Alguien tiene que hacerlo

Crónica, Reportaje - 12.07.2015
Cuadrilla-de-colectores

Matar, enterrar un cadáver, recoger la basura de otros. Magazine acompañó a cuatro personajes en su faena diaria. Trabajos curiosos, difíciles o sucios, pero alguien tiene que hacerlos

Por Tammy Zoad Mendoza

A TODO CHANCHO LE LLEGA SU DÍA

Algo huele mal. Y no es solamente el estiércol que flota en aguas estancadas, se trata del olor a un mal presentimiento. El camión se detiene y se parquea de retroceso para que su puerta trasera empalme con el portón de un pasillo. Un hombre embotado, de jeans y camisola sube y empieza el forcejeo.

Gruñidos. Más gruñidos. Chillidos. Sale el primer cerdo a empujones. Sale el segundo. Siguen en fila india por el pasillo hasta los corrales donde los esperan otros marranos.

En Procersa, uno de los mataderos autorizados por el Ministerio de Salud (Minsa) y el Ministerio Agropecuario y Forestal (Magfor) para el acopio y sacrificio del ganado porcino en Managua, hay 30 corrales. Cada uno con capacidad para 35 cerdos. Cuando está lleno esto es un chanchadal.

Ahora huele peor. Será de miedo o por hartarse tanto, pero los cerdos recién llegados ya empezaron a evacuar. Los que no están comiendo o cagando, se recuestan unos con otros y se mecen hasta quedar echados. Se quedan quietos, cierran los ojitos redondos y oscuros, encogen el rabo como un resorte apretado. Los que antes cagaban ahora comen, los que comían ahora cagan.

El último viaje de sus vidas los ha traído hasta aquí, al kilómetro 23 Carretera Panamericana, en Tipitapa. Los esperan al menos 20 hombres que no se inmutan en medio la atmósfera cargada de meados y caca. Los obreros que se encargan de lavar los corrales reciben a los cerdos, les dan agua y los alimentan hasta en lo que sería el pabellón de la muerte. Las moscas son sus acompañantes hasta el final. No sería exagerado decir que hay al menos 50 moscas por cada cerdo. Si hay muchos cerdos, hay muchísimas más moscas. Por eso hay también un hombre que se pasea por el lugar con una mochila para fumigar. Mientras él avanza como en cámara lenta regando veneno con esa suerte de mochila verde, las moscas vuelan histéricas haciendo remolinos que bien envuelven una cabeza. Si las dejaran a sus anchas, los cerdos volarían cargados por estos molestos insectos.

Un grupo de hombres está tendido en fila sobre una baranda. Botas de hule, jeans, gabachas y gorras. Chateando, conversando, escuchando bachata a todo volumen y riendo. Son los trabajadores de la sala de sacrificio. Para ser las dos de la tarde de un viernes se ven relajados. Ya vendrá la hora de trabajar duro. Cuando reciben la orden de empezar la matanza es porque al menos cien chanchos están en la lista de la muerte de ese día. Cien. Así que mientras se completa la tanda, ¡que suene otra bachata!

A medida que se llenan los corrales, un par de chavalos va empujando a los primeros cerdos por un galillo. Los cerdos parecen presentir que no van por buen camino. Se detienen. Se plantan, tercos, decididos a no avanzar. Dos jalones de orejas y una palmada en el costado. Siguen la marcha.

Gruñidos. Gruñidos fortísimos. Chillidos. Por un momento parece que todos los cerdos se hubiesen puesto de acuerdo para protestar. Chillan. Chillan. Chillan. Es como esa escena de la película Hannibal, del icónico psicópata, en que Lecter ofrece a una manada de jabalíes hambrientos una de sus víctimas vivas. Aquellas bestias gruñen y chillan enloquecidas por comer. Aquí parecen pedir un poco de tiempo para comer más. Chillidos.

Pasadas las cuatro de la tarde los hombres que estaban colgados de las barandas empiezan a descolgarse. Se van a buscar sus guantes, sus cascos, sus cuchillos. A las 4:30 de la tarde empiezan de nuevo los gruñidos. El hedor se agita con los cerdos.

Se abre una compuerta. El primer cerdito avanza a empujones. Se cierra la compuerta. En la sala de sacrificio lo espera Alexander Hernández, lo ve desde arriba y aguarda a que el puerco se acomode en el rectángulo. ¡Pum! Un solo toque y el puerco cae inconsciente. 110 voltios que le entran por la cabeza y le sacuden los pies. En dos segundos está en el suelo. Es Alexander quien lo amarra de las patas traseras y lo cuelga de una polea que avanza en rieles aéreos. Es él mismo quien hace el corte maestro. ¡Zas! Un jincón certero que apenas se desliza por el cuello del animal y abre una cascada roja que cae en una tina que se va llenando de sangre. ¡Siguienteee!

Un toque, dos toques, tres toques. Tres cerditos. 110 o 120 voltios, dependiendo el tamaño del animal es la descarga de “el aturdidor”, una especie de bastón blanco con una punta a un extremo y un cable por el que pasa corriente que desmaya al animal.

Después de seis cerdos, Alexander está a chorros de sudor. Jadea. Se escurre las gotas de la frente con el antebrazo. Aquí dentro hay mucho vapor y diez personas en un cuarto sin una sola ventana, la puertecita por donde entran los cerdos y el portón por donde salen todos. Los cerdos que cuelgan son descargados en una escaldadora, un pileta metálica con agua a 155 grados Fahrenheit. Con ayuda de palancas, dos hombres pasan al cerdo a una máquina peladora. Tres vueltas y el chancho queda pelado. Otra vez de cabeza, un trabajador se encarga de amarrar y cortar el recto del animal. Aún muertos pueden seguir evacuando.

Es hora de eviscerar. Abrir el pecho de un solo tajo, meter un brazo y con el otro deslizar una cuchilla por el interior. Las vísceras se desprenden de un gajo y el tipo que es un profesional las toma y las tira en una tina. Ahora toca pelar lo que queda y decapitar. Patas, lomo, limpiar bien el cuerpo. ¡Zas! Adiós cabeza. Todas terminan ensartadas en dos barras donde inspectores del Minsa y el Marena se cercioran que el animal está sano y que su carne es apta para consumo. Mientras, el cuerpo avanza colgado hasta el portón de salida donde lo espera su dueño.

Alexander sigue abriendo y cerrando la compuerta. Sigue aturdiendo a los cerdos, colgándolos, degollándolos. “Es un trabajo normal. Trato de hacerlo rápido”, dice y sigue en su faena. No le gusta hablar. Dice que no hay mucho que decir de su trabajo. “¡Siguienteee!”

El cobro por matar a un cerdo aquí son 100 córdobas, la matanza es de unos 100 animales diario. La faena puede terminar a las ocho de la noche y a partir de esa hora los cerdos salen por partes. Se va el cuerpo, otros llegan a comprar cabezas a 120 o 240 córdobas y un balde de sangre puede costar 20 pesos. Las vísceras las venden para abono. Del cerdo nada se desperdicia, todo se come.

Diez hombres trabajan en el cuarto de sacrificio y otros diez se encargan del mantenimiento de los cerdos en los corrales. Procersa es un matadero autorizado por el Minsa y Magfor para el acopio y sacrificio del ganado porcino en Managua.

TRABAJO SUCIO

La campana suena tres veces y la gente sale de sus casas. Daniel Quintanilla es quien la hace sonar y el que saluda desde arriba, sonriendo y estirando su bigote, lleva puestas sus gafas oscuras estilo aviador. Saluda agitando la mano como un marajá desde su elefante. Si fuera el caso, este sería un elefante blanco, con pintas de colores, un elefante de metal.

Daniel es el conductor de un tren de aseo desde hace doce años.

Domingo García, su compañero, lleva quince de sus 36 años como operario en un camión recolector de basura. Moreno, bajito y redondo. Chirizo, de bigote ralo, manos ásperas y curtidas por el trabajo. Domingo descansa sólo el día que lleva su nombre. El resto de la semana se levanta a las tres de la madrugada, se baña, se alista y desayuna. A las cuatro y media sale de su casa en Ciudad Sandino en busca del primer bus que lo lleve al Plantel Los Cocos, en San Judas. Si no hay inconvenientes mecánicos y la cuadrilla está lista, a las seis de la mañana salen en el camión blanco a la zona que toca según el día. Los lunes el trabajo empieza al este de la capital, en las Américas 3. Los martes van hacia el oeste, a Batahola. Todas las semanas hacen un recorrido en cruz por la capital. Del norte al sur, del este al oeste. 15 años recogiendo los desperdicios de unos y de otros.

La campana suena tres veces más. El camión entra rápido y sale lento por los callejones. Los cuatro hombres de gabachas celestes y jeans raídos cuelgan de la parte trasera, luego se tiran del camión como ágiles gatos y empiezan a cargar los recipientes de basura. No usan guantes, dicen que les estorban. Las gafas y máscaras de seguridad tampoco se las ponen, se sofocan. Van agarrando y acomodando la basura a mano pelada. Desde la cabina, Daniel opera la máquina. La fiera de metal abre y cierra sus fauces para engullir comida descompuesta, un zapato viejo, fotos, los restos de todo lo que ya nadie quiere. Daniel toca otra vez la campana y los niños se asoman eufóricos a saludarlo desde los portales. Él siempre devuelve el saludo y sigue tocando la campaña.

El olor es fuerte. Es como si licuara comida fermentada, frutas podridas y papel higiénico usado con un poco de agua. Una mezcla ácida, pero es más ácido y penetrante el vaho que sale del camión a mediodía en punto, cuando va cargado de desperdicios y el sol los cocina al vapor. Durante el invierno la cosa no mejora. La cantidad de agua y la humedad provocan la descomposición más rápida. Lo peor es cuando la gente empaca y esconde cadáveres de animales pequeños. Hediondez sobre ruedas.

“No es que uno no sienta el mal olor, pero lo vas tolerando. Siempre hiede, nunca lo vas a sentir como un olor agradable, pero aprendés a trabajar con eso”, comenta Domingo García, colgado desde el camión. Dice que la nariz no es la que más sufre en este trabajo, son los pulmones y los brazos, “se resienten”. “He visto como salen compañeros con enfermedades respiratorias, con problemas en sus músculos. Uno se cansa y con los años el cuerpo ya no es el mismo. De tanto recibir contaminación te vas dañando por dentro”, asegura.

Más que el hedor, a Domingo le afecta el peso de algunos bultos que le toca cargar. Bolsas, sacos, baldes con tierra, piedras o quién sabe qué cosas que pesan tanto como un muerto. Sin percatarse de qué hay dentro, sujeta los recipientes con ambas manos y los alza de un impulso. Heridas con vidrios o metales, dolores en los brazos e inflamación son algunas de las cosas que aquejan a Domingo. Eso y las alergias que le dan en invierno cuando accidentalmente los jugos podridos que acumula el camión lo salpican. Picazón, enrojecimientos, ronchas. Va de reposo con tratamientos hasta que se recupera.

Para evitar o detectar enfermedades a tiempo, cada seis meses los trabajadores se someten a un chequeo médico integral, los vacunan y les dan tratamiento según el caso. Un compañero del área de lavado perdió un ojo a causa de una infección por agua sucia. Muchos de los males los padecen cuando se van. Hernias, artritis, infecciones, ataques de bacterias. Por eso su familia, una esposa y cuatro hijos, están deseando el día que pueda renunciar para poner un negocio. Pero él quiere completar sus cotizaciones para tener asegurada su jubilación.

Los cuatro operarios van otra vez colgados dos a cada lado del camión, unos recogen los sacos de la derecha y otros los de la izquierda. Recogen, vacían en el camión y con rapidez y destreza seleccionan plástico, vidrio y metales y los depositan en los sacos que cuelgan en los costados del camión. Entrar y salir. Cargar y vaciar. Seleccionar y seleccionar. Desde las seis y media de la mañana hasta pasado el mediodía recorren hasta tres barrios.

La gente reconoce la campana y deja los sacos erguidos en el borde de la calle, otros se desparraman como cansados de esperar. Cuando los indigentes abren las bolsas buscando qué comer, o los recolectores independientes revuelven todo en busca de material reciclable, o los perros rompen las bolsas en busca de los restos que olfatearon, a ellos les toca recoger el reguero. Pero la gente siempre se molesta si quedan residuos en la calle o cuando el camión, por un asunto mecánico, exprime la basura y deja un charco o un rastro de agua sucia y maloliente a su paso.

De tanto saltar del camión, correr, cargar, vaciar, seleccionar, guardar y volver a colgarse del camión el cuerpo se cansa. Hacen pausas cortas para tomar agua. A mediodía el hambre aprieta. Si todavía queda mucho trabajo, se detienen en una sombra, sacan sus aliños de comida y se sientan un ratito para comer y recuperar fuerzas. A veces la gente les regala agua helada o algo para merendar. Ellos lo agradecen.

La campana vuelve a sonar. Domingo agarra lo sacos con destreza, los tira, se vacían, los avienta y flotan hasta caer una o dos casas adelante. Agarra otro, y otro, y así. Hace rato se quitó la gabacha porque hace mucho calor, sobre el pantalón se puso un delantal oscuro para ensuciarse menos. La gorra evita que se queme la cara, pero la lleva empapada de sudor. Al final de la jornada ese uniforme queda en el área de lavado. Ellos se untan de pie a cabeza con un líquido desinfectante, una mezcla de jabón y gel que los deja tan limpios como llegaron. Él se viste con su ropa la mañana y vuelve a Ciudad Sandino, allá lo esperan su esposa y sus cuatro hijos.

Son 65 camiones recolectores de basura que conforman la flota de la Alcaldía de Managua para realizar esta tarea. Domingo García tiene 15 años como operario en estos camiones y gana alrededor de cinco mil córdobas mensuales por este trabajo, y lo complementa con las ganancias repartidas de la venta de material seleccionado para reciclaje.

Daniel Quintanilla es el conductor de la cuadrilla 43 de recolección de basura en la capital.

 “EL CHUCKY” TAMBIÉN LLORA

Todos los días entran procesiones con gente de negro riguroso o de blanco luto. También desfila toda la paleta de colores propia para despedir a alguien sin llamar la atención, de crema hasta el gris. Desde lujosos carros fúnebres y cortejos multitudinarios, hasta humildes féretros que entran a cuestas de cuatro cristianos, seguidos de unos cuantos deudos que van arrastrando los pasos.

A Francisco Javier Vado López le ha tocado enterrar conocidos, amigos y parientes. “El golpe más grande fue hace tres años, cuando murió mi madre. Los muchachos me apoyaron, la enterramos aquí mismo”, cuenta Francisco, de 42 años, conocido como “El Chucky” en el cementerio Oriental, el Periférico. Llegó como ayudante de construcción y se quedó 20 años. Es de los enterradores con más años de trabajar en esto. Limpia los terrenos, siembra plantas, las riega, limpia lápidas. También hace “cordones”, como se les conoce a los bordes de bloques que se levantan alrededor de una tumba y hasta bóvedas. Entierra y desentierra cadáveres. Según Marco Valdivia Martínez, administrador del cementerio, aquí hay aproximadamente 90 mil personas enterradas. Para llegar a esa cifra debió haber al menos cuatro entierros por día desde 1959 hasta la fecha.

Francisco es bajito, con la piel tostada por el sol y los brazos gruesos y venosos por el trabajo. Chirizo, bigotón y de ojos zarcos. No sabe por qué le pusieron el siniestro mote de “El Chucky”. Resulta paradójico porque a diferencia del muñeco pelirrojo que se divertía asesinando él no ha matado ni a un gato, pero se gana la vida enterrando muertos ajenos.

“Todos los días hay trabajo, pero no crea que uno se alegra del mal ajeno”, aclara Francisco Vado. Si hay algo que le molesta a Francisco es que lo vean como buitre, como un animal de carroña que está todo el tiempo detrás del moribundo, rezando para que suelte el último suspiro y le deje hacer su trabajo. “Yo no le deseo la muerte a nadie, nunca. La gente se muere porque así es la vida”.

Llega desde las ocho de la mañana al cementerio y a su ritmo empieza la ruta por las 16 manzanas que tiene el lugar. El día que no lo contratan para cavar una fosa, se dedica a la limpieza y el cuido de 12 tumbas. Cuando hay entierros se dividen 600 pesos entre él y “El Zancudo”, su compañero.

Más de 50 personas trabajan en mantenimiento de las tumbas o como albañiles, además de los contratistas que eligen a quién llamar cuando “cae un muerto”. Hay competencia y la demanda a veces es baja.

Son 16 manzanas divididas en terrazas o bloques. Es una ciudadela de muertos por la que se pasean los vivos. Aquí están personajes históricos como Teresa Villatoro, la guerrillera salvadoreña que se unió al ejército del General Augusto C. Sandino y se convirtió en su amante, y hasta personajes contemporáneos como el universitario Evans Ponce, quien fue asesinado en mayo de 2011 por unos delincuentes que querían robarle el celular cuando él se dirigía a su universidad. “Aquí están también los primeros mártires de la revolución, yo enterré varios, todavía no me había ido al Servicio Militar”, recuerda Vado. “La gente les decía latas de sardina, porque eran cajas metálicas y venían selladas. Dijeron que habíamos enterrado troncos de chagüite, pero esas pesaban como todo muerto”, sostiene.

Deambular entre las tumbas es la parte más fácil, lo difícil empieza cuando hay que enterrar. Un día antes, de preferencia, “El Chucky” y “El Zancudo” van hasta el terreno indicado con su carretilla, ahí va el balde, las palas, la piocha, barra y cuerdas. Limpian y luego empiezan. Bam, bam, bam. A dar golpes para suavizar el terreno y empezar a cavar. Palada tras palada se van hundiendo en la tierra hasta quedar en lo profundo del hueco que han cavado, 1.8 metros. Al día siguiente, lo más pesado. Bajar la caja con el difunto en medio del drama de la familia doliente, los amigos que acompañan y hasta los curiosos que estorban.

Se les llama camposanto, pero también hacen de campos de batalla. El señor que tenía esposa y amante, las viejitas que dejan herencia, el joven que andaba en pandillas, todos ellos traen dos bandos. “Los dos les lloran, los dos reclaman al muerto, y otros que solo quieren hacer el daño”, dice Francisco Vado. Ha estado en medio de familias que se agarran a golpes con el féretro al centro, gente que grita improperios al que desde la caja ya no le puede oír, y hasta ha tenido que esconderse tras las cruces cuando empieza la lluvia de piedras que cierra algunos entierros de exmiembros de pandillas. Lo más irónico de los últimos casos es cuando ya muertos quedan como vecinos en los lotes.

Desde 1992 este cementerio está clausurado, pero las personas que compraron sus terrenos antes de esa fecha y pagan sus impuestos pueden seguir enterrando familiares según la capacidad del lugar. Por eso Vado sigue teniendo trabajo. Más complicado que enterrar cadáveres es desenterrar los restos cuando el dueño usará de nuevo el espacio. “Ya solo hay huesitos y pelo cuando nosotros abrimos ahí”, cuenta. En ninguna de las exhumaciones usa guantes o nasobuco. No cree que de aquí le puedan venir enfermedades o males.

“Los males de uno vienen de afuera, de la gente viva”, comenta, y para probarlo enumera las veces que ha encontrado gente robando tierra del cementerio. “Esa la buscan para hacer maldades”. También le ha tocado lidiar con grupos de chavalos que se metían a fumar al lugar, “hasta venían parejas de estudiantes, uniformados a jalar y a hacer cosas aquí”, cuenta. Hace rato que no vienen, se reforzó la seguridad y vigilancia del cementerio. Aquí los sustos los dan los vivos, “el muerto, muerto está”, dice Vado.

Si no hay mucho movimiento, ahí anda Francisco como alma en pena, de un lado a otro al final de la tarde revisando que sus clientes queden bien. Nunca se sabe cuando pueden venir los familiares a visitarlos y no es bueno que los encuentren descuidados. Hay días en los que se pone triste al acordarse de sus muertos y de los ajenos.

Hace dos años enterró a una señora que vivía con su hija y dos nietas, una de seis y una de nueve años. La niña menor le gritaba, le lloraba: “No señor, no eche ahí a mi mamita, señor por favor”. Estaban bajando a la señora despacio, más despacito de lo común, cuando la niña se tiró al ataúd en el hueco. “¡Mamita levantate, vámonos! Este señor te quiere dejar aquí, te quiere echar tierra. ¡Mamita levantate!”, berreaba la niña. “Yo solo podía llorar”, alcanza a decir Francisco. Aún llora.

Gana 200 córdobas mensuales por cada tumba a la que le da mantenimiento. Si todos pagaran a tiempo tendría 2,400 córdobas al mes más los los 300 córdobas que cobra por el trabajo de cavar una fosa de 1.8 meros de profundidad y medio metro de ancho. Lo contratan unas tres veces por semana, pero hay semanas que no hay nada.

Francisco Vado López
Francisco no le teme a los muertos, es de los vivos de los que se cuida. En varias ocasiones, mientras le toca bajar a un muerto en la fosa, ha presenciado discusiones, enfrentamientos a golpes y hasta lluvia de piedras entre los asistentes al entierro.

DESPUÉS DE UN GUSTAZO…

El vehículo blanco entra despacio y se acerca a la oficina que está en el centro. El vidrio de la ventana del conductor baja y luego de un momento sale una mano de la ventanilla, una mano con unas llaves que reciben otras manos desde el carro. El carro avanza despacio por el lugar. Cortinas azules cubren el parqueo junto a cada habitación. Si están corridas, está ocupado. Si están descorridas, se agitan con el viento, como diciendo “venga, pase adelante”. El carro blanco finalmente entra en un aparcamiento. Un trabajador del lugar avanza rápido y jala la cortina azul. “Está ocupado”. Aquí la función empieza cuando se cierra el telón azul.

Es la tarde de un lunes cualquiera. Aunque da igual si es la mañana de un martes, un domingo a mediodía, un jueves a medianoche. Las puertas siempre están abiertas, las llaves colgadas y las cortinas azules agitándose para invitar a las parejas que necesiten un cuarto privado donde tener intimidad. Se trabaja las 24 horas del día, los siete días a la semana. Solo el Viernes Santo cierra. El resto del año, el amor, la aventura y la lujuria se dan cita en las 41 habitaciones de este autohotel.

Cuarenta y un cuartos. Por todos y cada uno ha pasado Ezequiel Narváez. No se ha acostado en estas camas ni se ha sentado en esas raras sillas negras, tampoco ha tomado un baño aquí dentro, pero las conoce bien. Ezequiel no es de los hombres que llega aquí con su pareja por un momento de placer, él entra solo. Limpiar los cuartos de un motel es su faena diaria.

Ezequiel tiene 28 años, igual que su esposa. Son padres de un niño de nueve años, uno de seis, otro de cuatro y un bebé de ocho meses. Él era obrero de la construcción, pero desde hace dos años trabaja aquí, limpiando los cuartos del autohotel. Es uno de los dos hombres del área de aseo. Según el encargado, el 98 por ciento del personal aquí es masculino. “Por la privacidad del cliente, por el respeto y el pudor… Pasaba que a veces un cliente les decía cosas a ellas y es mejor evitar”, comenta el administrador.

Los del carro blanco pidieron una suite. Unos sofás frente a un televisor, como para ponerse cómodos y entrar en calor. Una hamaca al fondo, por si se quieren mecer. Una silla… ¿silla? Sí, una silla negra que parece un cruce entre una araña negra y una máquina para ejercitar abdomen y brazos. Pero aquí se trata de ejercitar todo el cuerpo en diversas posiciones, según la pericia o la imaginación de los visitantes. Sigamos. La reina de la habitación es una cama queen vestida con un cubrecamas de un delicado color durazno y sábanas cafés. A los pies de la cama dos toallas de blanco inmaculado dobladas y sobre ellas dos condones y dos caramelos de frutas. De frutas, no de menta, quién sabe por qué.

Ezequiel es puntual. Viajar desde el centro de Masaya hasta el kilómetro 33 de la Carretera Masaya-Catarina le toma entre 15 y 20 minutos a pedaleo. Llega y se va en bicicleta, con su mochila a cuestas. Mientras los cuartos están ocupados, él se encarga de tener lampazos limpios, escobas listas y suficiente desinfectante. No se despega los guantes.

Se paga por tres horas y el precio varía según la habitación. Los del carro blanco salen de la suite cuando se acaba su tiempo. Rápido, de un solo tirón. Pero antes otra pareja salió a pie, y luego otra más partió en taxi. Diez minutos después, a la señal de un supervisor, Ezequiel entra en la suite. Botas de hule, jeans, camiseta y gabacha encima. Guantes de goma, escoba, lampazo, cepillo y balde. Una pichinga de desinfectante, una botella de cloro y ambientador en aerosol. A veces toca usar un destapa caños.

Abrir la puerta y sentir que el aire frío que baja del aparato intenta disolver las corrientes de aire caliente que suben desde la cama. Abrir la puerta del baño y percibir el vapor que despide la ducha. Empezar a desnudar la cama y ver humedad por aquí y por allá.

“Lo normal es encontrar pues manchitas blancas, a veces sangre… usted sabe. Pero también se encuentran otras suciedades”, cuenta Ezequiel. Él solo se encarga de recoger la cama, envolverlo todo en una bolsa y entregarlo en lavandería. Volver a vestir la cama, acomodar las almohadas, dejar las sábanas listas. Todo impecable, que den ganas de volverse a acostar. Doblar nuevas toallas, poner dos condones, y dos caramelos de frutas. Hay de limón y de fresa. En el respaldar y las paredes laterales a la cama hay amplios espejos tan nítidos que uno creería que hay una extensión de la habitación. Ezequiel se encarga de mantenerlos así. Pero además alguien pensó que tener una vista de todos los ángulos era lo ideal. Así que mientras los amantes de turno retozan en las camas, dos duplicados suyos los imitan desde el techo. Sería como tener la vista de la cima estando acostado. No sé cómo hará Ezequiel para limpiarlo, la ventaja es que ahí es difícil que lleguen pringas sospechosas.

En casa, su esposa se encarga de las labores domésticas y de cuidar a los niños, pero también estudia el quinto año de secundaria, en una escuela pública como sus hijos mayores. Él no terminó la secundaria y desde que viven juntos trabaja para mantener el hogar. Gana alrededor de cinco mil pesos por quitar sábanas llenas de sudor y semen, lavar inodoros y baños, y recoger el reguero que quede. Desde bikinis y calzoncillos, pasando por toda clase de divertidos o exóticos disfraces, hasta esposas, dildos y vibradores. “La ropa interior se desecha, los disfraces y aparatos los entrego en la administración”, aclara Ezequiel, mientras avanza por un pasillo con sus utensilios. Hay quienes regresan por las prendas olvidadas o por los artefactos. Lo más raro que ha encontrado fue un plátano. Nadie volvió por él.

Hay quienes se toman el tiempo de dejarle “recuerdos”. Desde condones usados tirados por aquí o por allá, hasta condones inflados como globos adornando algún rincón. Él supone que a veces hay accidentes y las camas quedan con sangre o con excremento. Pero también ha encontrado pétalos de rosas y habitaciones que conservan ricos perfumes cuando las parejas se van. Hay quienes incluso reservan habitación y piden decoración especial con flores y velas. Pero todos al final dejan desorden, grande o pequeño, y casi nadie recuerda dejar propina.

Ezequiel era obrero de construcción, pero ganaba muy poco y a veces no había trabajo. Limpiando unas cinco habitaciones del autohotel por día, seis días a la semana, gana alrededor de cinco mil córdobas mensuales. No es un trabajo fácil, pero es el trabajo con el mantiene a su familia desde hace dos años.

Ezequiel Narváez
Diez minutos después que las parejas se van, Ezequiel Narváez entra en acción. Desnudar y volver a vestir camas, lavar baños, limpiar pisos. Esa es su faena diaria como trabajador de limpieza en un autohotel de Masaya.

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Crónica, Reportaje