Así fue la terrible peste negra, según los relatos de los sobrevivientes

Reportaje - 11.05.2020
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En la Edad Media una enfermedad que hoy conocemos bien aniquiló a más de la mitad de la población europea. Estos son relatos de la peste negra, la mayor pandemia en la historia de la humanidad.

Por Amalia del Cid

A comienzos del mes de octubre de 1347 doce galeras genovesas arribaron a la ciudad de Mesina, Italia. Eran barcos como los muchos que en esa época llena de comercio atracaban en ese puerto siciliano. Lo que los hacía diferentes era lo que transportaban en sus entrañas: la muerte.

“Huyendo de la cólera divina que se había abatido sobre ellos por razón de su iniquidad”, aquellos genoveses llevaban con ellos, “impregnada en sus huesos, una enfermedad tal que todos los que habían hablado a uno de ellos eran alcanzados por esta enfermedad mortal”, narró algunos años después el monje franciscano Michelle de la Piazza en su historia de Sicilia, en lo que se considera la primera descripción de la terrible “peste negra”, la mayor pandemia de todos los tiempos.

“Esta muerte, muerte inmediata, era absolutamente imposible de evitar”, escribió de la Piazza, y casi siete siglos más tarde sus letras todavía reflejan el horror con que la sociedad europea medieval percibió una enfermedad que no comprendía y que, se estima, mató en solo seis años más de la mitad de la población del continente (aunque los estudiosos más conservadores afirman que fue un tercio).

“He aquí cuáles eran los síntomas de la muerte para los genoveses y las gentes de Mesina que los frecuentaban”, relató el monje. “A causa de una corrupción de su aliento, todos los que se hablaban mezclados unos con otros se infectaban uno a otro. El cuerpo parecía entonces sacudido casi por entero y como dislocado por el dolor. De este dolor, de esta sacudida, de esta corrupción del aliento nacía en la pierna o en el brazo una pústula de la forma de una lenteja. Esta impregnaba y penetraba tan profundamente en el cuerpo que se veía acometido por violentos esputos de sangre. Las expectoraciones duraban tres días continuos y (la gente) se moría a pesar de cualquier cuidado. La muerte no tocaba solo a los que les hablaban, sino igualmente a todos aquellos que compraban sus cosas, las tocaban o se acercaban a ellas”.

Se cree que las galeras que llevaron la peste a Sicilia antes habían recalado en la ciudad de Caffa, en el mar Negro, adonde la epidemia llegó por la Ruta de la Seda en 1346, procedente de estepas mongolas. Desde finales de 1347 la bacteria causante de la enfermedad se esparció como un reguero de pólvora por el continente y al siguiente año ya estaba causando enormes estragos en Italia, Francia, Inglaterra, Egipto y la Península Ibérica.

Los genoveses fueron expulsados de Sicilia, pero eso no impidió la propagación de la peste. Algunos mesinianos infectados huyeron al pueblo vecino de Catania y desde allí la enfermedad se extendió hasta afectar toda la isla.
“Las gentes de Mesina se dispersaron por toda la isla de Sicilia y cuando llegaron a la ciudad de Siracusa, el mal golpeó tan fuertemente a los siracusanos que mató a muchos o mejor a un inmenso número”, narró de la Piazza. “¿Qué diremos de la ciudad de Catania ahora desaparecida de las memorias? La peste que se extendió por esta ciudad que no solo eran las pústulas (...), sino que también bellotas que se formaban en las diferentes partes del cuerpo, tanto en el pecho como en las piernas, en los brazos o bien en la región de la garganta”.

Al principio, según el fraile, los “tumores” eran como almendras y su formación iba acompañada de una gran sensación de frío. Febril, abatido y lleno de angustia, el enfermo se metía en su cama y sus “tumores” crecían hasta alcanzar el tamaño de una nuez y luego el de un huevo de gallina. Escupían sangre y “una vez corrompido el organismo y desecados los humores, se moría”. “Esta enfermedad duraba tres días. Hacia el cuarto día los enfermos quedaban liberados de los negocios humanos”.

Hoy sabemos que la peste es causada por un bacilo y que se manifiesta en tres formas, con distintos síntomas: bubónica, septicémica y neumónica. Pero en aquella época la gente lo entendía todo desde la religión y muchos interpretaron la mortandad como un castigo del cielo.

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El siglo XIV nació rodeado de los más favorables augurios. Europa venía de cuatrocientos años “realmente prósperos”, señala el documental La Peste Negra. La Iglesia católica era poderosa, igual que muchos monarcas; había crecido el comercio y con él las ciudades. Durante mucho tiempo no ocurrieron catastróficos fenómenos naturales, el clima fue favorable y la población creció a sus anchas hasta llegar a 80 millones de habitantes.

Sin embargo, cuando el siglo todavía era nuevo las cosas empezaron a cambiar. Súbitamente se produjo una alteración climática, las temperaturas descendieron y se dañaron las cosechas. Comenzaron terribles guerras y tras las guerras llegó algo mucho peor, algo que no podían ver, ni entender y mucho menos controlar: la “muerte negra”, como fue conocida la peste por las manchas oscuras que causa en la piel de los enfermos.

Las mismas rutas que hasta hacía poco habían servido para el próspero comercio internacional, sirvieron para diseminar la bacteria. No solo los cementerios colapsaron. Todo el sistema conocido se vino abajo. La peste los igualó a todos. Ricos y pobres, religiosos y laicos, nobles y campesinos. Para la enfermedad no había diferencia.

“La mortalidad en Siena comenzó en mayo. Fue cosa cruel y horrible: no sé por dónde empezar a hablar de su crueldad y de sus sufrimientos horribles. Diríase que casi todos quedaban idiotizados al ver aquel dolor. Y es imposible para la lengua humana narrar la horrible verdad. En realidad, quien no vio cosas tan horribles puede considerarse bienaventurado”, escribió para la historia el cronista Agnolo di Tura, quien se encontraba en Siena, ciudad italiana de la región de la Toscana, cuando apareció la peste negra, en 1348.

Según di Tura, “las víctimas morían casi inmediatamente. Se hinchaban los sobacos y la ingle, y caían al estar hablando”. “El padre abandonaba al hijo, la mujer al marido y el hermano al hermano, pues esta enfermedad parecía atacar por el aliento y la vista. Y así, morían. Y no podía encontrarse a nadie que enterrara a los muertos por amistad o por dinero. Los miembros de una familia llevaban sus muertos por una zanja, como podían, sin sacerdotes ni oficios divinos”, relató con amargura.

“Tampoco sonaban a muerto las campanas, y en muchos lugares de Siena se excavaron grandes pozos y se cubrieron con la multitud de muertos, y fallecían por centenares, de día y de noche, y todos eran arrojados en esas zanjas y cubiertos de tierra. Y en cuanto las zanjas estaban llenas, se excavaban otras. Y yo, Agnolo di Tura... enterré a mis cinco hijos con mis propias manos... y así tantos murieron que todos creyeron que aquel era el fin del mundo”.
El desgarrador testimonio de Agnolo coincide con uno que es más famoso: el de Giovanni Boccaccio, autor de El Decamerón, una colección de cien historias escritas en la época de la peste. El célebre escritor italiano dedica sus primeras páginas a una detallada descripción del desastre que la enfermedad causó en Florencia, “nobilísima entre todas las otras ciudades de Italia”, en la primavera de 1348.

Los padres abandonaron a sus hijos y los hijos a sus padres, ya fuera porque huían para intentar librarse de la peste, ya fuera porque morían antes que ellos. Las jóvenes nobles hicieron a un lado el pudor y cuando enfermaban se dejaban atender por hombres desconocidos y hubo quienes pagaron mucho dinero tan solo para tener quién los observara cuando morían.

“Era tanta en la ciudad la multitud de los que de día y de noche morían, que causaba estupor oírlo decir, cuanto más mirarlo”, dice Boccaccio. “Luego que empezó a subir la ferocidad de la peste (...) eran muchos los que de esta vida pasaban a la otra sin testigos; y poquísimos eran aquellos a quienes los piadosos llantos y las amargas lágrimas de sus parientes fuesen concedidas”.

En cuanto a la “gente baja” y la “mediana”, era retenida en sus casas por la esperanza o la pobreza, “enfermaban a millares por día, y no siendo ni servidos ni ayudados por nadie, sin redención alguna morían todos. Y bastantes acababan en la vía pública, de día o de noche; y muchos, si morían en sus casas, antes con el hedor corrompido de sus cuerpos que de otra manera, hacían sentir a los vecinos que estaban muertos (...)”, narra el escritor.

Entonces los vecinos, “por sí mismos o con ayuda de algunos acarreadores cuando podían tenerla, sacaban de sus casas los cuerpos de los ya finados y los ponían delante de sus puertas (donde, especialmente por la mañana, hubiera podido ver un sinnúmero de ellos quien se hubiese paseado por allí) y allí hacían venir los ataúdes, y hubo tales a quienes por defecto de ellos pusieron sobre alguna tabla”.

De esa manera muchos ataúdes se llevaron juntas a dos o tres personas: la mujer y el marido, dos o tres hermanos, el padre y el hijo y así sucesivamente. Y muchas veces sucedió, cuenta Boccaccio, que “donde los curas creían tener un muerto para sepultar, tenían seis u ocho, o tal vez más”.

Pero eso fue al comienzo, cuando todavía podía pensarse en ataúdes. Después se cavaron fosas comunes y no hubo velatorio ni servicio para nadie, porque incluso los curas morían.

“No bastando la tierra sagrada a las sepulturas, se hacían por los cementerios de las iglesias, después que todas las partes estaban llenas, fosas grandísimas en las que se ponían a centenares los que llegaban, y en aquellas estibas, como se ponen las mercancías en las naves en capas apretadas, con poca tierra se recubrían hasta que se llegaba a ras de suelo”.

Ese mismo año Francia recibió la visita de la muerte negra, procedente de Génova. Comenzó en Marsella y se extendió por todo el país. En Aviñón, que en esa época era la residencia del papado, duró siete meses. Durante los primeros dos adoptó la letal forma neumónica y posteriormente pasó a modo bubónico. Entre el 14 de marzo y el 27 de abril de 1348, en el cementerio de esa ciudad fueron enterrados once mil cadáveres.

Guy de Chauliac era el médico del papa Clemente VI y decidió quedarse en la ciudad para afrontar la plaga y estudiar las tres formas en que se presentaba. “Los médicos no osaban visitar a sus enfermos, por miedo de quedar infectados y si lo hacían, su ayuda era pobre y no se ganaba nada”, reconoció. “Se exponían los cadáveres a las puertas de las casas y a veces los tiraban por las ventanas porque no había quien los enterrara, pues los enterradores fueron los primeros en caer (...). Los enfermos morían sin nadie a su lado y los muertos permanecían varios días sin enterrar... La caridad estaba muerta y la esperanza perdida”.

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A pesar de que no tenían medicamentos para combatir la peste, algunos métodos para enfrentarla tuvieron cierta efectividad: como la cal viva con que cubrían los cuerpos en las fosas comunes, una mejor limpieza de las casas, donde el suelo era limpiado con vinagre, y la quema de todas las pertenencias de las personas infectadas.

En 1353 el brote finalmente acabó y poco a poco la vida volvió a su cauce; pero ya no era la misma. “Los supervivientes se reorganizarían de un modo distinto. Durante los años de epidemia, la población rural se había desplazado a las ciudades en busca de alimento y compañía, y, dado el amplio número de vacantes que dejó la peste, ya no tendría que regresar”, subraya el reportaje ¿Cómo cambió a Europa la peste negra?, del diario español La Vanguardia.

“La vieja aristocracia rural, acostumbrada a vivir holgadamente de las rentas, se encontró con dos posibilidades: arrendar sus tierras a precios más bajos o explotarlas directamente, contratando a agricultores y pagándoles salarios cada vez más altos”, dice el texto. “El poder señorial perdía, por tanto, parte de su capacidad adquisitiva, mientras que los jornaleros, repentinamente valiosos debido a su escasez, veían aumentar su bienestar”.

También la religión se vio muy afectada. Para empezar, durante la peste murieron muchísimos sacerdotes, frailes y monjas y la gente recibió menos asistencia espiritual, señala el diario La Tercera. Esto, sumado a otros problemas que había en la Iglesia, contribuyó a un fuerte desprestigio de la jerarquía eclesiástica.

Pero la humanidad, como siempre pasa, se levantó de las ruinas. Y todos los cambios que la peste provocó fueron la antesala de un periodo de gran movimiento cultural y artístico, el Renacimiento. Una época de luz que inició tras los años más oscuros de la Edad Media.

Burdel medieval.

La peste en números

Los estudiosos más conservadores han afirmado durante décadas que la peste negra mató a alrededor de una tercera parte de la población europea. Sin embargo, nuevos estudios indican que la cifra real podría ser mucho más aterradora.

En el libro “La peste negra (1346-1353): la historia completa”, el historiador noruego Ole J. Benedictow analiza minuciosamente lo que halló en los registros de la época y llega a la conclusión de que en el viejo continente la tasa media de mortalidad fue de alrededor del 60 por ciento. En términos absolutos, en seis años (de 1347 a 1353) la población europea pasó de 80 millones a solo 30.

Muchos cayeron como víctimas directas de la enfermedad; pero otros tantos fallecieron por efecto colateral de la pandemia, por hambre o por abandono.

Los números varían en cada región y país, pero en todas partes la mortandad fue terrible. En la península Ibérica, por ejemplo, se pasó de seis millones de habitantes a dos millones o dos millones y medio, lo que indica que murió entre el 60 y el 65 por ciento de la población. Mientras que en Cataluña la tasa se ubicó entre el 50 y el 70 por ciento, de acuerdo con el texto “La peste negra, la epidemia más mortífera”, de National Geographic.

En la ciudad francesa de Perpiñán pereció más de la mitad de los notarios y juristas (del 58 al 68 por ciento) y una tasa similar afectó al clero de Inglaterra. La región italiana de La Toscana perdió entre el 50 y el 60 por ciento de su población: en Siena y San Gimignano murió alrededor del 60 por ciento de la gente; en Prato y Bolonia cerca del 45 por ciento y en Florencia la población pasó de 92 mil habitantes a poco más de 37 mil.

Fue un verdadero desastre demográfico. Los brotes posteriores impidieron la recuperación demográfica de Europa, que no se consolidó sino hasta dos siglos más tarde.

“Si esos datos son representativos de los estragos producidos por la peste negra en otros lugares de Europa, y si la población europea rondaba en aquella época los 80 millones de personas, según se cree comúnmente, el número de muertos en la peste negra habría sido de 50 millones”, subraya Benedictow en su libro, publicado en 2004. “Se trata de un resultado verdaderamente alucinante, aterrador y hasta desconcertante para quienes posean una sensibilidad emocional intacta. Eclipsa, incluso, los horrores de la Segunda Guerra Mundial, y afectó al doble de las personas asesinadas por el régimen de Stalin en la Unión Soviética”.

Cómo se gesta una pandemia

La peste negra empezó en 1331 en algún lugar de China, posiblemente procedente del antiguo foco de Yunnan-Birmania, señala el libro “Ecología y epidemiología de las infecciones parasitarias”. Para 1338 ya estaba en Rusia y en Europa fue detectada en 1346, en la ciudad portuaria de Caffa, Península de Crimea.

Para entonces el imperio mongol estaba en su auge y había trazado rutas terrestres comerciales por las que también se trasladaría la peste, que a su paso fue arrasando con poblados enteros. El arranque fue lento. Dada la vastedad de las estepas y la escasez de población, a la bacteria le tomó quince años llegar a Caffa, de donde saltaría al resto de Europa y causaría los mayores estragos documentados.

En el año 1346 Caffa (hoy Feodosia) estaba sitiada por el ejército mongol, que llegó a la península a través de la ruta de la seda, con el propósito de apropiarse de ese enclave estratégico. Sin embargo, la enfermedad empezó a manifestarse en las filas mongolas y los soldados sucumbían ante ese enemigo invisible.

Según el cronista genovés Gabriele de Mussis, los guerreros lanzaban con catapultas los cadáveres de sus muertos para contaminar la ciudad. Lo que, de ser verdad, sería el primer ataque bacteriológico de la historia. Lo cierto es que, de una u otra manera, la peste logró pasar los muros de Caffa y cuando los mercaderes genoveses, que mantenían ahí una importante colonia comercial, escaparon de la ciudad se llevaron consigo la bacteria. Una buena parte murió a bordo, pero otros desembarcaron en Génova, Venecia y otros puertos de Italia, desde donde a finales de 1347 la peste se difundió al resto de Europa.

Desde Italia se trasladó al territorio francés, a la península ibérica, a las islas británicas y al resto del continente. Solo Islandia y Finlandia se salvaron, debido a que la peste aminoraba su avance en climas fríos y con baja humedad.
De acuerdo con el profesor Antoni Virgili, de la Universidad Autónoma de Barcelona, la propagación por vía marítima podía alcanzar unos 40 kilómetros diarios, mientras que por vía terrestre oscilaba entre 0.5 y 2 kilómetros. “Las grandes ciudades comerciales eran los principales focos de recepción. Desde ellas, la plaga se transmitía a los burgos y las villas cercanas, que, a su vez, irradiaban el mal hacia otros núcleos de población próximos y hacia el campo circundante”.

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¿De ratas a humanos?

Los europeos medievales entendieron la peste como un castigo divino, pero hoy sabemos que es una infección bacteriana grave transmitida principalmente por las pulgas. El organismo que la provoca es un bacilo que vive en pequeños roedores. Se trata de una zoonosis, una enfermedad que pasa de animales a personas.

De acuerdo con la revista Investigación y Ciencia, los reservorios animales de la bacteria culpable, llamada yersinapestis, son roedores como ratas, ardillas y ratones de campo; mientras que las principales responsables de transmitirla son las pulgas. Cuando una pulga infectada le pica a una persona, le transmite la bacteria y le provoca la peste bubónica; pero si esa bacteria llega a los pulmones causa la peste neumónica. La enfermedad también se transmite por contacto directo con tejidos infectados y por respirar gotitas expelidas por personas enfermas.

En la Edad Media la forma más frecuente fue la bubónica. Según la revista National Geographic, el contagio se daba con mucha facilidad porque ratas y personas convivían en graneros, molinos y casas (donde se almacenaba grano); circulaban por los mismos caminos e incluso viajaban en los mismos medios de transporte, como los barcos. Sin embargo, nuevos estudios sugieren que talvez las ratas no sean las verdaderas culpables de la pandemia, puesto que las pulgas infectadas no solo se trasladaban en roedores y su principal vehículo más bien fueron los seres humanos, debido a los escasos hábitos de aseo que había entonces. Esto explicaría mejor la asombrosa rapidez con que se esparció la peste.

Antes de que se manifestaran los primeros síntomas de la enfermedad, la bacteria rondaba los hogares durante un periodo de 16 a 23 días. Una vez que aparecían síntomas, transcurrían entre tres y cinco días más hasta que se producían las primeras muertes y empezaba el horror.

Las tres formas de la muerte negra

Durante el Medievo la peste se manifestó en sus tres formas: bubónica, septicémica y neumónica. Estas dos últimas no dejaban supervivientes y mataban en el plazo de unas horas. La gente podía estar sana por la mañana, desarrollar fiebre alta en la tarde y morir en la noche.

Bubónica. Es la forma más frecuente de la peste y se le conoce como peste bubónica primaria. Se manifiesta en ingles, axilas o cuello, con la inflamación de los nódulos del sistema linfático, acompañada de supuraciones y fiebres altas que provocan en los enfermos escalofríos y delirio. El ganglio linfático inflamado, que puede alcanzar el tamaño de un huevo de gallina, recibió el nombre de bubón. De ahí el término “peste bubónica”.

Septicémica. La infección pasa a la sangre y se manifiesta en forma de visibles manchas oscuras en la piel. De ahí viene el nombre “muerte negra” que recibió la pandemia.

Neumónica o pulmonar. Esta forma de la peste afecta el aparato respiratorio y provoca una tos expectorante que facilita el contagio a través del aire. Es especialmente virulenta e invariablemente mortal si no se recibe tratamiento dentro de las 24 horas siguientes a la aparición de los síntomas. Se considera que esta forma de la peste es una de las enfermedades con más posibilidades de ser empleadas en un ataque de bioterrorismo.

Los vestigios y testimonios de la época de la pandemia medieval sugieren que esta fue, sobre todo, de peste bubónica, esparcida mayormente a través de barcos y personas que sin saberlo transportaban ratas y pulgas infectadas.

A la fecha, casi 700 años más tarde, la letalidad de la peste bubónica oscila entre 50 por ciento y 60 por ciento si no hay un tratamiento médico; mientras que la de la peste septicémica y la neumónica es cercana al 100 por ciento. Con un tratamiento precoz y adecuado la letalidad se reduce a entre el 5 y el 15 por ciento, pero en la Edad Media no había forma alguna de hacer frente a una enfermedad tan grave.

La llamaron “peste” por el hedor que desprendían los bubones al reventar y “negra” por los síntomas de la infección en sus formas bubónica y septicémica: oscuras pústulas, manchas negras y gangrena en manos, pies, labios y la punta de la nariz. Señales que en aquel tiempo fueron interpretadas como manifestaciones de la ira de Dios.

Los médicos medievales

Es una perturbadora máscara conocida en casi todos los grandes carnavales modernos y se ha popularizado más ahora que el planeta está hablando de una nueva pandemia. Tiene forma de pico de ave y va acompañada por una túnica oscura que llega hasta el tobillo, una vara, guantes y un sombrero de ala ancha. Se trata de la vestimenta utilizada por los médicos durante la peste negra.

La máscara tenía cristales para proteger los ojos y el médico respiraba a través de ese pico para filtrar las miasmas y malos olores desprendidos por las pústulas vivas y la carne en descomposición. El largo pico de ave servía para depositar sustancias que mitigaban la pestilencia. Usaban trozos de ámbar gris, mirra, láudano, pétalos de rosa, hojas de menta, alcanfor, clavo de olor y todo lo que al médico le pareciera útil para neutralizar esa “maldad” que saturaba el aire.

Por otro lado, la máscara los protegía de los frecuentes estallidos de los bubones.

La vara era empleada para examinar al paciente desde una distancia prudente y así evitar el contacto. La túnica, de piel gruesa encerada, y los guantes, zapatos y sombrero, confeccionados con piel de cabra, tenían la misión de no permitir que la piel estuviera expuesta al aire ni en contacto con los enfermos.

De todas formas, no había mucho que los médicos pudieran hacer en esa época en la que todo estaba dominado por la religión y la superstición y los antibióticos estaban lejos de aparecer. Pese a todas las precauciones, muchos murieron víctimas de la peste.

La enfermedad hoy día

En la actualidad la peste negra no ha desaparecido, nada más está controlada, porque ahora se sabe cómo se transmite y se trata con antibióticos. La bacteria ha convivido con nosotros desde hace miles de años y en los siguientes cuatrocientos años tras la gran epidemia del siglo XIV apareció y desapareció en brotes esporádicos matando a millones de personas más.

De 2010 a 2015, se registraron más de 3,248 casos en todo el mundo, incluidas 584 muertes, según la Organización Mundial de la Salud. Los tres países donde es más endémica son la República Democrática del Congo, Madagascar y Perú.

Cada año en Estados Unidos hay cerca de una docena de casos de peste. Entre 1900 y 2012, ocurrieron 1,006 casos confirmados o probables en ese país norteamericano. Más del 80 por ciento en la forma bubónica.

Con el tratamiento adecuado al menos el 85 por ciento de las víctimas actuales sobrevive a la enfermedad; pero debido a sus antecedentes, la peste no deja de ser preocupante y causa alarma cada vez que resurge. Tantos siglos después de la pandemia medieval todavía no existen una vacuna eficaz, pero los antibióticos modernos pueden prevenir complicaciones y reducir la tasa de letalidad cuando se administran lo suficientemente rápido.

Para evitar la peste, la higiene es primordial. Deben mantenerse las pulgas a raya, tanto en la casa como en el pelaje de las mascotas.

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Reportaje

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