Aventura a la italiana

Reportaje - 21.03.2010
Los-Manticas-

Los Mántica, una familia de empresarios no olvida que su herencia comienza con dos italianos aventureros que cruzaron mares desde Génova a Corinto, buscando prosperidad y la aventura

Luis E. Duarte

Maria Caterina Margherita Virginia Berio Ardissone tenía tan buena fortuna que durante el terremoto del 23 de febrero de 1887 en Diano Marina, cayó del segundo piso de su casa sobre un colchón y no se quebró ni una uña.

Era la señal de una larga, pero también sísmica vida. Tenía trece años y del otro lado de aquella aldea italiana destruida, también se movía la tierra y le esperaba una segunda patria que acogería a una descendencia que hasta hoy suma más de 300.

Pero entonces debía conformarse con los relatos de su padre, un capitán de barco que llevaba mercancías de puerto en puerto y había llegado incluso a descubrir un pequeño
lugar de nombre prestado que se llamaba Corinto, no en las aguas griegas, sino en Nicaragua.

Aún entonces el mundo era pequeño, sobre todo para los italianos que deambulaban por América buscando fortuna. En Corinto, el capitán Filippo Berio encontró a Giuseppe Domenico Antonio, un vecino de San Bartolomeo al Mare, hijo de Clemente Mántica y Caterina Calvo.

Don José, como le decían a Giuseppe en Nicaragua, había nacido a escasos dos kilómetros de donde vivía la familia Berio y pudieron conocerse mucho antes. Al menos un capitán de barco mercante y el vino de la familia Mántica no podrían ser omitidos en las pequeñas aldeas.

Giuseppe tendría un poco más de 20 años cuando salió de su pueblo. Su hija Josefina al recordar el momento de su partida, asegura que fueron disputas por las ganancias
del vino y las olivas de la finca familiar la causa de su salida. El mayor de los hermanos tomaba la mejor parte y disgustado dejó a su hermano menor y su hermana monja para probar suerte en América.

Vendió su parte de vino para pagar su pasaje en alguno de los barcos que salían de Génova, sin saber si encontraría una manera de subsistir. Josefina recordaba que
entre 1875 y 1878 vino a Nicaragua Giuseppe Mántica, endulzado con las promesas del Nuevo Mundo.

Era una época que millones de italianos se embarcaban a Argentina o Estados Unidos, pero Mántica abordó un barco de vela cuya ruta atravesaba el Estrecho de Magallanes. Durante un mes siguió la dirección de las estrellas y llegó a Nicaragua donde encontró a algunos italianos que se reunían con otros extranjeros en el Hotel Alemán.

En Corinto los italianos le contaron que había un hombre de su mismo pueblo que había llegado algunos años antes, un hombre rico con minas de oro en Nueva Segovia y tierras entre El Chonco y Concepción.

Giuseppe buscó a Juan Gorlero en Chinandega y fue recibido con mucho entusiasmo por aquel paisano adulto. Pronto empezaron a trabajar juntos y el rico minero llegó a considerarlo como el hijo que nunca tuvo.

Mama Nina con su primer hijo Ernesto 1896, era una mujer mediterránea de piel bronceada y ojos verdes.

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A Giuseppe le fue tan bien que pudo independizarse. Importaba de Italia y exportaba a El Salvador, levantó un almacén donde vendía de todo y varios años después de su osada partida, pudo viajar a Italia para visitar a sus padres y hermanos. Regresó en 1890 y en 1892 aprovechó para visitar al capitán Berio que había conocido en Corinto.

Así conoce a María Caterina “Nina”, la hija mayor del capitán Berio y regresa en varias ocasiones para cortejar a la muchacha. A comienzos de 1895 aquel hombre de 39 años que había cruzado Magallanes en un barco de vela no la tuvo fácil con la muchacha de 21.

Logró desposarla por mediación de sus suegros. No era fácil para ella saber que viviría en un país con nombre raro y lejano. Era un siglo lento, donde todo se movía al ritmo de esa nostalgia mediterránea, los barcos necesitaban al menos un mes para llegar a aquel destino inseguro en el Pacífico americano.

Tenía la tranquilidad de aquellos pueblos repletos de viñedos y olivos, con sus barcos de pescadores, la seguridad de esos caminos a orillas del mar y la sombra protectora de su familia, pero decidió que aquella aventura nupcial era más fácil de sobrevivir que el terremoto de su adolescencia.

En 1895 los recién casados partieron hacia Chinandega, donde les nacieron trece hijos, once de ellos sobrevivieron hasta la madurez.

Cada uno de los once hijos del matrimonio fueron enviados a Diano Marina donde sus abuelos. Ahí fueron educados hasta la juventud y reenviados con el sello italiano al occidente nicaragüense. Sin embargo, ya desde esa generación los vínculos con la sociedad receptora eran más grandes y en la tercera generación, también nacida
en Chinandega, la conexión con la patria de los abuelos se perdió inevitablemente.

A pesar de la integración en la cultura nicaragüense, los Mántica reconocen que lo más italiano que ha quedado está en la comida. Donde Mama Nina la comida siempre fue mediterránea, las pizzas de su región y las infaltables pastas no dejan de ser inimitables, no así el idioma, la música o las expresiones.

La abuela Berio también tuvo una gran acogida en la comunidad chinandegana. Siempre agradeció que la trataran con cariño, con hospitalidad, por eso al morir pidió a sus hijos que dejaran de su parte un legado de agradecimiento a la ciudad, ellos fundaron una escuela.

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El empresario Felipe Mántica Abaunza, la propietaria de Montebelli Claudia Belli, el ex canciller Norman Caldera y la Embajada de Italia en Nicaragua, están interesados en publicar una investigación sobre la migración italiana.

Mántica Abaunza adelanta que a diferencia de las grandes migraciones en Norte y Sudamérica, los italianos que llegaron a Nicaragua vinieron de forma muy selectiva.

En primer lugar, por el auge del cultivo del café, con fincas propiedad de los Caligari, Rappaccioli, Frixione y Belli; otro grupo vino con el furor del Canal Interoceánico y la ruta de tránsito, entre ellos los Pellas.

No fue una migración masiva. Los que venían lo hacían por razones concretas, pero también invitaban a amigos o familiares. “Mi abuelo vino concretamente por Juan
Gorlero, que ya había venido antes y tenía minas en Muy Muy y tierras en San Cristóbal”.

En el caso de los Mántica, la guerra… la Segunda Guerra Mundial, afectó la relación entre la familia en ambos continentes, cuando Mama Nina fue en busca de su madre a Italia, tratando de traerla a Nicaragua antes que estallara el conflicto, llegó demasiado tarde y quedó atrapada en su pueblo natal, sin poder regresar por el bloqueo aliado.

Estaba en Génova cuando declararon la guerra y no pudo regresar en los siguientes seis años. La familia en Nicaragua tuvo que enviarle a través de la Cruz Roja víveres, sobre todo café y miel, la necesidad fue muy grande en el país aliado de los nazis y bajo el fascismo.

En Chinandega en 1930. Pina, Chichino, Don Pancho Reyes, una amiga de la familia y Mama Nina.

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Cuando la última de los trece hijos que engendraron los Mántica Berio tenía 90 años, la familia le pidió que escribiera las memorias de los patriarcas de la familia. Ya para entonces había unos 300 descendientes y había pasado una década después de la guerra.

Felipe Mántica Abaunza recuerda dos reuniones familiares, una en Chinandega y otra en Managua, donde los adultos reconocieron que las nuevas generaciones no tenían
idea del pasado familiar, muchos habían emigrado a causa de la guerra y la debacle económica de los 80. Algunos jóvenes al regresar a Nicaragua carecían de los lazos históricos de la familia.

Josefina, la última de los Mantica Berio, escribió sobre su padre como alguien con una aventura sin dinero, sin idioma y ningún conocido en un continente diferente.

“Compraba maíz y lo exportaba a El Salvador, pedía harina al exterior, unas cinco pacas cada vez y como tardaba en venderlas, para que no le se pusieran duras, desde
las dos de la madrugada se ponía a amasarlas con una botella”, relató en sus memorias.

Carlos y Felipe Mántica Abaunza, los gemelos del supermercado La Colonia, recogieron el testimonio de la tía, recopilaron la historia y fotos familiares, publicaron un libro y lo regalaron a toda la descendencia, es el Albúm de la Familia Mántica de Nicaragua, impreso en el 2002.

Felipe Mántica Abaunza, como lo ha hecho la mayoría de su familia, visitó las costas de donde vinieron sus abuelos, ahora idílicos paraísos turísticos con lujosos hoteles. Logró incluso conocer a la última prima que vivía en aquellos pequeños pueblos, Paola Berio, quien le devolvió la visita en Nicaragua.

Más allá del espíritu empresarial que tienen desde los primeros Mántica en Nicaragua, para este representante de la tercera generación, la mejor herencia de su abuela Nina Berio es el espíritu de solidaridad de aquella familia extensiva con más de 300 miembros.

“Mi abuela enviudó en el momento que sus hijos regresaban de estudiar y comenzaban sus negocios, ella fue el vínculo de unión, tenía un concepto muy grande de solidaridad entre hermanos, decía ‘que no haya uno con mucho y otro que esté padeciendo’”.

Cuando sus nietos separaron los capitales, lo hicieron en completa armonía -dice el empresario—, pero el momento que más recuerda es después del terremoto de Managua en 1972, cuando la Casa Mántica y los supermercados quedaron en ruinas, entonces los parientes algodoneros le ayudaron a sobrevivir y solventar las deudas.

Algo así vivió Giuseppe en 1927 cuando perdió todo su capital. Fue el año que tropas liberales al mando de “Cabuya” incendiaron Chinandega y destruyeron su almacén. Después del ataque la familia se separó, su esposa se fue a Corinto con alguna de sus hijas, él se fue a la casa de campo, a veces también vivió en León y Managua.

Algunos de los hijos tratan de rescatar el negocio familiar. Don José murió en agosto de 1930 en León, pero fue enterrado en el cementerio de Chinandega. Nina Berio vivió hasta 1960 y murió en Managua, está enterrada junto a su marido, en la ciudad donde los Mántica les levantaron un mausoleo.

Mama Nina con algunos parientes de su pueblo natal.

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