Azarías H. Pallais, el capellán de la vanguardia

Reportaje - 09.03.2008
El Capellán Azarías Pallais

Azarías de Jesús (Henri) Pallais Bermúdez es considerado uno de los tres grandes poetas después de Darío, sus versos y temas lo hicieron el favorito de los vanguardistas granadinos, aunque fuera un leonés con aires de santo, pero loco y sin pelos en la lengua

Luis E. Duarte
Fotos y reproducciones de Uriel Molina y Orlando Valenzuela

Si no fuera por la sotana, pudiera ser la reencarnación misma de El Quijote. Alto, erguido, de ojos claros y porte , solemne. El viejo espera en la estación de trenes de Corinto con una lata vacía en la mano. Unas manchas verduscas en su vestido remendado lo hacen reconocible a todos. “Su bendición padre Pallais”, le repite un fiel viendo de reojo su sotana mohosa.

El cura tiene el tarro para pedir limosna y ajustar el pasaje, pero es probable que lo use para comprar comida porque alguno de sus amigos ferrocarrileros le dará un aventón. Al padre parece no importarle que pida con la imagen de un cuáquero protestante en la lata de avena.

“Su bendición padre”, le dice al rato una mujer mientras suelta un par de chelines que resuenan en el fondo de la lata con las otras monedas.

El cura ajusta para un pasaje de tercera o un vigorón, pero se decide por la yuca con chicharrón para el camino.

—¿Para donde va padre? —le grita el ferrocarrilero poco antes de partir.

—A Managua. Tal vez me da lugar en la góndola con las verduras.

Era muy común verlo ahí, viajando en tercera clase o en las llamadas “góndolas” de carga con otros pobres colados en los trenes de occidente.

En Managua, baja el pastor con agrura en el estómago. El vigorón lo ha repartido con los demás pasajeros de la góndola abierta del tren Corinto-Granada. En la estación intermedia de Managua lo espera un joven poeta granadino que reconoce de inmediato.

Ernesto Cardenal recuerda en un prólogo al padre Azarías H. Pallais de su niñez. “La primera vez que lo vi fue en mi infancia, y él estuvo contando entonces a un grupo de niños cuentos de ánimas en pena y aparecidos, de los que producen a los niños fascinación y terror. Cuentos muy leoneses. Y alguien ha dicho que él no dejaba del todo de creer en esos cuentos”.

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El silbato del tren resuena en la estación de Managua, pero los poetas no van a Granada esta vez. Cardenal acompañará en la capital al sacerdote sampedrano que viajaba en góndolas y fue capaz de evangelizar a los artistas y poetas de Nicaragua. Pablo Antonio Cuadra, José Coronel Urtecho y el mismo Cardenal, lo nombraron “capellán de la vanguardia”, más que por su poesía muy “clásica”, porque apreciaban su personalidad libre y original, advierte su biógrafo, el teólogo José Argüello.

—Padre ¡usted podría ser nuestro obispo! —comentó Cardenal a Pallais.

—¿Y vos querés que me condene? Si de obispos está empedrado el infierno —le respondió.

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Ephrain Squier en sus memorias de Nicaragua del siglo XIX menciona al primer Pallais. El abuelo Henri, cuyo nombre terminó convirtiéndose en la enigmática “H” de la firma del nieto Azarías, aunque a veces bromeaba y decía que era por Hipólito, afirma el tío-abuelo, el diputado liberal José Pallais.

Rumbo a León, cuando la caravana de Squier se detiene en un rancho de Mateare para abastecerse, aparece el nombre de “Enrique” Pallais, “un francés aclimatado en el país, hombre de mucho mundo
y bondadoso corazón, tenía una comadre en el mesón donde paramos. Apenas entramos ella lo abrazó afectuosamente”, describe con picardía y sospecha el narrador estadounidense.

El empresario que provenía de la Bretaña francesa se enamoró perdidamente de una nicaragüense y se quedó para siempre con su negocio maderero. Esa mujer se llamaba Josefa Bermúdez con quien tuvo tres hijos, uno de ellos, Santiago Desiderio, se casó con Jesús “Mamá Chuchú” Bermúdez, madre del cura-poeta.

El otro varón se llamó Juan Bautista y la menor Salvadora emparentó con otra familia francesa de León: los Debayle, por medio de su hijo Luis, el “sabio Debayle”, suegros del dictador Anastasio Somoza García.

Azarías no se reprimía con regañar incluso en público a su sobrina Salvadora Debayle Pallais y su esposo, cuando estaba en desacuerdo con sus decisiones y comportamientos, dice Anita Navas Pallais, emparentada en la cuarta generación con el poeta.

Azarías se convirtió sin embargo, pese a su marcado antiamericanismo, en el capellán de la naciente Guardia Nacional y tuvo el grado de capitán, pero su apoyo a Somoza García duró pocos años y terminó cuando el General supo que el cura les pedía a los guardias que trataran bien al pueblo “porque el militar tiene una vocación de servicio y no eran sustitutos de los marines”.

El santo también tuvo otros pecados. Durante la guerra civil española apoyó como casi todos los intelectuales nicaragüenses de su época al General Francisco Franco. En una de sus glosas históricas escribió el cura-poeta: “Desde la coronilla de la cabeza hasta la planta de los pies, queda demostrado, si la lógica es lógica, que Francisco Franco es un San Miguel Arcángel”.

Su biógrafo Argüello considera que esto se trataba más de un apoyo a la Iglesia católica y los miles de clérigos asesinados por los republicanos durante la guerra civil española.

Fotos y reproducciones de Uriel Molina y Orlando Valenzuela
En esta iglesia de Corinto pronunció sus últimos y mejores sermones el padre Azarías H. Pallais

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Azarías H. Pallais entró al Seminario San Ramón a la edad de 16 años y a los 21 fue a París para recibirse de teólogo en la catedral de Notre Dame ante el mismo Arzobispo de París. Sin embargo, el hechizo de la ciudad rosa no fue tan grande como el de Brujas de Flandes en Bélgica.

Se enamoró de la ciudad, sus canales, sus puentes y monumentos, las iglesias medievales, la arquitectura barroca, de eso escribió aún estando en sus últimos años en Corinto.

Azarías H. Pallais tenía sobre todo una gran elocuencia. Pese a no estar en la más alta jerarquía de la Iglesia, fue designado para dar los discursos del centenario de la Universidad de León y para las honras fúnebres de Rubén Darío.

“Me contaba mi abuelo que era un gran predicador, cautivaba, era vehemente, persuasivo y capaz de expresarse con elegancia literaria”, expresa Argüello, autor de Un pobre de jesús (Hispamer 2000).

El poeta llega a Corinto en 1940, prácticamente a exiliarse por las contradicciones con la jerarquía católica que lo consideraba un loco extravagante. Pallais era tan apasionado que alguna vez se fue a Colombia casi todo el trayecto a pie, para enseñarle sus poemas a un literato famoso en su época.

A los gobiernos liberales de Juan Bautista Sacasa y José María Moncada les parecía una amenaza política. Pallais estaba fuera de su tiempo, hablaba de socialismo mucho antes de la teología de la liberación, pidió que dejaran de apedrear iglesias evangélicas antes de que existiera ecumenismo y se declaró defensor de causas sociales de su época, tal como se expresaría más tarde en el Concilio Vaticano II, pero como dice Anita Navas Pallais, su problema es que “no tenía pelos en la lengua”.

El cura participaba en mítines políticos, se reunía con obreros y daba discursos tan críticos que le dijo “dictador” al Obispo de León y a Monseñor José Antonio Lezcano lo llamaba su “Excelencia Pendejísima”, según lo describe el poeta Ernesto Cardenal.

Todo esto le dejó la admiración de intelectuales y alumnos, aunque también fue durante décadas maestro de varias generaciones desde el Instituto Nacional de Occidente, cuando ese centro tenía tanto prestigio que acudían estudiantes de toda Centroamérica. Uno de sus pupilos, por ejemplo, fue Mariano Fiallos Gil.

Lo dejaron sin puesto en el instituto en una época que no existían colegios religiosos privados donde pudiera refugiarse y en 1936 la jerarquía de la Iglesia no le otorgó ninguna capilla para evitar que predicara.

Finalmente lo reintegraron a la labor pastoral en El Realejo y posteriormente en Corinto en 1940, cuando el puerto contaba apenas con cinco mil habitantes.

“Ya se imagina, una persona tan culta que estuvo rodeada de intelectuales en León, yendo a una capilla con gente de poca instrucción”, dice Argüello. Pallais entonces cambió su manera de dar los sermones para identificarse con la gente del pueblo.

Aquel hombre con estudios en París, Lovaina y doctorado en Roma, que hablaba griego antiguo, latín, francés y español, se convirtió en el sacerdote de un pueblo unido con el mundo por los rieles de un ferrocarril y los relatos de marinos.

Cardenal escribe en la antología de 1986 de la Editorial Nueva Nicaragua: “Sus sermones eran muy poéticos y pintorescos y espectaculares, hablando con gran vehemencia y teatralismo o dramatismo, exagerando las gesticulaciones, alzando los brazos al cielo o abriéndolos en cruz o cruzándolos sobre el pecho, y su voz musical como un trino de pájaros repentinamente se volvía cavernosa como de ultratumba o retumbaba atronadora”.

En pocos meses la capilla del puerto se abarrotó de personas, a tal punto que los estibadores que trabajaban los domingos le pidieron hacer una misa especial para que ellos pudieran asistir.

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Dicen que es uno de los tres grandes… de los grandes desconocidos”, repite Anita Navas Pallais, cuando habla de su pariente Azarías H. Pallais, considerado junto a Alfonso Cortés y Salomón de la Selva, uno de los más grandes exponentes del postmodernismo. Navas Pallais considera que su poesía se conoce tan poco, pese al estigma de nuestro país por sus poetas. El cura publicó al menos cinco libros y numerosas glosas en el Diario La Prensa, que se conocen e investigan muy poco. Los manuscritos con su traducción de La Riada del griego antiguo al lenguaje popular nicaragüense se perdieron sin dejar rastro.

Navas acompaña a su madre Angelita Pallais de Navas, una anciana que durante mucho tiempo recibió las visitas del cura en su casa de León, porque su difunto esposo Desiderio “Yeyo” Pallais Godoy era uno de los cuatro hijos adoptivos de la mamá Chuchú Pallais que quedaron huérfanos de padre y madre.

Como Mamá Chuchú había tenido 18 partos y ocho hijos, y estaba cansada de crianzas, fue su hermana soltera Angelita Bermúdez y el padre Azarías quienes se encargaron de criarlos.

“Era muy cariñoso conmigo y a mi marido siempre le decía `yeyito’ porque lo conoció desde chiquito”, revela la anciana quien recibió con su difunto esposo los votos nupciales del mismo padre Pallais.

Navas Pallais cuenta que tenía doce años cuando el poeta murió. El padre Azarías siempre frecuentaba a sus sobrinas de apellido Zúñiga Pallais en León que vivían frente a la casa de su madre. “Saltaba y brincaba cuando se entusiasmaba, como un niño”, recuerda. “A mí me gustaba irme a sentar para oírlo, tenía una exuberancia para hablar. Él tenía curiosidad y entusiasmo para las cosas que a uno le parecen sencillas y corrientes”.

—¿Y recuerda algún tema del que hayan hablado?

—Me hubiera gustado hablar más cosas, pero era una niña que no se daba cuenta que estaba ante una gran personalidad —lamenta ahora Navas.

Fotos y reproducciones de Uriel Molina y Orlando Valenzuela
El monumento al clérigo está al frente de la nueva capilla de Corinto.

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Los guardias las persiguen. Apuradas van las dos mujeres a refugiarse dentro de la iglesia. Saben que si llegan allá podrán encontrar salvación. Afuera no están más seguras.

Son dos famosas prostitutas de Corinto, les dicen la Chipilo y la Micky Mouse y están borrachas dando tumbos entre las bancas del templo, pero saben que el santo estará de su lado y no del lado de los guardias.

A las prostitutas las visitaba en los prostíbulos y a los dementes, indigentes y borrachos, les dejaba entrar a su casa donde podían dormir. Ellas sabían eso, que él nunca cerraba, que no ponía llave en su puerta.

Entraron las mujeres y tras de ellas los guardias. El viejo cura los quedó viendo sin sorprenderse. Allá en el puerto pasaban estas cosas a menudo.

—¡Nos las llevamos por escandalosas y ladronas, no las defienda padre!

Una de ellas se abalanza a sus pies y llora como lloraría María Magdalena a los pies de Jesucristo.

—¿Es que no sabe que éstas son una perdidas? —le advierte un guardia.

—No hijo mío. Ellas nacen puras y la sociedad las corrompe —le responde el sacerdote.

Así pasaba en el puerto. Los barcos cargados de bananos y algodón abandonan el muelle, mientras las mujeres se quedaban solas cuando los marineros se iban.

La dueña del burdel, que todos conocen como Honolulú, espera que las beatas del pueblo salgan de la iglesia para entrar cuando nadie la mire.

En el atrio de esa iglesia de madera enmohecida va a ponerle flores a la Virgen, pero antes de poder huir aparece el espectro largo y alto del cura-poeta cerca de ella. La mujer se asusta y siente vergüenza, por eso comienza a llorar. Nada impuro debería estar en el lugar sagrado y ver el rostro del santo del puerto.

El padre la toma de la mano y le dice: “No temás, porque las mujeres como vos son las predilectas de Nuestro Señor”.

En esta Iglesia de El Realejo llegó Pallais en 1983.

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