Augusto C. Sandino, ¿héroe o bandido?

Reportaje - 07.09.2020
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Dime qué Sandino quieres y te diré qué historiador debes leer… A conveniencia se le alza como héroe o se le califica como bandolero. Esta es una exploración al claroscuro mundo del llamado General de hombres libres

Por Amalia del Cid

Adán y Eva son Blanca y Sandino

Augusto C. Sandino creía en espíritus ancestrales y tenía su propia forma de narrar la historia de la humanidad. Para él, “Adán nació del sacerdote y Eva nació del guerrero” y Jesús era un revolucionario comunista que “entró con 20,000 hombres en guerra abierta contra los banqueros de Jerusalén, un 22 de marzo, llevando como jefe militar al Príncipe Ur”. Eso dejó escrito en una carta a José Hilarlo Chavarría, fechada el 12 de mayo de 1931.

En esa misma misiva escribió que “este globo terrestre en que habitamos” tiene “123 millones de siglos” de existir y “55 millones de siglos hace que la Tierra parió a la Luna”. Diez millones de siglos después “vino el hombre sobre la Tierra, por lo que tenemos de existir en este planeta, 45 millones de siglos”.

A juicio de Sandino, “el hombre nació de la quinta esencia de la naturaleza en la tierra. Un árbol encerró la quinta esencia, y de él formaron cuerpos de hombres los Espíritus que venían desterrados de otros planetas que habían recibido su juicio de mayoría (Neptuno)”.

Sin embargo, “como en el hombre están encerrados todos los instintos animales”, de allí nació el deseo de los hombres de aceptar lo agradable a sus cuerpos, antes que lo útil para todos. De ese “desordenado apetito”, provino la injusticia y “desde entonces las cosas han perdido su importancia”. Ocurrió entonces, creía Sandino, que los humanos de la Tierra consideraron que era una buena idea encargar “al individuo más inteligente” que se dedicara a investigar cosas mientras el resto trabajaba. Pero todo cuanto aquel individuo logró “acumular como premio por sus investigaciones” fue heredado a sus familiares, que ya no eran tan inteligentes. De ahí nacieron las clases privilegiadas y la propiedad privada.

Las “inspiraciones intuitivas” de Augusto C. Sandino le revelaron, además, que su esposa Blanca Aráuz era la “reencarnación” de la Virgen María; es decir, de Eva, y que él era nada menos que el propio San José, reencarnación de Adán, señala Alejandro Bolaños Geyer en su libro “Sandino”.

Por otro lado, sus cofrades de la Escuela de Magnetismo Espiritual de la Comuna Universal (Emecu) lo persuadieron de que en su ejército lo acompañaban espíritus misioneros procedentes de otros planetas para redimir a la humanidad entera.

Blanca Aráuz con Augusto C. Sandino. FOTO/ Archivo

El 3 de febrero de 1931 Sandino le escribió a su lugarteniente Pedrón Altamirano:

“Le manifiesto en privado, de que ni yo mismo sabía de que usted y el hermano general Carlos Salgado son Espíritus Misioneros que están conmigo, y de que en muchas ocasiones hemos estado juntos. Sin embargo, yo esto lo supe hasta mi llegada a México en Instituciones Espiritistas, que, aún todavía trabajan oculto. Todavía no puedo decir quiénes fueron ustedes, porque no me lo permite la cábala, pero quizás después del triunfo habrá lugar de esas explicaciones”.

Y el 9 de marzo de 1933, cita Bolaños Geyer, le confió al periodista José Román que deseaba darle al hijo que tendría con Blanca “todo el cuidado y todo el amor paterno” que a él le habían faltado. “Ya verán —dijo— los espíritus ancestrales que no soy un resentido”.

Pero como él mismo era la reencarnación de uno de los 29 espíritus ancestrales arribados a la Tierra tras una migración interestelar, Sandino habría asistido personalmente el parto de su esposa Blanca. Esto según el libro de Anastasio Somoza García.

De acuerdo con el padre de la dinastía somocista, a doña Blanca “no le fue permitido que entrara comadrona, ni médico, ni curandero, ni su misma familia, porque su marido lo impidió de una manera torpe y altanera (...). Él pretendía que la naturaleza era sabia, y que ella misma ayuda a los animales y a las mujeres en estos casos, sentando por esta razón lo innecesario que resultaba cualquier ayuda”. Blanca murió por hemorragia la mañana del viernes 2 de junio de 1933, tras parir a una niña.

En una entrevista sin fecha clara, su hermano Pedro Antonio Aráuz subrayó que Blanca tenía miedo a morir en el parto porque se hallaba en la montaña. “Siempre pensó en que ella no viviría”, dijo, y descartó que el general haya sido responsable de la muerte de su hermana negándole asistencia médica, como afirmó Somoza García en su libro “El verdadero Sandino o el calvario de Las Segovias”.

La telegrafista Blanca Aráuz, de San Rafael del Norte, fue la esposa de Augusto C. Sandino. FOTO/ Archivo

Antimperialismo

Unos de los rasgos más distintivos de Augusto C. Sandino es su antimperialismo. Sin embargo, hay quienes cuestionan que esto sea ciento por ciento cierto. El exministro de Educación Humberto Belli se atrevió a cuestionar desde la ética algunas de las principales acciones de Sandino. Entre ellas, una de la más celebradas: la de oponerse a los acuerdos firmados en el Pacto del Espino Negro, con los que se pondría fin a la guerra civil que Nicaragua vivía en 1927.

“Moncada, y todos sus generales, con la excepción de Sandino, así como el gobierno conservador, creyeron mejor resolver el conflicto a través del voto, el cual, dicho sea de paso, llevaría al poder a los liberales sin necesidad de más sangre. Sandino discrepó pero no por razones de soberanía, sino porque odiaba que el conservador (Adolfo) Díaz permaneciera interinamente en el poder”, opinó Belli en un artículo publicado en La Prensa en mayo de 2015.

Para sostener su afirmación, el exministro citó una carta del 24 de mayo de 1927 dirigida por Sandino a los norteamericanos: “Proponemos como condición sine qua non para deponer nuestras armas que asuma el poder un gobernador militar de los Estados Unidos mientras se realicen las elecciones presidenciales supervigiladas por ellos mismos”. “Al no obtener lo demandado Sandino inició su guerrilla enarbolando la causa de la soberanía”, subrayó Belli.

El famoso Pacto del Espino Negro, del que se continúa hablando casi un siglo después, se llama así porque fue firmado bajo un árbol de esa especie, el 4 de mayo de 1927, en Tipitapa. Ahí se reunieron José María Moncada, general en jefe del Ejército Liberal Constitucionalista, y Henry L. Stimson, representante del gobierno de Estados Unidos en una misión pacificadora para terminar con la Guerra Constitucionalista detonada por el golpe de Estado de Emiliano Chamorro Vargas contra el presidente Carlos Solórzano.

Entre otras cosas, ese arreglo implicaba el desarme tanto del Ejército Liberal Constitucionalista como del gubernamental, a cambio de 10 dólares por cada rifle. Además de la continuidad del presidente conservador Adolfo Díaz en el poder por el período que le habría correspondido a Solórzano. El tercer punto era la creación de la Guardia Nacional, organizada y dirigida por el ejército estadounidense hasta consolidarla. El cuarto inciso establecía que en octubre de 1928 se convocaría a unas elecciones supervigiladas por marines y calificadas por jueces norteamericanos. El quinto acuerdo era la presencia indefinida de la ocupación militar estadounidense para garantizar lo anterior y, finalmente, el sexto garantizaba “apoyo en los comicios a la candidatura presidencial de José María Moncada”, detalla el historiador Jorge Eduardo Arellano en su texto “Sandino frente al Espino Negro”.

Todos los generales subalternos de Moncada acataron el pacto, menos uno: Augusto C. Sandino. Para él, era “indispensable” que la presidencia quedara en manos de Juan Bautista Sacasa, vicepresidente liberal electo en 1924 y derrocado en “El Lomazo” de Chamorro.

Durante la guerra de Augusto C. Sandino la gente quedó inevitablemente dividida entre los que lo apoyaban a él y los que apoyaban a los marines norteamericanos. FOTO/ ARCHIVO

Sandino se negó a entregar sus armas y entre 1927 y 1933 se dedicó a combatir a las fuerzas estadounidenses y a la recién nacida Guardia Nacional en el territorio de Las Segovias, con su Ejército Defensor de la Soberanía Nacional (EDSN). Desde entonces su gesta antimperialista ha inspirado ensayos, canciones y poemas sin que se cuestione mucho dónde termina la verdad y empieza la leyenda.

En 2015 el artículo de Belli provocó malestar en sectores sandinistas. El historiador Rafael Casanova salió a la defensa de la figura del “general de hombres libres” y escribió una extensa respuesta, explicando que la carta del 24 de mayo fue una de las dos que Sandino envió tras la firma del Pacto del Espino Negro (la otra fue a Moncada), en medio de “preparativos para la guerra que se avecinaba”. Se trató, dijo, de una propuesta que los norteamericanos nunca iban a aceptar y fue enviada a un jefe departamental de los marines en Jinotega, que no tenía poder de decisión sobre esos asuntos.

Pero las críticas al antimperialismo de Sandino son tan antiguas como su guerra. En aquella época fue detractor suyo el intelectual Alejandro Reyes Huete, quien dejó escrito lo siguiente: “Tuvo la habilidad de disfrazar sus propósitos con un gesto de patriota enarbolando la bandera de la soberanía nacional. Esa habilidad y la literatura antimperialista, en boga entonces en algunos talentos hispanoamericanos, dieron a Sandino relieves de símbolo, para los países de América, celosos de la preponderancia de los Estados Unidos”.

Además, ya en aquel tiempo se señalaban las dos cartas antes mencionadas. Sin embargo, de acuerdo con historiadores sandinistas, el propio general se defendió de las acusaciones. “Dos miserables y cobardes intelectuales de Managua, de quienes por sentir desprecio no digo sus nombres, han seguido con minuciosidad los pasos que he dado durante mi vida y no encontrando nada de qué acusarme se han detenido frente a dos cartas de carácter político que he escrito en la historia de la guerra constitucionalista”, habría manifestado el 10 de abril de 1929.

La imagen que persiste hasta la fecha es la del Sandino que luchó por la soberanía del país. En Nicaragua el 4 de mayo es el “Día de la Dignidad Nacional”.

Augusto C. Sandino se negó a acatar los acuerdos firmados bajo el espino negro. FOTO/ Archivo

Masonería

El general Augusto C. Sandino no creía en religiones, pero sí en la reencarnación. Se unió a la masonería en Mérida, Yucatán, en 1929 y desde niño se cuestionó sobre la existencia de Dios, detalla el reportaje “Sandino: maestro masón”, publicado por Magazine en marzo de 2014.

Su profunda espiritualidad marcó su lucha revolucionaria. Su ejército fue financiado en buena parte por las logias masónicas de México y Centroamérica y, por ser masón, un guardia se negó a matarlo.

La noche del 21 de febrero de 1934 el capitán Lisandro Delgadillo, jefe de la 15a. compañía de la Guardia Nacional, era quien tenía órdenes de ejecutar al general, pero sus dedos no jalaron el gatillo porque Sandino era un hermano masón y la fraternidad entre ambos se lo impedía. Por eso se decidió que “Carlos Eddy Monterrey sería el autor material del asesinato y Delgadillo dispararía al aire para ordenar su fusilamiento”, dice el reportaje de Magazine.
A pesar de que hubo pocos testigos, el episodio trascendió y es conocido por el historiador Bayardo Cuadra, para quien se ha convertido “en una leyenda”.

Por su parte, el maestro masón Federico Prado aseveró en 2014 que entre las logias es conocido que Augusto C. Sandino y Delgadillo eran masones. “Por eso no lo mató”, dijo. La fraternidad es uno de los tres pilares de la masonería. Los otros dos son libertad e igualdad.

Sandino reconocía abiertamente su masonería. Algo que, de todas formas, no era un motivo de afrenta, asegura la exguerrillera Dora María Téllez. En aquel momento ser parte de las logias significaba que se pertenecía a un selecto grupo de personas intelectuales.

Sin embargo, pertenecer a los círculos masones no siempre era bien visto. “Para su madre y sus tías yo soy un masón y un comunista, es decir, ‘hereje excomulgado’”, le confesó Sandino al periodista José Román en 1933, refiriéndose a la familia de su esposa Blanca Aráuz.

“Paseándose a ratos, sentado otras veces, continuó hablando sobre la reencarnación, los rosacruces, espiritismo, yoga, teosofía e inspiraciones intuitivas, de las que tuvo muchas y muy valiosas durante la guerra”, anotó Román sobre el general en su libro “Maldito País”.

Y agregó: “Tiene gran poder de intuición, según lo atestiguan sus propios hombres. Sin embargo, en mi parecer, exagera en cuanto al valor de sus creencias teosóficas, espiritistas, rosacruceas, astrológicas y demás complicaciones esotéricas, pero también estoy convencido de que nada de eso le resta un ápice a su cruzada ingente. Por el contrario, quizá sin ellas no hubiera sido posible”.

En una hacienda en Yucatán, México, Sandino es visitado por sus “hermanos” de la Escuela Magnético Espiritual de la Comuna Universal, señala un escrito publicado en “La Balanza”, revista oficial de esta escuela.

Derechos del individuo

La guerra hizo que Augusto C. Sandino entrara en contradicción en cuanto a sus posturas sobre los derechos individuales. En varios documentos dejó constancia de que daba mucha importancia a los derechos de los ciudadanos; pero en la práctica dividió a la gente en dos categorías: los que lo apoyaban a él y los que apoyaban a los invasores.

Los primeros “tenían todos los derechos” mientras que los otros no tenían ninguno, señala el sociólogo Carlos Castro en su texto “El pensamiento de Sandino”.

El propio general “estaba consciente de ese problema”. Según Sandino, dice Castro, por lo menos él sí tenía “valor y dignidad de confesar lo brutal” de sus procedimientos, que no tenían explicación, pero sí “justificación”.

El general Sandino con miembros de su Estado Mayor, en 1934.
FOTO/ ARCHIVO

Demanda por justicia social

En un momento en que los conservadores veían por los sectores oligarcas y los liberales por sectores productivos y comerciales sobre todo la zona urbana, Augusto C. Sandino afirmó que él representaba a los más pobres. “Es la primera vez que alguien desde una fuerza política dijo que iba a representar a los más desposeídos. Ese fue un planteamiento novedoso”, sostiene la exguerrillera Dora María Téllez.

Además, dice, Sandino apostó “a un acuerdo de paz para unas elecciones limpias en Nicaragua y a la formación de un partido político para participar en estas elecciones”. “Apostó decididamente a una vía democrática para alcanzar el poder y se negó a sí mismo el uso de la fuerza armada para dar un golpe. En ese proceso tomó un riesgo elevadísimo y lo terminaron asesinando”.

Anastasio Somoza García, padre de la dinastía que gobernó en Nicaragua durante 45 años, junto al general Augusto C. Sandino, poco antes de que se consumara la traición de Somoza y el asesinato de Sandino, consumado el 21 de febrero de 1934. FOTO/ ARCHIVO

Extorsiones

Augusto C. Sandino trabajó desde un principio para crear “una especie de estado paralelo o república rebelde, un orden jurídico y moral definido por su oposición desafiante del estado ‘oficial’. Por algo la correspondencia y los pronunciamientos sandinistas estaban repletos de referencias a “nuestras autoridades civiles y militares”, a “las leyes de nuestras instituciones militares” y la “autoridad legal” del Ejército Defensor sobre los habitantes de Las Segovias”, apunta el profesor irlandés-alemán Michael J. Schroeder, en un amplio ensayo publicado por la revista Temas Nicaragüenses en junio de 2013.

La nación y el estado rebelde separados se expresaba incluso en las monedas rústicas de oro que “acuñaron durante las primeras seis semanas de la rebelión”, subraya Schroeder. Se trataba de “piezas fuertes de 10 pesos inscritas con las palabras Indios de A. C. Sandino en un lado, y en el otro la imagen de uno de estos ‘indios’, de pie frente a un invasor postrado, el pie del ‘indio’ en el pecho del invasor, su mano derecha blandiendo un machete arqueado en alto en medio de un giro y listo a caerle a la garganta del invasor”.

El hecho de identificarse a sí mismos como miembros de “una estructura separada constituida de autoridad y legalidad”, llevó a los rebeldes de Sandino a adjudicarse una de las principales prerrogativas de cualquier Estado: el derecho a gravar. O, dicho de otro modo, a imponer “contribuciones”. Algo que, a los ojos de los marines, la Guardia y la mayor parte de los propietarios eran más bien “extorsiones” que, dicho sea de paso, llegaron a ser muy frecuentes.
Surgió entonces la clasificación “patriota” o “traidor” para lidiar “con los aliados y partidarios de los invasores”. Quienes voluntariamente o forzados por las circunstancias colaboraban con los norteamericanos, entraban en el grupo de los traidores que quedaban fuera de la nación rebelde. Los “patriotas” defendían el “honor nacional”, los “traidores y los invasores” lo violaban.

Sandino en la entrada del cuartel general de San Rafael del Norte, Jinotega. FOTO/ ARCHIVO

Como muestra de las “contribuciones” que el lado rebelde exigía, existe esta nota corriente del general Pedro Altamirano a los dueños de una propiedad: “En esta fecha he decretado a Ud. la suma de doscientos cordovas ($200.00) como contribución forzoza ... Con el fin de ayudar a las fuerzas Defensoras de la Soberanía Nacional de Nicaragua... Si Ud. no ayuda a la Cauza que defendemos, y que es una obligación de todo nicaragüense honrado y patriota ayudar por el bien de su Patria, se verá obligado en dejar abandonadas sus propiedades, pues quedará declarado como enemigo de nuestro Ejército, y Ud. y todos sus familiares perderán todas las garantías y estar sujeto a todo castigo que merece como traidor a su Patria. Si no quiere ser atacado por nuestras fuerzas, pagará Ud. la suma requerida, para que puede vivir en paz en sus propiedades. Si no nos ayuda cuidado con arrepentirse, pues estoy dispuesto a cumplir y a hacer cumplir a sangre y fuego mis órdenes cuando sean irrespetadas. Piénselo bien Ud. y escoja el camino que mejor le parezca, pero si no nos ayuda solo Dios lo salve de caer in mis manos y sus propiedades quedarán hechas cenizas. Responde Ud” (sic).

Naturalmente si el procedimiento del ejército de Sandino es visto fuera de “los fundamentos nacionalistas, esto era puro bandolerismo, una práctica antigua del pobre contra el pudiente”, dice Schroeder.

Un marino de aquella época, posteriormente citado por Somoza García, analizó lo siguiente: “Sandino mantiene su ‘causa’ ante la gente del campo al operar en pandillas pequeñas de bandidos bajo sus jefes respectivos, quienes ganan personalmente al extraer pequeñas contribuciones. Esta política, creo yo, ha animado la organización de bandas pequeñas de ladrones que no están conectadas con él pero que asumen su nombre para evadir sus responsabilidades en sus actos de vandalismo”.

Ese retrato es “altamente problemático” porque “borra contextos cruciales” como las profundas desigualdades y la violencia de los marines y la Guardia, señala el profesor. Se niega también la legitimidad moral de la causa de los rebeldes y se “separa crudamente la ideología nacionalista de la obtención de botín, cuando en realidad el saqueo a los ricos era a menudo visto como enteramente compatible con ‘ofrecer la vida en defensa de la soberanía de la patria’ y expulsar a ‘los cobardes y felones yankees’”.

Sin embargo, no deja de ser cierto que aparecieron pequeñas bandas cuyos miembros frecuentemente saqueaban a los ricos y empleaban el lenguaje nacionalista de Sandino para legitimar sus acciones. Un “lenguaje elástico de nacionalismo injertado en un discurso popular más viejo de honor, masculinidad y resistencia ante una autoridad injusta”.

Pedrón Altamirano, lugarteniente de Sandino. FOTO/ Archivo

Machismo

Es de sobra sabido que Augusto C. Sandino estaba casado con Blanca Aráuz, una telegrafista de San Rafael del Norte; pero se conoce menos que su amante fue la guerrillera salvadoreña Teresa Villatoro. Ambas fueron “útiles” para la causa del “general de hombres libres”. Una en el pueblo jinotegano; la otra en la montaña.

Sandino tenía muy claro el rol de cada una, narra Magazine en el reportaje “La amante del general”: “Mi dulce esposa”, le escribía a Blanca. “Inolvidable Teresa”, le decía a su amante. “Tuyo”, se despedía de ambas.

En el libro “Silva de breve ficción”, del historiador nicaragüense Jorge Eduardo Arellano, se asegura, además, que cuando Blanca Aráuz le reclamó a su esposo por la presencia de Villatoro en el campamento de la montaña, este le respondió: “No se enfade Blanquita; que usted es mi mujer del fogón y ella la de la trinchera”.

De acuerdo con el propio Sandino, en confesiones al periodista José Román, Villatoro fue de utilidad mientras Aráuz se hallaba en San Rafael del Norte: “Quiero serle muy franco en cuanto a mujeres, ¡claro que me gustan! Pero no me apetecen estas zambas y mucho menos las prostitutas; por eso me traje a Teresa, pero en cuanto pudo venirse mi mujer, la despaché”, expresó en 1933.

Antes de “despachar” a Villatoro, protagonizó un incidente que casi acaba en lo que hoy se conoce como femicidio. Cuando el general la encontró conversando con otro hombre en el campamento, le apuntó con su revólver calibre 44 y, después de maldecirla, apretó el gatillo en repetidas ocasiones. Para suerte de Villatoro, el arma falló.

El capitán Gregorio Urbano Gilbert, un dominicano que se sumó a la causa del guerrillero nicaragüense, presenció el suceso y lo relata en su libro “Junto a Sandino”: “Al fallar el revólver Sandino reaccionó y arrepentido se reconcilió con Teresa y para comprobar si su revólver realmente era malo, volvió a rastrillarlo y con los mismos seis cartuchos mancados y todos estos detonaron como tenía que suceder en un arma de la calidad que correspondía a las operaciones bélicas apropiadas a las condiciones del general”.

Anastasio Somoza García, en su libro “El verdadero Sandino o el Calvario de las Segovias”, narra un incidente más, sobre la relación del general con las mujeres. Según Somoza, tres días después del funeral de su esposa, Sandino “se llevó para su campamento de Wiwilí” a Angelita González Aráuz, prima hermana de Blanca Aráuz, y la hizo su concubina.

Sandino con la guerrillera salvadoreña Teresa Villatoro, su amante en el campamento de la montaña. FOTO/ Archivo

Libertad para hablar y para elegir

Augusto C. Sandino era un fiel practicante de la libertad de expresión y del respeto a la libertad de prensa. Dos cosas a las que no se refería mucho. “En su Estado Mayor practicaba la libertad de expresión, permitiendo a sus miembros que hablaran en completa libertad”, apunta el sociólogo Carlos Castro, en su texto “El pensamiento de Sandino”.

En su libro “Junto a Sandino”, el dominicano Urbano Gilbert asegura que cuando él disintió en una reunión del Estado Mayor otros miembros lo tildaron de traidor, pero Sandino lo escuchó y lo elogió por su sinceridad y por sus servicios.

A Carleton Beals, un periodista norteamericano que lo entrevistó por cuatro horas, Sandino le dijo que estaba “en libertad de publicar lo que quisiera”, dice Castro. “Al periodista Nicolás Arrieta le dijo que una vez firmada la paz pensaba publicar un periódico para difundir los ideales de su movimiento”, asumiendo el reto de “competir en un espacio abierto para hacer llegar sus ideas” a la gente.

El general era accesible a los periodistas, tanto nacionales como extranjeros, y tenía como política la rendición de cuentas sobre los gastos de su ejército y el estado de su lucha. No era de pactos secretos, afirmaba. No entendía “la política de las puertas cerradas”.

Sandino creía, además, en las elecciones libres y transparentes. “El pueblo es soberano y debe respetársele su derecho a elegir sus gobernantes y por esto luchará (el EDSNN) sin descanso para hacer efectivo ese derecho”, escribió en su Manifiesto al pueblo de Nicaragua sobre las elecciones.

Parte de los hombres de Augusto C. Sandino. FOTO/ ARCHIVO

Torturas

Al campesino Pedrón Altamirano, famoso lugarteniente de Augusto C. Sandino, se le atribuye la autoría de horrendos métodos de tortura, como el “corte de chaleco”, que consistía en cortar la cabeza, los brazos y las piernas de la víctima.

El exguardia Abelardo Cuadra, uno de los soldados que participaron en el complot para matar a Sandino, asegura en su libro “Hombre del Caribe” que a Pedrón le apodaban el Sastre por esta forma de ensañarse con el cuerpo de sus víctimas. “Esta práctica se empleaba principalmente con quienes eran detectados como espías de los marines norteamericanos”, subraya el reportaje “La leyenda de Pedrón”, publicado por La Prensa en febrero de 2015.

Según Cuadra, Sandino y sus hombres habían aprendido estas crueldades de los mismos norteamericanos. “Si hay una cosa cierta es que los sandinistas sabían aceptar el juego que los yanquis les brindaran y en eso sí, Pedrón Altamirano era muy cumplido”, escribió.

Más tarde algunas cartas entre Sandino y Altamirano cayeron en manos de Anastasio Somoza García, quien las publicó en su libro “El verdadero Sandino o el Calvario de las Segovias”. En ellas los guerrilleros hablaban sobre los “cortes de chaleco”. “En estos días se han chalequeado a los traidores siguientes: Genaro Vásquez, Narciso González y Santos González”, habría escrito Altamirano.

De acuerdo con el periodista José Román, autor de “Maldito País”, Pedrón tenía fama de ser “sumamente cruel” y se decía que “cortó más de sesenta cabezas”:

“Yo lo traté por algún tiempo, en cuenta durmiendo en el mismo cuarto o champa varias veces, comiendo juntos y juntos viajamos en mula y en pipante (canoa). Confieso haberle llegado a tener algún temor al principio, pues ha llegado a ser tal la fama que le han dado, que para intimidar a los niños se les dice: ¡Ahí viene Pedrón! Sin embargo, al tratarlo de cerca me pareció un hombre que trata de ser bueno y sustituir su apodo de Pedrón, que data desde sus días de contrabandista, por el muy respetable de ahora, general Pedro Altamirano”, relató.

Tras la firma de los acuerdos de paz y entrevistado por el periodista Carlos Hernández Salinas, el general Altamirano aseguró que él solo seguía órdenes:

“Nunca he procedido en contra de nadie de la manera brutal en que me hacen aparecer en tan repetidas ocasiones. Como soldado del Ejército libertador debía acatar órdenes que emanaban del comando general, pero jamás en mi vida de militar ensangrenté vil y canallamente nuestro pendón libertario. Teníamos órdenes de hacer llegar hasta el Cuartel General a los traidores e invasores que cayeran en nuestro poder y tales eran las órdenes que yo daba a la columna bajo mi mando. Se dice que yo maté, asesiné, etcétera, etcétera, a gente indefensa y, sin embargo, no se dice nada de los incendios perpetrados por los invasores y de las víctimas infantiles de la metralla y del cinismo yanqui”.

Para la exguerrillera e historiadora Dora María Téllez, no cabe duda de que las historias sobre torturas y “cortes de chaleco” son ciertas. Después de todo, en aquella época se estaba viviendo una guerra sangrienta y los marines también cometían atrocidades, al punto de que solían verse cabezas cortadas exhibidas en plazas.

“Eso tenelo por seguro que era cierto (los métodos de Pedrón). No lo dudés y tampoco lo veas extraño”, dice Téllez. “Es exactamente lo mismo que hacían las tropas de ocupación. Los marines cortaban las cabezas de los sandinistas y las ponían en unas picas de madera en el parque central de Matagalpa”.

Sandino y Pedrón Altamirano saludados por una escuadra de su ejército. FOTO/ ARCHIVO

Un personaje, varias visiones

Gioconda Belli, escritora nicaragüense: “Sin duda que Sandino es un personaje que cumplió un papel determinante en la afirmación de la soberanía nacional de Nicaragua, en tiempos de la expansión norteamericana. Fue el primero que usó tácticas guerrilleras en una lucha de las llamadas de ‘liberación nacional’ o luchas anticolonialistas. En un país sin héroes, llenó ese espacio cuando se conoció mejor lo que había hecho. Pienso, sin embargo, que Sandino como muchos otros héroes en el mundo, fue acomodado para encarnar ideales que él no representaba, y se convirtió en portador de una ideología cuando él no era un ideólogo y su lucha era clara y limitada a un objetivo preciso. Se ha abusado mucho de su figura. El FSLN se lo apropió y lo convirtió en SU símbolo, sometiéndolo también a ser víctima de sus desaciertos. Nunca olvido una pinta en tiempos de la revolución que, como reacción a la cantidad de mensajes que empezaban con ‘Sandino dijo’, decía: ‘Sandino dijo: yo no he dicho ni m...’”.

La escritora Gioconda Belli. 

Luis Enrique Mejía Godoy, cantautor nicaragüense: “Empecé a conocer a Sandino, más allá de lo que se comentaba en voz baja en los años de mi infancia, cuando me regaló un revolucionario antisomocista de los años 70 el libro de Gregorio Selser ‘Sandino, general de hombres libres’. Luego, al leer el poema de Ernesto Cardenal ‘La hora cero’ y el libro de Sergio Ramírez ‘El pensamiento vivo de Sandino’ sentí que tenía un mayor conocimiento del héroe de las Segovias a quien llamaban bandolero. Fue en esos años que nacieron las canciones que escribí al Nica de Niquinohomo que, sigue siendo para mí, a pesar de sus detractores, mi mayor referente en la defensa de la soberanía patria y la dignidad nacional”.

El cantautor Luis Enrique Mejía Godoy.

Edgar Tijerino, cronista deportivo: “Uno tuvo esa imagen del hombre irreductible, del patriota insobornable. Sobre todo cuando llegás al Pacto del Espino Negro y ves las actitudes que Sandino toma. En ningún momento andaba buscando prebendas. ¿Que tenía gente brava que era incontrolable? Sí, todos los generales la han tenido en las guerras, y sobre todo en las guerras en desventaja como la que Sandino tenía. Yo sigo viendo a Sandino como una figura cumbre de la rebeldía de un pueblo, sobre todo en la entrega, el sacrificio. Nunca pidió nada para él”.

Edgard Tijerino, cronista deportiva. FOTO/ Archivo

Enrique Bolaños, expresidente de Nicaragua (en noviembre de 2019): “Sandino era medio loco, dispensame. Tenía sus ideas antimperialistas y chochadas que aprendió en México, pero tenía locura. Leé el libro de José Román (“Maldito País”) que habla bien claro de él porque pasó con él 15 días o cosa así, y Sandino se le desnudó y decía que era descendiente de Adán, y que la Blanca Aráuz era descendiente de Eva y un poco de locuras”.

Expresidente Enrique Bolaños.

Dora María Téllez, historiadora y exguerrillera sandinista: “Veo a Sandino como un personaje absolutamente decisivo en la historia de Nicaragua y que ha tenido capacidad para demostrar un camino muy, muy delante de lo que las fuerzas que estaban actuando en el país en ese momento querían permitir. La prueba es que tras el asesinato de Sandino, lo que se siguió fue una dictadura de 45 años. Decir que Sandino era un héroe es reducirlo a una dimensión nada más de la guerra contra la ocupación de Estados Unidos. Fue una persona capaz de plantear un programa social, el tema de la justicia social y de la soberanía y de reivindicar las demandas de los sectores más desposeídos. No lo podés meter en el concepto de héroe y obviamente el de ‘bandido’ tiene que ver con lo que representó para algunos sectores. Había gente que respaldaba la ocupación de Estados Unidos y para esta gente Sandino era un bandolero”.

Dora María Téllez, historiadora y exguerrillera sandinista. FOTO/ Archivo

Bayardo Cuadra, historiador: “En los años cuarenta todavía los Somoza ponían a Sandino como un bandido. En los años más recientes eso cambió. Es difícil ahora que alguien intente ponerlo como un ladrón, un depredador, un bandido, más que como un héroe nacional. Antes era lo contrario”.

Ingeniero Bayardo Cuadra, historiador nicaragüense. FOTO/ Archivo

Fabio Gadea Mantilla, director de Radio Corporación: “En mi adolescencia se hablaban horrores de Sandino. Eran los años cuarenta y ya Somoza estaba en el poder. En general, en toda Nueva Segovia era fatal el recuerdo de Sandino en esa época y Somoza tenía mucha gente porque había llegado a pacificar las Segovias después de matar a Sandino. Sandino no admitía intervenciones que eran una falta de respeto a la soberanía y en ese sentido es un personaje admirable por su patriotismo, por su valentía, por su lucha. Después, cuando sacó a los gringos y pidió que le dieran una parte de tierra en Nueva Segovia para hacer una cooperativa y pretendía él mandar ahí, eso no le gustó a Somoza y ocurrió lo que todos sabemos”.

Fabio Gadea Mantilla, fundador de Radio Corporación. FOTO/ Archivo

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