Bayardo Cuadra, la vida de un nicaragüense sabio

Reportaje - 08.03.2021
Bayardo Cuadra

Bayardo Cuadra Moreno vivió para relatar la historia de este país. Fue un personaje polifacético y una fuente obligatoria para periodistas, académicos y cronistas. Tenía una memoria prodigiosa y compartía su conocimiento sin hacer ningún alarde. Esta es la historia que él no pudo contar

Por Amalia del Cid

Cinco archiveros gigantes situados en distintos sitios de la casa, llenos de carpetas etiquetadas con nombres de familias y personajes nicaragüenses. Fólderes amarillos y sobres de papel manila que contienen fotografías, recortes de periódicos y toda suerte de documentos: crónicas, certificados, testamentos, árboles genealógicos... Solo una persona sabía exactamente qué encontrar y dónde en esta hemeroteca doméstica. Su nombre era Bayardo Cuadra Moreno.

Este archivo es el silencioso testimonio de la vida de un hombre que nunca perdió la curiosidad. Un recuerdo más elocuente de su paso por este mundo son sus 25 años de programas dominicales en la Radio 580 y cientos de reportajes periodísticos en los que participó como fuente.

La mayoría de las personas que lo conocieron lo recuerda como un incansable buscador de conocimiento, un investigador metódico y una “enciclopedia andante” respaldada por una memoria prodigiosa. Todo eso es cierto, pero quienes se acercaron un poco más también vieron a un hombre sereno a pesar de su perfeccionismo, un ciudadano íntegro y, sobre todo, un ser humano feliz. “Desprovisto de toda envidia”, dice su amigo Edgar Tijerino, el cronista deportivo.

Bayardo Cuadra Moreno nació el 25 noviembre de 1936. Aquí era un bebé. FOTO/ Cortesía

En sus últimas semanas todavía hacía planes y seguía sin mostrar ni un mínimo interés en despedirse. Tenía 84 años recién cumplidos y había sido ingeniero, historiador, bailarín, coleccionista de discos y estampillas, cinéfilo, conferencista, traductor, beisbolista aficionado, conductor de programas radiales e incluso tenor en el coro del Instituto Pedagógico de Diriamba; pero la vida aún era algo digno de contemplar y quedaba demasiado por aprender.

Poco antes de morir prometió que participaría en la elaboración de este perfil en cuanto se sintiera mejor de salud. En esos días todavía le entusiasmaba la idea de volver a caminar (una reciente caída lo había dejado postrado) y era capaz de reírse de sí mismo en sus ratos de lucidez. “Este año no me fue muy bien”, bromeaba.

Don Bayardo murió a las 9:00 de la noche del viernes 12 de febrero de 2021 en un hospital de Managua, luego de una semana en la que día a día se fue apagando. Él, que dedicó su vida a relatar la historia de los demás, ya no tuvo tiempo para contar la suya.

La familia Cuadra Stoupignan. De izquierda a derecha: Claudia, doña Mercedes, Cristina, María del Carmen, don Bayardo y Asunción.

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Claudia Cuadra, la mayor de las cuatro hijas de Bayardo Cuadra Moreno, está sentada en la salita de grandes ventanas donde su padre atendió a decenas de periodistas. A la par está su madre, doña Mercedes Stoupignan, y cerca se hallan sus hermanas Cristina y Asunción. No muy lejos, en otra habitación, hay un archivero grande y gordo que guarda parte de las “joyas” del historiador y se divisa desde la sala.

La ausencia de don Bayardo se manifiesta en un silencio triste, como el de un árbol cortado, que sus hijas se esfuerzan en llenar con anécdotas familiares.

“Yo a veces le hacía consultas tan básicas como una regla de tres. Cuando estábamos en el colegio y sacábamos 75 o 78 lo encerraba en un círculo rojo y decía ‘esto no me gusta, tiene que ser más’”, cuenta Asunción. “En las primeras clases en el Teresiano, cuando no había Google, nos dejaron de tarea que buscáramos el significado de INRI, él abrió la Biblia en el versículo donde aparece y al día siguiente solo yo llevé la tarea”, recuerda Claudia. “Decía que quien era bueno, era bueno en todo y que si ibas a hacer algo lo tenías que hacer bien”, apunta Cristina.

Así como era de exigente consigo mismo, lo era con sus hijas. Le entusiasmaba mucho compartirles su conocimiento, pero si alguna vez le hacían una pregunta que consideraba necia o absurda, entornaba los ojos y las observaba en silencio. Como la vez que Claudia le consultó dónde quedaba la hielera.

—Al oeste —respondió.
—¿Y el oeste es “abajo” o es “arriba”?
—El oeste es el oeste.
—Pero es que no entiendo...
—Es el oeste.

En la actualidad, doña Mercedes y sus hijas Claudia y Asunción (en el extremo derecho).

Era correctísimo en su forma de expresarse, cuidando cada palabra con precisión de cirujano, y en casa sus hijas no decían ni “jocote” porque todos sabían que se trataba del eufemismo de “jodido”.

Su perfeccionismo en el uso del idioma lo llevaba a hacer correcciones a periodistas y amigos a quienes llamaba para explicarles, por ejemplo, que estaban empleando mal la palabra “hasta”; pero lo hacía con tanta amabilidad y buenas intenciones que era imposible molestarse con él.

En su casa reinaban el orden y la pulcritud. “De niñas no nos dejaba salir si no nos bañábamos y Dios libre que saliéramos con rollos en la cabeza, detestaba eso”, dice Claudia. Ninguna de sus hijas ponía pie en la calle si no estaba debidamente vestida, peinada y con los dientes lavados.

Todo lo anotaba con la misma rigurosidad. Desde las consultas que le hacían académicos, cronistas, periodistas y radioescuchas de sus programas dominicales, hasta los treinta córdobas gastados en un litro de leche.

Y aunque “no fue extraordinariamente caritativo”, siempre sacaba tiempo y recursos para ayudar a los demás, señala Claudia.

“Lo sabía todo y lo compartía sin alardes. Nunca antes había visto a una mente tan brillante y a la vez a un tipo tan sencillo, educado y respetuoso como el ingeniero Cuadra”, escribió el periodista deportivo Edgard Rodríguez, en un homenaje póstumo. “Alguien dijo que hay hombres que por sus acciones se hacen más grandes, pero no más buenos. Es claro que no tuvo el privilegio de conocer a Bayardo”.

En palabras de Rodríguez, el historiador “transitó por este mundo lleno de una serenidad discreta y sonriente, fino, ecuánime, amable; con una cultura de filósofo griego y sin el pecado de la vanidad y mucho menos malicia en su actuar”.

Gravemente enfermo insistía en que se les retribuyera algo a las enfermeras que lo atendían en el hospital. “Le podemos dar unas galletas”, sugirieron sus hijas. Y él replicó: “No, las galletas y los caramelos son para los hijos de las enfermeras, si los tienen; pero el dinero es lo que ayuda”.

Don Bayardo en 1974, cuando tenía 38 años, vestido a la usanza de la época. Medía 1.93 metros de estatura.

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Adolfo Bayardo Cuadra Moreno nació en Corinto, Chinandega, el 25 de noviembre de 1936. Su padre era empleado del Banco Nacional y su madre, una exitosa comerciante que administraba un almacén. Fue el tercero de cuatro hermanos, cuatro hombres y una mujer, la menor. De sus hermanos mayores adquirió sus primeros conocimientos y a los 4 años, antes de ingresar a la escuela primaria, ya sabía leer.

Su familia vivió itinerante durante su niñez y adolescencia, porque a su padre lo trasladaban para que se encargara de la gerencia del banco en distintas ciudades. Pasó su primera infancia en Corinto y luego los Cuadra Moreno se mudaron a Managua, Boaco y Jinotepe. Cursó su secundaria en el Pedagógico de Diriamba y en los años cincuenta voló a México para estudiar Ingeniería Química.

De allá volvería con un título y una esposa mexicana: doña Mercedes. Se conocieron cuando él vivía en la calle Colima y ella en Tabasco, en una casa siempre llena de estudiantes bulliciosos que llegaban a comer enchiladas y a cortejar a las hermanas Stoupignan.

Un día apareció un joven nicaragüense que estudiaba en Alemania y se hallaba de visita en México. Posó sus ojos en Cristina Stoupignan y la invitó a bailar. “Sola no puede ir”, dijo su madre, y envió a Mercedes como acompañante. El pretendiente, por su parte, llegó acompañado de un muchacho altísimo y flaco que bailaba como ninguno. Se llamaba Bayardo y a partir de entonces comenzó a “andar más en la bola” y a llegar más seguido a la casa de encuentro de los estudiantes.

“Me empezó a enamorar”, rememora doña Mercedes, su esposa durante 57 años. “Él ya había terminado su carrera, empezamos a salir y después nos casamos, en el 63”.

Para entonces el futuro historiador ya leía y estudiaba mucho y había aprendido inglés a fuerza de escuchar partidos de beisbol de Grandes Ligas. De esa época data su amor por las películas clásicas. La “pelota” de amigos iba al cine tres o cuatro veces por semana. “Salíamos de uno y nos metíamos a otro”, cuenta doña Mercedes. Ella llegaba primero, cargando por lo menos tres abrigos, para apartar lugares mientras el resto del grupo salía de trabajar.

La familia Cuadra Moreno. De pie, de izquierda a derecha: Adolfo Bayardo, Jorge Alberto, Mireya y Miguel Enrique. Sentados: sus padres Miguel Ángel Cuadra y Carmela Moreno. FOTO/ CORTESÍA

En abril del 67 la pareja voló a Managua, con tres hijas pequeñas y Asunción todavía en barriga, porque a don Bayardo le ofrecieron un empleo en el Instituto de Fomento Nacional. Nunca quiso volver a irse del país, ni siquiera durante la guerra de los ochenta. En los siguientes treinta y tantos años laboró en varias empresas e instituciones y a comienzos de los 2000 se retiró para vivir de consultorías.

Hasta mediados de 2020, todos sus días se parecían. Se despertaba al amanecer, ponía la misa y volvía a dormir. Se levantaba otra vez para leer y recortar los periódicos que recibía, incluida La Estrella de Nicaragua, de su amigo el también historiador Nicolás López Maltez. Y el resto del día se le iba entre siestas, comidas, quehaceres, charlas y consultas.

A las 11:00 de la noche estaba sentado frente a su computadora, listo para llegar a las 2:00 de la madrugada contestando mensajes y correos electrónicos. “Ahora sí todo está tranquilo”, decía. “Ya me puedo concentrar”.

Nunca fue un hombre enfermizo. “En esta casa no hay medicinas, lo que hay son libros”, observa su hija Asunción. “Desafortunadamente, en mayo del año pasado se le inflamaron un poco los pies, lo vio un doctor y tenía problemas de presión alta”, dice. A partir de entonces todo fue empeorando.

En junio sufrió una caída y dijo que estaba bien, pero en agosto empezó a sentir dolor y, poco después, a usar andarivel. Pese a que recibió fisioterapia, siguió perdiendo fuerza en las piernas y el 1 de noviembre volvió a caer, lentamente, mientras su menuda esposa en vano intentaba sostenerlo.

Fiel a lo que llamaba “operación cusuco”, se negaba a visitar el hospital por temor a contagiarse de Covid-19 y aseguraba que se recuperaría en casa. Sin embargo, el 13 de noviembre su familia tuvo que internarlo.
Los exámenes médicos empezaron a revelar numerosos padecimientos que por años habían permanecido ocultos, como un problema en los pulmones que de vez en cuando lo hacía carraspear en medio de sus ponencias; además de una úlcera, algo en el hígado y pequeños derrames cerebrales.

Para ese momento ya no quería comer y solía “desconectarse” de la realidad, recuerda Asunción. El hombre que toda su vida se caracterizó por una mente extraordinaria, tenía cada vez menos ratos de lucidez. “Daba charlas”, cuenta su hija. “No dormía y hablaba y hablaba y hablaba, de cosas reales, como que estaba dando una conferencia”.

Pasó en casa la mitad de diciembre y todo enero, haciendo proyectos y sometiéndose a ejercicios con la ilusión de volver a caminar. Pero apenas probaba bocado porque masticar le aburría y a menudo la cabeza se le desorientaba. Una noche Claudia entró a su habitación y lo encontró con “la mirada ida”. “Yo creo que de aquí no voy a pasar aunque quiera”, admitió don Bayardo. Entonces se mencionaron las palabras “padre” y “testamento”.

El viernes 5 de febrero volvió al hospital para ser alimentado a través de sonda gástrica y se mantuvo adormecido, pero todavía consciente, hasta el mediodía del siguiente lunes. El médico se acercó para decirle “estamos aquí para atenderlo” y él murmuró “gracias, gracias…”. Después se quedó dormido y ya no regresó de ese sueño más que para hacer algún leve movimiento de brazos y beber el agua que le administraban con jeringa.

La pareja con Claudia, la primera de sus cuatro hijas. FOTO/ CORTESÍA

En la mañana del sábado la noticia de su muerte copaba los medios de comunicación y las redes sociales. “Otra gran persona se nos fue”, lamentaba el cronista Edgar Tijerino. “Para una sociedad tan carcomida en sus valores, sumergida en un deterioro que provoca alarma, y consecuentemente necesitada de ejemplos que puedan ayudar a revitalizarla, la pérdida de una persona como el ingeniero Bayardo Cuadra es lamentable, estrujante y naturalmente dramática. Deja un vacío que no se puede cubrir”, expresó. A su juicio, don Bayardo fue como “una buena serie que Netflix publica solo una vez”.

“Tenía el don de la memoria, de ser sistemático con la información, ser investigador e interesarse por la historia, por la sociedad, por las personas, por cada persona”, comenta su hija Cristina. Porque don Bayardo no solo indagaba en la historia de las grandes figuras de Nicaragua y el mundo; para él también era importante el sinnúmero de personajes y familias que conformaron el ecosistema de la vieja Managua. Su mayor interés no eran los datos duros, sino las personas.

Para su hija Claudia, monja teresiana, “no era un santo, pero intentó vivir lo mejor que pudo”. “Lo aprendió en el camino de la vida”, dice. “Brilló con luz propia y la dejó alumbrando para todos”.

En mayo de 2014 expresó en entrevista con La Prensa que un final feliz sería un epitafio que dijera: “Aquí yace un hombre justo, que procuró portarse bien”. Ahora que solo queda su legado, esas palabras han cobrado más fuerza y un nuevo sentido. Don Bayardo impartió muchas cátedras, pero la mayor de todas fue su vida.

 

 

En el Salón de la Fama

En septiembre de 2018, don Bayardo Cuadra Moreno ingresó al Salón de la Fama del Deporte Nicaragüense. La Asociación de Cronistas Deportivos de Nicaragua (ACDN) lo reconoció como “pieza fundamental para la creación del Salón de la Fama del Deporte Nicaragüense, formando parte del primer comité evaluador a mediados de los años noventa”.

También era uno de los 28 miembros de la Academia de Geografía e Historia de Nicaragua.

Colaboró en muchas ocasiones con las revistas Magazine y Domingo en la elaboración de reportajes históricos. Produjo durante 25 años el programa radial Perfiles de Managua y participaba en el programa Glorias del Deporte.

Meses antes de morir, don Bayardo le comentó a un sacerdote que estaba en completa paz, satisfecho por haber tenido una vida larga que supo llevar de la manera que consideró correcta.

En una etapa de su vida coleccionó estampillas. Era amante del cine clásico y durante su enfermedad sus hijas le ponían “películas viejitas”.

Era un gran conocedor del beisbol de Grandes Ligas y le encantaba el futbol americano.

Quienes lo conocieron cuentan que era una persona de notable sencillez, amable y amistoso. También un gran bailarín. A sus hijas y las amigas de ellas les enseñó a bailar música disco. También fue bueno bailando boleros, chachachá y mambo. Amaba la música clásica y no entendía “cómo los jóvenes se enamoran con música en esta época”.

Con doña Mercedes Stoupignan tuvo cuatro hijas: Claudia, María del Carmen, Cristina y Asunción. María murió hace 12 años, a causa de un infarto masivo. Fue una pérdida dolorosa que sus padres afrontaron con la mayor serenidad. Las otras tres hijas tienen 57, 54 y 53 años, respectivamente. Doña Mercedes tiene 76. Don Bayardo y doña Mercedes se conocieron en México y estuvieron casados durante más de 57 años.

Don Bayardo (izquierda) y doña Mercedes el día de su boda, en 1963.
FOTO/ CORTESÍA

Una memoria prodigiosa

El nombre de Bayardo Cuadra Moreno y su número telefónico son populares en el círculo académico, así como en el gremio periodístico. Era fuente obligatoria en todo reportaje histórico y un salvavidas que acudía al rescate cuando había que resolver alguna duda. Solía manejar una cantidad colosal de información en su cabeza; pero igualmente empleaba su archivo personal para confirmar datos.

Sabía de memoria en qué revista, libro o periódico encontrar cada tema e incluso quién lo había escrito y en qué año; de manera que en poco tiempo localizaba la información requerida. Era una fuente tan precisa que a menudo probó ser más confiable que muchos libros y documentos. Solo competían con él las publicaciones originales de hechos históricos.

Atendía las llamadas de los periodistas, incluso cuando estaba cumpliendo años y sin importar si era la hora del almuerzo. Siempre consultaba “¿Qué has averiguado?”, para luego agregar o corregir información. Si tenía alguna duda, pedía unos minutos para entregar datos más precisos y pronto tenía preparados nombres, fechas, documentos y otras referencias.

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