercera le dije que si.

Comenzaron a jalar. Un noviazgo que duró cinco años, posteriormente se convirtió en matrimonio, en el que procrearon tres retoños: Carlos, Vivian Vanessa y Eduardo.

—¿Don Carlos era del agrado de sus padres?

—Sí. Les caía bien. Carlos era una persona que desde joven tenía una cualidad, les hablaba mucho a las personas mayores. Y tú sabes que eso a las personas mayores les encanta. El se ganó a mi abuelita, siempre tomaba muy en cuenta a los familiares, siempre fue muy cariñoso y muy especial con mi familia, y lo es.

Suspira. Calla por un momento. Y como si reflexionara afirma:

—De verdad. Carlos es a veces más (cariñoso) que yo. Es increíble.

—¿Cómo describiría su relación con él?

—Tenemos una familia muy linda y muy feliz, y ojalá así siga.

—Hay ventajas y desventajas de ser la esposa de uno de los hombres más ricos de Nicaragua.

—Sí. Suceden cosas. Hay unas que te gustan, otras que no, pero
eso nos pasa a todos en la Vida y hay que saber barajársela.

—Con la crianza de sus hijos, ¿cómo hace una familia adinerada en un país como Nicaragua para que sus hijos vivan con los pies sobre la tierra?

—Eso es una cuestión de educación. En 1a vida hay dos maneras de educar, con los pies en la tierra, o desubicados. Las personas que tú ves que las han desubicado es porque así las han criado desde chiquitas. Sin valores, desubicadas, confundidas. A mí me criaron siempre con los pies en la tierra… Una de las cosas más grandes en la vida es no pretender. Por eso yo cuando me caso con Carlos Pellas, yo me caso con un ser humano, a mí no me importó ni me importa ni me importará si tiene o no dinero, porque para mi eso no es materia de juicio. Yo tengo que vivir sin contar con eso. Lo que a mí más me interesa es el amor, la comprensión, la tolerancia, los valores en la vida. Al fin y al cabo eso es lo que le transmito a mis hijos y le digo que no pierdan el tiempo con cosas materiales. Por supuesto que todos queremos vivir bien, pero una cosa es vivir bien y otra cosa es depender de la fama y del dinero.

En septiembre de 1976 y después de cinco años de noviazgo, Vivian Fernández dio el si frente al altar. Las flores blancas en jarrones de plata —según cuenta una de las crónicas de la boda- decoraban la iglesia de San Francisco de Asís en Bolonia, donde la novia entró vestida “de blanco en fina organza, tiara de azahares nacarados, pedida especialmente a Francia… y como principal adorno una cruz de brillantes y perlas”. En el altar la esperaba Carlos Pellas quien vestía de frac. Y así, con el paso de los años, fue que la novia de 22 años —en ese entonces- se convirtió en Doña Vivian Fernández de Pellas.

Sección
Perfil, Reportaje