Artesanos de la patria

Reportaje - 18.09.2011
José Flores (Marimbista).

¿Concibe Nicaragua sin El Güegüense? ¿Podría prescindir de la marimba? ¿O de las gigantonas o agüizotes? Casi imposible. Conozca a algunos de ros que construyen la identidad nacional

Por Tammy Zoad Mendoza M.

No se trata de hombres que se arman con piedras para defender la patria. Tampoco son diplomáticos que se sientan a firmar un acta que proclama independencia. Nada tienen que ver con mujeres armadas que desde una fortaleza enfrentan a piratas. No tienen apellidos Castro, Larreynaga o Herrera. Nadie los declara héroes, mártires o próceres.

Septiembre huele a sacuanjoche. Suenan por todos lados los tambores, güirros y liras. El país entero se viste de azul y blanco. Pero más allá de este mes en el que se celebra la patria y todo lo que tiene que ver con su constitución, lucha y defensa, hay gente que la defiende, revive su espíritu y la construye todos los días.

Imagínese una Nicaragua sin Justo Santos o Camilo Zapata. Que faltara Otto de la Rocha o los hermanos Mejía Godoy. ¿Qué sería del son nica?

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José Flores, el mascarero. Pedro Pérez, el marimbista. Olga Maradiaga, la pintora y folclorista. Ellos y sus familias se han dedicado por años a pintar, tejer y musicalizar la patria. Son artesanos de la identidad nacional.

Desde sus humildes casas, allá en Diriamba, Masaya o León construyen de trozo en trozo cada una de esas pequeñas partes que conforman la idiosincrasia nicaragüense.

Ahora que se celebra la patria que hace siglos construyeron los indígenas, estas familias tratan de mantener —pese a los malos tiempos, el desinterés y los pocos recursos— aquellas tradiciones que de mano en mano se han convertido en el rostro de nuestro país.

Los mascaritas

Han pasado ya cinco años desde que se tomaron la fotografía. En ese entonces don José Flores tenía 64 años de bailar el Toro Guaco y casi lo mismo de tocar sus sones. Tiempo más tarde aprendería a hacer las máscaras que por tres generaciones han caracterizado a su familia. “Los mascaritas”.

Se trata de una familia diriambina que le ha dado rostro por más de 50 años a ese pícaro incorregible, astuto y crítico Güegüense.

José es el patriarca de una tradición que se talla todos los días, en el taller cercano a su casa. Troncos de pochote, cedro o palo de agua. Un machete, un formón y pintura. Un macho ratón, un español.

Su hijo Duilio asegura haber aprendido a los 12 años, ahora tiene 63. María Teresa Flores, otra de sus hijas, le siguió los pasos. Pero fue a Marlon José Vega, su nieto, a quien el anciano decidió heredar en vida.

En el 2006, cuando Magazine contó la historia de esta familia, Marlon había decidido estudiar una licenciatura en turismo para hacer de este oficio familiar un legado profesional. Es el único descendiente de don José Flores que sabe tocar el son del Toro Guaco. Aunque venden sus máscaras, para ellos ese conocimiento no tiene precio.

El emblemático personaje y su obra fue declarado por la UNESCO, el 25 de noviembre del 2005, Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad. Para los Flores, El Güegüense es un patrimonio familiar. José Flores, el patriarca, aprendió los primeros pasos de baile cuando era apenas un niño.

Cada enero durante las fiestas de San Sebastián en Diriamba, los bailantes se ponen la máscara del embuste y salen danzando a las calles a mostrar uno de los rostros de Nicaragua.

Fábrica de sustos

La niña no le teme a los monstruos o a los fantasmas. Su casa está llena de espantos y seres de leyendas. Tiene unos tres años y es la hija de Jamey Plata Zepeda, nieto del difunto Raúl Zepeda, el mascarero de Masaya.

Jamey es hijo de Indiana Zepeda, la hija menor de don Raúl. Es ella quien le ayuda a su hijo a elaborar las máscaras, aunque el muchacho parece haber heredado el talento directamente de su abuelo.

“Él era un artista nato y profesional, para elaborar cada una de sus piezas se documentaba, leía y buscaba en la memoria de la gente descripciones de los personajes y la historia de la tradición, para recrearla de la manera más fiel posible”, cuenta Alma Inés, tía de Jamey y la mayor de las hijas de don Raúl.

Así fue como Raúl Zepeda le puso rostro a las leyendas nicaragüenses con cada una de sus máscaras. Esos rostros míticos de la Chancha Bruja, la Cegua, la Mocuana, los cadejos o el mismísimo diablo, tuvieron cabida en su cabeza para transformarse en las más “horrendas”, originales y pintorescas creaciones de Masaya. Los agüizotes llevan el sello de la familia Zepeda.

La sala de su casa parece un ropero gigante, del que cuelgan cotonas blancas y negras de todos los tamaños. Disfraces de esqueletos. Trajes de tusa. Muebles con más de 200 máscaras de espantos de todo tipo. Pero también han dejado colarse entre la tradición los disfraces de fantasía y las máscaras de personajes de ficción internacionales.

Las fiestas patronales en honor a San Jerónimo son en octubre. Hay máscaras desde 80 hasta 200 córdobas. Aunque sean de gran calidad y conserven el espíritu de las fiestas, estas máscaras de papel maché compiten con las de plástico que pueden valer hasta 50 córdobas.

“Pero hay que hacer la lucha, los bailarines tradicionales prefieren nuestras máscaras, porque son artesanales, originales, horrendas. Son las que mantienen vivos los agüizotes y el Toro venado”, dice Indiana Zepeda. Mientras tanto la niña acaricia los cabellos de lana negra que cuelgan de la máscara de una bruja desfigurada.

Marimbero

La madera es en su hogar como el pan de cada día. Con el dinero que gana de sus presentaciones y de la elaboración del instrumento ha criado a sus cuatro hijas, igual a como lo hicieron sus abuelos, al son de marimba.

De los 42 años que tiene, lleva 32 ejecutando marimba y más de 20 años fabricándolas. Ocho mil córdobas por marimba de arco y dieciséis mil por marimba cromática. Pero los encargos son escasos y los toques contados. Pedro Pérez se las ha ingeniado para salir adelante, su talento ha sido su herramienta.

“Para mí la marimba es una herencia, mi familia, mi machete y sin ofender a mi señora, es como otra mujer en mi vida”, dice Pedro Pérez.

“Te enamorás del instrumento. Querés conocer qué significa, qué representa, de dónde viene; pero no todo está escrito, yo sé lo que me dijeron mis abuelos.

La marimbaviene de África, el teclado es de ellos, las cajas de resonancia vienen del norte de América, que antes eran calabazas o jícaras. Pero nosotros aquí en Nicaragua la hemos adoptado con arco, como el instrumento elemental que cargás y llevas a todos lados y que te sentás a tocar donde sea”. La marimba de arco es su especialidad. Es el instrumento nacional por excelencia y en ella se han tejido miles de temas, que resuenan en la memoria del pueblo de generación en generación. Ha acompañado al nicaragüense desde los lejanos caminos de tierra, las plazas centrales e incluso en importantes teatros internacionales.

“Crecí viendo a mi abuelo tocar marimba y así aprendí, comencé a trabajar en su taller y ahora me gano la vida con su música, quiero que mis hijas sean profesionales pero que no dejen esto”, cuenta Pedro Pérez, mientras muestra una de sus creaciones en el taller donde trabaja con su hermana y su sobrino.

Marisol y su familia

Todos en León conocen a Marisol y ella conoce toda Nicaragua. Sale a bailar todos los días, con la misma energía de hace 35 años, si el clima se lo permite. Coqueta. Bullanguera. Un mujerón de más de dos metros. Vestirla “no es chiche”. Varias yardas de satín, encaje y finas telas con lentejuelas. No sale sin su corona o su sombrero de ala ancha. Debe estar pintarrajeada y llena de prendas.

“Cuando a los indios se les ocurrió hacerla solo pensaban en esas mujeres bellas que llamaban su atención. Altas, blancas, arregladísimas”, cuenta Olga Maradiaga.

“Cuando vinieron las españolas ellos quedaron encantados de esos ojos, el porte, la fineza de la mujer. iPero qué le iban a hacer caso ellas a los pobres indios! Aunque eran rechazados, ellos encontraron la manera de piropear con ingenio. Hicieron una reproducción rústica, burlesca y exagerada de la española y con los sones propios salían a bailar y recitar halagos para ellas. El indio pícaro, invencible e inventor”, relata.

Desde hace más de 40 años que Olga llegó a León quedó encantada con la historia. Ella, pintora primitivista, hizo propia la tradición y desde entonces su familia es de “Gigantonas”.

Ella diseña los vestidos. Cada uno más vistoso, lujoso y exótico que el anterior. Trabaja de cerca con una costurera que confecciona los trajes y ella les da el acabado final.

Su hijo, Juan Ramón, es quien elabora el esqueleto gigante. Cuatro reglones largos dispuestos alrededor de tres circunferencias de metal o PVC, que forman cada piso de la estructura. Una base para la cabeza del cargador.

El rostro se encarga a los artesanos locales. Marisol, la gigantona, tenía uno de metal, pero se oxidó. Ahora luce uno de madera.

“Mantenerlas no es fácil. Además de todo lo que cuesta el mantenimiento y la ropa (unos tres mil córdobas según su cálculo), se debe pagar a quienes la bailan. Y ella no está sola, tiene que andar con su enano, sus faros y los músicos”, explica Maradiaga, quien dirige el Departamento de Cultura, de la Alcandía de León.

Su hijo mayor, Luis Manuel Mendoza Maradiaga, es un coplista. Aprendió a los 10 años y quedó encantado. Así como aquellos indios quedaron prendados de la belleza española, esta familia se enamoró de sus gigantonas.

Madre, hijos y nietos siguen la tradición por amor. Con toques de entre 20 y 50 córdobas y eventos ocasionales no podrían mantener a la familia.

Marisol tiene una hija: María Marisol. Salen a trabajar juntas con Margarita y Lucecita, las otras gigantonas de la familia. Cada una con su enano cabezón, sus músicos y sus coplas. Recorren las calles dando giros y sacudiéndose. Coqueteándole una vez más a todo León.

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