Abuelas a los 30

Reportaje - 08.05.2016
Abuelas a los 30 años

Fueron madres adolescentes, el ciclo se repitió y ahora sus hijas también lo son. Así llevan su vida de abuelas prematuras y estas son sus historias

Por Amalia del Cid

Hay varias formas de imaginar a una abuela: de blanco moño, sentada en su mecedora mientras borda una almohada o teje un calcetín. Ancianita y parsimoniosa, olorosa a hierbabuena, eucalipto y manzanilla. Quejumbrosa y enfermiza, con la cabeza envuelta en un pañuelo antimigrañas. O bien… con tacones altos, vestidos ajustados y agenda llenísima, corriendo de aquí para allá, criando hija y nieto, viviendo la vorágine de la década de sus treinta años.

Esta última clase de abuela parece ser una especie extraña. No lo es. Las estadísticas de 2014, que hasta hoy son las más recientes, colocaron a Nicaragua en el primer puesto de maternidad precoz, por encima de todos los países de América Latina. Y los embarazos adolescentes no ocurren una sola vez en cada familia, suelen replicarse de generación en generación; de modo que abundan casos como el de Francis Ponce, quien debutó como abuela hace siete meses, a los 32 años de edad, repitiendo así la historia de su madre, Judith Morales, abuela a los 33 y bisabuela a los 51.

Aunque su nombre es Francisca, prefiere que la llamen Francis, le va más a su juventud. Nadie le cree que ya es abuela y la verdad es que al inicio tampoco ella se lo creía, pero la psicóloga que atiende a su nieto le ha ayudado a terminar de asumirlo. “¿Cómo querés que te llame el niño, ‘abuela’ o ‘mamita’?”, le preguntó hace un tiempo. “Que me diga ‘mamita’”, contestó ella de inmediato. “Un momento, no querrás jugar el papel que no te corresponde”. “Aaaala, pero es que soy joven”. “Francis, sos su abuela”. “Bueno, soy su abuela pues”.

En esta mañana caliente como un horno, Francis está sentada en el porche de la casa de su madre, en Ciudad Sandino, y no borda una almohada ni teje un calcetín. Está absorta en sus recuerdos, y entre lágrimas y risas va narrando cómo fue parir a su hija a los 13 años. Anoche, antes de dormir, empezó a reconstruir su historia, pero por más que piensa no entiende por qué casi todas las mujeres de su familia han sido abuelas a los 30 años.

En Managua, Masaya y Rivas, Carla Torres Solórzano, Ana Fajardo y Karem Avellán, tienen la misma duda. No saben cómo explicar las cadenas de embarazos prematuros y hasta se preguntan si acaso están viviendo en carne propia las “maldiciones generacionales” de la Biblia.

“No me siento ni más vieja, ni la palabra abuela. No quería ser abuela tan joven, pero ya cuando se dio, se dio. No me afecta. Al principio sí, no por ser abuela, sino por ella misma, mi hija”.
Ana Fajardo, abuela a los 36 años

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Ese día su padre la llegó a buscar para llevarla al médico. Gerany Membreño, entonces de 18 años, había estado con fiebres y vómitos y todo indicaba que algo andaba mal en sus riñones, de por sí problemáticos. Pero volvieron al poco rato y la muchacha, pálida como la muerte, entró llorando a la casa, seguida por su papá. Ana Fajardo sintió que se le encogía el estómago y supo lo que sucedía aun antes de que su exesposo le arrojara los resultados de los exámenes y le dijera: “¡Tomá, vas a ser abuela!”

A sus 34 años de edad estaba presenciando cómo su hija repetía su historia. Ana tenía 17 cuando quedó embarazada de Gerald Membreño, cuatro años mayor. Él era su novio desde los 14 y “jalaban” con permiso desde que ella cumplió los 15. “Yo nunca recibí educación sexual. Mi mamá nos crió sola. Nunca tuve quién me enseñara. Me pasó como a la mayoría de las mujeres: nos enamoramos, nos entregamos pensando ‘ojalá no quede embarazada’, pero qué va, ahí nomás”, relata. Se encuentra en la sala de su casa, en el centro de la ciudad de Masaya, y a la par, con aire de muchachita regañada, está Gerany, ahora de 20 años, atenta a cada palabra de su madre.

Cuando Gerany nació, su mamá casi se olvidó de sí misma y dedicó mucho de su tiempo a cuidar a la bebé y al esposo. “Trabajaba, estudiaba, tenía un marido que había que estar atendiendo en todos los sentidos, y una tierna que se despertaba en la noche y tenía que atenderla. Hasta envejecí en esos años. Pero me decía: ‘Yo tengo que seguir’”, cuenta Ana, hoy de 36 años. Su esposo era “celoso y machista” y le “armaba alboroto” para que no fuera a estudiar. “A veces yo llegaba llorando a la universidad porque él me armaba pereque con tal de que no fuera”, recuerda.

Pese a los “pereques” del esposo, Ana se graduó como Técnico Superior en Contabilidad y consiguió trabajo en Correos de Nicaragua. Pero la vida fue muy dura en los años de su primera juventud, por eso siempre le dijo a Gerany, la mayor de sus tres hijas: “Yo no quiero esto para vos”. Le habló de sexualidad y anticonceptivos y con la ayuda de Gerald la mandó a buenos colegios y finalmente a la universidad.

Si se hizo de todo para que la muchacha no pasara por lo mismo, ¿por qué se repitió la historia? Madre e hija se quedan viendo. “Bueno, no sé, pienso yo que tenemos que romper una maldición que viene de generación en generación”, sugiere Ana. “A mí y a su papá nos hizo falta ponerla más en oración. Nos dedicamos al trabajo, a cubrir sus necesidades de estudio y comida. De cierta manera los padres tenemos un poco de culpa porque tenemos que estar pendientes de ellas”.

Karem Avellán, abuela de 39 años, y Carla Torres Solórzano, abuela de 36, también trataron de educar a sus hijas de manera que no continuaran el ciclo de los embarazos adolescentes. Y ahora que, perplejas, se enfrentan a una “abuelitud” temprana han prestado más atención a lo que la gente y los sacerdotes dicen sobre las “maldiciones generacionales”.

La Biblia las menciona varias veces en los libros Números, Éxodo y Deuteronomio. En resumen, afirman que por los pecados de los padres los hijos pueden ser castigados hasta la tercera y cuarta generación. Sin embargo, las causas tras los embarazos adolescentes son mucho más complejas que eso.

Lo primero que hay que entender es que el ejemplo siempre pesa más que las palabras y que el modelo que se ve todos los días en el hogar se va aprendiendo y llega a ser determinante, explica Lorna Norori, psicóloga. Debido a ese “modelaje”, que se implanta en el subconsciente como un chip, hay muchas probabilidades de repetir los patrones que se vieron en casa, aunque se tenga conciencia de que no son convenientes. Otro ejemplo es el del hijo que desaprueba el alcoholismo de su padre, pero que a la larga termina siguiendo sus pasos.

Lo único que puede romper ese esquema mental es la educación, pero cuando Norori habla de educación no se refiere a información superficial sobre los aparatos reproductores y los embarazos no deseados. “Es necesario dar a las niñas información sobre su propio cuerpo y sobre las relaciones de poder. No es cuestión de recomendar no tener relaciones sexuales. En la medida en que se les dé seguridad sobre su cuerpo van a ser responsables de lo que están haciendo e incluso van a decidir esperar”, sostiene.

El mensaje de “estás en riesgo” no funciona y los sermones tampoco son efectivos, asegura la psicóloga. Desde niñas a las mujeres “se les prepara para querer, y eso no está mal; el problema es que también nos enseñan la sumisión y nos ligan la sumisión al afecto”, de manera que “quienes someten a una chavala a través del afecto tienen mayor oportunidad de doblegarla que su mamá a través del miedo”, señala Norori. “Mientras la mamá le pinta un panorama sombrío y le infunde temor, él le dice que la ama y a la vez la presiona”.

Algo así sucedió con Francis Ponce, hoy de 33 años.

Ana Fajardo y Gerany Membreño / Abuelas a los 30 años
Ana Fajardo, de 36 años, es abuela de Jeremy, que en junio cumplirá dos. Su hija, Gerany Membreño, tiene 20 años. Las dos son madres solteras. Al inicio a Gerany se le dificultó particularmente hacerse cargo del niño. “En los tres primeros meses lo bañaba mi mamá, porque me costaba, sentía que se me resbalaba”, cuenta.

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Francis no tiene problema en contar su historia. Ni se anda con rodeos. “A los 13 años salí embarazada. Me enamoré de un hombre diez años mayor que yo y me ilusionó haciéndome creer que todo iba a ser color de rosa. Yo estaba en sexto grado de primaria”, relata. Tampoco le molesta hablar de sus experiencias como abuela, ya lloró todo lo que tenía que llorar cuando su hija, Linda Guadalupe, le dijo que estaba embarazada. “Ahí sentí todo el dolor que había sentido mi madre”, cuenta. “Y me dije: ‘No es posible que mi hija esté pasando por lo mismo’”.

Ella viene de una familia donde la maternidad precoz ha sido una constante. Su madre y la madre de su madre también fueron abuelas “a los treinta años y pico”. Doña Judith Morales, ruda y dominante, quería que sus dos hijas rompieran ese ciclo, así que las crió con mano de hierro y las vigiló con celo de leona. Pero una noche permitió que Francis, la mayor, asistiera a una fiesta acompañada por una amiga de 18 años y fue ahí, en Ciudad Sandino, donde la niña conoció a un muchacho de Ocotal, Nueva Segovia.

Era músico, vocalista de una banda, y se pasó toda la velada dedicando canciones a la muchachita morena, que acababa de cumplir 13 años, pero aparentaba 16. “En ese tiempo no me habían hablado de relaciones sexuales, más que todo había recibido amenazas y las clases de reproducción femenina del colegio”, relata Francis. Tiene la voz firme y habla con la autoridad de una abuela.

El romance duró un mes; el embarazo, siete meses y medio. Hubo una denuncia por estupro contra el muchacho (actualmente podría ser por violación), pero fue retirada a petición de Francis. “No quería que mi hija creciera con su padre en la cárcel”, explica. Pese a sus cortos años, se tomó en serio la maternidad y le hizo frente a las malas lenguas de Ciudad Sandino, que como suele pasar en estos casos “desmenuzaron” a la víctima pero no al abusador.

Su madre, doña Judith, reconoce que al comienzo sintió algo de vergüenza, porque su hija era demasiado joven y ella “estaba dentro de la Iglesia”. Sin embargo, pensó “¿pena por qué?” y se convenció a sí misma de que “tener un hijo es una honra a la edad que sea”.

Francis no quiso casarse y, cuando la bebé cumplió tres meses de edad, volvió a la escuela para terminar la primaria. Solo tenía 14 años pero se sentía incómoda, como “una mujercita metida entre niñas”. Para ayudar a pagar los gastos de su hija, empezó a lavar y a planchar ropa ajena los fines de semana, hasta que dos años más tarde doña Judith y su esposo inscribieron a la niña como propia y se hicieron cargo de la crianza.

Han pasado 17 años y la joven abuela todavía llora cuando lo recuerda. “Me quitaron a mi hija”, dice con la voz aguada. “Empecé a salir y a trabajar y cuando quise llevarme a Linda mis papás no me lo permitieron”.

Con todo, Linda Guadalupe creció guardándole el respeto debido y con plena conciencia de que Francis es su madre. Francis, por su parte, se esfuerza para no intervenir en la crianza de Emmanuel, su nieto. “Desvélese usted, ese papel no me toca a mí”, le dice a su hija. Pero a veces cede y le cuida al niño para que ella “respire un ratito”.

En otras ocasiones es Linda Guadalupe quien se encarga de la hija menor de su madre, porque Francis tuvo dos retoños con su segunda pareja: un varón a los 19 y una mujer a los 26.

Ahora nuevamente es madre soltera. Trabaja en el área de producción de Eskimo y llegó a cuarto de Mercadeo y Publicidad, pero abandonó la carrera hace un par de años. “Era la alimentación de mis hijos o la universidad”, explica la joven. En la calle creen que ella y Linda Guadalupe son hermanas y ya le ha tocado saltar como fiera cuando un nuevo conocido le pregunta si se la puede presentar: “¿Mi hermaaanaaa? ¡Cuidadito te metés con ella!”

Incluso José Esteban Chávez, de 20 años, pareja de Linda Guadalupe, de 19, las creyó hermanas al comienzo. Los muchachos estaban sentados afuera de la casa, frente al porche, cuando Francis salió en short, camisola y tenis.

—Te presento a mi mamá –le dijo Linda Guadalupe.

—Es tu hermana —replicó él.

—Es mi mamá —repitió ella.

—¡Tu hermana!

—¡Mi mamá!

Entonces José Esteban creyó por un tiempo que Linda Guadalupe era adoptada. “Algunos amigos me dicen ‘abuela’, por molestar, y yo les contesto: ¡A quién no le gustaría tener una abuela como yo!”, ríe Francis. Pero después se pone seria y afirma que ya quiere “cortar estas cadenas” de embarazos tan tempraneros.

“¡Dios quiera que se rompa el ciclo ahora que nació un varoncito!”, exclama doña Judith. “Y si no se rompe, es distinto, porque son raros y contados los hombres que se responsabilizan”, analiza. Su hija mayor piensa un momento, y le dice: “Eso depende de nosotros los padres y lo que les enseñemos para que no dejen hijos tirados”. “Bueno, eso sí”, admite su madre, y con tono encendido, sentencia: “A mi nieto y mi bisnieto yo no les voy a andar permitiendo que hoy me traigan una mujer, mañana otra, pasado mañana otra, como hacen algunas viejas alcahuetas”.

Managua 18 de Abril del 2016.Historias de madres y abuelas,Francis Ponce[Abuelas], Linda Solorzano [Hija],Judith Morales [Bisabuela] y Emanuelito[bebe] .Foto Uriel Molina/LA PRENSA
Francis Ponce Morales, de 33 años, se convirtió en madre a los 13 y en abuela a los 32. En la foto carga a su nieto Emmanuel. Su hija mayor, Linda Guadalupe Solórzano Morales, dio a luz a los 18 años.

“Ser abuela es algo bonito y emocionante. Yo estoy para ayudarle a mi hija en el momento necesario, pero no para quitarle su papel de mamá. En ese sentido la que juega el papel de abuela es mi mamá: está pendiente de todo”.
Francis Ponce, abuela de 33 años.

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Cada año un promedio de 1,500 niñas menores de 14 años da a luz en los hospitales públicos de Nicaragua. Las relaciones sexuales con una niña de 14 años o menos están constituidas en el Código Penal como delito de violación; sin embargo, aunque el Ministerio de Salud tiene en sus registros de ingresos y egresos a todas esas niñas madres, el Estado no está persiguiendo a los abusadores, lo cual es una manera de “formalizar” la violencia sexual y contribuye a normalizar el embarazo en adolescentes, analiza Mayte Ochoa, trabajadora social del área de Políticas Públicas de IPAS Centroamérica, organismo que trabaja en derechos sexuales y reproductivos.

¿Quiénes embarazaron a esas niñas? “Ocho de cada 10 de las que parieron el año pasado fueron embarazadas por un hombre adulto joven, con una situación de poder y dominio económico, psicológico y emocional sobre la adolescente”, señala Henry Espinoza, médico del área de Investigación de IPAS Centroamérica.

Y todo esto tiene un trasfondo cultural, agrega Ocha. Detrás de las cifras se encuentra agazapada “esa necesidad masculina de mostrar que se es macho a través de desvirgar, el tema de la virginidad les da un valor social a los hombres”.

Muchos son criados como si su único objetivo en la vida fuera sumar más y más mujeres a su historial de relaciones sexuales, por esa lógica social de que “mientras más mujeres tenés, más hombre sos”, apunta Espinoza. A su juicio, hay que comprender que los hombres actúan así porque la sociedad lo tolera.

A menudo y en todos los niveles, se pierde de vista que en el fenómeno de los embarazos adolescentes no solo influye la forma en que se educa a las mujeres; también lo que se enseña a los hombres, sostiene la psicóloga Lorna Norori. “Pero no se habla de la responsabilidad del hombre, no se habla, no existe”.

Los hombres mayores —dice Norori— no solo tienen más dominio emocional sobre las adolescentes, también ejercen mayor atracción porque poseen más experiencia seductora.

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“ ¡Allá viene la abuelita!”, bromean los colegas de Karem Avellán cuando la ven acercarse. Alta, elegante, juvenil, es la flamante gerente administrativa del equipo de beisbol Los Gigantes, de la liga profesional de Rivas, y está lejos de calzar en la imagen clásica de abuela. A los 16 años fue seducida por un hombre veinte años mayor y quedó embarazada. Superó las dificultades de haber sido madre tan temprano; pero no pudo evitar que su hija Nicole, de 16 años, continuara el ciclo familiar. “Es la misma historia, nada más que en mi caso era con una persona adulta. Ella es con un muchacho”, comenta.

Karem estaba en cuarto año de secundaria en un colegio de monjas cuando conoció a quien sería el padre de sus hijos. Se trataba de “un adulto realizado, de 36 años, divorciado”. “Al inicio a mi mamá no le parecía la relación, obviamente, por las diferencias, y porque uno sabe que un adulto es distinto. Pero, para que yo no anduviera en las calles, lo aceptó en la casa y al final resultó lo que ella no quería: que saliera embarazada. A los tres meses de noviazgo salí embarazada, fue súper rápido”, cuenta esta abuelita rivense de 39 años.

Llena de temor, ocultó el embarazo hasta que a los seis meses la delató la barriga y, aunque vivían en la misma casa, su madre le dejó de hablar durante los otros tres. En aquel momento, el embarazo en adolescentes, y más en los pueblos, era peor visto, “ahora está más aceptado”, considera Karem. La gente se escandalizó porque el novio era un hombre divorciado, y por lo bajo se comentaba: “Pero si a esta niña le acaban de hacer los quince años”. Había sido un fiestón digno de la única hija de un ganadero.

Embarazada y todo, la muchacha no se quería casar, pero su mamá le dijo: “Te casás, te casás, porque la gente habla”. Y su abuela agregó: “Él va a ser un buen hombre”. “Mi mamá estaba muy decepcionada”, recuerda Karem. “Estaba dolida, pero ahora comprendo por qué. Pobrecita, todo lo que tuvo que pasar”, ríe.

Nicole es la menor de los hijos de Karem, antes de ella nació Jean Carlos, y también la más rebelde y contestona, según su mamá. Cuando quedó embarazada tenía 15 años y cursaba tercero de secundaria, casualmente en el mismo colegio de monjas donde estudió su madre. Recuerda que consiguió una prueba de embarazo y en la pantallita le salieron esas dos barras rosadas que casi nunca se equivocan. “¡Esto no sirve!”, se dijo a sí misma, pero las dos barritas siguieron apareciendo. Entonces intentó ocultar lo que sucedía, pero Karem, llena de sospechas, la confrontó: “¿Tenés retraso? Vos estás embarazada”.

“Vos estás loca, yo soy incapaz, cómo vas a creer eso de mí”, protestó Nicole. “¡Así le decía yo a mi mama! Era una diva de Hollywood llorando. Mañana te vas a hacer una prueba”, respondió Karem, y su hija eligió adelantarse a los acontecimientos: “Tengo mes y medio”, le dijo.

Karem lloró mucho y confiesa que incluso contempló la idea de interrumpir el embarazo, a lo que su hija se opuso rotundamente. Y a través del teléfono, desde Estados Unidos, donde ahora vive, la abuela materna de Nicole se lamentó: “¡No, otra más no!” Pero al día siguiente la llamó para prometerle que le iba “a echar la mano”.

Esta vez no importó lo que dijera la gente, una vez asimilada la noticia, la futura abuela la publicó en su perfil de Facebook: “Nuevamente usaremos el vestido de bautizo de mi hija, pero ahora es para mi nieta”. Y se preparó para “sacarle el lado positivo a las cosas que al principio se ven mal”.

¿Qué hay de positivo en ser abuela a tan temprana edad? “Se tiene la idea de que la abuela es una viejita típica, pero vos te sentís todavía joven, estás viendo a tus nietos. Es positivo. Los vas a ver crecer”, afirma.

Hace nueve años se divorció y aunque no le gusta hablar mal de su exesposo, reconoce que a partir de la separación al fin pudo entrar a la universidad: estudió Administración de Empresas en la Upoli de Rivas. Sin embargo, le inquieta pensar que tal vez el divorcio influyó en que Nicole “se desviara del camino”. “Ella tenía ocho años cuando yo me divorcié. Yo digo que sí, al final los divorcios son malos”.

Abuelas a los 30 años
La pequeña Milagros nació a los seis meses y tres días. La edad de Nicole, de 16 años, tuvo que ver en el parto prematuro, asegura Karem Avellán, la abuela. Nicole quiere ser doctora. Dice que la experiencia en el hospital le ayudó a reafirmar su deseo de estudiar Medicina.

“Ahora que lo pasé con mi hija me puse en los zapatos de mi mamá y me dije: ‘Cómo duele’. Te sentís que hiciste algo malo vos (…). Quizás fue un conjunto de cosas que en ese momento no permitieron la comunicación entre mi hija y yo. Las historias así se repiten. No quería que se repitiera pero se dio”.
Karem Avellán, abuela de 39 años.

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Carla Tórres Solórzano, de 36 años, es periodista en el Diario La Prensa. El pasado 2 de abril se convirtió en abuela y dice que todavía está tratando de encontrarle el lado positivo. Su familia lleva varias generaciones atrapada en el círculo de los embarazos adolescentes, con una precisión que asombra. Ella, su madre y su hija, las tres, han dado a luz a los 18 años de edad.

“He tratado de apoyar a mi hija en todo lo que yo puedo. Al niño uno lo quiere, pero hubiera querido que fuera más adelante, no ahorita”, sostiene. Todavía está dolida. Había depositado muchas esperanzas en Mabel, y soñaba para su hija una juventud más noble que la que ella misma tuvo. La imaginaba terminando una carrera, trabajando, casándose con “otro tipo de persona”.

Pero el ciclo, como una mala broma de la vida, se repitió. Cuando se enteró de que iba a ser abuela, Carla lloró y desde ese día padece de la presión. “Me sentí mal… Todavía me siento mal… Yo sé que ella va a poder con esto, pero uno espera mejores cosas. Yo sé lo duro que fue”, dice.

Ella tenía 17 años y cursaba el segundo año de Comunicación Social cuando descubrió que estaba embarazada de su novio, de 21. “Lo más difícil fue la parte económica”, porque su padre, más de veinte años mayor que su madre, era un guarda de seguridad jubilado y su mamá, doña Josefina Solórzano, un ama de casa. No tenía más ingresos que el estipendio que por ser buena alumna recibía en la universidad y nunca contó con el apoyo del papá de Mabel, con quien tuvo una relación inestable e “intermitente”, muy parecida a la que años antes sostuvieron sus padres.

Mabel se casó con el papá de su bebé, siete años mayor que ella, pero no vive con él. Dice que, aunque es muy temprano para ser madre y nada sabe de crianza, está feliz. “Yo sé que mi mamá se sintió mal y sé que la decepcioné, pero por eso voy a seguir estudiando para que también se sienta orgullosa de mí. Todo va a ser más complicado pero voy a seguir adelante”, promete.

Su hijo se llama Gael y crecerá junto a los hijos pequeños de su madre: una niña de seis años y un niño de siete. Mabel ya sabe cómo es eso, pues ella se crió junto a los otros dos hijos de su abuela: un niño de tres y una niña de cuatro. “Se repite la historia”, suspira Carla. Como periodista, ella cubre temas de Salud y está al tanto de los embarazos adolescentes. “Conozco las estadísticas”, dice. “¿Pero cómo paramos esto? Es difícil”.

Diminuto, todavía arrugadito, el niño duerme en su cuna. Está sano. El embarazo de Mabel fue normal, una suerte que no tuvieron las hijas de Francis Ponce y Karem Avellán.

Carla Torrez ,Josefina Solorzano [Bisabuela] y Gael Navarro [bebe] Foto Uriel Molina/LA PRENSA
Doña Josefina Solórzano, de 56 años, su hija Carla y su nieta Mabel, las tres, han sido madres a los 18 años de edad. Gael nació a la medianoche del pasado 2 de abril.

“Lloré. Me sentí mal… Todavía me siento mal… Yo sé que ella va a poder con esto, pero uno espera mejores cosas. Yo sé lo duro que fue (…). Al menos ella tiene más apoyo del que yo tuve”.
Carla torres solórzano, abuela de 36 años.

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La bebé de Nicole Lacayo tiene bien puesto el nombre. Se llama Milagros y nació el 24 agosto de 2015 cuando apenas llevaba seis meses y tres días de gestación. Al nacer pesó una libra y al cumplir su primer mes fuera del vientre materno seguía siendo tan pequeñita que una de sus manos era casi del tamaño de una de las uñas de Nicole. Karem Avellán, su abuela, siempre anda fotos de la niña en su teléfono celular para mostrarlas a los incrédulos.

“Estuvo tres meses en incubadora. Los pediatras no apostaban por ella”, cuenta la abuela. En el nacimiento prematuro de la bebé, dice, influyó la corta edad de Nicole, quien para entonces pesaba apenas 95 libras.

“El embarazo en adolescentes siempre tiene mayores riesgos”, afirma Alba Sánchez Garache, ginecoobstreta especialista en adolescentes. “No se ha desarrollado bien su sistema nervioso ni su sistema inmunológico y aunque muchas niñas a los 12 años han tenido partos normales, biológicamente sus estructuras no siempre están preparadas. Muchas veces su útero es más pequeñito, hay más frecuencia de preeclampsia, más partos prematuros, más amenazas de aborto y hemorragias”, detalla la doctora.

Emmanuel, nieto de Francis Ponce, también es un niño milagro. Nació con una condición médica impronunciable, ventriculomegalia, principio de hidrocefalia; los médicos “decían que no iba a ver, escuchar, hablar, ni caminar” y la familia “solo esperaba lo peor”. Pero el bebé es vivaracho y risueño, cada mes le miden el diámetro de la cabeza y está creciendo con normalidad. Si se ve medio cabezón es por genética, bromea su abuela.

No es la única prueba que enfrenta la familia. Doña Judith, de 51 años, madre de Francis, abuela de Linda Guadalupe, bisabuela de Emmanuel, recién empezó un tratamiento con quimioterapia para reducir el cáncer invasivo que tiene en la matriz. Entre ellas se apoyan, se animan, se cuidan. Algo hay de bueno en que todas sean jóvenes.

Existe una relación especial entre las madres jóvenes y sus hijas mayores. En algunos aspectos, puede haber más complicidad. Ana Fajardo y Gerany, por ejemplo, aunque en cuestión de temperamento sean agua y aceite y solo vivan discutiendo, se hacen consultas sobre estética: “Mamá, pintame”. “Mamá, ¿cómo me queda esto?” “Uy no, muy chingo, se te sale la nalga. ¿Y a mí cómo me queda esto?”

“Yo trato de que ella se vea bien. Y ella lo mismo conmigo. Somos bastante unidas. También en los proyectos de la casa”, afirma Ana. “Aparte de las diferencias de carácter, tenemos buena relación, solo que a ella le hace falta mucho para madurar”. A su lado su hija sonríe, como concediéndole la razón.

Los sábados la abuela se queda cuidando a Jeremy, de dos años, para que Gerany pueda escaparse a la universidad. “Los sábados son su día libre”, dice. “Eh, no soy libre, voy a clases”, replica la muchacha. “Se levanta de mañanita y sale corriendo”, insiste su mamá, y Gerany suelta una carcajada.

Dentro de poco Ana terminará la carrera de Administración y Marketing y ya trabaja en un negocio propio, con mercadería que trae de Panamá. Está divorciada desde hace siete años, pero mantiene una relación amigable con el padre de sus tres hijas. Las niñas menores tienen 13 y 7 años, y espera que con ellas se rompa de una vez el ciclo de maternidad precoz.

El objetivo es detener el fenómeno sin necesidad de esperar a que nazca “un varoncito”.

Causas del embarazo prematuro

Estos son algunos de los factores que influyen en el embarazo adolescente, de acuerdo con Mayte Ochoa y Henry Espinoza, especialistas de IPAS Centroamérica, y Lorna Norori, psicóloga:
Pobreza que conlleva a hacinamiento y a falta de aspiraciones.
Abuso sexual.
Hogares extremistas: autoritarios, violentos y con cero comunicación o desinteresados e inclinados a poner a las adolescentes a “disposición”.
Familias que consienten uniones tempranas.
Estado que no persigue a los abusadores y que se ha enfocado en prevenir el segundo embarazo, pero no el primero.
Sociedad que aplaude a los hombres “mujeriegos”. Hombres que creen que mientras más mujeres “coleccionan” más hombres son.
Modelo que se recibe en el hogar y que conduce a la repetición de patrones (el esquema se reafirma en situaciones de pobreza).
Hogares con padre ausente o violento.
No asistencia a la escuela o baja escolaridad.
Poco o nulo conocimiento sobre relaciones sexuales y el respeto por el cuerpo humano.
Habitar en la zona rural o en un barrio marginal.

Círculos viciosos

“Hay una fuerte asociación entre una generación con embarazo adolescente con la siguiente generación. Es decir, es muy probable que una mujer que fue madre adolescente sea hija de una mujer que también fue madre adolescente”, señala Clara Nimia Cáceres, sexóloga. “Estudios mencionan que si el embarazo adolescente se originó en un ambiente de pobreza y a su vez tiene consecuencias económicas y sociales adversas, la repetición del embarazo de una a otra generación puede ser un mecanismo de reproducción de la pobreza. Las hijas al repetir el patrón reproductivo suman más obstáculos a sus ya escasas posibilidades de movilidad social, cerrando de esta manera el círculo de reproducción de la pobreza, que a su vez puede cerrar otros más”, explica.

Por otro lado, dice, “la sexualidad ha sido mal orientada”. “Hay prejuicios en relación con los temas sexuales, la comunicación queda restringida y el adolescente busca por otros medios, no siempre los idóneos, sus propias respuestas. O en muchos casos mantiene grandes lagunas que le acarrean grandes problemas por desconocimiento, desinformación y formación de juicios erróneos en relación con la sexualidad”.

Para Cáceres, también hay que destacar que en el aumento de la actividad sexual de los adolescentes incide el que “las familias actúen cada vez menos como soportes afectivos”, lo que hace que los jóvenes busquen el afecto fuera de casa.

El fenómeno en números

Cada año el Instituto de Medicina Legal reporta en promedio 5,250 casos de peritaje por violencia sexual. El 83 por ciento se practica a niñas menores de 17 años. Y de ellas, el 50 por ciento tiene 14 años o menos, según IPAS Centroamérica.

Anualmente unas 1,500 niñas de 14 años o menos se convierten en madres en los hospitales del Ministerio de Salud. Ocho de cada 10 son embarazadas por hombres adultos jóvenes.

Con una tasa de 109 nacimientos por cada 1,000 mujeres en edades entre 15 y 19 años, Nicaragua es el país con más embarazos adolescentes de América Latina, según el Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA).

Un 28.9 por ciento de las adolescentes de 15 a 19 años del área rural de Nicaragua y un 21.1 por ciento del área urbana, ya han estado embarazadas, de acuerdo con la Encuesta de Demografía y Salud (Endesa, 2011/ 2012).

Según la Organización Mundial de la Salud, las niñas menores de 16 años corren un riesgo de muerte materna cuatro veces más alto que las mujeres de 20 a 30 años. La tasa de mortalidad de sus recién nacidos es superior en aproximadamente un 50 por ciento.

Para el año 2030, los partos de niñas menores de 15 años sumarán tres millones por año en América Latina. La tasa de fecundidad adolescente latinoamericana será la más alta del mundo y se mantendrá estable durante el período 2020-2100, de acuerdo con Unicef y Plan Internacional.

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