Así es la temible cárcel del Chipote

Reportaje - 13.05.2019
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Comenzó como casa presidencial y terminó como centro de tortura. Cientos de historias de muerte y tortura han salido del viejo Chipote. Así lo describen quienes han visto esas mazmorras “medievales”

Por Amalia del Cid

En el cuarto solo había un escritorio y una silla. La puerta era de hierro sólido y a la derecha se hallaba un vidrio polarizado de los que aparecen en las películas cuando el policía malo y el policía bueno se disponen a interrogar a un prisionero. Este también era un cuarto de interrogatorio, pero Lenín Rojas sabía que no estaba en Hollywood. Acababa de ser llevado a la Dirección de Auxilio Judicial (DAJ) de la Policía, el Chipote, y nada bueno podía esperarle ahí.

Llegó el investigador y sacó un teléfono celular para grabar la sesión. Mostraba fotos de gente que Lenín no conocía y hacía preguntas, muchas preguntas. ¿Quién paga las marchas? ¿Quién paga los morteros? “No sé”, respondía Lenín, porque de verdad no sabía.

Al quinto día de detención ilegal fue llevado a los juzgados y al volver al Chipote empezó su verdadero calvario. A las 8:00 de la noche lo sacaron de la mazmorra número 10, una celda sin luz y casi sin ventilación, a la que había sido asignado, y fue conducido nuevamente al cuarto de interrogatorio.

—Bueno, aquí vas a tener que hablar de una vez. Te hemos intentado sacar la verdad, pero vos no querés cooperar. Te hemos tratado bien —dijo el interrogador.

—¿Cuál bien? Si todos los días me están sacando y me están pijiando —protestó Lenín. Y fue entonces cuando vio entrar a tres encapuchados a la habitación.

En febrero de 2019 los reos que se encontraban en el Chipote fueron trasladados a otra cárcel, conocida ahora como Chipote nuevo. La DAJ recién estrenada es un edificio de 3,520 metros cuadrados que costó 183 millones de córdobas del presupuesto nacional. Las paredes son celestes y los barrotes de las celdas están pintados con un alegre verde. Pero nada borra el recuerdo del Chipote, un centro de tortura medieval que aún no ha sido clausurado.

Cuando los prisioneros pasaron al nuevo Chipote, Lenín Rojas ya llevaba casi siete meses en el Sistema Penitenciario La Modelo, adonde fue trasladado luego de su estadía en la DAJ. Ahí estuvo preso ocho meses y tres días, hasta ser excarcelado el pasado 15 de marzo. Consumió comida en mal estado, con virutas de aluminio y restos de cucarachas. Fue golpeado por cantar el Himno Nacional y en una ocasión le tiraron gas lacrimógeno que le quemó las mejillas.

En el Chipote solo estuvo ocho días, dice. Y aun así esos ocho días fueron peores que los ocho meses sufridos en La Modelo. Todavía tiene que hacer una pausa y respirar hondo para poder contar cómo le arrancaron las uñas.

Lenín Rojas muestra los rastros de la tortura que sufrió en el Chipote. Durante el interrogatorio, sus verdugos le arrancaron tres uñas.

***

“Enfrente del Olingo los yanquis hicieron su campamento, y lo bautizaron ‘La Gloria’, pero la gloria verdadera estaba en el Olingo. Olingo quiere decir rugido del congo; algo así como bramido de montaña, de cerro o de volcán. Entre La Gloria y el Olingo estaba Quilalí y en medio de Quilalí un campo de aviación donde aterrizaban los aeroplanos de la infantería de marina. El Olingo al norte, La Gloria al sur, y en medio Quilalí, con sus ventas, sus casuchas y sus ranchos”, narra un reportaje publicado por La Prensa en homenaje a Augusto C. Sandino el 19 de febrero de 1965, hace 54 años.

En el año 1927 los mensajes de Sandino, aquel hombre pequeñito que había asumido como tarea personal la lucha por la soberanía nacional, circulaban por toda Nicaragua y también por el continente, fechados y procedentes de un cuartel general llamado “El Chipote”; pero nadie supo durante algún tiempo dónde estaba ese cuartel; de la misma manera que nadie tenía idea de dónde estaban “Luz y Sombra” y “Cierto Punto”, nombres que Sandino daba a sus campamentos.

“Las patrullas de los yanquis, y los aviones de los yanquis tejían afanosamente Nueva Segovia”, describió La Prensa. Y las ristras de “mulas de Kentucky” subían por los cerros llenos de pinares, en Susucayán, Las Cruces y Ciudad Vieja. Bajaban los marines hasta los ríos de agua fresca, repletos de piedras y de pequeños rápidos, pero nunca acertaban llegar al Olingo ni sabían tampoco que allí era donde estaba El Chipote.

Cuando al fin se supo que en el Olingo se hallaba El Chipote, Sandino y sus hombres resistieron el ataque de los marines estadounidenses durante nueve meses, antes de abandonar sigilosamente el cerro en una noche sin luna, a finales de enero de 1928.

Por eso era tan importante el nombre de El Chipote. Por eso no solamente fue desconcertante que los sandinistas siguieran utilizando las celdas que los Somoza usaron para torturar a sus adversarios, sino que, además, las bautizaran como Chipote. “Fue una aberración y una confusión de roles que tuvo la revolución. Empezaron a ponerles a lugares horribles los nombres de sus héroes”, considera Vilma Núñez, que ha sido defensora de derechos humanos durante seis décadas.

Fue un error bautizar con ese nombre una cárcel que debió ser clausurada y convertida en un museo del horror , dice René Vivas Lugo, el primer jefe de la Policía Nacional, que asumió el mando de la institución de 1979 a 1982 y de 1989 a 1992.

Vista de El Chipote, el mítico cerro donde estuvo ubicado el cuartel general de Sandino.

“Era el centro de tortura de la Guardia y prácticamente donde han ido los prisioneros más peligrosos, ya sea por delincuentes o por razones políticas, según el momento; pero es una lástima que se haya identificado al campamento de Sandino con este centro. Para mí es otra equivocación histórica”, dice Vivas Lugo, refiriéndose a la ironía de que los sandinistas le hayan puesto un nombre tan “sagrado” al sitio donde la dictadura somocista torturó a muchos de ellos.

Durante el régimen de los Somoza (1937-1979), el complejo fue utilizado como centro de tortura por la Oficina de Seguridad Nacional (OSN) y a través del tiempo los investigadores fueron variando sus métodos para obtener información. Fueron “refinando las técnicas de dolor, desde las golpizas salvajes practicadas por grupos como el de (Oscar Morales) Moralitos y Cía. con David Tejada, hasta la incomunicación total durante muchos meses”, subraya Heberto Incer, un torturado, en un artículo publicado en La Prensa en enero de 1980. La especialidad del cuarto de interrogatorio de la OSN, cuenta, era un instrumento de tortura capaz de producir terribles sufrimientos sin dejar marcas: el aire acondicionado.

“El cuarto frío constituye uno de los más grandes ‘progresos’ en los métodos de la OSN. Sin emplear un solo agente, sin propinar un solo golpe, sin dejar una huella visible, el aire acondicionado estando el prisionero desnudo e inmovilizado produce sufrimientos indescriptibles a los pocos minutos, ya no se diga por largas horas. Inclinarse a la pared o intentar sentarse en el suelo es un suplicio”, detalló Incer.

Cuando los “expertos” torturadores suponían que la víctima estaba llegando al límite volvían al cuarto y le rociaban agua. Porque en esas circunstancias “cinco gotas de agua tal vez sean más dolorosas que una quemadura con cigarro” y recibir un vaso de agua en la espalda es como que te den un latigazo. Al cabo de una o dos horas, al reo le ardían los ojos y tiempo después tenía dificultad para escuchar sus propios lamentos, porque el frío le había robado la audición.
“Es hasta que las uñas empiezan a ponerse moradas que apagan el aire y mandan al prisionero al calabozo, siempre encapuchado”, relató Incer. Al día siguiente el reo amanecía con resfriado, con fiebre y con un ánimo pobre que “el enemigo aprovechaba para la segunda sesión”.

La tortura del aislamiento, sin embargo, era peor. Al menos mentalmente. “En promedio 45 días en absoluta incomunicación, sin ver a nadie, sin hablar con nadie, sin saber de nadie. Sin saber si es de día o de noche, porque la luz del calabozo permanece encendida siempre, sin saber qué día es, fluyendo el tiempo con una continuidad desesperante, sin hacer nada, sin poder hacer nada, sin saber cuándo será el fin del calvario”.

Son calabozos “medievales”, dicen quienes han tenido la desgracia de estar en el Chipote. Calabozos usados por los Somoza y luego por el propio Frente Sandinista, en un círculo interminable de verdugos y víctimas. Testimonios de hace sesenta, cincuenta, cuarenta años que suenan actuales.

***

¿Por qué se siguió usando el Chipote en los años ochenta? “Por pobreza. Por pobreza. Por falta de reales y por falta de visión. Se debió haber clausurado, eso es medieval, pero se cometió el error de utilizar esas mazmorras y ahí están vivas todavía. Fue un error”, afirma René Vivas Lugo.

—¿Es cierto que en el Chipote hay mazmorras subterráneas?

—Es cierto. ¡Es un centro de tortura que tenía Somoza! Te metían a una jaula con un león, te metían en una tumba prácticamente acostado, como al doctor Lacayo Farfán (capturado y torturado porque una vez se le mencionó como candidato a la presidencia de la República), prácticamente acostado, por semanas o meses hasta que le desbarataron la columna —expresa el primer jefe de la Policía Nacional.

—¿Para qué se usó el Chipote durante la revolución?

—Se capturó una gran cantidad de guardias en esos primeros días de la revolución. Entonces se dijo: “provisionalmente, para mientras, usemos eso”. Y después la revolución tenía prurito en gastar, en estar gastando en unidades de Policía. Había pocas escuelas, pocos hospitales. Se fue quedando, quedando, para el año que viene, el año que viene, el año que viene y así se pasó toda la revolución. Así pasó con doña Violeta, con Arnoldo Alemán, con don Enrique y ahora con Daniel. Eso debió haber sido cerrado hace rato.

—¿Cuántas de esas mazmorras se siguen usando?

—Yo creo que a estas alturas las mazmorras iniciales ya no existen. El Cuarto de Costura ya no existe, la jaula de los leones ya no existe; la tumba, que le decían la Chiquita, yo creo que esas cosas ya no existen. Unos cuartuchos donde te ponían chuzos eléctricos y torturaban y ponían la capucha y te metían en un barril de agua, esos cuartitos creo que están en desuso.

—¿Cuántas celdas hay en el Chipote?

Cuando yo lo recibí, en el año noventa, no había tantas, pero había como unos galerones bastante tenebrosos, por cierto, que no sé para qué los habrá inventado la Guardia. Pueden haber cabido treinta, cuarenta personas. Y también había unas cuarenta o cincuenta celdas para una, dos, tres, cuatro personas. Y había centros de interrogatorio, donde interrogan a los presos como en las películas. Eran unidades que tenían capacidad de filmar y grabar los interrogatorios, las confesiones y las declaraciones de los presos y procesados. (El Chipote) era el que más condiciones técnicas tuvo, entonces nos lo pasaron a nosotros (la Policía) en el noventa.

29 de septiembre de 1990. El vicepresidente Virgilio Godoy saluda a René Vivas Lugo, jefe de la Policía Nacional en los primeros dos años del gobierno de doña Violeta Barrios de Chamorro.

En uno de esos cuartos de interrogatorio, posiblemente, fue torturado Lenín Rojas. Lo llevaron a la DAJ luego de capturarlo cerca del Hospital del Niño, cuando se dirigía de la Centroamérica a su casa tras haber participado en una marcha autoconvocada. Era el 12 de julio de 2018.

Iba al “ride” en una camioneta cuando de unas quince patrullas que estaban estacionadas se bajaron agentes que empezaron a disparar, relata. Lo bajaron a la fuerza, lo golpearon, lo arrastraron, le dieron culatazos, le hicieron fotografías y se lo llevaron al Chipote.

Lo encerraron en la celda número diez, una mazmorra tan oscura que no se podía ver “ni las manos”. Esa misma noche le impartieron su primera golpiza y fue devuelto al calabozo como a la 1:00 de la mañana, asegura. Pero la quinta noche fue la peor de todas. El investigador necesitaba obtener una confesión a como diera lugar.
Entraron tres encapuchados al cuarto de interrogatorio. Vestían camisetas, pero sus pantalones eran como los que usa la Policía, asegura el ahora excarcelado. A eso de las 10:00 de la noche, Lenín todavía no daba la información que su interrogador esperaba ni grababa el video que le pedían que grabara. Entonces lo empezaron a golpear, con las manos esposadas a la espalda y arrinconado en una esquina. “Me patearon muchas veces, siempre en el lado de las costillas”, afirma.

Cerca de la 1:00 de la mañana el investigador, finalmente dijo:

—Bueno, este no quiere hablar, vamos a tenerlo que forzarlo a que hable.

“Fue cuando me levantaron, me voltearon, me pusieron la mano izquierda sobre el escritorio… Dos me tenían agarrado, el interrogador estaba de frente…”. Lenín empieza a titubear. Hace pausas para respirar.

—Hablá o te vamos a hacer hablar —le dijo el interrogador.

—Ya no tengo nada que decir. Yo no conozco a nadie, yo andaba en la marcha por mi propia voluntad.

“Me empezaron a dar palmazos en la cabeza, en la nuca. Recuerdo que uno me sacó el aire, fue cuando uno de ellos me puso la rodilla en la mano que estaba en el escritorio y me arrancó… Primero me agarró bien la uña con la tenaza, le dije que no lo hiciera, me la empezó a levantar, lo cual es un dolor horroroso… (Suspira). Dejame que agarre aire porque no me gusta hablar de esto. Soy una persona de 36 años, pero me afecta bastante cuando me acuerdo”, se disculpa. “Empecé a temblar, empecé a forcejear, volvieron a poner la rodilla en mi mano, ya me sangraba el dedo, les dije que no, que ya no, que no lo hicieran por favor, les supliqué, cacao, cacao, ya no, esto duele”.

—¡Hablá!
— ¡Pero ya dije lo que tenía que decir!

“Me arrancaron la segunda uña, me sacaron el aire, me golpearon las costillas. Sentía que me iba a desmayar”, relata. “Ya la tercera uña no sentí tanto el dolor. Solo sentía que estaba ahogándome. Le dije al interrogador:‘Si me van a matar, mátenme de un solo, porque no estoy para estar aguantando el juego de ustedes, me están haciendo mierda, mátenme de un solo y no a pellizcos’. Se rieron”.

Cuando lo llevaron de vuelta al calabozo apenas podía moverse. Dos compañeros de celda, también presos políticos, lo ayudaron a subirse a la litera de concreto. Recuerda que tenía la nariz fracturada, una ceja le sangraba y un diente se le había salido por debajo del labio inferior.

Un par de horas después vio a través de la rejilla de ventilación que el cielo empezaba a aclarar. Ya iba a comenzar la revisión de rutina.

—Regalame una pastilla para el dolor —le pidió al “llavero”, hombre encargado de las puertas metálicas de las mazmorras.

—Acercate a la ventanilla, pues —dijo el hombre. Y cuando Lenín se acercó, el “llavero” le pegó con el puño cerrado en la ceja y parte del ojo.

Estuvo tres días más ahí. Tres días con sus noches. “La presión era terrible” y los prisioneros debían orinar y defecar en un hoyo a la orilla de una pequeña pileta. Usaban las tapas de los empaques de la comida como pana para agarrar agua y hacían un culto evangélico todos los días. Alguien en una celda daba la palabra y en las demás los otros reos contestaban.

“Nos dijeron que si seguíamos jodiendo nos iban a llevar a las mazmorras donde estaban las boas, de la cuarenta para adelante. Se supone que ahí tenían a tres personas más”, asegura Lenín.
En la octava madrugada de su estadía en el Chipote fue sacado de su celda. Creyó que lo iban a liberar, pero lo trasladaron a La Modelo, donde lo esperaban ocho meses y tres días de cárcel.

Una anciana se acerca a pedir información al portón principal de la Dirección de Auxilio Judicial (DAJ).

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En el año 2013 la bancada del Partido Liberal Independiente (PLI) impulsó una iniciativa de ley que ordenaba el cierre definitivo de las cárceles del Chipote y las declaraba museo nacional y patrimonio histórico nacional. Naturalmente, el documento fue engavetado por la mayoría sandinista de la Asamblea Nacional, al igual que otras cuarenta propuestas del PLI, sostiene Eliseo Núñez, uno de los diputados que firmaron la iniciativa.

“Parte del componente de los gobiernos autoritarios es mantener el miedo latente. El cierre del Chipote hubiese significado bajar los niveles de miedo y eso no es posible para ellos. Ellos siempre mantienen los niveles de miedo a lo máximo posible. Lo van abriendo o cerrando dependiendo de las amenazas que tengan”, analiza Núñez.

Aunque ahora exista un Chipote nuevo, el viejo “técnicamente no está cerrado”, dice. “No lo cerraron precisamente porque quieren mantenerlo como un lugar que causa terror. En cualquier momento lo usan”.

Para Gonzalo Carrión, abogado defensor de derechos humanos, el traslado de los reos a una nueva cárcel es una “lavada de cara” del régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo. “Pero la tortura no desaparece porque lo cambien de lugar. Para que no haya más tortura, lo que debe cambiar es la estructura mental de la gente que investiga”, dice. “La cárcel puede ser un palacio, pero los verdugos son los mismos”.

Historia del Chipote

El primer edificio de la Casa Presidencial, construido por José María Moncada.

1931. El 4 de enero el presidente José María Moncada inaugura la residencia presidencial, inspirada en la arquitectura arábiga.
1934. Anastasio Somoza García construye el edificio destinado a ser la residencia del jefe director de la Guardia Nacional, llamado el Palacio de la Curva o simplemente La Curva. También se construye la Academia Militar, el Casino Militar y el Hospital Militar.
1954. Opositores al régimen son torturados en los sótanos de la casa presidencial luego de la rebelión del 4 de abril, que pretendía emboscar a Somoza en la Carretera Panamericana, cerca de Jinotepe, Carazo.
1956. Hay más torturas, luego de la muerte de Anastasio Somoza García, fundador de la dinastía. Entre las víctimas se encuentra el periodista Pedro Joaquín Chamorro Cardenal.
1972. Tras el terremoto del 23 de diciembre el Palacio Presidencial queda tan dañado que se termina demoliendo, al igual que La Curva.
1973. Encima de donde estuvo La Curva, se construye la residencia de Anastasio Somoza Debayle, un moderno edificio de una sola planta y una extensa terraza, equipado con gimnasio, varios salones y dormitorios. Cerca del Casino Militar se construye El Búnker, que sirve de casa a Somoza Debayle desde mediados de los años setenta, en los años más agitados previo a la insurrección popular de 1979.
1979. Después de la Revolución sandinista las instalaciones del Casino Militar son ocupadas por la Dirección General de la Seguridad del Estado, al igual que El Búnker, la residencia presidencial y las cárceles vecinas. Lo bautizan como el Chipote, en honor al cerro donde Augusto C. Sandino tenía su cuartel principal.
El Frente Sandinista usa la parte de arriba de la Loma de Tiscapa (al oeste) como cárcel para los guardias somocistas, liberales nacionalistas y civiles que no comparten el pensamiento revolucionario. Se asegura que el primer preso fue Nicolás López Maltez, actualmente director del diario La Estrella de Nicaragua, quien llegó al Chipote el 26 de julio de 1979. Las cárceles eran “La Caldera del Diablo”, antiguo garaje de los tanques del Primer Batallón de la Guardia Nacional, y “El Inter”.
1990. La cárcel el Chipote pasa a manos de la Policía Nacional. Inicialmente se llama Procesamiento Judicial, más tarde será la Dirección de Auxilio Judicial.
Actualidad. Buena parte de la Loma de Tiscapa es un parque histórico, pero solo está abierta al público el área donde estuvo la casa presidencial, que representa tan solo el 20 por ciento de la loma, de acuerdo con la iniciativa de ley para el cierre definitivo de la cárcel del Chipote, elaborada en septiembre de 2013. El resto de la zona, como el Casino Militar, El Búnker, la residencia donde fue La Curva y las cárceles del Chipote, que constituyen el 80 por ciento de la Loma de Tiscapa, está cerrado al público.

Con saña

En octubre de 2018 LA PRENSA identificó 15 métodos de tortura empleados desde abril de ese año, cuando estallaron las protestas contra el régimen de los Ortega Murillo.

Se consultó los informes de la CIDH, la ONU, Amnistía Internacional, Human Rights Watch, el Cenidh y la CPDH, además de medios de comunicación, donde se han registrado las denuncias de torturas, la mayoría cometidas en la Dirección de Auxilio Judicial, el Chipote.

La lista incluía desprendimiento de uñas, dientes y dedos; marcas en el cuerpo por la fuerza, secuestros, aislamiento, maltrato psicológico, choques eléctricos, asfixia, quemas con ácido y con fuego, amarres extremos, confinamiento en sumideros, abusos y violaciones sexuales.

Esperanza en el infierno

Pese a la pesadilla de estar en el Chipote, los reos políticos se las arreglaban para mantener el ánimo, relató el sonidista Javier Espinoza, apresado el 16 de septiembre de 2018 por apoyar las marchas azul y blanco.
Cuando lo llevaron, los chavalos que ya estaban presos esperaron a que se fueran “los guardias” y gritaron en la penumbra de sus celdas: ¡Hay uno nuevo! ¿Quién es el nuevo que entró?

—¡Soy yo, Javier!
— ¡Cuál Javier!
—¡El del sonido!
—¡Ahhh, es el señor del camioncito. El del camioncito vandálico. Don Javier, ¿qué ha hecho el pueblo?
—El pueblo sigue en las calles protestando por ustedes, el pueblo no se ha olvidado de ustedes.

“Y comenzaron aplaudir”, narró Javier, sollozando. “¡Comenzaron a aplaudir!”.

A él en el Chipote no solo le preguntaron quién le pagaba por ir a las marchas. También: ¿Quién es tu esposa, tu padre, tu madre, tus hijos, tus hermanos? ¿Dónde viven? ¿Dónde estudian tus hijos?

Estuvo preso solo unos días. Los suficientes para “asistir” a las misas de los muchachos. Como a las 6:00 empezaba el oficio. Alguien dirigía la homilía desde su celda y los demás escuchaban y respondían desde sus propias mazmorras. Luego empezaba el culto evangélico.

—¡Cuándo me voy! —preguntaban los chavalos.
—¡Mañana! —respondían los demás.

Cerro El Chipote

El nombre de la cárcel de la Dirección de Auxilio Judicial (DAJ) está inspirado en el cerro que sirvió de campamento al ejército de Augusto C. Sandino. Uno de los picos más altos de las Segovias, ubicado en Quilalí. Ahí se acuarteló el general con sus hombres, el 2 de febrero de 1927, y cuando su ubicación fue finalmente descubierta resistieron nueve meses ante el avance de los marines estadounidenses y soldados de Adolfo Díaz.

El Chipote tenía todo. Había talleres de mecánica, de carpintería, sastrería, barbería y panadería, operados casi totalmente por muchachas voluntarias que llegaban de las Segovias, Honduras y El Salvador. Y además se fabricaban bombas de mano que los soldados llamaban “las flores de El Chipote”.

“Poco a poco la situación se hacía más difícil a medida que nos iban acorralando y estrechando, pero nunca nos faltó gente, ni armas, ni pertrechos. Los bombardeos de los aviones y la destrucción masiva de las cosechas y ganados de los vecinos, con objeto de privamos de provisiones, hizo que muchísimos hombres vinieran a sumarse a nosotros”, relató Sandino al periodista nicaragüense José Román, autor del libro Maldito País, un retrato del General de Hombres Libres, en el que la palabra Chipote se menciona 50 veces en 244 páginas.

Anastasio Somoza García y Augusto C. Sandino, ambos relacionados con la historia de la cárcel de El Chipote. El primero la usó para torturar y por el segundo los sandinistas la bautizaron con ese nombre. Foto/ Archivo

Diariamente eran atacados por varias cuadrillas de aviones, aseguró Sandino. “Al principio dos o tres veces por día y a cualquier hora. Después venían sistemáticamente: A las 6:00 de la mañana en punto aparecían los primeros cuatro aviones seguidos de otros cuatro y se dedicaban a bombardear y ametrallar y así sucesivamente todo el día, cada dos horas. Cuatro aparatos, ocho aparatos, cuatro aparatos… Hasta como a las 5:00 de la tarde. Por supuesto que nosotros le echábamos bala y logramos derribar algunos. En verdad muy pocos daños personales nos causaban los tales aviones, aunque es cierto que al principio nos asustaron y preocuparon mucho, pero después los tomábamos como una simple lluvia con rayería y sabíamos encuevarmos bien”.

Sin embargo, esos aviones que no dañaban a los soldados causaron una gran mortandad de ganado vacuno y de caballos y la descomposición de los cadáveres de los animales agravó la situación en el Chipote. Eran tantos los zopilotes que se acercaban en busca de carroña que una vez los confundieron con aviones y los ametrallaron. El hedor era insoportable, y, aunque los hombres hervían el agua antes de consumirla, Sandino temía que se desatara una epidemia en el cerro. “Decidí abandonar nuestro invicto Chipote”, relató.

Elaboraron muñecos de zacate, los vistieron con su propia ropa, les cubrieron la cabeza con los sombreros que usaba el Ejército Defensor de la Soberanía Nacional y los armaron con rifles de madera. Después los colocaron en lugares donde resultaran lo suficientemente visibles para confundir a los marines y en una noche sin luna, despacio y en silencio, abandonaron en masa el cerro que les había servido de cuartel y hogar. Los aviones siguieron atacando el campamento durante varios días y cuando los marines se dieron cuenta de la trampa, no tenían idea de dónde podían estar Sandino y su gente.

“Estábamos muy lejos, donde apenas divisábamos la cabeza de El Chipote con su chambergo de nubes”, recordó Sandino en entrevista con Román.

Los marines llegaron a El Chipote a fines de enero de 1928 y, entre los cadáveres pestilentes de los animales, todavía encontraron algunos de los muñecos de zacate que lograron sobrevivir al bombardeo.

Cincuenta y un años más tarde el nombre del mítico cerro sería utilizado para bautizar a la más infame de las prisiones que han existido en Nicaragua.

Los manuales del Chipote

En los años ochenta, bajo el régimen del Frente Sandinista, la tortura empleada en Nicaragua se volvió más psicológica que física. Equipos destinados a la aplicación de técnicas de interrogatorio recibieron entrenamiento de la Policía Secreta de Alemania del Este, conocida como Stasi, y también de Cuba.

Los métodos psicológicos son los que alteran los sentidos o la personalidad del reo y no dejan huellas visibles. Estos son algunos de los más comunes, según la Cruz Roja Internacional:

• Privación del sueño.
• Total aislamiento.
• Miedo y humillación.
• Amenazas y aprovechamiento de fobias para despertar el miedo a morir o a sufrir daño físico.
• Anuncios de que se hará daño a parientes cercanos.
• Desnudez forzada, privación de la luz, etc.

Para el excontralor Agustín Jarquín Anaya, “huésped” del Chipote en dos ocasiones distintas, el actual régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo “desempolvó” los manuales que se utilizaban en los años ochenta y los está aplicando con más saña y brutalidad. A estos manuales de tortura psicológica habría que agregar las brutales palizas que recibieron muchos de los ciudadanos capturados en las protestas de 2018 y las denuncias por acciones tan violentas como el desprendimiento de uñas y la violación anal con armas de guerra.

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Reportaje