Al bate Pedro Selva…

Reportaje - 13.09.2015
Pedro Selva

Era el quiebrabates, el matapícheres, el “Babe” Ruth nica. Fue el mejor bateador de los setenta, le dispararon al corazón, lo acusaron del asesinato de sus tres hijos, estuvo a punto de ser fusilado y murió en desgracia. Así fue la vida de “El Bambino”

Por Tammy Zoad Mendoza M.

Es el turno al bate del número 16 del equipo de Carazo. Juan Navarro está en el dogout del estadio de beisbol de Masaya cubriendo el juego de Rivas contra Carazo para La Prensa, es el torneo de Primera División. El hombre que camina al home plate apenas supera el metro y medio. Piernas cortas y brazos gruesos. Moreno y sonriente, de cara redonda como la panza que se asoma por la camiseta. Alborozo en la gradería.

El pícher estelar del Rivas, Leoncio Rivas, conocía bien a Pedro Selva, ya se habían enfrentado en el campo antes. “Eran amigos, bromeaban, se desafiaban. Esa vez Pedro se lució con un bateo fuera de serie en el primer tercio del partido, fue en 1975 o 76. Lo que no se me olvida fue cómo anunció su jonrón”, asegura Navarro.

Leoncio Martínez amenazó con poncharlo. Se rieron. “Alláaa, por la escuelita te la voy a mandar”, advirtió Selva, mientras señalaba a la izquerda, detrás del cerco donde había una escuela. Más risas. “Se paró, Martínez lo quiso ponchar, pero él le disparó un batazo que pasó la cerca en dirección a la mentada escuela. Cuando Selva iba trotando se reía con Leoncio. Pero era camaradería, no solo jactancia”, cuenta Juan Navarro.

La gente enloquece. Una lluvia de aplausos, silbidos y gritos lo bañan mientras avanza. El hombre sonríe y trota hasta primera, segunda, tercera y minutos después vuelve a home. Es su momento de gloria. Lo disfruta y saluda al público. Hace su paseo lento, pero con gracia. No es el más rápido, pero sí el más poderoso.

Cuando Pedro Selva jugaba la gente le gritaba “¡¿Cuántos jonrones nos vas a dar hoy Pedro?!” “¿Para dónde la mandás Bambino?” “¡Guarden todo que se acabó el juego!” Selva era una máquina que disparaba un jonrón cada 13.8 turnos al bate. Era el rey del bateo en los setenta, la época de oro del beisbol amateur de Nicaragua. Conectaba cuadrangulares espectaculares, impulsaba decenas de carreras para su equipo y su promedio de bateo era inigualable. Ganó la triple corona en cuatro ocasiones. El único de su generación en lograr la hazaña de conquistar el título de mejor bateador tres años consecutivos.

Todo el mundo habla de su grandeza como jugador, pero casi nadie da razón de su desgracia. La misma fama con la que conquistó elogios, premios y mujeres, fue el motivo de su infortunio. Un disparo cerca del corazón, su hijo y dos hijastras asesinadas, enfermedades y pobreza. Luego de la gloria de “El Bambino” nica, llegó la decadencia de Pedro Selva.

“Pedro era un bateador excepcional. Combinaba el poder y el tacto, era un bateador de jonrones y average. Un deportista respetable”.

Calixto Vargas, exbeisbolista y compañero de Pedro Selva.

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Pedro Selva era el único hijo varón de los seis que tuvo doña María Luisa Selva Munguía, hijo también de Thomas Gómez. En una familia numerosa y pobre, al pequeño Pedro le tocó ayudar a llevar la carga de la manutención de la familia. No terminó la primaria y apenas logró aprender a medio leer y escribir, pero era un chavalo trabajador.

Juan Navarro Gutiérrez lo conoció en Masatepe, cuando rondaba los 25 años. Pequeño, de brazos y piernas cortas, pero sólidos. Un cuerpo compacto y firme tallado a mazazos en las canteras de Carazo, donde trabajó desde su adolescencia. Picó piedras, las cargó y hasta condujo los camiones que las vendían en otros departamentos. Trabajar en la mina fue el entrenamiento de Selva. A la fuerza bruta le llegó en 1969 la oportunidad de cambiar el mazo por el bate y con la misma fuerza con que desprendía rocas de un paredón empezó a disparar pelotas fuera del campo de beisbol.

“Pedro era un espectáculo. Era gordito para ser deportista, bajito, la piel tostada por el trabajo, pero tenía una potencia en sus brazos que causaba asombro y admiración”, comenta Juan Navarro, quien jugó contra él en la Ligas Mayor A, cuando Pedro empezó en el equipo local Ladrillería San Juan. Navarro ganaba 30 córdobas por jugar los domingos como pícher, Pedro rondaba los 300 córdobas mensuales. “Era bastante dinero, pero ellos eran bien humildes y él fue de una generación de beisbolistas que también trabajaban, no solo se dedicaba al deporte y al entrenamiento. Pedro Selva se hizo en el trabajo del campo y en la mina de piedra, de ahí salió su fortaleza”.

Cuando subió a Primera División de Beisbol Amateur, en 1970, como bateador del equipo de Carazo, Juan Navarro lo volvió a encontrar, pero esta vez él lo seguía como cronista deportivo.

Si su desempeño en el campo no era suficiente para convencer de su talento, sus números lo elevaron a un nivel al que solo habían llegado grandes figuras del beisbol profesional, como “Babe” Ruth “El Bambino”, icónico bateador estadounidense que pasó a la historia como uno de los mejores del mundo.

El promedio de bateo (average) de “Babe” Ruth fue de .342 en toda su carrera, con una potencia de bateo (slugging) de 690. En 1971 Selva sacó del estadio 16 pelotas, impulsó 49 carreras y alcanzó .355 en average. Su slugging fue de .662. Ese año ganó su primer Triple Corona por dominar con el bate.

Era tan potente en el bateo, tan redondo como el mismo “Babe” Ruth, aunque mucho más bajo. Y como el gran “Babe” Ruth se pavoneaba en el campo y bromeaba cuando le preguntaban de su siguiente jonrón. Pedro Selva a veces anunciaba por dónde perdería la pelota con un mazazo bien dado. Lo decía y lo cumplía.

Selva era en verdad la versión nica del poderoso “Bambino” gringo y así lo bautizó la crónica deportiva criolla. “Recojan los bates que esto ya se terminó. Llegó ‘El Bambino’ a batear”, decía la gente.

Pedro Selva
A los 25 años entró a las Ligas de beisbol. Era la estrella al bate, reconocen cronistas y deportistas de la época.

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Un disparo. La bala entró por el pecho y se alojó cerca del corazón. Pedro Selva, de 30 años, cayó de bruces en una de las calles de Jinotepe. Fue Ofelia Traña, su pareja desde hace ocho años, quien haló el gatillo. Le disparó a matar.

Por ese atentado del 30 de enero de 1974, Traña fue arrestada, pero a falta de una cárcel de mujeres la dejaron en libertad. Se le asignó un custodio y salió bajo restricciones. Pedro levantó los cargos en su contra y pidió que se suspendiera el proceso. Ella era la madre de su hijo recién nacido, aunque aseguraba que ya no estaban juntos. El decía que ella era demasiado celosa y ella que él era un mujeriego. “Le disparó por celos”, decía la noticia que le daba seguimiento al suceso una semana después.

Pedro Selva, el pelotero estrella que había conquistado ya tres Triple Corona de bateo (1971, 1972, 1973), estuvo hospitalizado varios días. La gravedad de la herida, el tiempo de reposo y el régimen de cuido al que Selva debía someterse para recuperarse auguraban el final de la carrera del bateador. Pero aún no le tocaba morir ni salir del campo. Le faltaban varios jonrones por disparar y un par de desgracias por vivir.

Apenas pudo, Pedro salió a la calle. Decía que no podía quedarse tendido en una cama. El miércoles 20 de febrero del 74, en una de sus caminatas matutinas por Jinotepe le dijeron que su hijo, sus hijastras y Ofelia Traña habían sido atacados por la madrugada. Los niños muertos, Ofelia grave y él encabezando la lista de sospechosos.

“Asesinan a hijos de Pedro Selva”, titulaba el diario La Prensa al día siguiente. A la izquierda, una foto de Ofelia Traña cargando al pequeño Pedro Félix Selva Traña, en otra foto, Pedro Selva sonriente sosteniendo el trofeo de uno de los campeonatos de beisbol. Según la nota, su hijo de 40 días y sus dos hijastras, de 9 y 11 años, habían sido degollados en casa de su madre. Ofelia Traña permanecía en el hospital tras ser atacada por desconocidos. Ella misma, antes de desmayarse, le dijo a los paramédicos que los dos atacantes le habían dicho que llegaban en nombre de Pedro Selva. Él se entregó a la Policía para colaborar con las investigaciones, repetía y lloraba: “No soy un asesino. Díganle al mundo que Pedro Selva es inocente”.

Reproducción LA PRENSA

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Las hermanas Traña están acostadas en la misma cama, una en sentido contrario a la otra. Doris reposa con la cabeza de lado sobre la almohada, Lourdes, a su lado, tiene los pies en la cabecera. Parecen profundamente dormidas, pero la sangre que empapa las colchas sugiere algo aterrador.

Lourdes, de nueve años, tiene las manitos puestas en el abdomen, como si le doliera. Está cobijada de la cintura hacia abajo, aunque se asoman los piecitos enfundados en calcetines blancos manchados con la sangre de su hermana. Doris, de 11 años, está descobijada, se le ve la camiseta blanca teñida en sangre. Tiene una pose retorcida, como quien en medio de una pesadilla quiso apartarse las abejas imaginarias que le picaban en el cuello. A ella y a sus hermanos los pincharon con una aguja hipodérmica. Luego les clavaron un cuchillo. La cama está embebida en sangre.

En la cama vecina, el pequeño Pedro Félix está acostado con la cabecita girada a la derecha. Debajo, un charco de sangre. El bebé de 40 días no tuvo tiempo de chillar, solo soltó la pacha que cayó debajo de la cama. Nadie escuchó gritos, nadie vio nada raro aquella madrugada del 20 de febrero en el barrio El Hospital.

Ofelia Traña, madre de los tres niños, estaba en el piso. Tenía una herida en el abdomen, la garganta y en la muñeca izquierda. Se desmayó y siguió sangrando hasta que su hermana, Julia Traña, llegó a la casa. Esa fue la primera versión de la Policía respecto al suceso. Fue titular en los diarios y un escándalo social que salpicaba el brillo de Selva.

Pedro Selva estuvo en prisión cinco días. Recibió asistencia médica en las celdas porque su situación cardiaca se complicó. Asistió escoltado al entierro de su bebé y lloró amargamente su desgracia.

Un día después salió libre y otra noticia conmocionó al público. Ofelia confesó ser la autora intelectual del ataque a su familia. “¡Quiero morir, quiero estar con mis hijos!”, el grito de Ofelia fue el titular de LA PRENSA del 25 de febrero. Se declaró agobiada por las enfermedades de sus hijas, la pobreza y la infidelidad de Pedro Selva. “Mire, teniente, mis problemas son grandes. Hace dos años vine de Aranjuez. Ya Pedro Selva era un pelotero famoso, se le metían las mujeres, teníamos ocho años de convivir. Él era un ídolo, andaba con otras”, se justificó Ofelia en su declaración a las autoridades. “Ese día ya no aguanté… Comencé por la niña de en medio… luego la otra… luego el niño… ¡Quiero morir, quiero estar con mis hijos!”

Primero los pinchó con la aguja hipodérmica, tuvo el cuidado de aplicarles un poco de anestesia. Luego fue acuchillándolos uno por uno y con el mismo cuchillo Ofelia se apuñaló en el abdomen, en la garganta y se hirió la muñeca izquierda. La idea inicial, según confesiones, era inculpar a Selva. Ella era enfermera y quiso realizar solo los cortes necesarios para montar el drama sangriento, pero Ofelia calculó mal… Mató a sus tres hijos y le tocó vivir para contarlo.

Aunque estaba casado desde 1962 con Carmen Briceño, la madre de sus tres hijos, Selva tuvo varias parejas en su años mozos. Se separó de Briceño y de acuerdo con una denuncia pública no aportaba en la manutención de sus hijos. Se unió a Ofelia Traña, con quien tuvo a Félix Pedro, el bebé que ella asesinó. Traña sentía celos por Rosa Gordon, la costeña que posó junto a Pedro en la fotografía que celebraba la libertad del pelotero luego de que Ofelia confesara el triple parricidio.

Según noticias de los meses siguientes, Traña estuvo presa un tiempo en una celda especial en Jinotepe, pero luego un médico la declaró incapaz de cumplir su condena ahí y fue remitida al hospital psiquiátrico de Managua. Su familia se fue del pueblo y nadie dio razones de ella.

Luego de ser aporreado por la prensa nacional que escarbó en su vida, Selva se alejó de la vista pública, siguió con su reposo y cargó su luto. Quienes lo conocieron dicen que nunca se recuperó.

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En febrero de 1975 Pedro Selva estaba de nuevo en la caja de bateo. Sobrevivió al atentado de Ofelia, a la operación para extraer la bala alojada en el tórax y a una operación de emergencia por una peritonitis. En su cuerpo compacto se notaban las libras de más, pero él se plantó a demostrar que podía sacudir estadios con sus batazos.

“Inconsciencia. Coraje. Fidelidad a una pasión. Locura. No sé cómo llamar a la determinación tomada por Pedro Selva de seguir en la brecha a cualquier precio, sin importarle que se le hayan abierto dos puntadas en una de las heridas que le cruzan la barriga; sin intimidarse por el dolor que le produce cada swing, cada agachada sin detenerse a pensar que ese flujo lento pero continuo, consecuencia del esfuerzo extremo en cada partido, puede terminar en una peligrosa infección”, escribió en esa ocasión el cronista deportivo Edgar Tijerino, en una de sus columnas en La Prensa.

Selva había vuelto contra todo pronóstico y no solo eso, había regresado con una potencia demoledora a sacar más pelotas del estadio. Ese año con un average de .346 y un slugging récord de .701 se alzó con la cuarta Triple Corona de su carrera. “En tacto y potencia Selva fue el mejor bateador de su época, sin duda alguna”, reconoce ahora Tijerino.

Volvió la gloria, volvieron las entrevistas, volvieron los viajes y las mujeres. “Pedro era un jugador excepcional. Era un gran deportista, muy disciplinado, educado, un hombre sin vicios. No era un santo, digamos que lo seguían mucho las mujeres y él no se resistía… Así es esto”, comenta el veterano pícher Calixto Vargas, quien jugó contra Selva en el Bóer y luego fueron parte de la Selección Nacional de Beisbol Amateur de 1972. La mejor Selección de la historia, según cronistas deportivos.

Bateó en tres mundiales, viajó por el mundo y volvió para intentar conquistar su quinta Triple Corona, pero no pudo. O no lo dejaron. El juego en el que él podría haber bateado para superar a Pablo Juárez, de Chinandega, fue cancelado.

“Pedro tenía mucho coraje, no era solo su fortaleza física, era también un asunto de carácter”, expone su excompañero en la Selección Nacional Calixto Vargas. Vargas recuerda cuando Pedro bateaba por el Carazo, en 1975, y pegaba un hit, mientras él cubría primera base para el Bóer. “Lo veía llegar cansado a primera, estaba lesionado y con heridas abiertas y él seguía corriendo. Yo decía, en qué momento este hombre cae ¡Bum! Era impresionante”. Sus hits lo volvían casi intocable. Se ganó el respeto, el cariño y la admiración de la fanaticada, de la crónica deportiva y de sus compañeros.

“Además nosotros hacíamos muchas cosas por amor al deporte, en ese entonces los deportistas nos formábamos a la brava, no se firmaban por miles o millones, como ahora. A pesar de esas condiciones adversas Selva brilló como bateador”.

Él siguió bateando hasta 1979, cuando se retiró oficialmente por problemas de salud y falta de dinero. Cada vez era más difícil hacer un swing si le tiraban muy bajo, las secuelas de sus operaciones y la obesidad que acentuaron los corticoides que tomaba para la artritis lo volvieron más lento y achacoso.

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Era tan popular Pedro Selva que hasta los políticos querían tomarse una foto con él, invitarlo a comer, tenerlo entre sus listas de famosos simpatizantes. “El problema era que Pedro no decía que no. Él era un hombre humilde y amable. Lo llamaban de aquí y de allá. A él lo manipularon, malinterpretaron sus acciones y por eso él tuvo problemas”, cuenta Vargas, haciendo referencia al incidente de carácter político que tuvo en 1979.

Al retirarse del beisbol, Selva volvió a agarrar el volante, pero esta vez conducía camiones a los cafetales de Carazo. En plena insurrección, trabajar para el gobierno de Somoza, en el área que fuera, era no solo mal visto, también peligroso.

“A él lo arrestan y lo mandan a una de las cárceles sandinistas. Lo acusaban de ser ‘oreja’ de Somoza. Un día, llegaron los jefes de la zona y sacaron a todos los presos al patio. Los iban a fusilar. Pedro no estaba en la celda, había salido al baño porque estaba mal del estómago. Cuando se dio cuenta de lo que pasaba afuera, se quedó encerrado”, cuenta Juan Navarro Gutiérrez. Dice que el mismo Selva le contó que horas después de haber escuchado los disparos, cuando sintió que no había nadie en el lugar, salió del baño y escapó.

Que una diarrea lo haya librado del fusilamiento no está comprobado. Pero que el hombre se escapó una vez más de la muerte eso sí es seguro. Mónica Baltonado, comandante guerrillera de la Revolución Popular Sandinista, recuerda el episodio, aunque de otra forma.

“Al señor Pedro Selva lo tenían en una de las cárceles improvisadas, se le acusaba de ser informante. Cuando iban a fusilar a todos los presos, alguien lo reconoció y se hizo un alboroto, porque la gente decía que él era el pelotero famoso. Yo no estaba ahí, pero me llamaron para hablarme del caso. Nunca fui beisbolera, pero este señor era bastante conocido, eso fue lo que lo salvó. Además, él no tenía crímenes comprobados como otros que habían matado o entregado a compañeros. Al final no lo fusilaron”, cuenta Baltonado, quien respalda la anécdota con una entrevista realizada para el cuarto volumen de su libro, Memorias de la Lucha Sandinista.

Semanas después del incidente Pedro Selva se fue de Nicaragua hacia Honduras. Ahí la Federación Hondureña de Beisbol Aficionado lo contrató como instructor de pequeñas Ligas, hasta 1989.

Más cansado, más viejo y más gordo, regresó a Nicaragua en 1990 y fue entrenador de bateo del Carazo y Los Dantos de Primera División hasta el año 1991, pero al año siguiente se retiró del deporte porque su cuerpo no daba para más.

Enfermo, solo, sin dinero y sin casa, fue su fama la que una vez más le salvó de la desgracia. Desde su programa Doble Play, el cronista Edgar Tijerino organizó una colecta para ayudar a Selva. “Se reunieron 12,000 dólares y le compramos una casa en Jinotepe. Él ya estaba muy enfermo, necesitaba esa ayuda, se la merecía porque había sido un campeón”, cuenta Tijerino. Pero el titán también necesitaba salud y esa ya nadie se la podía dar.

No murió por el balazo de Ofelia, superó la muerte de su hijo, sobrevivió a varias cirugías y a la peritonitis que lo afectó en 1974. Hasta se salvó de ser fusilado. Pero no pudo contra la artritis, la obesidad y las dolencias cardiacas que lo siguieron por años hasta carcomer la fuerza del titán del bate. El 16 de febrero de 1998 le llegó el turno al número 16 del Carazo. El terror de los pícheres, el quiebrabates, “El Bambino” nica murió solo y en silencio en una cama del Hospital Lenín Fonseca. No había público que lo animara. Se apagaron las luces de su estadio.

“En la etapa del beisbol amateur, la época de gloria del beisbol nacional, Pedro Selva sería el número 1 y Ernesto López le sigue en combinación de tacto y poder. Selva por su rendimiento es el número 1”.

Edgar Tijerino, cronista deportivo.

Como los mejores

George Herman “Babe” Ruth. “El Bambino”

Average – .342

Slugging – .690

Pedro Selva Gómez

Average – .329

Slugging – .618

Nemesio Porras

Average – .354
Slugging – .526

LAS CARRERAS DE “EL BAMBINO” NICA

Inició en el beisbol en 1959 con el equipo Sastrería Gentleman, de Jinotepe. Jugó en la categoría Mayor A hasta el año 1969 y sobresalió como líder en jonrones.

Entró a Primera División en 1970 con el equipo Ladrillería San Juan, de Carazo.

En 1971, con el uniforme del Carazo, Selva logró su primer Triple Corona, la que mantuvo en tres ocasiones más (72, 73 y 75).

Jugó tres Series Mundiales y su aporte en ellas fue determinante para el buen posicionamiento de Nicaragua. En 1971, 1972 y 1973, Nicaragua obtuvo dos subcampeonatos y un meritorio tercer lugar.

En 1979 se retiró como jugador activo del Carazo. Siguió como entrenador de Ligas infantiles en

Honduras y en Primera División en Nicaragua y en 1991 se retiró completamente del deporte.

Ingresó al Salón de la Fama del Deporte Nicaragüense, el 9 de febrero de 1995.

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Reportaje