Aquel 23 de julio

Reportaje - 12.07.2009
Los estudiantes y el pueblo de León se reunieron el día después de la masacre del 23 de julio

Hace cincuenta años, un grupo de estudiantes de la Universidad Autónoma de Nicaragua fue reprimido a tiros por la Guardia somocista, mientras realizaban una manifestación. Cuatro estudiantes murieron y decenas resultaron heridos. Algunos de los sobrevivientes han desempolvado la memoria y hablan de sus recuerdos

Dora Luz Romero
Fotos de Orlando Valenzuela y Bismarck Picado/Cortesía de IHNCA, y Relaciones Públicas de UNAN-León

Era jueves. Las campanas de la Catedral ya habían sonado anunciando el Santísimo. Faltaba poco para que el sol se ocultara y el cielo —dicen quienes estuvieron ahí— se veía humoso. De pronto mientras los feligreses acudían a la misa escucharon el tiroteo. A penas a una cuadra de la iglesia, la Guardia somocista reprimía a los estudiantes de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN) quienes realizaban una marcha.

Ahí, a una cuadra de la Catedral de León, entre la esquina de la extinta Librería Recalde y la esquina del Club Social, se encontraban tres filas de guardias somocistas. Los primeros de pie, otros hincados y una última fila con pecho en suelo. Vestían de uniforme, estaban con rifle en posición de combate y llevaban puestos cascos de acero.

Minutos antes de las campanadas de la Catedral, el mayor Anastasio Ortiz había dado órdenes de disparar contra una muchedumbre de estudiantes. Tiraron bombas lacrimógenas y les dispararon sin clemencia a esos estudiantes que protestaban por los sucesos ocurridos en El Chaparral y que pedían libertad y democracia en Nicaragua. Para esos años el país vivía bajo la dictadura somocista. Ocupaba la Presidencia Luis Somoza Debayle (1956-1963), quien asumió en 1956, año que murió su padre, el General Anastasio Somoza García.

Al primer estallido de las bombas, los estudiantes salieron —de espaldas a la Guardia— despavoridos. Algunos lograron entrar a las casas aledañas para protegerse de las balas, otros no corrieron la misma suerte y quedaron tendidos en la calle bañados en sangre.

De aquel episodio conocido como la masacre estudiantil del 23 de julio resultaron cuatro estudiantes muertos y decenas de heridos. Erick Ramírez, Sergio Saldaña, José Rubí y Mauricio Martínez eran los jóvenes caídos. La noticia corrió por todo el pueblo y por toda Nicaragua. Los periódicos de la época dedicaron sus primeras planas a la tragedia. Hubo llantos, flores, discursos…

Han pasado ya cincuenta años desde ese día. Algunos de los estudiantes participantes de aquella
manifestación ya fallecieron, pero otros aún viven y con recuerdos mustios cuentan la historia de la que fueron parte.

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En 1959 se cumplían 25 años de la dictadura somocista. A finales de mayo e inicios de junio se había dado la rebelión de Olama y Mollejones. Ese mismo año, en enero, triunfó la revolución cubana. “El movimiento estudiantil apoyó Olama y Mollejones, pero no con el entusiasmo que lo haríamos cuando cae herido en El Chaparral Carlos Fonseca”, recuerda Joaquín Solís Piura, presidente del Consejo Universitario de la Universidad Nacional (CUUN) en aquel entonces.

Y es que lo que despierta a los estudiantes, de lo que Luis Rivas Leiva —estudiante de Medicina de la época— llama “letargo” fueron los sucesos de El Chaparral, donde el 22 de junio de 1959 entre la frontera de Nicaragua y Honduras un grupo de jóvenes fue entrampados por los ejércitos nicaragüense y hondureño. Hubo varios muertos y heridos, entre ellos Carlos Fonseca Amador, quien era estudiante de la UNAN.

Cuando el alumnado se entera de la posible muerte de Carlos Fonseca, con quien habían compartido en las aulas de clases, se levantaron en protesta y así fue que se dio una serie de manifestaciones que culminarían con la del 23 de julio. Marcharon en León, también lo hicieron en Chinandega.

Carlos Fonseca Amador había llegado a la UNAN en 1956. Estudiaba Derecho y según los alumnos de la época era un líder nato. “Su presencia fue un factor de articulación de esta juventud que venía llena de ideales y entusiasmo, cuyo objetivo en común es la lucha contra la dictadura y el derrocamiento del régimen”, asegura Alejandro Serrano Caldera, quien en ese tiempo tenía 18 años y era estudiante del tercer año de Derecho. En 1958 reaparece en las aulas de clase Fonseca, pero al año se retira nuevamente.

Año con año los estudiantes de León realizaban una especie de carnaval para dar la bienvenida a los alumnos de primer ingreso a quienes llaman “pelones”. En el desfile alegre y colorido se acostumbraba a rapar a los novatos y exponerlos por las calles de León. Los estudiantes tomaban guaro, bailaban, brincaban y así recibían a sus nuevos compañeros. Pero ese año sería diferente. En honor a su compañero Carlos Fonseca y los caídos en El Chaparral, en lugar de un carnaval, se realizaría un desfile fúnebre. Los novatos se vestirían de pantalón negro, camisa blanca y corbata negra. Las mujeres también vestirían de colores oscuros.

Ramón Romero, de 77 años, era el Presidente de la Asociación de Estudiantes de Derecho./Fantina Palma junto con Gonzalo Alvarado. Ambos heridos en la masacre estudiantil de 1959. Se conocieron en el hospital y años más tarde se casaron./Alejandro Serrano Caldera dio el último discurso antes que saliera la marcha del 23 de julio.

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Al mediodía del 23, los estudiantes Manolo Morales y Alejandro Serrano Caldera fueron a retirar el permiso para r

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