Amores que matan

Reportaje - 22.03.2009
mujer, violencia

A Luz Marina le rociaron gas lacrimógeno en los ojos. A Susana le cortaron las manos. A Brenda la mataron. En lo que va del 2009 doce mujeres han sido asesinadas por sus parejas.
Historias de amor y terminaron siendo de crimen y violencia

Dora Luz Romero

Abrió los ojos. Aún sentía el cuerpo magullado y no podía moverse. Recostada en una cama del Hospital Ernesto Sequeira Blanco de Bluefields uno de los primeros días de diciembre de 2007—no precisa cuál– Susana Zamorán, de 25 años no sabía dónde estaba. Tampoco recordaba cómo había llegado hasta ahí. Pero cuando movió sus brazos y se miró empezó a recordar. Fue como haber retrocedido el casete de su vida. Una cinta triste, cruel y violenta. Y no pudo soportar los recuerdos e irrumpió en un llanto cargado de impotencia y resignación.

Al mover sus brazos, Susana Zamorán tuvo la sensación que sus manos estaban ahí, pero eso era sólo un reflejo. Hacía unos días en medio de discusiones y gritos, su pareja, José Tomás Díaz tomó un machete y le cortó las dos manos. “Por celos”, dice ella. Así fue como llegó a parar a ese cuarto del Hospital de Bluefields desde la comarca El Lajero, municipio de El Tortuguero de donde es originaria.

Verse sin sus dos manos, fue como morir en vida. Nunca más podría cocinar para sus hijos, nunca más podía trabajar en la finca que tanto le gustaba, nunca más podría ni siquiera peinarse sola…

En Nicaragua cada año crece la cifra de mujeres asesinadas a manos de sus parejas. En lo que va del 2009 han sido doce las víctimas. Algunas mujeres como Susana– a pesar de su desgracia–logran salvarse de la muerte, otras como Brenda Castillo y Luz Marina Ruiz, engrosan la cifra.

No son asesinos en serie, ni dementes, tampoco maniáticos desconocidos, son los novios, los esposos, los amantes, quienes acaban con la vida de estas mujeres. Dicen que por celos, por enojo, por simple capricho, por creerse superiores, por creerse los dueños… por lo que sea, lo cierto es que cuando cae el sol y llega la noche muchas mujeres van a la cama y sin saberlo, duermen con el enemigo.

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En el 2005, Susana Zamorán conoció a José Tomás Díaz, un cuarentón, gordo, pelo liso y bastante serio. De vez en cuando pasaba saludándola por su casa en la comarca El Lajero municipio de El Tortuguero. Ella, veinte años menor que él lo saludaba llena de entusiasmo y con una sonrisa de complicidad.

Para ese entonces, Susana tenía dos hijos de diferentes hombres: David Espinoza, de seis años y Darwin Granja, de dos. Del padre del primero se separó porque su familia “no me quería” y del otro porque él la dejó por otra mujer. “Yo ya no quería saber nada más de hombres”, dice Susana casi susurrando.

Pero apareció José Tomás. Se presentó como el más respetuoso de los hombres, recuerda. Trabajador, educado, amoroso y ella, con tantos atributos que vio en él, decidió darle al amor una oportunidad más. “Yo me dije que ya no iba a querer a un joven por lo que me había pasado. Entonces cuando lo miré, pensé: tal vez con este que está viejo para que me quiera mucho”, cuenta.

Se equivocó. Apenas José Tomás se mudó a su casa, ella supo que no había tales atributos. De hecho, en los dos años que vivieron junto, no logró descubrir algo bueno en él. “No le gustaba trabajar. Sólo vivía echado en la hamaca. Trababa mal a mi mamá, vendió mis tierras, no me dejaba salir, no me dejaba hablarle a hombres, y me decía que mi niña (Aidalina) no era de él…”, se queja.

Susana salía a trabajar la tierra todas las mañanas. Sembraba yuca, frijoles, quequisque, malanga… Le gustaba levantarse temprano y darle de comer a los chanchos y gallinas de su finca.

Adoraba montar a caballo y sentirse libre porque cuando llegaba a su casa ya no lo era. “Yo no podía platicar con ninguna mujer ni salirme al corredor de la casa a platicar con ellas porque cuando él llegaba rapidito les decía: ¿Qué es lo que le pasa a usted con mi mujer? Si va a platicar platique aquí donde yo esté oyendo, pero allá no me la lleve.

También cuando platicaba con mi mamá siempre nos estaba espiando”, relata Susana, quien sumisa y temerosa no replicaba.

Cuando esta joven morena, dulce y un tanto penosa, deseaba salir o hacer algo obedientemente pedía permiso a su marido. Si a él la solicitud no le parecía, la respuesta se traducía en golpes. “Cuando yo le decía que quería ir a una fiesta o salir a pasear me iba peor. Ahí sí que me penqueaba. ¡Que iba a poder ir! Nunca. Él se iba sólo y regresaba hasta la madrugada o a veces se perdía días y quién le iba a decir algo. Mi mama viejita y yo mujer. ¿Qué podíamos hacer? Nada”, dice.

Y así le tocó vivir por un par de años. Soportando a ese marido violento y haragán, pero que en el fondo amaba.

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Brenda Castillo, femicidios, violencia, mujer
A Brenda Castillo le faltaban unos días para graduarse en Diplomacia y Ciencias Políticas cuando su ex novio la mató.

Los casos de mujeres maltratadas, violadas y asesinadas aparecen a diario en los medios de comunicación. “Calvario de mujer violada y maltratada”, “Mató a su mujer que estaba embarazada”, “Mata a su esposa, tras 44 años de maltrato” son algunos de las titulares publicados en los diarios. Y son tantas las historias de violencia hacia las mujeres que ya no sorprenden, a menos que sean casos tan dramáticos como el de la joven Brenda Castillo, una jovencita de 25 años asesinada por su ex novio en abril de 2008.

A Brenda Castillo le faltaban ocho días para graduarse como licenciada en Diplomacia y Ciencias Políticas. Como toda estudiante recién egresada brillaba de entusiasmo.

Ella, era una joven independiente. Vivía sola en la casa de su mamá ubicada en el Barrio San Sebastian. Su mamá, Tesla Rodríguez había emigrado a España con su hijo menor, Oscar.

Brenda además de estudiar, trabajaba como agente de ventas en la distribución de tarjetas de crédito. Era miembro de la Iglesia Cuerpo de Cristo, le gustaba ir al cine y era especialista en hacer amigos donde fuera que llegara.

Hasta ahí, su vida parecía ir bien, como la de cualquier otra joven de su edad. Pero apareció en la historia Antonio Urbina Fonseca, un muchacho de 24 años, quien se convirtió en su novio y cambió el rumbo de la vida de esta jovencita que sus familiares recuerdan como “vanidosa, menudita y sociable”.

La familia de Brenda nunca supo cómo lo conoció. “No era de nuestro círculo, no era vecino, nunca lo habíamos visto, pero en nuestra familia nunca lo aceptamos. Era tan bueno para nada, tan lumpen, tan inservible… creo que apenas había terminado el bachillerato”, dice indignada Carolina Castillo, tía de Brenda.

Los primeros meses de noviazgo, como la mayoría, fueron de amor. Antonio llegaba hacer visita a la casa de Brenda, conversaban, salían a comer, a pasear… “Ella estaba enamorada de él. En la universidad siempre nos hablaba de su novio, pero yo nunca lo conocí. Él la llamaba a cada rato. Mucho la controlaba, pero pues nosotros pensamos que se querían mucho”, recuerda Vilma López, amiga y compañera de clases de Brenda.

Pero cuando tenían más de un año de estar juntos los problemas comenzaron. La tía de Brenda recuerda que el muchacho tomaba mucho, llegaba a altas horas de la noche a la casa de su novia, no quería que ésta saliera a ningún lado, y en varias ocasiones, estando molesto y borracho, la abofeteaba. “Brenda quería terminar con él, pero después nos dimos cuenta que la amenazaba. Ella nos hablaba poco de él”, explica la tía, quien con los ojos llorosos y la voz quebrada recuerda lo que su sobrina le confesó en repetidas ocasiones: “Él me va a matar. Yo lo sé”.

Las constantes discusiones y la manera que Antonio trataba a Brenda hicieron que Carolina Castillo, tía de la muchacha, se fuera de la casa donde la acompañaba. Los días pasaban y la relación que un día fue de amor era cada vez más un lejano recuerdo. Se había convertido en un noviazgo violento. Le pegaba, la amenazaba, e incluso, afirma su tía, en noviembre de 2007, “él la violó”. Ella nunca lo denunció.

Cuando Brenda quiso terminar la relación el final fue trágico.
La madrugada del 11 de abril de 2008 llegó tomado y a gritos la llamaba. “Ella, por no pasar vergüenza de que los vecinos se dieran cuenta, le abrió la puerta”, dice la tía. Discutieron toda la noche, los vigilantes de la zona merodeaban el lugar por cualquier peligro, a pesar de que Brenda siempre pidió que nadie se metiera.

De pronto a eso de las 7:00 de la mañana se escucharon los gritos:
–¡Doña María José Ayúdeme! ¡Doña María José!–le gritaba a su vecina, quien tenía una copia de la llave de su casa.
Cuando los vecinos y curiosos lograron entrar. La escena era escalofriante. “Los dos bañados en sangre. Él estaba montado sobre ella y pasándole un pedazo de vidrio por el cuello a mi sobrina”, dice.

Aún consciente la llevaron al Hospital, pero entró en coma y así permaneció por ocho días. Luego falleció.
José Antonio, fue condenado a 16 años de prisión, después de que los familiares y amigos de la fallecida exigieran justicia. Aunque según la tía de Brenda, la fiscal le dijo: “No te asustés si lo ves fuera en unos cinco u ocho años porque todo reo tiene derecho si tiene buen comportamiento a pedir rebaja de su condena”. Ella, recuerda esa frase con rabia porque no le parece castigo suficiente para un hombre que asesinó a su ser querido.

La mamá de Brenda, doña Tesla regresó con su otro hijo a España. Entre sus cosas más preciadas guarda el diploma de graduación de su hija. Un reconocimiento que las autoridades de la UNAN le dieron post mórtem.

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Luz Marina, femicidios, violencia, mujer
Luz Marina murió a los 42 años.

Una de cada tres mujeres en el mundo ha sido golpeada, forzada a mantener relaciones sexuales o sufrido otro tipo de malos tratos a manos de su pareja a lo largo de su vida. Así lo asegura un informe presentado por Naciones Unidas en diciembre pasado. Susana Zamorán fue una de esas tres.

En el 2007 Susana se había ido a vivir a unas cinco horas de donde solía hacerlo. Habitaba en una comarca llamada Kum Kum. Junto a su pareja, José Tomás, construyeron un rancho y empezaron a cultivar la tierra.

Al menos una vez al mes, Susana, caminaba casi cinco horas para ver a su mamá, doña María Pérez. A mediados de noviembre de 2007, Susana, su marido y sus tres hijos emprendieron viaje para visitarla.

Al arribar, en la casita de doña María encontraron a su nieto de quince años junto a un viejo amigo, quienes se quedarían por unos días. “Cuando nosotros llegamos (27 de noviembre) mi marido se enojó porque no le gustaba que llegara nadie a la casa”, relata Susana.

Esa tarde, las visitas llevaron una iguana que sirvieron de cena esa noche. Se fueron acostar y la mañana siguiente José Tomás amaneció vociferando. “Me decía que no le daba de comer a la niña. Me gritó un montón de cosas, pero yo no le dije nada”, asegura.

Esa mañana salieron el nieto de doña María y el señor que le acompañaba. Los gritos y reclamos hacia Susana continuaron. Pero de pronto se le acercó y furioso le dijo:
–Hoy sí es el día que vas a ver. Ahora sí vas a ver quién soy yo.
Doña María le pidió que no peleara. “No hay motivos. No le des gusto al diablo”, le dijo.
Mientras tanto, Susana atemorizaba y recostada contra una pared ni siquiera se movía. Muchos menos hablaba.
José Tomás jaló un machete y ahí, frente a su mamá y sus tres hijos le tiró a matar. “Miré que iba a quitarme la cabeza yo sólo metí las manos”, dice Susana.

No hubo tiempo para reacciones. Susana cayó al piso sin sus dos manos, sus hijos salieron horrorizados y su mamá con los ojos abiertos como platos no pudo decir ni una sola palabra. Fue hasta minutos después que logró gritar y con la ayuda de los vecinos lograron trasladarla a la comunidad El Sapote, donde luego la movilizaron al Hospital de Bluefields.

Mientras tanto, su sobrino con machete en mano siguió a José Tomás por casi tres horas. Al alcanzarlo, lo hizo sentir en carne propia lo que le había hecho a Susana. El muchacho le cortó los dos brazos, pero como recordó que éste le había prometido matarlo, entonces sin pensarlo mucho lo mató y huyó. Dicen que estuvo dos meses preso, pero luego lo soltaron.

A Susana le ha tocado aprender a vivir nuevamente. A vestirse, a comer, a lavar… “Es como si hubiera empezado desde chiquita”, señala.

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Las mujeres entre 15 y 44 años—dice un estudio de Naciones Unidas presentado en 2006—tiene más probabilidades de sufrir mutilaciones o de morir debido a la violencia masculina que por cáncer, malaria, accidentes de tráfico o la guerra.

Luz Marina Ruiz tenía 42 años cuando su esposo la mató.
–¡No me matés!–dicen le suplicó varias veces.
Era 6 de febrero de 2008 y Juan Bautista Silva, de 49 años, el líder de la Comisión de Liderazgo Sandinista de Batahola Sur, no tuvo compasión de la mujer con la que había convivido durante 23 años y con quien había procreado una niña.
Explican las crónicas del suceso que los celos lo cegaron.
Silva se molestó porque su pareja había recibido una llamada telefónica.
–¿Quién te llamó?–le preguntó.
Las explicaciones no bastaron y cuando ella intentó salir de la casa, la encerró, trató de asfixiarla, le echó gas lacrimógeno en los ojos, le dio varios puñetazos y con una navaja le dio varias estocadas en todo el cuerpo. Le hirió las manos, brazos, tórax, cuello y abdomen, aseguran las noticias publicadas en ese entonces.

Luz Marina se había convertido en una más de la lista en la que aparecían Cándida Rosa Cabezas, Guadalupe Chavarría, Darling Flores, Amparo Caballero, Carmela Obando…

El problema, dicen integrantes de la Red de Mujeres contra la Violencia (RMCV) es que los hombres se sienten dueños de las mujeres. “Lo que estamos diciendo es que las mujeres tenemos un derecho fundamental que es la vida y no es posibles que estemos muriendo a manos de hombres que supuestamente nos quieren, nos quisieron o en quien depositamos la confianza”, considera Evelyn Flores, de la RMCV. De acuerdo al informe de Naciones Unidas la causa fundamental de la violencia contra la mujer “radica históricamente en las relaciones del poder desigual entre mujeres y hombres y en la discriminación persistente contra la mujer”.

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Susana Zamorán lleva una vida nueva. Desde que perdió las dos manos dejó su comunidad y ahora vive en Bluefields junto a su mamá y sus tres hijos: David, Darwin y Aidalina. En esta casita de madera nadie trabaja. La mamá por mayor, Susana por no tener sus brazos y sus hijos por pequeños. Viven de lo que la gente les regala.

En medio de la perra vida parecen felices. Los niños corretean por toda la casa y la niña, la menor de todos, no deja de abrazar y besar a su mamá.

Susana es mujer de trabajar duro, pero sin sus manos nada es igual. “Nunca voy a poder hacer las cosas como cuando tenía mis manos. Cuando me pongo a pensar en eso me da tristeza porque yo quisiera volver a echar tortillas, andar en el monte…”, confiesa resignada.

Hasta ahora le tocado reaprender a bañarse sola, vestirse, ir al servicio… Ha aprendido mucho, asegura y siente orgullosa.

En el fondo de la casa, su mamá le acomoda un lavandero, en el que hace el esfuerzo de lavar con los pies. “Antes no podía. Me daba asco, pero ahora tengo que hacerlo. Pero sólo puedo lavar ropa pequeña. Nada de sábanas”, explica.

Susana es una mujer fuerte. Durante toda la entrevista se ha tragado las lágrimas que parecieran explotar de pronto. Para no llorar con los recuerdos tuvo que ir a varias sesiones con una psicóloga. “Por eso ahora puedo hablar de lo que me pasó”, manifiesta sin poder evitar los ojos llorosos.

Su vida ya no tiene mucho sentido, dice. Aunque quisiera vivir muchos años más para ver crecer a sus pequeños. Mientras tanto se esfuerza para aprender.
–¿Qué más has aprendido hacer?
–Puedo encender la cocina. Tengo que ponerme la cosa esa (la prótesis) para poder encender los fósforos. También aprendí a comer sola y a sacar comida con el cucharón.
–¿Podés cocinar?
–No. Cuando agarro la cuchara para mover y quiero dar la vuelta como con la mano entonces se me cae la cuchara. No puedo. Se me quema la comida, pero puedo barrer la casa y pasar un trapo—dice sonriente.
–¿Cómo es tu vida ahora?
–Pues sin las manos no puedo hacer mucho, es como si la vida de uno hubiera acabado, pero después me alegro porque pienso qué sería de mis hijos sin mí. Sufrirían más y por eso le doy gracias a Dios.
–Y ¿tenés pareja ahorita?
–(Ríe avergonzada) Noooo. Yo ya no pienso en estar con un hombre. Ni se me cruza por la mente. Me da pena. Porque digo yo ¿quién es ese que sea tan bueno que va a querer una persona sin manos que ya no puede hacer nada?

Cifras en aumento

Según estadísticas de la Red de Mujeres contra la Violencia (RMCV) en Nicaragua en el 2006 fueron asesinadas 64 mujeres, en el 2007 la cifra fue la misma, pero en el 2008 murieron 68 mujeres. “Cada día vamos en aumento. La lucha es que al agresor se le castigue porque realmente el femicidio es lo extremo que llega la violencia en sí y que por ende deben ser castigados por haber golpeado o matado a esas mujeres”, señaló Virginia Meneses, quien junto a sus compañeras lucha por que se tipifique el delito de femicidio.
Meneses asegura que las mujeres más vulnerables ante la violencia son las de menor nivel de educación y las más pobres. Sin embargo expresó que se da en todo los estratos sociales.

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