Angélica Balladares

Reportaje - 09.01.2011

Angélica Balladares fue una activista liberal que se tomó el vapor Victoria, donó gran parte de su fortuna al partido, fue arrestada por Somoza García, y ya casi para morir recibió la Medalla de Oro del Congreso de Nicaragua

Tania Sirias
Fotos Bismarck Picado y Oscar Navarrete

Corría el verano de 1968. En una casona de la vieja Managua, en el barrio Candelaria habitaba una mujer de tez blanca, alta, regordeta y ya entrada en años. Todos los políticos de la época la conocían como la Primera Dama del Liberalismo.

Pese a su edad avanzada –96 años– aún conservaba en su mente los recuerdos lúcidos de las últimas guerras e intervenciones que había sufrido Nicaragua.

El aspecto de doña Angélica Balladares era casi maternal, pero cuando abría la boca su carácter se tornaba rígido y estricto, no se andaba con medias tintas, era muy directa, recuerda el doctor Enrique Alvarado Abaunza, quien en ese entonces tenía 32 años, estaba recién graduado y llegado de México.

La conoce por la insistencia de Ramiro Sacasa, ex ministro del Trabajo durante la Administración del general Anastasio Somoza García, quien se reunía con todos los liberales que no estaban de acuerdo con la dictadura de Anastasio Somoza Debayle.

“Nos fuimos al barrio Candelaria, entramos a una casa que quedaba cerca del Palacio Nacional y ahí fuimos presentados. Doña Angélica se balanceaba en una silla mecedora y se dispuso a conversar conmigo”, narra Enrique Alvarado Abaunza.

—Si usted es hijo de Humberto Alvarado y Lila Abaunza, estamos hablando entre liberales.

—A sí es señora —le respondió Alvarado.

—Déjeme decirle que en 1936, cuando Anastasio Somoza García le da el golpe de Estado al presidente Juan Bautista Sacasa, éste decide que quien debe asumir de manera provisional el mando es el presidente del Congreso.

—Usted habla de nuestro padre, Humberto Alvarado.

—Así es. A él le hacen esa oferta, pero de manera solapada. Somoza García le manda un militar para que lo sondee y lo persuada, pues temía que rechazara la oferta, pero la respuesta fue contundente. El presidente del Congreso dijo que no podía aceptar, pues eso sería romper el orden constitucional, pero además que se estaba violentando la Constitución Política de Nicaragua.

Debido a esa acción, doña Angélica Balladares le guardaba mucho aprecio al doctor Humberto Alvarado Vázquez, y así lo demostraría en aquella visita que hizo el doctor Enrique Alvarado Abaunza.

Algo que caracterizaba a la Primera Dama del Liberalismo es que ella estaba al tanto del acontecer político, y su lucha siempre era la misma: no soportaba que nadie se perpetuara en el poder, por eso se declara enemiga de los Somoza.

Según cuentan políticos de la época, sus palabras eran ley, ya que a diferencia de algunos a ella sí le costaba la causa, pues fue una mujer activa desde la guerra de 1927, e incluso donó gran parte de su fortuna, al punto que su familia aún le recrimina esa acción.

“No es que no haya dejado fortuna, porque la dejó, pero ella dio más de lo que hoy tenemos, y eso provocó un mal sabor en algunos descendientes”, dice entre risas su bisnieto Guillermo Pérez-Argüello.

Doña Angélica vivió 101 años, tuvo dos esposos y la mayor parte del tiempo se mantuvo de lleno en la política. Pese a ser un terreno dominado por los hombres, supo imponer sus ideas a los liberales de la época.

Angélica Balladares durante la vela de su segundo marido, Guillermo Argüello Vargas con el que compartió 45 años de matrimonio.

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Angélica Balladares Montealegre nace el 19 de diciembre de 1872 en la ciudad de Chinandega. Su padre, Manuel Balladares, era un eminente general del gobierno de José Santos Zelaya, un hombre activo tam-bién en la política.

Al estallar la guerra de 1893, Angélica ya de 21 años decide participar trabajando como enfermera atendiendo a los heridos, tanto del bando conservador como liberal.

“Su primer encontronazo con el poder lo tuvo cuando el general José Santos Zelaya la increpó por estar atendiendo heridos del bando conservador.

Ella respondió: “Señor Presidente, en la Presidencia usted es el que toma las decisiones… En mi vida personal yo tomo las mías”, narra Francisco Obando Somarriba en la obra biográfica de la Primera Dama del Liberalismo.

En un país como Nicaragua donde las guerras siempre estallaban a cada momento, Angélica Balladares guardaba con recelo aquel recuerdo cuando a fines de 1915 conoció al Príncipe de las Letras Castellanas, Rubén Darío.

En compañía de su hermana Mariana se congregó en el Puerto de Corinto antes llamado Punta Icaco y donado por su abuelo Mauricio Montealegre Romero— para recibir a Rubén Darío, quien procedía de España.

¿Tú eres el chingastillo de Manuel Balladares? preguntó el poeta.

—Sí, y este chingastillo te trae un refresco muy agradable.

Inmediatamente sacó de su equipaje un frasco preparado para el poeta, el cual le dio a beber durante el recorrido en el tren de Corinto hacia León, donde pasaría Rubén Darío sus últimos días, cuenta su biógrafo.

Luego de aquel recorrido en tren, Angélica Balladares se incorpora a las luchas en contra de los golpes de Estado, y propicia amarres políticos que hoy son parte de nuestra historia.

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Si hay algo que le sorprende a Guillermo Pérez-Argüello de su bisabuela Angélica Balladares es el temple que tenía para las negociaciones políticas.

Comenta que luego del período del presidente José Santos Zelaya vienen los gobiernos conservadores, y vuelve a estallar la guerra entre liberales y conservadores, algo que parecía de nunca acabar Así que su bisabuela le recomienda al presidente Bartolomé Martínez que cuando él terminase su período que se formase un binomio para las elecciones de 1924.

La propuesta fue que el conservador Carlos Solórzano fuera el candidato para presidente y el liberal Juan Bautista Sacasa para vicepresidente. Gana el binomio, pero el ex presidente constitucional Emiliano Chamorro da el famoso Lomazo en 1925.

“Se le da un golpe de Estado al gobierno Solórzano-Sacasa, y mi bisabuela Angélica se indigna y dona 60 mil dólares para dar inicio a la guerra del 25, y restar poder a ese gobierno de facto”

La casa de doña Angélica en Granada se convierte en un centro de inteligencia, en las propias narices de los conservadores.

Cuando comienza la guerra, Carlos Solórzano se exilia en México y Sacasa sale rumbo para El Salvador, donde permanece escondido en su casa natal. Luego en 1926 organiza la Revolución Liberal Constitucionalista, donde con el apoyo del general José María Moncada se establecen en Puerto Cabezas.

“Los dos se van a la Costa Atlántica, y durante dos años mi bisabuela Angélica Balladares les manda las órdenes de guerra, los víveres y avituallamiento desde la ciudad de Granada”.

Tres años más tarde, la Primera Dama del Liberalismo se toma el vapor Victoria como una demostración simbólica, de que aún en ese lugar los liberales podían hacer algo. Ella sube al barco, brinda unas palabras y les advierte que pueden hacer cosas peores.

El barco permanece pocos minutos en poder de los revolucionarios, pero solo el hecho de ser tomado adquiere significación, pues es el primer golpe dado en contra del gobierno de facto de Managua, señala Francisco Obando Somarriba.

Doña Angélica también compra 37 rifles y los esconde en un lugar estratégico, y forma la Columna del Mombacho, la cual tuvo muchas victorias.

Luego de esa lucha armada, en 1929, Angélica Balladares recibe una de las mejores noticias, su mejor amigo el general José María Moncada gana la Presidencia, y ella logra persuadirlo para que construya la segunda torre de la Catedral de Granada.

“Todas las catedrales del mundo tienen más de dos torres, sólo la de Granada tenía una, y por eso le solicita al presidente Moncada que la construya, pese a que años anteriores el párroco de esa iglesia le haya negado la comunión, sólo por ser una activista liberal viviendo en la Granada conservadora”, cuenta el doctor Enrique Alvarado Abaunza.

En 1931, un terremoto sacude Managua, y daña la recién construida Casa Presidencial, donde despachaba Moncada.

La capital queda totalmente devastada, así que doña Angélica le ofrece a Moncada su casa en Granada, la cual se convierte en un hospital para atender a la población afectada por el sismo.

La casa de doña Angélica era una de las más grandes de La Gran Sultana, y hoy es el Hotel Darío, propiedad de un consorcio español.

Guillermo Pérez-Argüello, bisnieto de la Primera dama del Liberalismo, afirma tener mucho orgullo por la valentía de esa mujer.

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Guillermo Pérez-Argüello, bisnieto de doña Angélica, es de carácter muy conversador, casi confianzudo. Mientras busca las fotos familiares en las gavetas, comenta que el mayor enemigo que tuvo su bisabuela fue Somoza García, quien la arrestó pese a ser un señora ya entrada en años.

“En 1937 mi bisabuela decide apoyar la candidatura del doctor Leonardo Argüello para presidente, pero ésta se ve interrumpida, ya que el general Anastasio Somoza García decide tomar las riendas del país”.

Agrega que esto le provoca un mal sabor, y queda muy dolida con Somoza, pues siendo liberal se opone a la candidatura de Argüello.

Pasan diez años y es hasta en 1947 que Argüello vuelve a postularse como candidato, y logra ser presidente gracias al fraude que promovió Somoza con el apoyo del entonces árbitro electoral, doctor Modesto Salmerón. Sin embargo, a los pocos días Somoza le da un golpe de Estado, y Argüello se exilia y muere en México.

“En cuanto a mi bisabuela Angélica Balladares, Somoza decide darle casa por cárcel, sólo porque el esposo de mi bisabuela, Guillermo Argüello Vargas, había sido ministro de Hacienda durante el corto tiempo de Argüello”.

Somoza pensó que Angélica Balladares tenía la idea de sacar a los Somoza, pero jamás le hubiese sido posible, ya que Argüello tenía apenas menos de dos meses en el poder, y no contaba con el apoyo del Ejército ni de nadie.

Doña Angélica permanece sólo tres meses recluida en su propia casa, y es cuando Somoza García se da cuenta que había sido un error encerrara una anciana de 75 años de edad, así decide quitarle el castigo.

Sin pedir cita, Anastasio Somoza García se presenta a su casa. Su esposo se levanta inmediatamente
como un resorte al ver llegar al general, pero doña Angélica se queda sentada, meciéndose en su silla. Somoza brinda un saludo de rigor al marido, se acerca donde está doña Angélica y le estampa un beso en la frente.

—Cuánto lo siento doña Angélica. Siento que hemos cometido un error muy grave con usted. Le pido mil disculpas por haberle dado casa por cárcel. Espero que nuestra amistad se mantenga como siempre.

—El gato que a mí me araña estando conmigo en paz, por más caricias que me haga, no me vuelve arañar más.

Luego de estas palabras alzó la mirada al general y éste se retiró de la presencia de la llamada Primera Dama del Liberalismo. A sus ochenta años disminuye su participación política y dedica mayor tiempo a las obras de caridad, recoge en su obra Francisco Obando Somarriba.

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La admiración que sienten el doctor Enrique Alvarado Abaunza y Guillermo Pérez-Argüello es que doña Angélica Balladares fue una de las mujeres más notable en la política nicaragüense en sus tiempos. Afirman que desde 1930 luchaba para que se le diera el voto a las mujeres, y ese sueño se le realizó hasta 1957, durante la Administración de Luis Somoza Debayle.

Además es la única de las cuatro mujeres nicaragüenses que ha recibido la Medalla de Oro del Congreso de Nicaragua, sin la necesidad de ser esposa de un Presidente.

Entre las mujeres que recibieron ese honor está doña Salvadora Debayle de Somoza, esposa Anastasio Somoza García; doña Isabel Urcuyo, esposa de Luis Somoza Debayle y Hope Portocarrero esposa, de Anastasio Somoza Debayle.

“A mi bisabuela no le dieron la medalla de oro del Congreso por ser esposa de un Presidente sino por el cariño que le tenían los políticos de la época. Además su postulación fue unánime”, dice Guillermo Pérez-Argüello.

Luego de aquella visita que hiciera el joven doctor Enrique Alvarado, doña Angélica Balladares falleció seis años después, el 14 de septiembre de 1974, faltando pocos meses para que cumpliera 102 años de edad.

El féretro de doña Angélica Balladares Montealegre ingresado al Cementerio General de Managua el 8 de septiembre de 1973.

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