Atardecer en Corinto

Reportaje - 09.03.2008
Atardecer en Corinto

En sus 150 años de existencia Corinto ha sido la puerta abierta del Pacífico de Nicaragua, el 20 de marzo de 1908 Margarita Debayle recibió aquí un poema de Darío. Siglo y medio después de su fundación el puerto se convierte en una ciudad sin gloria, pero llena de penas y recuerdos

Luis E. Duarte
Fotos Uriel Molina

Corinto tiene el aspecto simple que le han dado marinos y estibadores, hombres que iban y volvían con la marea, sacando provecho del muelle o de las grúas y su oficioso vaivén de contenedores repletos con mercancías de todo el mundo. La ciudad puerto es feliz con la llegada de los barcos y la estadía de marinos, no importa si es de noche o es de día.

Por aquí desembarcó y partió Rubén Darío, al igual que las tropas norteamericanas. Esta tierra vio a José Santos Zelaya y a los presidentes vecinos pactar sin éxito los Estados Unidos Centroamericanos estratégicamente lejos del mundo de marinos y estibadores en la isla El Cardón, la misma que fue refugio veraniego de la clase alta leonesa: Debayles, Somozas, Sacasas, Molieris, Montealegres, Darbelles.

La casa de madera típica de la época finalmente fue destruida por el ejército sandinista después de ataques de la Contra a principio de los ochenta. No queda nada, ni cimientos, ni escombros.

Corinto tiene muchos otros nombres inéditos: el de los marinos hindúes, ucranianos, rusos, búlgaros o filipinos que se asoman a las calles cuando tienen horas libres, el de prostitutas con caras tristes o felices, dependiendo de las propinas y la edad que tengan.

Pero también guarda en la memoria colectiva a sus curas santos que en el bullicio de los atracaderos hicieron el milagro de convertir una ciudad perdida entre burdeles y cantinas, en un lugar donde los niños en las noches se reúnen por docenas con sus bicicletas o van al parque a comer helados.

Ahora no parten los grandes hombres de negocios y personalidades desde esta isla, unida al continente por el puente del desaparecido ferrocarril. Llegan más bien cruceros repletos de turistas que con el tiempo parecen despertar más a la ciudad que los mismos barcos mercantes y su tripulación.

El lugar del muelle se llamaba antes Punta Icaco y estaba en la Isla Aserradores, una de las siete del archipiélago. En 1858 era una bahía desconocida sentada a 2.5 metros sobre el nivel del mar y separada del resto del país por el estero Paso caballos.

Ese año de su nacimiento, el entonces presidente Tomás Martínez afirmó frente a sus costas: “Se parece a la bahía de Corinto en Grecia, ¿por qué no le ponemos ese nombre?” y así marcó el inicio de su historia portuaria.

La decadencia del histórico puerto El Realejo, atacado constantemente por piratas y con su cauce natural cerrado por manglares y sedimentos que impedían el paso a barcos de carga cada vez más grandes, significó el nacimiento de esta ciudad.
En aquel tiempo sólo las gaviotas chillaban en las playas de arena blanca y se disputaban las propinas del mar en un lugar sin puerto, para una nación apenas gateando.

El poeta y sacerdote Azarías H. Pallais (1884-1954) llegó en 1940 al puerto con calles de arena que apenas tenía un muelle de madera. Sus críticas al poder tanto jerárquico como gubernamental le valieron su separación del centro de vida nacional como era entonces León.

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Pese a su importancia el puerto parecía un lugar de exilio para el cura poeta, ahí su feligresía serían los marinos y prostitutas.

El lugar del muelle se llamaba antes Punta Icaco y estaba en la Isla Aserradores, una de las siete del archipiélago. En 1858 era una bahía desconocida sentada a 2.5 metros sobre el nivel del mar y separada del resto del país por el estero Paso caballos.

Ese año de su nacimiento, el entonces presidente Tomás Martínez afirmó frente a sus costas: “Se parece a la bahía de Corinto en Grecia, ¿por qué no le ponemos ese nombre?” y así marcó el inicio de su historia portuaria.

La decadencia del histórico puerto El Realejo, atacado constantemente por piratas y con su cauce natural cerrado por manglares y sedimentos que impedían el paso a barcos de carga cada vez más grandes, significó el nacimiento de esta ciudad.
En aquel tiempo sólo las gaviotas chillaban en las playas de arena blanca y se disputaban las propinas del mar en un lugar sin puerto, para una nación apenas gateando.

El poeta y sacerdote Azarías H. Pallais (1884-1954) llegó en 1940 al puerto con calles de arena que apenas tenía un muelle de madera. Sus críticas al poder tanto jerárquico como gubernamental le valieron su separación del centro de vida nacional como era entonces León.

Pese a su importancia el puerto parecía un lugar de exilio para el cura poeta, ahí su feligresía serían los marinos y prostitutas.

Vickey P. tiene apenas 20 años y es oficial de navegación en el Baltic Advance, un barco de bandera chipriota que trae combustible. Su compañero un poco tímido y distraído también es un hindú que aprovecha el short pass para beber y estar con las mujeres del puerto.

Es de noche en un bar de la costa, propiedad de un filipino, pero no son los años setenta. La zona rosa se ha movido del centro para conquistar los ranchos en las playas, donde no molestan a nadie. Sólo el Baltic Advance está en el muelle y hay pocos marineros. El lugar está casi vacío.

Muelle de Corinto
El Baltic Advance sale del muelle de Corinto rumbo a Chile.

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Vickey P. tiene apenas 20 años y es oficial de navegación en el Baltic Advance, un barco de bandera chipriota que trae combustible. Su compañero un poco tímido y distraído también es un hindú que aprovecha el short pass para beber y estar con las mujeres del puerto.

Es de noche en un bar de la costa, propiedad de un filipino, pero no son los años setenta. La zona rosa se ha movido del centro para conquistar los ranchos en las playas, donde no molestan a nadie. Sólo el Baltic Advance está en el muelle y hay pocos marineros. El lugar está casi vacío.

En la calle principal de Corinto los compañeros hindúes de Vickey P. se confunden entre la masa de lugareños que pasean por las tiendas, negocios de llamadas internacionales e Internet, abiertas un miércoles incluso hasta las diez de la noche.

Tras del mostrador de una licorería regatean con su inglés de marineros el precio de whiskys y rones. Poco después alcanzarán a Vickey P. en el rancho, donde serán recibidos con música hindú, de esa que han dejado otros marinos a su paso por Corinto, mucho antes que ellos.

Detrás de la barra está una mujer joven con un hijo de brazos sentado en su andarivel, le preguntamos por Milton “el piloto”, así le llaman a los hombres –aunque también hay niños– que negocian con los marinos para servirles de guías en las pensiones, cantinas y negocios, donde puedan comprar tras largas semanas de travesía comida, alcohol y compañía.

Milton tienen 27 años, usa el pelo largo y ondulado, tiene una figura larguirucha y menuda y usa un inglés mínimo, pero funcional. Lo primero que hace es afirmar que no ofrece menores de edad. “Si quieren les traigo las cédulas de identidad de las muchachas”.

En una mesa donde ya hay cuatro litros de cerveza consumida está Milton con sus clientes hindúes y cuatro mujeres. Desde hace 15 años está en el negocio de “guía turístico”, pero hay otros que quieren entrar a “competir” en esta ciudad de 20 mil habitantes y apenas 47 kilómetros cuadrados, pero como dice este “piloto” ya son demasiados para tan pocos marinos.

—¿Tenés algún acuerdo con los dueños?

—Este es el lugar para marinos, porque les ponen la música que les gusta, tienen coreana, filipina, de los Balcanes, hindú. Los mismos mari­nos las regalan cuando vienen.

—¿Y cuánto ganás?

—A veces cuando mucho 25 dólares, otras veces salgo vacío o no vienen barcos.

Los marinos han cambiado mucho. Antes daban 20 ó 50 dólares, y hasta 100. Son tiempos difíciles, es que con este Presidente…

En otra mesa están varias mujeres de mayor edad. Esperan clientes mientras las más jóvenes salen a bailar reggaetón con los hindúes y Milton. Una de ellas es Magali S., apenas cumplió los 18 años en diciembre y a escondidas de su familia se viene al rancho a pescar marinos.

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—¿Qué te trajo aquí?

—La pobreza hace a uno hacer cosas horrorosas —dice.

—¿Y cuándo empezaste?

—Hace un mes.

—¿Y cómo te va?

—Medio bien, medio mal.

—¿Cómo es eso?

—Se gana, pero el trato y las críticas son las que más te afectan.

Corinto es ante todo una ciudad conservadora y católica que irónicamente está marcada notablemente por el paso de dos sacerdotes poco convencionales. Azarías Pallais vivió aquí los últimos catorce años de su vida y su vinculación con el puerto fue tan grande que su cuerpo sin vida fue repatriado de León muchos años después de ser sepultado.

En el Parque Central está una escultura de cuerpo completo del párroco Pallais. “Un literato con un lenguaje muy amplio”, recuerda el historiador corinteño Iván Cortés al santo sin milagros de Corinto que conoció en su niñez.

Al morir otro sacerdote cambiaría la vida de este puerto para siempre, por medio de sus obras de progreso, su caridad y un festival gastronómico de mariscos, único en Nicaragua. Se trata del padre José Schendel.

El clérigo alemán vino a Nicaragua para gastar su herencia con la cual reconstruyó la iglesia, levantó una casa cural, un hogar de ancianos, un centro de mujeres, una escuela y donó a todos los que podía sin importar si eran marinos, pescadores, obreros o prostitutas.

Cuando murió, en el 2006, los corinteños recordaron que “no quería que le hicieran estatuas que cagaran las palomas, por eso vamos a recordarlo con otro tipo de monumento”, expresó Cortés.

Marineros hindúes, Corinto
Marineros hindúes regatean licores y otras bebidas.

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No todo el deseo de un puerto es comprado. Cuenta don José Tapia que en 1951 existía la Isla del Amor donde en las noches se sentaban los “parti­ditos”. Todo marchaba bien hasta que dragaron el lugar en 1956 y rellenaron el rincón de los enamorados.

Es posible que ahí, en algún momento el marine estadounidense Luis Evans haya encontrado en las gracias de la mestiza nicaragüenses Graciela Cáceres el refresco de las calurosas noches de Corinto, cuando ni siquiera existía luz eléctrica, pero sí una base naval extranjera en el corazón de la ciudad, en la Calle de la Amargura.

Francis Cáceres es el fruto de ese amor y vive en la Calle 7. “Me cuentan que era un señor muy apreciado, nunca lo conocí. Lo busqué un tiempo, incluso por medio de don Francisco”, asegura esta mujer de 64 años, tez clara y ojos cafés.

Con 14 años de edad, la hija del marine le escribió una carta al presidente Dwight Eisenhower para contactar a su padre, pues al parecer Evans había regresado a conocerla cuando apenas tenía tres años, sin embargo, su abuela rompió la carta sin dar explicaciones.

Las calles donde ahora ruedan bicicletas y triciclos que se usan como transporte colectivo están marcadas por historias sobre marines o estibadores.

Aquí mismo en la entrada a Barrio Nuevo fue la principal de la zona rosa corinteña, donde famosas cantinas y burdeles compartían los mejores beneficios del auge algodonero de los años sesenta y setenta, algunos recuerdan al Fénix, Escandinavia, el Bremen, Pony, Golding, cuyos nombres se adaptaban para atraer a los marinos de todo el mundo que atracaban en el muelle.

“Yo vine trabajando en el ferrocarril, en 1952 volví para hacer pilotos de concreto en el muelle, me gustó y me quedé”, dice José Tapia, propietario de un hostal en lo que fue la zona rosa de Corinto.

“En aquella época era jefe de la portuaria un coronel Matamoros y como estuve en su equipo de béisbol, le pedí que me embarcara en la Mamenic Line, de Anastasio Somoza García. Comencé trabajando de mesero, después como aceitero en un vapor de Costa Rica, estuve en tres barcos, fuimos hasta Alemania, Cuba, Estados Unidos, Panamá y República Dominicana”, relata el lobo de mar.

Luego agrega, “en 1951 –cuando llegó por primera vez– este puerto era tranquilo, se trabajaba las 24 horas corridas, no había carretera, sólo entraban los trenes por aquí, las calles eran de arena, la gente dejaba la ropa tendida en la calle y se cruzaba por los patios. Era un puerto tranquilo”.

Casualmente y sin saberlo, Rodolfo Sandino Matamoros, actual gerente del puerto, descubrió hasta ocupar su cargo que su abuelo ya se había sentado en esa misma silla como intendente.

Los barcos que vienen en la actualidad traen por lo general combustibles o llevan aceite, maíz, sorgo, harina de soya, azúcar y fertilizantes, las almacenadoras que generaban más empleos desaparecieron hace mucho y la tecnología ha sustituido la mano de obra dentro de los barcos mercantes, es decir, se necesitan menos marineros para cruzar el mar.

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Hoy es mucho más fácil para las empresas transportar a las ciudades las mercancías que dejarlas en Corinto, explica el vicegerente del puerto Absalón Martínez, cuya vida en este lugar se extiende por 57 años.

Eran las prostitutas las primeras que sabían la llegada de los barcos, a veces, mucho antes que la portuaria. Hoy parten los marineros del Baltic Advance sin pena ni gloria. No hay pañuelos blancos, ni lágrimas para despedirlos.

Es el mismo ajetreo cotidiano en el muelle mientras el barco carguero se prepara para abandonar la bahía y su salida es un alivio porque deja espacio para el próximo que viene.

El Baltic Advance sale del puerto con varias horas de retraso. Su tripulación de búlgaros e hindúes estará en Quintero, Chile, después de varios días. La lancha Taiwán va por delante mostrando la salida a mar abierto, a bordo lleva funcionarios de salud, agricultura, puertos y el piloto de navegación o mejor dicho, “el práctico” que asumirá el mando del próximo barco como lo estipulan las leyes de mar.

Esta vez no pasan los delfines saltando a orillas del barco. Vaya decepción. “Si salen, pero temprano en la mañana o cuando se pone el sol”, advierte Marvin Valverde, capitán del Taiwán, mientras saluda a los veleros de Vancouver y Wichita que cruzan la bahía frente a él.

Los funcionarios abordan un barco de contenedores con bandera de Antigua y Barbuda y nombre Acajutla, cuyos marinos son por lo general centroamericanos. Los funcionarios y el práctico suben al barco y el capitán Valverde regresa solo y hace avanzar al Taiwán detrás del carguero.

Si bien 459 barcos llegaron en el 2007 al puerto. Corinto ya no es la ciudad carnavalesca de los setenta, pero su historia no está escrita para cambiar los conceptos que se tienen de ella, explica el alcalde Ernesto Méndez.

Sería de mucho provecho el hermanamiento con una ciudad peruana, dice, pues entre Nicaragua y ese país ha habido mucho intercambio desde la Colonia española que está archivada y pocos nicaragüenses conocen.

Corinto está hermanado con puertos de todo el mundo, miles de turistas llegan en los cruceros a comprar ron y artesanías en las nacientes tiendas de la ciudad, pero a pesar de esto y las pocas conocidas playas e islas casi despobladas, el alcalde advierte que “tenemos poco que ofrecer al turista”.

A un lado de la estación de trenes, convertida en museo, está el parque de Los Fundadores, a este lugar le llaman también “el parque de las Palomas Caídas” reducto de viejos estibadores y marinos que se sientan a jugar dominó o damas, hasta que estudiantes de las escuelas interrumpen la tranquilidad del día con sus relinchos sobre los cañones y los juegos.

Son dos generaciones diferentes de corinteños, vinculados de manera distinta con el puerto que está a una calle de distancia, pero al que no pueden entrar sin un permiso.

Al lado del parque está la capilla donde Schendel y Pallais oficiaron sus misas. El poeta sacerdote escribió en este lugar Piraterías y dejó un legado más al puerto histórico. Uno de sus versos refleja su apego final a este lugar: “Y paso pasajero, de paso sin entrar,/ y mis pies andariegos andan por no dejar./ Y mis pies salidores, entran como quien pasa,/y vivo, en media calle, creyendo tener casa./ Y mis pies entradores murmuran al entrar/ ¡por fin!, ¡por fin!, ¡tu casa!, ¡tu corazón!, ¡tu mar!”

Las caponeras de Corinto
Las caponeras de Corinto evitan el congestionamiento vehicular, pero este transporte también puede generar horas pico en la calle central.

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Reportaje